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Operarios y cigarreras en la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla

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Magnífica foto de M. Medina, de principios del siglo XX no ya por su calidad sino porque reúne a los 3 colectivos de la fábrica, aunque separados: cigarreras arriba; operarios abajo a la derecha; jefes, abajo a la izquierda. En primer plano, la fuente de Da Costa en el patio central de la Fábrica

El edificio donde hoy penan estudiantes y laboran profesores y funcionarios, no ha mucho que lo hacían operarios y cigarreras. Y no decimos operarias porque tenían muy a gala su condición de trabajadoras del tabaco, de cigarreras sevillanas. El vocablo femenino se cargó de connotaciones que no tenía el masculino del término.

¿Quienes fueron esas mujeres? ¿Qué había de Carmen en ellas? ¿Cómo trabajaban?

Ya hemos conocido la opinión de viajeros y literatos. Ahora quisiera acercarme a la trabajadora, a la realidad histórica.

Tanto se han identificado cigarreras y fábrica que puede pensarse que existieron siempre, durante toda la existencia de la instalación fabril. No fue así. Las mujeres se incorporaron masivamente a partir de la Guerra de la Independencia y dominaron durante el resto del siglo XIX.

Hacen su aparición, al menos de una manera estructurada, con dependencias específicas y con definitiva continuidad a fines de 1812 y comienzos de 1813. En el Archivo de la Fábrica de Tabacos se conserva la petición de empleo para las dos primeras cigarreras de la Real Fábrica sevillana. Con su ortografía original la transcribo a continuación:

"Señor Superintendente en Comision de la Real Fábrica

Señor:

Matías Martinez, dependiente de la Real Fábrica de Tabacos de esta ciudad, en la que ha servido fielmente a S.M. por el largo espacio de quarenta y nuebe años en el empleo de portero en el que fue jubilado con ... su sueldo, el 31 de octubre de 1809. Dise con todo el respeto devido ha llegado a entender se trata del establesimiento de quadra de mugeres para la labor de sigarros, y como lo abansado de su edad a mas de 80 años le hace temer su sercana falta por la que deven quedar en el mayor desamparo tres hijas mosas que le rodean mayores de 29 a.

Suplica a Vd. tenga presente a una de ellas para Portera, y las otras dos para sigarreras, en consideracion a ser hijas de la casa siéndolo de uno de sus empleados, y por más tiempo ha servido en ella, y con la puntualidad, fidelidad y escrupuloso desempeño que es público en ella.

Fabor que espera mereser de V.I. cuya justificación le consta. Dios guarde a V.I. m. a. Sevilla 7 de diciembre de 1812. (Firma Matias Martinez)"

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Petición de empleo de las dos primeras cigarreras de la Real Fábirca de Tabacos de Sevilla (1812), efectuada por su padre, portero jubilado de la factoría, D. Matias Martinez. ampliar

 

En el margen izquierdo, una anotación manuscrita de 7 de diciembre de 1812 del cura párroco de Santa Cruz (Sevilla) en la que se certifica la buena conducta moral del solicitante y sus tres hijas solteras.

En la parte superior, anotación tipográfica que dice "Para el Despacho de Oficio. Valga para el Reynado de S.M. el Sr. D. Fernando VII y año de 1812"

Al final del documento -dorso- figura una diligencia de nombramiento de las tres empleadas "para la plaza de Segunda Portera a D. Josefa Martinez, en atención a los buenos servicios de su Padre y a los informes que he tomado de su conducta y disposición; quedando también admitidas las otras dos hermanas, en clase de operarias"

Así pues, en el periodo inicial de las fábricas sevillanas (1620-1812) sólo trabajaron hombres en ellas: durante casi 200 años el trabajo tabaquero en la Real Fábrica sevillana fue una labor de hombres.

La causa de esta situación no derivaba tanto de la mentalidad imperante o del régimen habitual de contratación en la industria de la época, como de la estructura fabril implantada en esta manufactura en estrecha consonancia con las necesidades impuestas por la demanda.

A lo largo de los dos primeros siglos la producción principal fue el tabaco en polvo -que sólo Sevilla realizaba- y no debemos olvidar que de los cinco beneficios o fases fundamentales de este proceso industrial (azoteas, monte, moja, entresuelos u oreo y repaso) tres de ellos al menos -primero, segundo y quinto- precisaban de esfuerzos violentos más propios de varones y, en general, todos escapaban a las labores habitualmente realizadas por la mujer en la industria. El manejo de los voluminosos fardos del tabaco para la extensión de éste en las azoteas del edificio, el esfuerzo con los caballos y mulos empleados como fuerza motriz en los molinos, el picado y recambio de las piedras y morteros de éstos y, en suma, la mayoría de las faenas para la producción de tabaco en polvo no dejaban otra opción.

El trabajo del varón

En general, puede decirse que ya en el siglo XVII quedan reguladas las actividades fabriles, de manera que a lo largo del XVIII asistimos solo a un mayor perfeccionamiento y racionalización del proceso fabril. Contadas innovaciones serán aceptadas por la Administración, cansada de los continuados fracasos en que concluyen la mayoría de los ensayos e inventos que proponen tanto los particulares como algunos individuos vinculados a la renta..

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Operarios de la Real Fábrica a principios del siglo XX (Detalle de una foto de M.Medina)

Durante los dos primeros siglos el número de operarios asistentes a las faenas variaba frecuentemente y con fuertes oscilaciones. En el verano, por ejemplo, debían realizarse todas las tareas relativas al secado de los tabacos en las azoteas (el avellanado), lo que permitiría contar con las reservas necesarias para su posterior fabricación a lo largo de todo el año. Por lógica, en las estaciones húmedas tales jornaleros no eran precisos y, en consecuencia, no eran llamados al trabajo. Por otro lado, no existen testimonios de que tales oscilaciones pudieran estar vinculadas con los ritmos estacionales de las diferentes faenas agrícolas. Entre otras razones, debido a que la fábrica forzaba la contratación de operarios al mismo tiempo en que el campo demandaba mayor número de jornaleros.

Todos los operarios de la fábrica de tabaco en polvo trabajaban a jornal, existiendo diferentes niveles entre los capataces -de monte, repaso, moja, etc.-, los tenientes o ayudas y los peones. Esta sería siempre la tónica en estas dependencias. La jornada de trabajo se iniciaba a las siete de la mañana y a la una y media por la tarde desde noviembre de febrero; a las seis y media y a las dos respectivamente en marzo, abril, septiembre y octubre; y a las seis y a las dos entre mayo y agosto, ambos inclusives. De ocho y media a nueve de la mañana disfrutaban los trabajadores, en todo tiempo, de la media hora del almuerzo (2). La salida se realizaba a las once y media permanentemente en la jornada de mañana. Por la tarde, a las cuatro y media entre noviembre y febrero; a las cinco en marzo y octubre; a las cinco y media en abril y septiembre y a las seis de mayo a agosto. En cualquier caso, el trabajo se suspendía alrededor de un cuarto de hora antes de lo señalado con objeto de que los operarios pudieran asearse para regresar a sus domicilios.

El trabajo de noche, en aquellos momentos en que obligaba a ello la acuciante presión de la demanda, era remunerado de manera similar al de la jornada de día. En parte, estas tareas periódicas se encomendaban a los mismos operarios que trabajaban durante el día -así ocurría, al menos, con el personal más capacitado-, pero en otra parte se realizaba con jornaleros contratados al efecto.

Por lo que hace a los cigarros, en Sevilla siempre fueron elaborados exclusivamente por hombres durante los dos primeros siglos (XVII y XVIII). El papel preponderante de las faenas del tabaco en polvo, ejecutadas necesariamente por varones, impusieron esta opción en unos tiempos en que la convivencia de un importante número de trabajadores de ambos sexos en un mismo centro, era algo rechazado de plano. El número de cigarreros, casi testimonial aún a fines de la primera centuria citada, aumentó considerablamente durante el XVIII, cuando se consolida su aceptación por los consumidores. Según Rodriguez Gordillo, tendríamos en esta labor aproximadamente unos 100 trabajadores a fines del primer tercio del XVIII, 400 en el momento del traslado a las nuevas instalaciones y por encima de 700 al iniciarse el XIX, cuando eran unos 1.200 los dedicados sólo a la tareas de polvo.

Su trabajo siempre fue pagado a destajo, variando sólo con relación al tipo de labor que realizaban. El baremo establecido en cada caso, les impedía obtener, pese a su cualificación laboral, un salario superior al de los trabajadores de su misma experiencia en las restantes faenas del establecimiento. Quizás por ello no se han encontrado noticias de enfrentamiento o fuertes tensiones entre unos y otros.

Sin embargo, el régimen peculiar impuesto en la fabricación de cigarros dio pie a continuas tensiones entre los trabajadores y los responsables de la dirección de la Real Fábrica. Fue frecuente siempre en Sevilla el deterioro de la labor en aras de un aumento de la producción, dado que ello representaba directamente un mejor salario. La reglamentación sobre el desvenado de la hoja, la moja y el oreo de ésta, el torcido del cigarro, la forma de la capa y el número de vueltas que ésta debería tener, fueron objeto de permanente atención, porque los operarios aumentaban su relajación al menor descuido. Bien es verdad que, también con excesiva frecuencia, la dirección ocultaba el problema con objeto de no tener inconvenientes para poder abastecer la demanda.

"Se evidencia que los cigarros de Sevilla tienen en general mala construcción, la tripa podrida, y con mucha vena, y su capa mal acondicionada y envuelta; que se empapelan y encajonan con excesiva humedad; que por esto se intercepta el tubo o conducto de la comunicación de aire y humo, llegando a hacerse a mui poco tiempo un sólido impenetrable; y que en tal situación ya podridos, o a lo menos con mui mal gusto, e imposibilitados de poder fumarse puros, ni picados, resulta su total inutilidad" (Expediente sobre la mejora de la labor de cigarros en Sevilla, 1807)

Con todo, lo habitual eran las quejas ante semejante situación. Se habla de la gran cantidad de hojas que quedaban esparcidas por los talleres y se desperdiciaban; de la falta de regulación de los atados o mazos de cigarros labrados; de que se daba en éstos dos y tres veces más cantidad de tabaco de la que estaba estipulada, etc.

Todo ello, según Rodriguez Gordillo, se tendría muy presente en el momento crucial de decidir entre hombres o mujeres a la hora de plantearse el despegue definitivo de la producción de cigarros en el siglo XIX. En especial, al tenerse ya entonces la experiencia de otras fábricas, en las que el personal femenino no planteaba tales problemas o lo hacía en menor medida al considerar sus salarios complementarios de los de sus maridos.

La irrupción de la mujer: las cigarreras

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Una Cigarrera en uno de los patios perdidos de la fábrica sevillana, en pose tópica. Faldas de volantes, mantón y abanico se convertirían en elementos básicos de las flamencas en la actual Feria de Abril. Foto de J. Laurent (1865)

La decisión adoptada en este contencioso modificó definitivamente la situación de los trabajadores de la Real Fábrica sevillana y dio, en adelante, un nuevo sesgo a esta industria. Los primeros pasos se dieron a fines del siglo XVIII ante el aumento vertiginoso de la demanda de cigarros, en detrimento del polvo.

Fue entonces cuando se acrecentaron las protestas de los consumidores ante la baja calidad de las labores sevillanas, en comparación con los productos traídos de Cuba o fabricados por mujeres en Cádiz. A comienzos del XIX aún no se había creído conveniente modificar esta situación, pero la crisis de aquellos años -guerra contra el invasor francés, devastación de extensas zonas, hundimiento económico- apoyó de alguna manera la necesidad del cambio.

En abril de 1811, ante la penuria general de la fábrica, se suspendieron las labores y se expulsó de los talleres a más de 700 cigarreros; en diciembre del año siguiente, se optó por el empleo de mujeres a la hora de reanudar la fabricación de cigarros, a semejanza de las restantes fábricas del país (Cádiz, Alicante, La Coruña, Madrid); finalmente, en febrero de 1813 se creaba el denominado "Establecimiento de mujeres", encargándose la enseñanza de las futuras operarias a un reducido grupo de expertas laborantas venidas de Cádiz.

Desde aquel momento se planteó una dura pugna entre la fuerte tradición sevillana en este campo, favorable a los varones, y la tendencia general en las restantes fábricas españolas, que apoyaba la opción femenina. Si en un principio (años 1813-16) sólo trabajaron mujeres, pronto se hizo preciso recurrir a antiguos cigarreros que aumentaran la producción una vez recuperada la demanda al finalizar la guerra.

Durante algún tiempo, con el incesante aumento de los operarios, de nuevo parecía volverse a los antiguos usos, pero a partir de 1829 la Administración optó definitivamente por la mujer y éstas pronto alcanzaron en número a sus compañeros. La permisibilidad de las autoridades o el temor a la reacción de los perjudicados, que ya en 1822 habían provocado gravísimos incidentes, hizo que unos y otras continuasen trabajando conjuntamente algunos años más, aunque con un progresivo descenso del número de hombres. De alguna manera, era un auténtico drama para aquellos que tradicionalmente habían encontrado en estas faenas el sustento para sí y para sus familias. Pero, a mediados de siglo, la mujer había ya desbancado definitivamente a sus rivales. En adelante, éstos quedarían relegados a las tareas del tabaco en polvo y rapé, ambas en un nivel de producción extremadamente reducido. Entramos de lleno en la época de las cigarreras.

Como hemos visto, el fenómeno que en mayor medida fuerza el cambio fue el auge del cigarro. Pero habría que añadir lo que Rodriguez Gordillo denomina democratización del consumo de tabacos. El hecho trascendental en este campo es, sin duda, la aparicion del cigarrillo del papel. Aunque venía siendo elaborado por los propios consumidores, es ahora cuando comienza a ser fabricado industrialmente (4). El tabaco de humo, que en épocas anteriores era sólo de uso plebeyo y escaso, se convierte en costumbre social. Unos y otros -cigarros, en pleno auge, y cigarrillos, en sus comienzos-, son los causantes del continuo aumento del número de trabajadoras. Se precisa de tal cantidad de operarios que los salarios más bajos de la mujer representan una opción claramente ventajosa. En ello radica, en definitiva, la mejor baza de la mujer en aquellos instantes.

Lo expuesto anteriormente y el debate hombre/mujer se revela meridianamente en el informe titulado "Expediente sobre la mejora de la labor de cigarros en Sevilla" (1807), en el que, desde Madrid, se denuncia la mala calidad de los cigarros sevillanos y se plantean dos grandes incógnitas:

"La 1ª es que ¿Porqué han de hacer hombres en Sevilla los cigarros a mayor precio que los hacen en Alicante y Cádiz las mujeres?

Y la 2ª es ¿que si los hombres no pudiesen hacerlos en Sevilla al mismo precio se pusiesen mugeres para construirlos?"

Y aquí la contestación del superintendente José Espinosa, recogida por el profesor Gordillo, que no tiene desperdicio, siendo un magnífico reflejo del pensamiento de la época:

"La primera de estas réplicas está desvanecida con saber por un principio general que en todas partes y en todas artes y manufacturas es mayor el jornal del hombre que el de la mujer porque ésta sólo tiene que atender ordinariamente a su propia manutención y aún muchas de ellas a sólo su vestido porque las mantienen sus padres, hermanos y parientes y los hombres tienen que mantenerse a sí mismos, a su mujer, a sus hijos y aun a sus madres, suegras o hermanas; y aunque esta diferencia de jornales influye mucho en el aumento o rebaja de precio de la manufactura, también influye considerablemente en el interés del Estado que sean hombres y no mujeres las que las hagan, porque la población se aumenta con una familia en cada uno de estos jornaleros, al poco que se disminuye cuando son laborantas de cigarros las mujeres, las cuales saben que son despedidas cuando se casan y sólo aspiran a manternerse solteras, tal vez con una vida inmoral y relajada." (Sevilla 10 de octubre de 1807, Correspondencia de J. Espinosa a M. Cayetano Soler)

Con respecto a la segunda cuestión -¿porqué no poner mujeres a hacer los cigarros y dejar a los hombres para las otras labores?- se responden con excusas menos sostenibles como el temor a la promiscuidad y la falta de espacio, siendo conocido que ésto último no era escaso en las instalaciones sevillanas. Veamos:

"El poner en las Fábricas de Sevilla mugeres para que labrasen los cigarros en lugar de los hombres será traer un trastorno a este establecimiento e incurrir en males que deben evitarse.

Este inmenso edificio no tiene más que una sola puerta que da entrada a las fábricas de polvo, cigarros y de rapé y la Factoría del Brasil, y esta disposición es acertadísima porque si habiendo una sola puerta hay muchos trabajos para su resguardo, si hubiese dos o más sucederían muchas extracciones y faltas de orden y de formalidad. Por consiguiente era preciso que entrasen y saliesen por una sola puerta los hombres y las mujeres y que fueran registradas escrupulosamente en ellas, para lo que debería haber en la puerta mujeres para porteras, mezcladas con los hombres que hacen de porteros y se seguirían todos los demás desórdenes inseparables de esta reunión de sexos.

Tampoco se puede perder de vista que dejar en abandono cerca de 800 familias de otros tantos cigarreros que se emplean en estas fábricas sería una ruina a la ciudad, y que para hacer la labor que ellos ejecutan serían necesarias más de 1.200 mujeres, las quales no pueden contenerse en los talleres de esta Fábrica, donde tampoco hay proporciones para dividir la de cigarros de la de polvo con total separación e independencia, al menos que no se hiciesen considerables gastos" (Sevilla 10 de octubre de 1807, correspondencia citada)

Con la irrupción de las cigarreras y con su aumento constante durante todo el XIX, la fábrica de Sevilla alcanza la imagen que le haría mundialmente famosa. Entre sus muros se establecen y amplian continuamente los distintos talleres, en los que las operarias desarrollan su actividad. El esquema de funcionamiento siempre será el mismo, aunque con ligeras variantes que acomodasen el trabajo al paso del tiempo.

Había capatazas, maestras, pureras, cigarreras y aprendizas. Las cigarreras iniciaban su aprendizaje al lado de otra operaria experta, que recibía en compensación una tercera parte del salario obtenido por la pupila. Normalmente, las aprendizas solían entrar en la Fábrica con 13 años; comenzaban despalillando (5) las hojas, hasta que, bajo la vigilancia de la veterana se le enseñaba "a hacer el niño", esto es, liar un puro ejecutándolo con la misma precisión y delicadeza con que una matrona experta envuelve en pañales y refajo a un recién nacido. Porque la purera es la aristocracia de la Fábrica. La mejor considerada, la más ágil de manos, la que ya tiene una categoría profesional de la que se siente orgullosa y recibe por ello mejor salario. Se encuentra en condiciones de llegar a maestra. He aquí la espléndida descripción que doña Emilia Pardo Bazán hace del trabajo de una purera:

"No valia apresurarse. Primero era preciso extender con sumo cuidado, encima de la tabla de liar, la envoltura exterior, la epidermis del cigarro y cortarla con el cuchillo semicircular trazando una curva de quince milímetros de inclinación sobre el centro de la hoja para que ciñese exactamente el cigarro, y esta capa requería una hoja seca, ancha y fina, de lo más selecto, así como la dermis del cigarro, el "capillo", ya la admitía de inferior calidad, lo propio que la tripa o "cañizo".

Pero lo más esencial y difícil era rematar el puro, hacerle la punta con un hábil giro de la yema del pulgar y una espátula mojada en líquida goma, cercenándole después el rabo de un tijeretazo veloz. La punta aguda, el cuerpo algo oblongo, la capa liada en elegante espiral, la tripa no tan apretada que no deje aspirar el humo ni tan floja que el cigarro se arrugase al secarse, tales son las condiciones de una buena tagarnina".

Cada taller, bajo el cuidado y control de una maestra, estaba constituido por varios "ranchos", que acogían a un número variable de operarias -casi siempre entre 6 y 10-, que trabajaban bajo la supervisión permanente de una ama de rancho. Esta era la responsable del control de la hoja que había de recibir en su rancho -la data- como de la labor realizada por todas las integrantes del mismo. Ambos procesos estaban reglamentados con todo rigor con objeto de evitar el fraude en lo posible de controlar las irregularidades en la construcción de los cigarros. Con este objeto, a lo largo de un mes sólo se entregaban tres datas a las operarias y se consumía toda una jornada entre este menester y la recogida de la labor ya ejecutada.

Dejando a un lado el abandono voluntario del taller, que era muy frecuente, el fraude -la aprehensión de alguna porción de tabaco por pequeña que fuera- era, sin duda la causa más habitual de despido y la que, por lo general, implicaba la imposibilidad del retorno de la culpable. Si el delito no revestía excesiva importancia, al despido se añadía una corta pena de privación de libertad en la cárcel con que contaba la Real Fábrica, pero si la cantidad sustraida alcanzaba cierta importancia se iniciaba la correspondiente causa. Para el control de las sustracciones, se llevaban a cabo registros personales a la salida que, uno a uno soportaban -no sin cierta guasa- todos los trabajadores de la fábrica y que dieron lugar a coplillas populares en el siglo XIX:

Llevan las cigarreras
en el rodete
un cigarrito habano
para su Pepe

De este registro, que se ha mantenido hasta tiempos modernos, ya daba cuenta el inglés Richard Ford a mediados del XIX:

"Estas damas son objeto de un registro ingeniosamente minucioso al salir del trabajo, porque a veces se llevan la sucia hierba escondida de una manera que su Católica Majestad nunca pudiera haber soñado."

Y es que ya existían los llamados "tarugos" que no eran sino una tripa, frecuentemente de carnero, que llena de tabaco se introducían por el recto los defraudadores -"tarugueros"- para evitar el registro. (¡Nihil novum sub sole...!)

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Motín de cigarreras en la Fábrica de Sevilla (marzo 1885) , provocado por los rumores de la introducción de máquinas para el liado de cigarrillos de papel -las célebres Bonsack- que amenazaba sus puestos de trabajo.

Todos los restantes motivos que suponían el despido de la operaria -escándalos, reyertas y peleas, etc.- siempre quedaban sujetos a una posible reconsideración de la Dirección, siendo lo más probable cuanto mejor fuera la labor realizada hasta entonces por la interesada durante el tiempo de permanencia en el establecimiento.

También dependía, y de ello se encuentran multitud de ejemplos, de las estrecheces de la producción en el momento de realizarse la petición de "habilitación" -así se denominaba la readmisión- por la interesada. Como puede suponerse, tales circunstancias fueron modificándose con el paso del tiempo; al cabo de los años, cuando ya muchas sevillanas dominaban esta actividad, la posibilidad de retornar por el simple conocimiento de la profesion fue haciéndose cada vez más difícil.

La vida de la fábrica prosiguió, una vez implantado este nuevo régimen, sin serios altibajos hasta las décadas finales de siglo, alcanzándose la mayor concentración de mano de obra femenina a mediados de los años ochenta: una 6.000 cigarreras, poco más o menos. No obstante, en ocasiones se produjeron ciertas revueltas (1838, 1842 y 1885 fundamentalmente) que, pese a su fuerte impacto por el número de cigarreras que solía implicar, apenas se alargaban por más de dos o tres días.

Al concluir el siglo XIX, el inicio del maquinismo torció de nuevo el rumbo de la producción tabaquera. Llegan las nuevas máquinas picadoras, desvenadoras, tiruleras, liadoras y prensas modernas (6), modificando poco a poco el trabajo de las empleadas. Por una parte, se reduce sensiblemente su número; por otra, se inicia, aunque a ritmo muy moderado, un nuevo aumento del de operarios a los que se va encomendando el mantenimiento de los nuevos ingenios. En pocos años las cigarreras quedan reducidas casi a la mitad: en 1906 son 3.332 entre maestras, porteras y operarias; en 1920 ya no llegan a 2.000 y veinte años después tan sólo quedan 1.100. La técnica impone paulatinamente su ritmo y un cambio en las formas tradicionales de la industria sevillana. La era de las cigarreras había concluido y, con ella, una de las etapas más significativas en la vida de la Real Fábrica.

No hay mejor colofón que los versos que escribiera una cigarrera cuando abandonaba aquel palacio del tabaco:

"Adiós Fábrica de Tabacos, gloria de las cigarreras
qué pena nos da el pensar de no volver más a ella;
aquí entramos desde niñas y ésta fue nuestra alegría
que cantando y trabajando se nos pasaba la vida.


Para el gremio del tabaco se hizo su construcción
desde que a España lo trajo aquel Cristobal Colón;
tus talleres y galerías no los pisaremos más,
pues de centro de trabajo se vuelve Universidad."

postal cigarreras saliendo

Fragmento de la poesía "El adiós de las cigarreras a la Fábrica de Tabacos", de Encarnación Lozana, cigarrera. (7)

grupo cigarreras

Grupo de cigarreras de la Fábrica de Sevilla (fotografía anónima de fines del siglo XIX)

Fantástico retrato que refleja a la perfección aquella generación de mujeres, fuera de la leyenda.

Adviértase la diferencia entre el mito de Carmen y la cigarrera real. Las "generalas" en el centro; las veteranas, atrás; las más jóvenes abajo. Muchas con niños pequeños en brazos, para los que la Fábrica proveía de cunas. A diferencia de la tópica foto de Laurent (mostrada más arriba) no llevan faldas de volantes ni abanicos ni adoptan pose histriónica.

Como dijeron algunos visitantes, las había guapas y feas, abundando más éstas últimas. Como también contaban, el moño y la flor que lo corona no podían faltar, máxime en una ciudad en que las macetas proveen de flores a cualquier casa o corral.


Notas:

(*) Proceso de elaboración del tabaco en polvo: Beneficio es el nombre dado a cada una de las tareas precisas para la obtención del tabaco en polvo. Las cinco fundamentales eran: Azoteas, monte, moja, oreo y repaso. Veamos algo de ellas.

La "azotea" era la primera tarea; consistía en extender las hojas en las azoteas del edificio para que recibieran el calor del sol durante los meses secos del año. De ahí el nombre con el que se conoció siempre a esta primera faena en la fábrica de tabaco en polvo de Sevilla. En ocasiones también se le llamaba "avellanado".

En el segundo beneficio se utilizaba el molino de monte, empleado para moler las hojas después de haberlas secado o avellanado en las azoteas. El molino estaba compuesto de mortero y piedra vertical, ambas bastantes toscas, y era movido por caballerías.

En el tercer beneficio del tabaco en polvo, la moja, se mezclaba con agua el tabaco molido en una artesa. En ocasiones, se aprovechaba esta faena para añadir algo al tabaco como la almagra, un óxido de hierro que le daba el color deseado. (En las labores de tabaco rapé, la moja era el segundo proceso, tras el escogido).

El oreo era el cuarto beneficio en el proceso de fabricación del tabaco en polvo. Se realizaba en extensas galerías que las que sólo el aire debía actuar para que el tabaco enjugara la humedad recibida en la moja. Cuadrillas de operarios removían y araban continuamente el polvo, siempre con instrumentos de madera, para facilitar su secado.

Finalmente, en el "repaso" se pasaba el tabaco por un molino de piedas de jaspe para que el povo recibiera la unión y finura apetecidas. [Volver al punto de lectura]

(2) Almuerzo: En esta época, almuerzo y desayuno son sinónimos. Leemos en el diccionario de Autoridades de la Real Academia de 1726: "Almuerzo: el primer alimento que se come por la mañana, y con el qual uno dexa de estar ayuno, por lo que también se llama desayuno. Regularmente suele ser de cosa ligera y en poca cantidad. El origen de esta voz según discurre Covarrubias viene del nombre latino 'morsus', que significa bocado, y como de ordinario lo más común entre la gente popular el desayuno es de una bocado de pan, tanto que para expresarse dicen: 'Vamos a tomar un bocado'; con el articulo 'Al' se pudo formar 'almorsus' y después, corrompido, quedar en 'almuerzo' " (pág. 237, columna 2) [Volver al punto de lectura]

(*) Rapé: Labor de tabaco de origen francés, algo más grueso y oscuro que el polvo fabricado en Sevilla. En 1786 comenzó también a producirse en la fábrica sevillana estableciéndose un departamento especial -la fábrica de rapé- que acogiera todo el complejísimo proceso necesario para su elaboración: raspar, presnar, etc. [Volver al punto de lectura]

(4) Los primeros ensayos se realizaron en 1817, fecha en que se confeccionó el primer cigarrillo de papel en conventos de clausura por encargo de la Real Fábrica de Tabacos. [Volver al punto de lectura]

(5) Despalillar es quitar los palillos o venas gruesas a la hoja de tabaco antes de torcerla o picarla [Volver al punto de lectura]

(6) Parece ser que la primera máquina liadora de cigarrillos utilizada en la fabricación industrial, fue empleada en el año 1880, en Austria, manejada por personal femenino [Volver al punto de lectura]

(7) Recogido por Rodriguez Gordillo en op. cit. pág. 45

  Para saber más...
Rodriguez Gordillo, José Manuel: "El personal obrero en la Real Fábrica de Tabacos"; en "Sevilla y el tabaco", Ed. Tabacalera, Sevilla 1984 (pág. 67-75)
"Historia de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla"; Fundación-Focus Abengoa, Sevilla 2005
"Sobre la industria sevillana del tabaco a fines del siglo XVII "; Ed. Instituto Jerónimo Zurita, Madrid 1977
Ortiz de Lanzagorta, José Luis: "Las cigarreras de Sevilla"; Ed. J. Rodríguez Castillejo, Sevilla 1988
Gálvez Muñoz, Lina: "La mecanización en la Fábrica de Tabacos de Sevilla bajo la gestión de la Compañía arrendataria de tabacos (1887-1945)" Ed. Fundación Empresa Pública, Madrid 1997
Las cigarreras en la literatura | La Real Fábrica de Tabacos | Tabaco: De la persecución al monopolio estatal

 

(c) Alfonso Pozo Ruiz
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