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El edificio donde hoy penan estudiantes y laboran profesores y
funcionarios, no ha mucho que lo hacían operarios y cigarreras.
Y no decimos operarias porque tenían muy a gala su condición
de trabajadoras del tabaco, de cigarreras sevillanas. El vocablo
femenino se cargó de connotaciones que no tenía el masculino
del término.
¿Quienes fueron esas mujeres? ¿Qué había
de Carmen en ellas? ¿Cómo trabajaban?
Ya hemos conocido
la opinión de viajeros y literatos. Ahora quisiera acercarme
a la trabajadora, a la realidad histórica.
Tanto se han identificado cigarreras y fábrica que puede
pensarse que existieron siempre, durante toda la existencia de
la instalación fabril. No fue así. Las mujeres se
incorporaron masivamente a partir de la Guerra de la Independencia
y dominaron durante el resto del siglo XIX.
Hacen su aparición, al menos de una manera estructurada,
con dependencias específicas y con definitiva continuidad
a fines de 1812 y comienzos de 1813. En el Archivo de la Fábrica
de Tabacos se conserva la petición de empleo para las dos
primeras cigarreras de la Real Fábrica sevillana. Con su
ortografía original la transcribo a continuación:
"Señor
Superintendente en Comision de la Real Fábrica
Señor:
Matías Martinez, dependiente de la Real Fábrica
de Tabacos de esta ciudad, en la que ha servido fielmente a S.M.
por el largo espacio de quarenta y nuebe años en el empleo
de portero en el que fue jubilado con ... su sueldo, el 31 de octubre
de 1809. Dise con todo el respeto devido ha llegado a entender
se trata del establesimiento de quadra de mugeres para la labor
de sigarros, y como lo abansado de su edad a mas de 80 años
le hace temer su
sercana falta por la que deven quedar en el mayor desamparo tres hijas mosas
que le rodean mayores de 29 a.
Suplica a Vd. tenga presente a una
de ellas para Portera, y las otras dos para sigarreras, en consideracion
a ser hijas de la casa siéndolo de uno de sus empleados,
y por más tiempo ha servido en ella, y con la puntualidad,
fidelidad y escrupuloso desempeño que es público
en ella.
Fabor que espera mereser de V.I. cuya justificación le
consta. Dios guarde a V.I. m. a. Sevilla 7 de diciembre de 1812.
(Firma Matias Martinez)"
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En el margen izquierdo, una anotación manuscrita de 7 de
diciembre de 1812 del cura párroco de Santa Cruz (Sevilla)
en la que se certifica la buena conducta moral del solicitante
y sus tres hijas solteras.
En la parte superior, anotación tipográfica que
dice "Para el Despacho de Oficio. Valga
para el Reynado de S.M. el Sr. D. Fernando VII y año de
1812"
Al final del documento -dorso- figura una diligencia de nombramiento
de las tres empleadas "para la plaza
de Segunda Portera a D. Josefa Martinez, en atención a los buenos servicios de
su Padre y a los informes que he tomado de su conducta y disposición;
quedando también admitidas las otras dos hermanas, en clase
de operarias"
Así pues, en el periodo inicial de
las fábricas
sevillanas (1620-1812) sólo trabajaron hombres en ellas:
durante casi 200 años el trabajo tabaquero en la Real Fábrica
sevillana fue una labor de hombres.
La causa de esta situación no derivaba tanto de la mentalidad
imperante o del régimen habitual de contratación
en la industria de la época, como de la estructura fabril
implantada en esta manufactura en estrecha consonancia con las
necesidades impuestas por la demanda.
A lo largo de los dos primeros siglos la
producción principal
fue el tabaco en polvo -que sólo Sevilla realizaba- y no debemos
olvidar que de los
cinco beneficios o fases fundamentales de este
proceso industrial (azoteas, monte, moja, entresuelos u oreo y
repaso) tres de ellos al menos -primero, segundo y quinto- precisaban
de esfuerzos violentos más
propios de varones y, en general, todos escapaban a las labores
habitualmente realizadas por la mujer en la industria. El manejo
de los voluminosos fardos del tabaco para la extensión de éste
en las azoteas del edificio, el esfuerzo con los caballos y mulos
empleados como fuerza motriz en los molinos, el picado y recambio
de las piedras y morteros de éstos y, en suma, la mayoría
de las faenas para la producción de tabaco en polvo no dejaban
otra opción.
El trabajo del varón
En general, puede decirse que ya en el siglo XVII quedan reguladas
las actividades fabriles, de manera que a lo largo del XVIII asistimos
solo a un mayor perfeccionamiento y racionalización del
proceso fabril. Contadas innovaciones serán aceptadas por
la Administración, cansada de los continuados fracasos en
que concluyen la mayoría de los ensayos e inventos que proponen
tanto los particulares como algunos individuos vinculados a la
renta..
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Durante los dos primeros siglos el número de operarios
asistentes a las faenas variaba frecuentemente y con fuertes oscilaciones.
En el verano, por ejemplo, debían realizarse todas las tareas
relativas al secado de los tabacos en las azoteas (el avellanado),
lo que permitiría contar con las reservas necesarias para
su posterior fabricación a lo largo de todo el año.
Por lógica, en las estaciones húmedas tales jornaleros
no eran precisos y, en consecuencia, no eran llamados al trabajo.
Por otro lado, no existen testimonios de que tales oscilaciones
pudieran estar vinculadas con los ritmos estacionales de las diferentes
faenas agrícolas. Entre otras razones, debido a que la fábrica
forzaba la contratación de operarios al mismo tiempo en
que el campo demandaba mayor número de jornaleros.
Todos los operarios de la fábrica de tabaco en polvo trabajaban
a jornal, existiendo diferentes niveles entre los capataces -de
monte, repaso, moja, etc.-, los tenientes o ayudas y los peones.
Esta sería siempre la tónica en estas dependencias.
La jornada de trabajo se iniciaba a las siete de la mañana
y a la una y media por la tarde desde noviembre de febrero; a las
seis y media y a las dos respectivamente en marzo, abril, septiembre
y octubre; y a las seis y a las dos entre mayo y agosto, ambos
inclusives. De ocho y media a nueve de la mañana disfrutaban
los trabajadores, en todo tiempo, de la media hora del
almuerzo (2). La salida
se realizaba a las once y media permanentemente en la jornada de
mañana. Por la tarde, a las cuatro y media entre noviembre
y febrero; a las cinco en marzo y octubre; a las cinco y media
en abril y septiembre y a las seis de mayo a agosto. En cualquier
caso, el trabajo se suspendía alrededor de un cuarto de
hora antes de lo señalado con objeto de que los operarios
pudieran asearse para regresar a sus domicilios.
El trabajo de noche, en aquellos momentos en que obligaba a ello
la acuciante presión de la demanda, era remunerado de manera
similar al de la jornada de día. En parte, estas tareas
periódicas se encomendaban a los mismos operarios que trabajaban
durante el día -así ocurría, al menos, con
el personal más capacitado-, pero en otra parte se realizaba
con jornaleros contratados al efecto.
Por lo que hace a los cigarros, en Sevilla siempre fueron elaborados
exclusivamente por hombres durante los dos primeros siglos (XVII
y XVIII). El papel preponderante de las faenas del tabaco en polvo,
ejecutadas necesariamente por varones, impusieron esta opción
en unos tiempos en que la convivencia de un importante número
de trabajadores de ambos sexos en un mismo centro, era algo rechazado
de plano. El número de cigarreros, casi testimonial aún
a fines de la primera centuria citada, aumentó considerablamente
durante el XVIII, cuando se consolida su aceptación por los consumidores.
Según
Rodriguez Gordillo, tendríamos
en esta labor aproximadamente unos 100 trabajadores a fines del
primer tercio del XVIII, 400 en el momento del traslado a las nuevas
instalaciones y por encima de 700 al iniciarse el XIX, cuando eran
unos 1.200 los dedicados sólo a la tareas de polvo.
Su trabajo siempre fue pagado a destajo, variando sólo
con relación al tipo de labor que realizaban. El baremo
establecido en cada caso, les impedía obtener, pese a su
cualificación laboral, un salario superior al de los trabajadores
de su misma experiencia en las restantes faenas del establecimiento.
Quizás por ello no se han encontrado noticias de enfrentamiento
o fuertes tensiones entre unos y otros.
Sin embargo, el régimen peculiar impuesto en la fabricación
de cigarros dio pie a continuas tensiones entre los trabajadores
y los responsables de la dirección de la Real Fábrica.
Fue frecuente siempre en Sevilla el deterioro de la labor en aras
de un aumento de la producción, dado que ello representaba
directamente un mejor salario. La reglamentación sobre el
desvenado de la hoja, la moja y el oreo de ésta, el torcido
del cigarro, la forma de la capa y el número de vueltas
que ésta debería tener, fueron objeto de permanente
atención, porque los operarios aumentaban su relajación
al menor descuido. Bien es verdad que, también con excesiva
frecuencia, la dirección ocultaba el problema con objeto
de no tener inconvenientes para poder abastecer la demanda.
"Se evidencia que los cigarros de Sevilla
tienen en general mala construcción, la tripa podrida, y
con mucha vena, y su capa mal acondicionada y envuelta; que se
empapelan y encajonan con excesiva humedad; que por esto se intercepta
el tubo o conducto de la comunicación de aire y humo, llegando
a hacerse a mui poco tiempo un sólido impenetrable; y que
en tal situación
ya podridos, o a lo menos con mui mal gusto, e imposibilitados
de poder fumarse puros, ni picados, resulta su total inutilidad" (Expediente
sobre la mejora de la labor de cigarros en Sevilla, 1807)
Con todo, lo habitual eran las quejas ante semejante situación.
Se habla de la gran cantidad de hojas que quedaban esparcidas por
los talleres y se desperdiciaban; de la falta de regulación
de los atados o mazos de cigarros labrados; de que
se daba en éstos dos y tres veces más cantidad de
tabaco de la que estaba estipulada, etc.
Todo ello, según Rodriguez Gordillo, se tendría
muy presente en el momento crucial de decidir entre hombres o mujeres
a la hora de plantearse el despegue definitivo de la producción
de cigarros en el siglo XIX. En especial, al tenerse ya entonces
la experiencia de otras fábricas, en las que el personal
femenino no planteaba tales problemas o lo hacía en menor
medida al considerar sus salarios complementarios de los de sus
maridos.
La irrupción de la mujer: las cigarreras
La decisión adoptada en este contencioso modificó definitivamente
la situación de los trabajadores de la Real Fábrica
sevillana y dio, en adelante, un nuevo sesgo a esta industria.
Los primeros pasos se dieron a fines del siglo XVIII ante el aumento
vertiginoso de la demanda de cigarros, en detrimento del polvo.
Fue entonces cuando se acrecentaron las protestas de los consumidores
ante la baja calidad de las labores sevillanas, en comparación
con los productos traídos de Cuba o fabricados por mujeres
en Cádiz. A comienzos del XIX aún no se había
creído conveniente modificar esta situación, pero
la crisis de aquellos años -guerra contra el invasor francés,
devastación de extensas zonas, hundimiento económico-
apoyó de alguna manera la necesidad del cambio.
En abril de 1811, ante la penuria general de la fábrica,
se suspendieron las labores y se expulsó de los talleres
a más de 700 cigarreros; en diciembre del año siguiente,
se optó por el empleo de mujeres a la hora de reanudar la
fabricación de cigarros, a semejanza de las restantes fábricas
del país (Cádiz, Alicante, La Coruña, Madrid);
finalmente, en febrero de 1813 se creaba
el denominado "Establecimiento
de mujeres", encargándose la enseñanza
de las futuras operarias a un reducido grupo de expertas laborantas venidas
de Cádiz.
Desde aquel momento se planteó una dura pugna entre la
fuerte tradición sevillana en este campo, favorable a los
varones, y la tendencia general en las restantes fábricas
españolas, que apoyaba la opción femenina. Si en
un principio (años 1813-16) sólo trabajaron mujeres,
pronto se hizo preciso recurrir a antiguos cigarreros que aumentaran
la producción una vez recuperada la demanda al finalizar
la guerra.
Durante algún tiempo, con el incesante aumento de los operarios,
de nuevo parecía volverse a los antiguos usos, pero a partir
de 1829 la Administración optó definitivamente por
la mujer y éstas pronto alcanzaron en número a sus
compañeros. La permisibilidad de las autoridades o el temor
a la reacción de los perjudicados, que ya en 1822 habían
provocado gravísimos incidentes, hizo que unos y otras continuasen
trabajando conjuntamente algunos años más, aunque
con un progresivo descenso del número de hombres. De alguna
manera, era un auténtico drama para aquellos que tradicionalmente
habían encontrado en estas faenas el sustento para sí y
para sus familias. Pero, a mediados de siglo, la mujer había
ya desbancado definitivamente a sus rivales. En adelante, éstos
quedarían relegados a las tareas del tabaco en polvo y rapé,
ambas en un nivel de producción extremadamente reducido.
Entramos de lleno en la época de las cigarreras.
Como hemos visto, el fenómeno que en mayor medida fuerza
el cambio fue el auge del cigarro. Pero habría que añadir
lo que Rodriguez Gordillo denomina democratización
del consumo de tabacos. El hecho trascendental en este campo
es, sin duda, la aparicion del cigarrillo del papel. Aunque venía
siendo elaborado por los propios consumidores, es ahora cuando
comienza a ser fabricado industrialmente (4).
El tabaco de humo, que en épocas
anteriores era sólo de uso plebeyo y escaso, se convierte
en costumbre social. Unos y otros -cigarros, en pleno auge, y cigarrillos,
en sus comienzos-, son los causantes del continuo aumento del número
de trabajadoras. Se precisa de tal cantidad de operarios que los
salarios más bajos de la mujer representan una opción
claramente ventajosa. En ello radica, en definitiva, la mejor baza
de la mujer en aquellos instantes.
Lo expuesto anteriormente y el debate hombre/mujer se revela meridianamente
en el informe titulado
"Expediente sobre la mejora de la labor de cigarros en Sevilla"
(1807), en el que, desde Madrid, se denuncia la mala calidad de
los cigarros sevillanos y se plantean dos grandes incógnitas:
"La 1ª es que ¿Porqué han de hacer hombres
en Sevilla los cigarros a mayor precio que los hacen en Alicante
y Cádiz las mujeres?
Y la 2ª es ¿que si los
hombres no pudiesen hacerlos en Sevilla al mismo precio se pusiesen
mugeres para construirlos?"
Y aquí la contestación del superintendente José Espinosa,
recogida por el profesor Gordillo, que no tiene desperdicio, siendo
un magnífico reflejo del pensamiento de la época:
"La primera de estas réplicas
está desvanecida
con saber por un principio general que en todas partes y en todas
artes y manufacturas es mayor el jornal del hombre que el de la
mujer porque ésta sólo tiene que atender ordinariamente
a su propia manutención y aún muchas de ellas a sólo
su vestido porque las mantienen sus padres, hermanos y parientes
y los hombres tienen que mantenerse a sí mismos, a su mujer,
a sus hijos y aun a sus madres, suegras o hermanas; y aunque esta
diferencia de jornales influye mucho en el aumento o rebaja de
precio de la manufactura, también influye considerablemente
en el interés del Estado que sean hombres y no mujeres las
que las hagan, porque la población se aumenta con una familia
en cada uno de estos jornaleros, al poco que se disminuye cuando
son laborantas de cigarros las mujeres, las cuales saben que son
despedidas cuando se casan y sólo aspiran a manternerse
solteras, tal vez con una vida inmoral y relajada." (Sevilla
10 de octubre de 1807, Correspondencia de J. Espinosa a M. Cayetano
Soler)
Con respecto a la segunda cuestión -¿porqué no poner mujeres a
hacer los cigarros y dejar a los hombres para las otras labores?-
se responden con excusas menos sostenibles como el temor a la promiscuidad
y la falta de espacio, siendo conocido que ésto último no era escaso
en las instalaciones sevillanas. Veamos:
"El poner en las Fábricas de
Sevilla mugeres para que labrasen los cigarros en lugar de los
hombres será traer
un trastorno a este establecimiento e incurrir en males que deben
evitarse.
Este inmenso edificio no tiene más que una sola
puerta que da entrada a las fábricas de polvo, cigarros
y de rapé y la Factoría del Brasil, y esta disposición es
acertadísima porque si habiendo una sola puerta hay muchos
trabajos para su resguardo, si hubiese dos o más sucederían
muchas extracciones y faltas de orden y de formalidad. Por consiguiente
era preciso que entrasen y saliesen por una sola puerta los hombres
y las mujeres y que fueran registradas escrupulosamente en ellas,
para lo que debería haber en la puerta mujeres para porteras,
mezcladas con los hombres que hacen de porteros y se seguirían
todos los demás desórdenes inseparables de esta reunión
de sexos.
Tampoco se puede perder de vista que
dejar en abandono cerca de 800 familias de otros tantos cigarreros
que se emplean en estas fábricas sería una ruina
a la ciudad, y que para hacer la labor que ellos ejecutan serían
necesarias más
de 1.200 mujeres, las quales no pueden contenerse en los talleres
de esta Fábrica, donde tampoco hay proporciones para dividir
la de cigarros de la de polvo con total separación e independencia,
al menos que no se hiciesen considerables gastos" (Sevilla
10 de octubre de 1807, correspondencia citada)
Con la irrupción de las cigarreras y con su aumento constante
durante todo el XIX, la fábrica de Sevilla alcanza la imagen
que le haría mundialmente famosa. Entre sus muros se establecen
y amplian continuamente los distintos talleres, en los que las
operarias desarrollan su actividad. El esquema de funcionamiento
siempre será el mismo, aunque con ligeras variantes que
acomodasen el trabajo al paso del tiempo.
Había capatazas, maestras, pureras, cigarreras y aprendizas.
Las cigarreras iniciaban su aprendizaje al lado de otra operaria
experta, que recibía en compensación una tercera
parte del salario obtenido por la pupila. Normalmente, las aprendizas
solían entrar en la Fábrica con 13 años; comenzaban
despalillando (5) las hojas, hasta
que, bajo la vigilancia de la veterana se le enseñaba "a
hacer el niño",
esto es, liar un puro ejecutándolo con la misma precisión
y delicadeza con que una matrona experta envuelve en pañales
y refajo a un recién nacido. Porque la purera es la aristocracia de
la Fábrica. La mejor considerada, la más ágil
de manos, la que ya tiene una categoría profesional de la
que se siente orgullosa y recibe por ello mejor salario. Se encuentra
en condiciones de llegar a maestra. He aquí la espléndida
descripción que doña Emilia Pardo Bazán hace
del trabajo de una purera:
"No valia apresurarse. Primero era
preciso extender con sumo cuidado, encima de la tabla de liar,
la envoltura exterior, la epidermis del cigarro y cortarla con
el cuchillo semicircular trazando una curva de quince milímetros
de inclinación sobre
el centro de la hoja para que ciñese exactamente el cigarro,
y esta capa requería una hoja seca, ancha y fina, de lo
más selecto, así como la dermis del cigarro, el "capillo",
ya la admitía de inferior calidad, lo propio que la tripa
o "cañizo".
Pero lo más esencial y difícil
era rematar el puro, hacerle la punta con un hábil giro
de la yema del pulgar y una espátula mojada en líquida
goma, cercenándole después el rabo de un tijeretazo
veloz. La punta aguda, el cuerpo algo oblongo, la capa liada en
elegante espiral, la tripa no tan apretada que no deje aspirar
el humo ni tan floja que el cigarro se arrugase al secarse, tales
son las condiciones de una buena tagarnina".
Cada taller, bajo el cuidado y control de una maestra, estaba
constituido por varios "ranchos", que acogían
a un número variable de operarias -casi siempre entre 6
y 10-, que trabajaban bajo la supervisión permanente de
una ama de rancho. Esta era la responsable del control
de la hoja que había de recibir en su rancho -la data- como
de la labor realizada por todas las integrantes del mismo. Ambos
procesos estaban reglamentados con todo rigor con objeto de evitar
el fraude en lo posible de controlar las irregularidades en la
construcción de los cigarros. Con este objeto, a lo largo
de un mes sólo se entregaban tres datas a las operarias
y se consumía toda una jornada entre este menester y la
recogida de la labor ya ejecutada.
Dejando a un lado el abandono voluntario del taller, que era muy
frecuente, el fraude -la aprehensión de alguna porción
de tabaco por pequeña que fuera- era, sin duda la causa
más habitual de despido y la que, por lo general, implicaba
la imposibilidad del retorno de la culpable. Si el delito no revestía
excesiva importancia, al despido se añadía una corta
pena de privación de libertad en la cárcel con que
contaba la Real Fábrica, pero si la cantidad sustraida alcanzaba
cierta importancia se iniciaba la correspondiente causa. Para el
control de las sustracciones, se llevaban a cabo registros personales
a la salida que, uno a uno soportaban -no sin cierta guasa- todos
los trabajadores de la fábrica y que dieron lugar a coplillas
populares en el siglo XIX:
Llevan las cigarreras
en el rodete
un cigarrito habano
para su Pepe
De este registro, que se ha mantenido hasta tiempos modernos,
ya daba cuenta el inglés Richard Ford a mediados del XIX:
"Estas
damas son objeto de un registro ingeniosamente minucioso al salir
del trabajo, porque a veces se llevan la sucia hierba escondida
de una manera que su Católica Majestad nunca pudiera haber
soñado."
Y es que ya existían los llamados "tarugos" que
no eran sino una tripa, frecuentemente de carnero, que llena de
tabaco se introducían por el recto los defraudadores -"tarugueros"-
para evitar el registro. (¡Nihil novum
sub sole...!)
Todos los restantes motivos que suponían el despido de
la operaria -escándalos, reyertas y peleas, etc.- siempre
quedaban sujetos a una posible reconsideración de la Dirección,
siendo lo más probable cuanto mejor fuera la labor realizada
hasta entonces por la interesada durante el tiempo de permanencia
en el establecimiento.
También dependía, y de ello se encuentran multitud
de ejemplos, de las estrecheces de la producción en el momento
de realizarse la petición de "habilitación" -así se
denominaba la readmisión- por la interesada. Como puede
suponerse, tales circunstancias fueron modificándose con
el paso del tiempo; al cabo de los años, cuando ya muchas
sevillanas dominaban esta actividad, la posibilidad de retornar
por el simple conocimiento de la profesion fue haciéndose
cada vez más difícil.
La vida de la fábrica prosiguió, una vez implantado
este nuevo régimen, sin serios altibajos hasta las décadas
finales de siglo, alcanzándose la mayor concentración
de mano de obra femenina a mediados de los años ochenta:
una 6.000 cigarreras, poco más o menos. No obstante, en
ocasiones se produjeron ciertas revueltas (1838, 1842 y 1885 fundamentalmente)
que, pese a su fuerte impacto por el número de cigarreras
que solía implicar, apenas se alargaban por más de
dos o tres días.
Al concluir el siglo XIX, el inicio del maquinismo torció de
nuevo el rumbo de la producción tabaquera. Llegan las nuevas
máquinas picadoras, desvenadoras, tiruleras, liadoras y
prensas modernas (6), modificando poco
a poco el trabajo de las empleadas. Por una parte, se reduce sensiblemente
su número; por otra,
se inicia, aunque a ritmo muy moderado, un nuevo aumento del de
operarios a los que se va encomendando el mantenimiento de los
nuevos ingenios. En pocos años las cigarreras quedan reducidas
casi a la mitad: en 1906 son 3.332 entre maestras, porteras y operarias;
en 1920 ya no llegan a 2.000 y veinte años después
tan sólo quedan 1.100. La técnica impone paulatinamente
su ritmo y un cambio en las formas tradicionales de la industria
sevillana. La era de las cigarreras había concluido y, con
ella, una de las etapas más significativas en la vida de
la Real Fábrica.
No hay mejor colofón que los versos que escribiera una
cigarrera cuando abandonaba aquel palacio del tabaco:
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"Adiós Fábrica de Tabacos, gloria de
las cigarreras
qué pena nos da el pensar de no volver más a ella;
aquí entramos desde niñas y ésta fue nuestra alegría
que cantando y trabajando se nos pasaba la vida.
Para el gremio del tabaco se hizo su construcción
desde que a España lo trajo aquel Cristobal Colón;
tus talleres y galerías no los pisaremos más,
pues de centro de trabajo se vuelve Universidad."
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Fragmento de la poesía "El adiós
de las cigarreras a la Fábrica de Tabacos", de Encarnación
Lozana, cigarrera. (7)
Notas:
(*) Proceso
de elaboración del tabaco en polvo: Beneficio es
el nombre dado a cada una de las tareas precisas para la obtención
del tabaco en polvo. Las cinco fundamentales eran: Azoteas, monte,
moja, oreo y repaso. Veamos algo de ellas.
La "azotea" era la primera tarea; consistía en
extender las hojas en las azoteas del edificio para que recibieran
el calor del sol durante los meses secos del año. De ahí el
nombre con el que se conoció siempre a esta primera faena
en la fábrica de tabaco en polvo de Sevilla. En ocasiones
también se le llamaba "avellanado".
En el segundo beneficio se utilizaba el molino
de monte, empleado para moler las hojas después de haberlas secado
o avellanado en las azoteas. El molino estaba compuesto de mortero
y piedra vertical, ambas bastantes toscas, y era movido por caballerías.
En el tercer beneficio del tabaco en polvo,
la moja, se mezclaba con agua el tabaco molido en una artesa.
En ocasiones, se aprovechaba esta faena para añadir algo al tabaco
como la almagra, un óxido de hierro que le daba el color deseado.
(En las labores de tabaco rapé,
la moja era el segundo proceso, tras el escogido).
El oreo era el cuarto beneficio en el proceso
de fabricación
del tabaco en polvo. Se realizaba en extensas galerías que
las que sólo el aire debía actuar para que el tabaco
enjugara la humedad recibida en la moja. Cuadrillas de operarios
removían y araban continuamente el polvo, siempre con instrumentos
de madera, para facilitar su secado.
Finalmente, en el "repaso" se pasaba el tabaco por un
molino de piedas de jaspe para que el povo recibiera la unión
y finura apetecidas. [Volver
al punto de lectura]
(2) Almuerzo: En esta época,
almuerzo y desayuno son sinónimos. Leemos en el diccionario
de Autoridades de la Real Academia de 1726: "Almuerzo: el
primer alimento que se come por la mañana, y con el qual
uno dexa de estar ayuno, por lo que también se llama desayuno.
Regularmente suele ser de cosa ligera y en poca cantidad. El origen
de esta voz según discurre Covarrubias viene del nombre
latino 'morsus', que significa bocado, y como de ordinario lo más
común
entre la gente popular el desayuno es de una bocado de pan, tanto
que para expresarse dicen: 'Vamos a tomar un bocado'; con el articulo
'Al' se pudo formar 'almorsus' y después, corrompido, quedar
en 'almuerzo' " (pág. 237, columna 2) [Volver
al punto de lectura]
(*) Rapé: Labor de tabaco
de origen francés, algo más grueso y oscuro que el polvo fabricado
en Sevilla. En 1786 comenzó también a producirse en la fábrica
sevillana estableciéndose un departamento especial -la fábrica
de rapé- que acogiera todo el complejísimo proceso necesario para
su elaboración: raspar, presnar, etc. [Volver
al punto de lectura]
(4) Los primeros ensayos
se realizaron en 1817, fecha en que se confeccionó el
primer cigarrillo de papel en conventos de clausura por encargo
de la Real Fábrica de Tabacos. [Volver
al punto de lectura]
(5) Despalillar es
quitar los palillos o venas gruesas a la hoja de tabaco antes de
torcerla o picarla [Volver
al punto de lectura]
(6) Parece ser que la primera
máquina liadora
de cigarrillos utilizada en la fabricación industrial, fue
empleada en el año 1880, en Austria, manejada por personal
femenino [Volver al punto
de lectura]
(7) Recogido por Rodriguez Gordillo
en op. cit. pág.
45
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Para saber más... |
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Rodriguez
Gordillo, José Manuel: "El personal obrero en la
Real Fábrica
de Tabacos"; en "Sevilla y el tabaco", Ed. Tabacalera,
Sevilla 1984 (pág. 67-75)
"Historia de la Real Fábrica de Tabacos de Sevilla";
Fundación-Focus Abengoa, Sevilla 2005
"Sobre la industria sevillana del tabaco a fines del siglo
XVII "; Ed. Instituto Jerónimo Zurita, Madrid 1977 |
Ortiz
de Lanzagorta, José Luis: "Las cigarreras de Sevilla";
Ed. J. Rodríguez Castillejo, Sevilla
1988 |
Gálvez Muñoz, Lina: "La mecanización
en la Fábrica de Tabacos de Sevilla bajo la gestión
de la Compañía arrendataria de tabacos (1887-1945)" Ed.
Fundación Empresa Pública, Madrid 1997 |
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