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Historia:

 

Carlos III, el rey ilustrado (1716-1788)

Carlos III cazador, por Goya
Carlos III tocado con el célebre sombrero de tres picos o tricornio cuya imposición provocaría el motin de Madrid de 1766, conocido como el de Esquilache (detalle 'Carlos III cazador', Goya, Museo del Prado)

El gobierno del "rey-alcalde", como le apodaron los madrileños, es crucial en la historia de la Universidad de Sevilla. Bajo su mandato verá la luz el primer plan de reforma moderna de esta universidad, suscrito por su Asistente en Sevilla, Olavide, y se separará del viejo Colegio-Universidad de Santa María de Jesús, la fundación de Maese Rodrigo allá por 1505. Por esto merece la pena acercarnos a la biografía de este monarca borbón, aunque existen monografías mucho más extensas.

Sinopsis historica

Hijo de Felipe V y de su segunda esposa, Isabel de Farnesio, nació en Madrid el 20 de enero de 1716.

En 1731 fue nombrado duque de Parma y Toscana, y entre 1735 y 1759 fue rey de Nápoles. En 1759 sucedió a su hermanastro Fernando VI en el trono español, cargo que ocupará hasta su muerte.

A pesar de que todavía continuamos dentro del periodo de monarquías absolutistas, el reinado de Carlos III es plenamente reformista desde el punto de vista socio-político y económico llegando incluso a provocar su enfrentamiento con la aristocracia y el clero.

Entroncado este reinado en pleno desarrollo de la Ilustración es uno de los más típicos exponentes de esta corriente ideológica. Sus reformas fueron dirigidas hacia el reparto de tierras comunales, división de latifundios, recortes de privilegios de la Mesta, protección de la industria privada, liberación del comercio y de las aduanas, etc.

Políticamente otorgó poder político a la incipiente burguesía, favoreciendo sus intereses con iniciativas legislativas como la creación de la Orden de Carlos III, la apertura del comercio de Ultramar o la supresión de los "oficios viles". En 1767, 1770 y 1772, sendos decretos reales afirmaban la progresiva idea de que el trabajo, el hecho de trabajar, no implicaba la pérdida de la hidalguía, decretos que atacaban directamente una tradicional y perniciosa convicción española: "trabajar no es trato de nobles". Fue en 1771, y asimilada a las órdenes de Calatrava, Alcántara y Montesa, cuando se creaba la Orden de Carlos III; condición para ingresar en ella no era la posesión de "sangre azul" sino la valía personal demostrada en el trabajo. De allí en adelante, el trabajo, dignificado, podía llevar a ostentar una distinción que en los viejos tiempos había estado reservada a los nobles guerreros.

Interesado en promover la prosperidad del país, su programa de reformas e iniciativas alcanzó a las obras públicas, destacando la construcción del pantano de Loja, el puerto de San Carlos de la Rápita o la repoblación de Sierra Morena, creando municipios de nueva construcción como La Carolina. En 1767 comenzó a estudiarse la nueva ley agraria, el mismo año que daba comienzo la colonización de Sierra Morena, todo un experimento de reforma agraria.

En el ámbito cultural, Carlos III entendía que la prosperidad nacional pasaba por el desarrollo cultural y educativo. En este sentido, impulsó la investigación científica, reformó la docencia y favoreció la difusión de los conocimientos.

Muchas de estas medidas las llevó a cabo al comienzo de su reinado con el Marqués de Esquilache al frente de su gobierno y apoyado por grupos de ilustrados y de la burguesía; de hecho fueron medidas muy efectivas pero produjeron el enfrentamiento de la oligarquía aristocrática y el clero, que, viendo amenazados sus intereses, provocaron un levantamiento popular en 1766 que se conoce por el Motín de Esquilache, ya que fue depuesto este ministro italiano.

Esto obligó al monarca a suavizar las medidas sociales adoptadas aunque no dejo de enfrentarse a los grupos reaccionarios actuando contra ellos como demostró en la expulsión de los jesuitas o limitando el poder de la Inquisición. Pero las reformas continuaron. Como ha señalado José Luis Comellas, si el primer periodo carolino se vio concentrado en reformas económicas e higiénicas, el segundo (que va aproximadamente de 1770 a 1782) se caracterizó por una preferente atención por las reformas necesarias para la implantación de la libertad de comercio. El tercer período, dentro de la clasificación de Comellas, entre 1785 y 1789, se concentró en la reforma agraria.

Económicamente hay que recordar a este monarca porque tendió a unificar el sistema monetario creando el primer papel moneda y la primera banca estatal (Banco de San Carlos 1782).

En cuanto a la política exterior, intentó mantener el prestigio español y su presencia colonial, amenazada por el expansionismo de Gran Bretaña y Francia, principalmente. Para ello, reformó el ejército e incrementó el poder naval español, hasta el punto de que pudo ser considerada en su época como la más poderosa después de la británica. Además, las Ordenanzas Reales que se dictaron sobre el ejército demostraron su eficacia, hasta el punto de que en parte aun se mantienen en vigor.

En política exterior fueron fundamentales 3 puntos u objetivos: Paz en el Mediterráneo para garantizar el comercio español en estas aguas, neutralizar a Gran Bretaña en las colonias americanas y recuperar Menorca y Gibraltar de manos de los ingleses; conseguiría recuperar la primera plaza pero no así la segunda que sigue siendo colonia británica.

Moría en diciembre de 1788 sucediéndole en el trono su hijo Carlos IV.

La personalidad de Carlos III.

Carlos III comiendo
Carlos III comiendo ante su corte (detalle) Luis Paret y Alcázar. Museo del Prado

Consta que a Carlos III le costó bastante abandonar sus posesiones italianas. Allí habían nacido sus trece hijos, allí había gozado de una apacible y feliz vida hogareña con su esposa, la pacifista María Amalia de Sajonia.

Por otra parte, en las Dos Sicilias había consumado una obra satisfactoria, estabilizando la paz, reduciendo en buena medida el anterior e hiriente feudalismo, renovando la administración y democratizando la estructura social y política de las tierras. Evidentemente, en España no le sería fácil cerrar su trayectoria con un balance tan positivo. Pero no eludió sus responsabilidades.

Debe decirse que, en último análisis, Carlos III no era un hombre brillante o genial, pero sí un hombre de notable estabilidad emocional, de una sólida confianza en sí mismo, virtudes que daban firmeza a sus decisiones y seguridad a sus colaboradores. Como bien dice Gonzalo Anés, "Carlos III resulta un rey excepcional, por comparación". En efecto, su inteligencia política y su voluntad reformista, avaladas por su temple interior, le situaban muy por encima de los anteriores Borbones hispanos.

Ahora bien, sería equivocado considerarle un político genial, tan equivocado como considerarle "simple y piadoso", según la equivocada caracterización del padre Eguia. Indiscutiblemente era un hombre piadoso, pero no un hombre simple.

Se ha dicho que era muy trabajador, juicio resultante también de una comparación. En realidad, dedicaba a sus tareas de gobernante sólo algunas horas al día y, desde luego, como ha señalado Domínguez Ortiz, no tantas como a la caza, el deporte de su obsesiva predilección.

En el terreno de las relaciones humanas, se distinguía por su trato directo y cordial. "Jamás olvidó que era un hombre como los demás", ha escrito su biógrafo, el conde de Fernán Núñez.

Se ha dicho que nada le ofendía más que la mentira, razón por la que inspiraba confianza a sus colaboradores e incluso a sus reales colegas.

Debe destacarse que era hombre de costumbres rutinarias: "Nunca alteró su distribución del tiempo ni el orden de su frugal comida", ha escrito Domínguez Ortiz. Al parecer, cualquier alteración de su rutina le producía horror.

En materia amorosa era hombre austero, fiel a su esposa, y llevó esa conyugal fidelidad hasta el fin. Su única pasión desmedida: la caza. Con agudeza, Domínguez Ortiz anota que esta pasión contrapesaba la evidente ausencia de pasiones amorosas, musicales, literarias o teatrales. En este sentido y, dado que dedicaba a las tareas de gobierno muy poco tiempo, la caza habría sido para él la única forma de escapar al aburrimiento.

Aquí debemos subrayar el hecho de que Carlos III carecía de tendencias filosóficas o literarias. Hijo de su siglo, educado políticamente por el ilustrado Tanucci, Carlos III confiaba en las bondades de la Razón, y esta confianza le llevaba a oponerse a leyes y usos que le parecian irracionales o contraproducentes. En su confianza en la Razón se basó su empuje reformista. Pero queda claro que estaba lejos de ser "un pensador". Como ha escrito Anes, "nunca tuvo pretensiones de intelectual" y, en realidad, fue más lejos en la práctica que en la teoría.

Ahora bien, queda claro que su escaso empuje intelectual limitó aún más los alcances de su política reformista. Queda claro que su preocupación fundamental o su meta política, como correspondía a su condición de monarca ilustrado, era mejorar el nivel de vida de sus súbditos. Y queda claro que, consecuentemente, sus pasos se orientaban en el sentido de racionalizar la administración. Todo esto es indiscutible. Ahora bien, es preciso señalar que su trabajo reformista, sin el respaldo de un vigoroso empuje racionalista. no podía ir, por principio, más allá de ciertos limites. Porque, en efecto, el monarca ilustrado no podía -y suponemos que ello jamás entró en sus cálculos- liquidar decisivamente los privilegios de los beneficiarios de la situación reinante. Porque la nobleza y la Iglesia respaldaban su poder y, obviamente, no podría avanzar demasiado sin tropezar con resistencias insuperables y sin socavar las bases reales de su poder. Ha escrito Anés: "Carlos III no pudo prescindir del apoyo de las fuerzas más tradicionales, y su politica de reformas estuvo condicionada, en todo momento, por el respeto y el temor inspirados por estas fuerzas." Consta, por ejemplo, que Carlos III favoreció a quienes se opusieron a la implantación del Santo Oficio en las Dos Sicilias; pero es evidente que, ya en España, nunca actuó frontalmente contra el poderoso tribunal. Carlos III y sus colaboradores inmediatos reivindicaban para la Corona la totalidad del poder temporal, en detrimento de los privilegios tradicionalmente usufructuados por la Iglesia. Ahora bien, tales privilegios temporales no podrían liquidarse verdaderamente sin un enfrentamiento más violento que el ánimo de quienes pretendían su liquidación.

Por otra parte, no debe pensarse que Carlos III estuviese "fuera de la Iglesia". En absoluto estaba fuera de ella. En realidad, se encontraba bien afirmado en sus creencias religiosas, encarnando la actitud cristiana más avanzada de su siglo, en el interior de un movimiento espiritual que, para decirlo con palabras de Reglá, "tendía a despojar a la religión de las estratificaciones que se habían formado alrededor de ella, a ofrecer una creencia tan liberal en su doctrina que nadie podría ya acusarla de oscurantismo". En consecuencia, ni por sus íntimas creencias religiosas ni por la fuerza política de la Iglesia, podría llevar Carlos III demasiado lejos sus reformas religiosas. El tribunal del Santo Oficio no gozaba, ciertamente, de sus simpatías, pero tampoco se decidiría a liquidarlo.

Con la nobleza le ocurriría algo parecido. Tampoco podría Carlos III racionalizar las estructuras sociales sin destruir privilegios que serian defendidos por sus poderosos usufructuarios. "Todo para el pueblo, pero sin el pueblo"... ésta era la máxima de aquel Despotismo Ilustrado que, por principio, no podría apoyarse en el pueblo mismo, sino en las clases privilegiadas de siempre. "No era posible -ha escrito Anés- un enfrentamiento en toda la regla, porque las capas sociales que apoyaban al rey no tenían suficientemente delimitados sus objetivos y porque, además, no está claro que el monarca hubiera dejado de apoyar a la alta nobleza y a la Iglesia. Su propia legitimidad obligaba a legitimar también todo aquello que, heredado del pasado, suponía un conjunto de privilegios disfrutados con el apoyo de los monarcas a quienes había sucedido." Así pues, quedan claras, de antemano, las limitaciones de la política reformista de Carlos III.

Madrid y la reforma carolina: "Mis vasallos son como niños..."

Puerta del Sol  en 1733
El Despotismo Ilustrado practicado por Carlos III tenía sus bases reales. Veamos una situación anecdótica que justificaba para el Rey que no se contase con el pueblo para gobernar.

Cuando Carlos III llega a Madrid se encuentra una ciudad con un aspecto miserable, vergonzoso, en lo tocante a la limpieza pública. En 1760 contaba con algo menos de 150.000 habitantes, para los que no contaba con agua suficiente y las calles no merecían el nombre de tales. El invierno era, en este sentido, particularmente dramático: el lodo confería a la ciudad un aspecto deprimente. Fernán Núñez, el biógrafo oficial del rey, no duda en calificar a la capital de auténtica "pocilga": lodos, basuras y excrementos componían un cuadro indescriptible y maloliente.

He aquí, descrito por Fernán Nuñez, el insólito procedimiento de limpieza:

"La villa tenía una porción de carros o cajones bajos, sin ruedas, que en lugar de ellas tenían unos maderos redondos, tirados por una mula, que dirigía el que iba de a pie, y así se iba arrastrando todo lo grueso de la inmundicia. Este paseo, que generalmente se hacía de noche, iba precedido por gentes con hachas, que marchaban delante, a los lados y detrás de los carros y enseguida de éstos venían muchos hombres en una fila, con escobas, que iban barriendo lo que ellos no podían arrastrar. Esta pestífera comitiva cuya fetidez, como puede creerse, se anunciaba desde muy lejos, se dirigía a a varias alcantarillas, sumideros grandes que había en varios puntos de la villa, cuyas casas inmediatas estaban infectadas de sus hálitos".

Y comenta graciosamente:

"Si Don Quijote se hubiera encontrado de noche este pestífero y lúgubre acompañamiento, es probable creyese que todas las parcas del abismo venían a caer sobre él, y que hubiese ensuciado su lanza contra aquella inmunda comitiva para deshacer un entuerto que seguramente ya había ocasionado más de cuatro".

Este curioso procedimiento de limpieza había sido bautizado con el nombre de "la marea".

Por otra parte, los cerdos paseaban libremente por la ciudad, no había prácticamente iluminación nocturna y toda clase de ladrones esperaban en las esquinas al ingenuo que se aventurase a pasear más allá del atardecer. Con todo esto, la necesidad de llevar a cabo una profunda reforma resultaba imperiosa. Procedente de su apacible palacio napolitano, Carlos III debió quedar estupefacto ante tan increíble estado de cosas. Y pronto presentó Carlos III un proyecto de reforma de la villa que fue aprobado por el Consejo. Básicamente ordenaba limpiar las calles y empedrarlas; los caseros deberían "embaldosar el frente y costados, colocar canales en toda la anchura del arroyo, construir conductos para las aguas de la cocina y otras menores de limpieza, con sumideros o pozos para las aguas mayores". Las basuras serían recogidas y trasladadas fuera del casco urbano. Quedaba prohibido la presencia de cerdos en las calles. Se creaba una policía urbana para mantener el orden y sería obligatorio que en las escaleras luciera un farol.

Lo chocante es que el pueblo madrileño acogió mal estas medidas, como si le costase desprenderse de tanta suciedad. Entonces comentó Carlos III:

"Mis vasallos son como los niños: lloran cuando se les lava..."

Esquilache movilizó todas sus energías para que se cumplieran las disposiciones. Sabatini se concentró en proyectos de embellecimiento y hasta diseñó unos carros de basuras que, con malicia, el pueblo bautizaría con el nombre de "chocolateras de Sabatini".

El análisis de las motivaciones de la curiosa resistencia del pueblo madrileño a estas mejoras merecería un análisis en profundidad, que queda fuera de nuestro trabajo. Sólo diremos que, inevitablemente, una resistencia tan incomprensible sólo podía llevar a Carlos III a concluir que era aquel un pueblo anclado en infantiles torpezas, con lo cual quedaba bien justificado para él el principio de gobernar "para el pueblo pero sin el pueblo": el pueblo daba tales muestras de inmadurez que parecía imposible concebir otras formas de gobierno, quedando demostrada la necesidad del Despotismo Ilustrado.

  Para saber más...
Blanco Martinez, Rogelio; Muñoz Vitoria, Fernando (y otros): "Historia de España", tomo VI, 'Los borbones hasta 1845' /Club Internacional del Libro, Madrid 1990
Dominguez Ortiz, A: "La sociedad española en el siglo XVIII", Instituto "Balmes" de Sociología [..], Madrid, 1955
- "Hechos y figuras del siglo XVIII español"; Ed. Siglo veintiuno, Madrid, 1980
- "Carlos III y la España de la Ilustración"; Ed. Alianza, Madrid 1990

Anes Álvarez, Gonzalo: "El Antiguo Régimen: los Borbones"; Ed. Alianza, Madrid, 1981

Webs para saber más...
La Monarquía Hispánica - Los Borbones - Carlos III (CervantesVirtual.com)
Carlos III (Artehistoria.com)
El caso Olavide. El poder absoluto de Carlos III al descubierto (pdf)
El motín de Esquilache | La expulsión de los jesuitas | El estado de la universidad española en el siglo XVIII | La Ilustración y la nueva concepción de la Universidad | Pablo de Olavide y las nuevas colonizaciones

 

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  "Historia vitae magistra" (Cicerón) Página personal © Alfonso Pozo Ruiz
Enviarme un correo electrónico Miembro del Comisariado del V Centenario Universidad Sevilla y autor de la sección histórica de la web institucional www.quintocentenario.us.es