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No podemos olvidar que Carmen es un personaje ficticio, convertido
en mito, como el don Juan Tenorio. Y que Sevilla y su fábrica
de tabacos no son sino el escenario donde se desenvuelve la protagonista
de la ópera. Realmente, la obra original de Merimée
apenas toca Sevilla, tan solo en el capitulo III, mientras que
el I y el II se desenvuelven en Córdoba y alrededores. Pero
mujeres como Carmen sí existieron en realidad, a juzgar
por el testimonio de viajeros de la época:
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"Tienen la misma gracia sana y apetitosa. Estos millares
de cabezas morenas donde, aquí y allá, amarillean
algunas cabelleras de oro; estas cabezas vivas agitadas,
todas adornadas de flores rojas; estas blusas entreabiertas,
estas faldas claras, estos niños en las cunas, situados
al lado de sus madres y que ellas mecen mientras trabajan;
estos vestidos colgados en la pared, como los cachivaches
en casa del revendedor; este sol andaluz jugando sobre estos
brazos redondos, sobre estos cuellos elegantes, sobre estas
manos que lían alegremente..."
Jules Claretie.- 1869
(Traducción de F. Morales Padrón)
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Recuerda el curioso Claretie que en una ocasión,
al entrar en las naves de la fábrica, se oyó un golpe
de campana y, repentinamente, las cigarreras se echaron sobre los
hombros los mantones y arreglaron el desorden del tocado. Las más
coquetas procuraban arreglarse los cabellos y ponerse una flor
en la oreja. El intruso era contemplado con aire burlón;
por su parte, él observaba que casi todas eran hermosas
y, en el claroscuro de la sala-taller con arcos que evocan un ambiente
conventual, piensa en las
Hilanderas de Velázquez ("elles font songer aux
filandieres de Velázquez"), adelantándose casi
cincuenta años a Gonzalo Bilbao.
No era fácil entrar en las salas donde trabajaban estas
mujeres. Otro viajero, el alemán Vilhelm Löwinstein,
recuerda que había un polvillo flotante que le obligaba
a estornudar; quizás fuera ésta una de las razones
por la que aquellas cigarreras tenían los ojos grandes
y brillantes... estaban enfermizamente dilatados por la materia
que sus manos elaboraban. La literatura científica de la época
ya había tratado el tema. Fue el doctor Hauser, durante
su larga estancia en Sevilla, quien lo publicó. En sus "Estudios
Médico-Topográficos" publicados en 1882, analiza
la situación de la Fábrica de Tabacos -que cuenta
entonces con 5.000 operarios-, y después de constatar que
los talleres son espaciosos y al parecer favorables a las reglas
higiénicas, advierte, sin embargo, que la naturaleza del
trabajo allí realizado exige un mejor sistema de ventilación,
que evite, en parte, la absorción del polvo de tabaco. Pues
no solo afecta al aparato respiratorio y a la piel, sino que, según
los doctores Richaud y Morin, de Marsella, el tabaco y su manipulación
produce una enfermedad especial en los ojos, "una especie
de oftalmia", dice, "que se caracteriza por la
dilatación de la pupila y la congestión de los vasos
del iris y de la retina". Así tenemos esos ojos
grandes, dilatados, brillantes, que hacen más negros el
negro de la pupila y los convierte en el azabache de los poetas.
Pero no era más que una enfermedad.
Al visitante siempre se le hacía la misma advertencia: "son
deslenguadas y burlonas, prepárese". El germano,
Lowinstein, con traje exótico y prismáticos a la
bandolera, admite que la gente lo señalara por las calles.
Su estampa y su español chapurreado fue motivo de jolgorio
entre las cigarreras.
También Merimée en su Carmen describe el ambiente
de la fábrica, poniéndolo en boca de don José:
Por su parte, el incansable Richard Ford (1)
valora grandemente el trabajo de aquellas mujeres, aunque no le
gusten:
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"Los fabricantes de puros en España son, de
hecho, los únicos que trabajan de verdad. Los muchos
miles de manos que se emplean en esto en Sevilla son principalmente
manos femeninas: una buena obrera puede hacer en un día
de diez a doce atados, cada uno de los cuales contiene cincuenta
cigarros puros; pero sus lenguas están más
ocupadas que sus dedos, y hacen más daño que
los puros. Visítese el local.
Muy pocas de ellas son guapas y, sin embargo, estas cigarreras
cuentan entre las personas más conocidas de Sevilla
y, forman clase aparte. Tienen fama de ser más impertinentes
que castas; llevan una mantilla de tira especial, que está siempre
cruzada sobre el rostro y el pecho, dejando sólo la
parte superior, o sea sus facciones más pícaras,
al descubierto.
Estas damas son objeto de un registro ingeniosamente minucioso
al salir del trabajo, porque a veces se llevan la sucia hierba
escondida de una manera que su Católica Majestad nunca
pudiera haber soñado."
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Pero una de las mejores descripciones de las ocupantes de la fábrica
nos la ofrece en 1873 el escritor italiano Edmondo de Amicis en
uno de sus libros de viajes:
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"Las operarias se hallan casi todas en tres grandísimas
salas, dividida cada una por otras tantas filas de columnas.
La primera impresión es soberbia; a un mismo tiempo
aparecen a la vista 800 mujeres sentadas alrededor de las
mesas de trabajo; las que están lejos ya confusas,
y las últimas apenas visibles.
Son todas jóvenes, pocas niñas: 800 cabelleras
negrísimas y 800 rostros morenos de las varias provincias
andaluzas, desde Jaén a Cádiz y desde Granada
a Sevilla. Se oye un estrépito como el de una plaza
llena de pueblo.
De la puerta de entrada a la salida, en las tres salas,
están llenas las paredes de sayas, mantillas, pañuelos
y faldas, y, cosa curiosísima, todo aquel conjunto
ofrece dos colores dominantes, ambos continuos, uno sobre
otro, como los colores de una larga bandera: el negro de
las mantillas encima y el rojo y rosa de las sayas debajo.
Las muchachas vuelven a ponerse aquellos vestidos antes de
salir; para trabajar visten una ropa más ordinaria,
pero igualmente blanca o colorada.
Como el calor es insoportable, se aligeran todas lo más
posible; por manera que entre aquellas 6.000 apenas habrá unas
50 de quienes el visitante no logre contemplar a su antojo
el brazo, el escote o parte de las espaldas. Hay caras lindísimas,
y aún las que no lo son tienen algo que solicitan
las miradas y se imprime en la memoria: el color, los ojos,
las cejas y la sonrisa. (...)
De la sala de los puros se pasa a la de los pitillos; de
la de los pitillos a la de la picadura, y por todas partes
se ven sayas de color vivo, trenzas negras y ojazos inmensos. ¡Cuantas
historias de amor, de celos, de abandono y miserias encierra
cualquiera de aquellas salas!
Al salir de la Fábrica parece verse durante largo
rato y por todas partes pupilas negras que os miran con mil
expresiones de curiosidad, de enojo, de simpatía,
de alegría, de tristeza y de sueño."
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La más sensual de las descripciones físicas de las
cigarreras nos la ofrece el escritor francés Pierre
Louys, que llega a Sevilla finalizando el año 1895.
Será aquí donde comienza a escribir su novela "La
femme et le pantin" (La mujer y el pelele), que
luego será llevada al cine en cuatro ocasiones, siendo la
más famosa versión la del genial director español
Luis Buñuel en su "Ese obscuro objeto del deseo" (1977).
El novelista galo, fascinado por la "Carmen" de Merimée
y Bizet, no puede dejar de visitar la famosa fábrica de
tabacos. Impresionado por aquellas mujeres, hace que su protagonista
-Concha- se vea obligada a trabajar de cigarrera en un momento
dado.
Pierre Louÿs, con todo su esteticismo erótico, a lo
largo del relato y especialmente en la Fábrica de Tabacos,
describe una realidad sociológica de miseria material y
moral que, aún cubierta de matices y sutilezas sensuales,
no deja de ser hiriente e irónica. Más aún:
las exageraciones que podemos encontrar en el capítulo dedicado
a las cigarreras, como colectivo ("Había de todo...excepto
vírgenes"), son la consecuencia de esa misma ironía,
a veces cínica, con que el esteta y apasionado lírico
disfraza la cruda visión naturalista.
En el capítulo 5 de "La mujer y el pelele",
la visita a una sala de la Fábrica de Tabacos es un pretexto,
un "decorado" para hablarnos de un tema conocido:
el mito de Carmen, desvergonzadamente convertido ahora en todo
un estamento social.
Es verano en Sevilla. La hora de la siesta. Mateo (Pierre
Louys) inicia un paseo, a pleno sol, sin ir a ninguna parte concreta.
Hace un año que ha perdido la pista de Concha y,
de repente, ha llegado a la calle San Fernando. Se encuentra frente
a la fachada de la Fábrica de Tabacos. Toma una decisión: "matar
el tiempo" visitando el lugar donde trabajan las famosas cigarreras:
| "Entré y entré solo, lo que es un verdadero
favor pues, como usted sabe, los visitantes son conducidos
por un vigilante en ese harén inmenso de cuatro mil
ochocientas mujeres tan libres allí de con qué taparse,
como de lengua.
Aquel día, un día tórrido, como
acabo de decirle, no empleaban la menor reserva en
aprovechar la tolerancia que les autoriza a desnudarse
a su comodidad, dada la insoportable atmósfera
en que trabajaban de junio a septiembre. Tal reglamento
es pura humanidad, pues la temperatura de las largas
salas es sahariana, por lo que es sólo caridad
conceder a las pobres mujeres la misma licencia que
a los fogoneros de los paquebotes. Pero el resultado
no es menos interesante por ello.
Las más vestidas no tenían sino la camisa
en torno al cuerpo (éstas eran las gazmoñas);
casi todas trabajaban con el torso desnudo, con una
simple falda de tela floja por la cintura y con frecuencia
recogida hasta la mitad de los muslos. El espectáculo,
no obstante, era de lo más variado: mujeres
de todas las edades, niñas y viejas, jóvenes
y menos jóvenes, obesas, gordas, delgadas o
descarnadas. Algunas estaban encinta. Ciertas daban
de mamar a sus niños. Otras no eran todavía
núbiles. Había de todo en aquella multitud
desnuda, excepto vírgenes, probablemente. Incluso
muchachas muy lindas.
Pasaba entre las filas compactas mirando de derecha
a izquierda, tan pronto solicitado por limosnas como
apostrofado por las bromas más cínicas.
Pues la entrada de un hombre solo en este harén
monstruoso despierta muchas emociones. Puede usted
creer que no muerden las palabras una vez que se han
despojado de la camisa, y que añaden a la palabra
gestos de un impudor, o más bien de una sencillez,
que llega a ser desconcertante incluso para un hombre
de mi edad. Aquellas muchachas son impúdicas
con la impudicia de las mujeres honradas.
A la mayor parte ni las respondía siquiera. ¿Quién
podría alabarse de haber sido el último
en hablar en un duelo de palabras picantes con una cigarrera?
Pero sí las miraba con curiosidad, pues su desnudez,
conciliándose mal con la propia naturaleza de
un trabajo penoso, me parecía como si todas
aquellas manos activas se ocupasen en fabricar apresuradamente
innumerables amantes minúsculos con hojas de
tabaco. Por lo demás, ellas hacían lo
necesario para sugerirme esta idea.
El contraste no puede ser más singular entre
la pobreza de su ropa interior y el cuidado, llevado
al extremo, con que se preocupan de su cabeza tan cargada
de pelo. Pues van peinadas y rizadas como lo harían
para ir al baile, y se dan polvos hasta la punta de
los senos, incluso por encima de las santas medallas.
Ni una tan sólo que no lleve en el moño
cuarenta horquillas y una flor roja. Ni que envuelto
en su pañuelo no haya un espejito pequeño
y la borla blanca. Diríase actrices en traje
de mendigas.
Las examinaba una a una y me pareció que hasta
las más tranquilas mostraban cierta vanidad
dejándose examinar. Había entre ellas
jóvenes que, como por casualidad, parecían
no estar a gusto sino en el momento de acercarme a
ellas. A las que tenían niños las daba
algunas perras; a otras, ramitos de claveles,
con los que había llenado mis bolsillos y que
al punto suspendían sobre su pecho con la propia
cadenita de su cruz.
Y puede usted creer que había muchas desdichadas
anatomías en aquel rebaño heteróclito,
pero todas eran interesantes, y más de una vez
me detenía ante un admirable cuerpo femenino,
de esos que en verdad no se encuentran fuera de España:
un torso cálido, lleno de carne, aterciopelado
como un fruto y más que suficientemente vestido
por la piel brillante de un uniforme color oscuro,
sobre el que se destaca con vigor el astracán
ensortijado de los sobacos y las coronas negras de
los senos.
Quince de ellas ví que eran hermosas. Es mucho
entre cinco mil mujeres."
Pierre Louÿs: "La mujer y
el pelele"
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Tampoco los viajeros españoles se quedaron sin visitar
el templo del tabaco sevillano y reflejarlo en sus obras. El asturiano
Armando Palacio Valdés, en su novela La Hermana
San Sulpicio, aparecida en 1889, es decir, siete años
antes de la visita de Pierre Louys a Sevilla, nos cuenta el recorrido
que efectúa Ceferino por los talleres de la Fábrica
de Tabacos, cuando desesperado por no tener noticias de Gloria (la
protagonista de la novela) acude al establecimiento de la calle
San Fernando buscando a Paca, una antigua sirvienta de la
ex-monja, cigarrera de profesión.
Pensando en lo absurdo de sus prentensiones, pues ignora el apellido
de la cigarrera y el puesto de trabajo que ocupa, el narrador,
camino de la Fábrica, se dice a sí mismo: "Busque
usted a una tal Paca entre seis mil mujeres". Objeción
que poco después, ya en el despacho del Administrador, verá confirmada
por el empleado Sr. Nieto que, tomando con paciencia la insistente
petición de Ceferino, accederá al fin a acompañarle
sala por sala.
El recorrido se inicia en el taller de pitillos. También
es verano en la novela de Palacio Valdés y casi la hora
del mediodía.
"Al llegar a la puerta dióme en el
rostro un vaho caliente, y percibí un fuerte olor acre y
penetrante, que no era sólo de tabaco, pues éste
se siente apenas se pone el pie en la fábrica, sino los
sudores y alientos acumulados, la infección que resulta
siempre de un gran número de personas reunidas en el verano."
En este punto, el novelista anotará un detalle que nos
parece significativo, en contraste con la descripción de
Pierre Louys; Ceferino tuvo que esperar un momento en la puerta
del taller, hasta que el empleado hablara con la maestra para prevenirla:
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"Por lo que vine a entender, había ido a dar
la voz de "visita" para que se tapasen las operarias,
que por razón del calor habían descubierto
alguna parte no visible de su cuerpo. Cuando entramos, aún
pude notar que algunas se abotonaban apresuradamente la chambra,
o ponían un alfiler al pañuelo que llevaban
a la garganta."
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Reacción que resulta más lógica y natural,
más en concordancia con el orgulloso sentido colectivo que
tenían de su trabajo las cigarreras sevillanas, que la actitud
eróticamente provocadora narrada por el escritor francés.
Aunque el ambiente que refleja el resto del relato de Palacio
Valdés sea, en líneas generales, coincidente en algunas
apreciaciones de "color local" con el que luego haría
Pierre Louys, se desarrolla sin ironías ni lirismos eróticos,
tratando con muchísimo más sentido del lenguaje popular
los puntos picantes, los gestos, bromas, tipos y usos de las cigarreras
de la época. La narración del novelista astur parece
más próxima a la realidad. El cuadro que nos pinta
recuerda, en algunos detalles, al conocido lienzo de Gonzalo Bilbao
que se conserva en el Museo de Bellas Artes de Sevilla.
Palacio Valdés observará las cunas y los niños
de pecho, el colorido de los trajes de percal, las flores en el
pelo, la atmósfera cargada y sombría, el corte redondo
de casi todos los rostros y los ojos especialmente llamativos de
las cigarreras, de un negro brillante. He aquí el fragmento
del recorrido de Ceferino por la sala buscando a Paca, documento
o crónica de las observaciones reales del escritor. Y como
dice la maestra de taller en la novela, "ya pueden ustedes
pasar...":
"El
cuadro que se desplegó ante mi vista me impresionó y
me produjo temor. Tres mil mujeres se hallaban sentadas en
un vasto recinto abovedado; tres mil mujeres que clavaron sus
ojos sobre mí. Quedé avergonzado, confuso, pero
supe aparentar cierto desembarazo, y me puse a charlar con
Nieto, haciéndole preguntas tontas, mientras me guiaba
por los pasillos del taller.
Apenas se respiraba en aquel lugar. El ambiente podía
cortarse con un cuchillo. Filas interminables de mujeres,
jóvenes en su mayoría, vestidas ligeramente
con trajes de percal de mil colores, todas con flores
en el pelo, liaban cigarrillos delante de unas mesas
toscas y relucientes por el largo manoseo. Al lado
de muchas de ellas había cunas de madera con
tiernos infantes durmiendo. Estas cunas, según
me advirtió Nieto, las suministraba la misma
fábrica. Algunas daban de mamar a sus hijos.
El tipo de todas aquellas mujeres variaba poco; cara
redonda y morena, nariz remangada, cabellos negros
y ojos negros también y muy salados. Cada cierto
número había una maestra que se levantaba
a nuestro paso. La principal del taller nos acompañaba.
Nieto iba explicándole cómo yo buscaba
a una tal Paca cuyo apellido o mote (porque éste
es muy frecuente entre las cigarreras) ignoraba.
Desde que comenzamos a caminar por aquel gran salón,
de paredes desnudas y sucias, observé un chicheo
constante. No podía mirar a cualquier parte
sin que me llamasen con la mano o con los labios, haciéndome
alguna vez muecas groseras y obscenas. A duras penas
el miedo al inspector y la maestra las retenía.
Sí me fijaba en alguna más linda que
las otras, al instante me clavaba sus grandes ojos
fieros y burlones, diciendo en voz baja:
-Atensión, niñas, que ese señó viene
por mí
O bien:
-¡Una miraíta más y me pierdo!"
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Si en algo están de acuerdo todos los autores es en el
griterío y estrépito, bullicio y chispa, jaraneo
y guasa de las cigarreras sevillanas de todas las épocas.
En su Viaje por España, el barón Charles
Davillier -que vino acompañado del gran ilustrador Gustavo
Doré- comparaba el inmenso murmullo de voces y de instrumentos
que se oían bajo las bóvedas de la Fábrica
con "el zumbido de varios enjambres".
Incluso en su domicilio "armaban
tal estrépito -escribe el inquilino de una casa donde
vivían dos pureras- que me dolía la cabeza hasta
volverme loco. De manera que, prefería acostarme en la calle
antes de que con cigarreras bajo el mismo techo." Siguiendo
con la novela de Palacio Valdés, cuando ya por fin Ceferino
encuentra a la Paca, se desencadena la juerga hasta ahora mal contenida:
"-Señorito, váyase uté... Me paese
que hay bronca
Oí, en efecto, gran algazara y al tender la vista por
el taller, observo que todos los rostros están vueltos
hacía mí sonrientes, que se agitan las manos imitando
mis ademanes un poco acompasados, que se tose y se estornuda
y se ríe y se patea. [...]
En aquel instante venía el inspector que se había
separado cuando entablé conversación con la cigarrera,
y dijo sonriendo:
-Me ha revuelto usted el taller. Concluya usted pronto, porque
estas niñas tienen, al parecer, ganas de bronca.
-¡Bronca! ¡Bronca!... ¡Bron...ca! ¡Bronca...!
-empezaron a repetir las cigarreras.
El grito se extendió por todo el taller. Y acompañado
por él, oyéndome llamar cabrón por tres
mil voces femeninas, salía del recinto haciéndome
que reía, pero abroncado de veras."
Notas:
(1) Richard Ford, británico de cultura
extraordinaria, escritor y dibujante, vino a vivir a Sevilla en
1831 para cuidar la salud de su mujer, a la que los médicos
habían recomendado tierras de mejor clima. Instalado en
Sevilla y en la Alhambra granadina, recorrió a caballo miles
de kilómetros por zonas de España completamente apartadas
de las rutas habituales de los viajeros románticos. Su libro
más famoso es el "Manual para viajeros por Andalucía
y lectores en casa", publicado por primera vez en Londres
en 1845, del que recogemos algunos fragmentos en esta web. [Volver
al punto de lectura]
(*) Pierre Louÿs
(1870-1925).- Por testimonios del propio escritor se sabe
que vivió en Sevilla aproximadamente un año, entre
1895 y 1896, por problemas de salud (trastornos pulmonares, bronquitis
o tuberculosis). Desde allí realizaría escapadas
a Jerez y Cádiz, donde pasó alguna temporada, recorriendo
también otras ciudades españolas. Marcharía
luego a Nápoles, ciudad en la que terminaría su
novela "La mujer y el pelele" en 1898. Durante su estancia
en Sevilla es posible que tuviera relaciones sentimentales con
una tal "Rosarillo", que puede ser la misma Conchita
de la ficción literaria. Hay escenas y detalles en el
texto que hacen difícil dudar de la realidad contada,
si bien la tendencia pasional del autor va tiñiéndolo
todo de un erotismo lírico, un tanto deformado por cierta
idea de la mujer como burladora del hombre, que nos obliga a
poner un poco en tela de juicio la exposición detallada
del comportamiento de las cigarreras -y los comentarios que intercala
sobre sus reacciones- en el capítulo que dedica a la visita
de la Fábrica.
Francés como Merimée, siempre estuvo
fascinado por la obra "Carmen" de su compatriota. Se
conocía de memoria la ópera de Bizet e incluso la
interpretaba al órgano. Precisamente ahí encontró el
tema de "La mujer y el pelele": "Pensaba muchas
veces en el libro que podía obtener acerca del carácter
de la mujer, considerado desde el punto de vista de Carmen, pero
de una Carmen más sutil, más inteligente, más
atrozmente mujer. Pues en Carmen (de Mérimée) a menudo
es la bestia humana la que actúa". A pesar de que la
gestación de la novela fue larga, en seis días escribió más
de la mitad del libro y después de 60 páginas de
redacción paró en brusco su producción, al
llegarle la noticia de que Marie de Heredia, la mujer que amaba
y que llevaba un niño suyo, se casa con el poeta Henri de
Régnier. [Volver al
punto de lectura]
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Para saber más... |
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Morales
Padrón, Francisco: "Guía sentimental de
Sevilla" / Publicaciones Universidad Sevilla-1988 |
Mérimée,
Prosper: /"Carmen" / Ed. Cátedra, 1989 |
Lleó Cañal,
Vicente: "Carmen la cigarrera y otros temas"; en "Sevilla
y el tabaco", Ed. Tabacalera, Sevilla 1984 (págs.
77-83) |
Alberich,
José (selección, introducción y notas): "Del
Támesis al Guadalquivir : (antología de viajeros
ingleses en la Sevilla del siglo XIX)"/Universidad de
Sevilla, Secretariado de Publicaciones, 2000 |
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