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El origen de los Colegios es posterior al de las Universidades. Los
primeros aparecen en el siglo XV y sus fundadores fueron diversas
personalidades eclesiásticas, que los crearon con el doble
fin de impulso a las ciencias y protección de los estudiantes,
por lo que, según que uno de los dos fines prevaleciera, se
dividieron en dos tipos: por una lado, los Colegios-Universidad, y,
por otro, los Colegios Mayores y Menores. En los primeros, el Colegio
y la Universidad formaban una unidad, y su exponente más famoso
fue Alcalá, formada por el Colegio de San Ildefonso y la Universidad,
ambos gobernados por las mismas personas e instalados en un único
edificio. Otros casos fueron el del Colegio
Santa María de Jesús de Maese Rodrigo y la Universidad
de Sevilla, y el de Portacoeli y la Universidad de Sigüenza.
El fenómeno de la fundación de Colegios alrededor
de una Universidad se generalizó en el siglo XVI, y es entonces
cuando aparecen los Colegios Mayores, que son los que van a tener
una importancia decisiva en la historia de las Universidades. Los
Colegios Mayores fueron seis: los cuatro de Salamanca: San Bartolomé,
el de Cuenca, San Salvador, de Oviedo, y el del Arzobispo; el de
Santa Cruz, en la Universidad de Valladolid, y el de San Ildefonso,
de Alcalá.
En las universidades de los otros reinos se fundaron Colegios como
aquéllos, y algunos adquirieron, con respecto a su Universidad,
parecida prepotencia. También las universidades castellanas
contaron con otros Colegios, que para distinguirse de los mayores
se llamaron Menores. Los Colegios eran Mayores o Menores según
que los rectores eran anuales o perpetuos, y que los colegiales
eran, al tiempo de ingresar, graduados o no graduados. Alvarez de
Morales afirma que "el título de Mayores no tiene un
origen oficial al parecer, sino que se lo arrogaron los propios
colegiales para distinguirse de los otros Colegios. Precisamente
ésto lo utilizará Perez Bayer en su memorial "Por
la libertad de la literatura española" para atacarles,
atribuyendolo a una consecuencia más de su soberbia.
En las universidades castellanas no había distinción
en los sitios donde había más de un Colegio; por tanto,
no se empleó tampoco la terminología de Mayores o
Menores por innecesaria.
Los Colegios Mayores fueron los que adquirieron mayor importancia,
pues su influencia no quedó sólo en la Universidad,
sino que trascendió a la élite directiva de la sociedad.
Tenían un régimen propio, tanto en su gobierno interior
como en la administración de sus rentas, con un rector elegido
por los propios colegiales, que también elegían a
los titulares de los demás cargos existentes en cada Colegio.
Las constituciones que los fundadores redactaron permiten conocer
cuáles eran las finalidades que aquellos pretendían:
el ayudar a los jóvenes "virtuosos y aplicados"
que por falta de recursos no podían seguir la carrera. Esto
hacía que el requisito más tajantemente exigido para
opositar a una plaza en el Colegio fuera el de la pobreza.
Pero la evolución de los Colegios fue decisivamente marcada
por la fundación de la Real Junta de Colegios, en 1623, como
dependencia del Consejo de Castilla. Gracias a este órgano,
que era competente para todo lo referente a estas instituciones,
los Colegios Mayores fueron tomando un carácter clasista
y exclusivista, reservando todas sus plazas a los estudiantes de
nacimiento noble.
Las disposiciones de los fundadores también ordenaban que
las plazas vacantes fueran anunciadas mediante edictos expedidos
dentro de cierto término, y que se celebraran oposiciones
para elegir al que tuviera más méritos, una vez que
se comprobara que los opositores cumplían los requisitos.
Pero la aparición de la institución de los "hacedores"
eliminó prácticamente la celebración de concursos.
"Hacedores" eran los antiguos colegiales que habían
conseguido llegar ya a los puestos más influyentes del Estado,
y desde allí manejaban a su antojo las becas vacantes. Así
se explica que las becas fueran a parar "a hijos, sobrinos,
parientes y allegados de otros colegiales, y especialmente de consejeros,
camaristas, obispos y otras personas de autoridad que puedan otro
día volver la vez al Colegio, esto es, favorecer en las pretensiones
a sus colegiales..." y que, "por otra parte, la
Junta de Colegios, aunque obligada de oficio a celar la observancia
de las Constituciones, es paciente, es benigna, sabe disimular con
los amigos, y aun dispensarlas con el mayor garbo" (1).
El planteamiento del ingreso en los Colegios se había, por
tanto, invertido en su aspecto social, ya que a la dificultad de
entrar se unía el que, una vez dentro, al estudiante pobre
le era imposible vivir. Los escolares de condición modesta
no podían mantener "la pompa de trajes y criados
que con ocasión del goce de rentas copiosas han afectado
y afectan a los colegiales, ni sostener los excesivos gastos que
se ofrecen antes y en el tiempo del ingreso ni vivir en el Colegio
sin mucho sonrojo y sin ser despreciados". (Cita de Felipe
Bertrán, 1703-1782, Inquisidor general)
Las exigencias de ser pobre que se encontraba en las Constituciones
eran soslayadas, alegando que sus padres eran ricos, pero que ellos
eran pobres, o que porque los habían abandonado o porque,
siendo hijos de familia, nada tenían mientras vivieran sus
padres. Otros requisitos exigidos por los fundadores, como la edad,
que generalmente fijaron en veinte años, fueron también
soslayados, porque esta fue considerada como excesivamente tardía.
Lo mismo hay que decir de las severas normas de clausura que unánimente
dispusieron los fundadores, en virtud de las cuales las puertas
del Colegio quedaban cerradas al anochecer, o al toque del Ave María,
siendo el castigo prescrito para el que incumpliera por tercera
vez esta disposición, la expulsión. Pero los colegiales
burlaban la disposición, cerrando la puerta, pero dejando
abierto un postigo, que quedaba así siempre, por el que entraban
y salían cuando querían, aunque también trataron
de justificar la transgresión de esta disposición
sin tener que acudir a procedimientos hipócritas, alegando
que los tiempos habían cambiado y las constituciones habían
quedado anticuadas y en desacuerdo con las costumbres y formas de
vida actuales:
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"Las costumbres y métodos de vida de la gente
ha variado en el reino desde el tiempo de las primeras constituciones
que establecen la clausura, con lo que no moderando en rigor,
sería hoy perjudicial lo que establecen y sólo
propio para criar anacoretas y no para formar hombres civilizados,
que puedan servir después útilmente y ayudar
al gobierno de otros" (Bertrán, op.cit)
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Para completar el cuadro de los abusos cometidos contra las prescripciones
de los Colegios, hay que aludir a los que se cometían con
respecto a la obligación de residencia, que quedaba incumplida
como todas las demás, ya que como podía eludirse la
obligación de asistencia a las cátedras, ninguna necesidad
había de residir en el Coelgio, de forma que fue haciéndose
tradiciones que, excepto el primer año, ya los colegiales
permanecieran ausentes cursos enteros:
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"...pero no obstante... hace mucho tiempo que en los
Colegios no se repara en hacer ausencias, ya de uno, ya de
muchos años, impunemente y sin incurrir en pena alguna.
Ya por estilo inconcuso, los colegiales nuevos pasan su segundo
y tercer año de Colegio fuera de él" (Bertrán,
op.cit.)
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Como consecuencia de estos abusos es lógico que se llegara
en los Colegios a un estado de relajación moral. De ahí
la importancia que adquirió el juego, que hacía exclamar
escandalizado a Bertrán: "que en lo que toca a juegos,
llega el exceso a una especie de furor, y lo peor es que, en cierto
modo, se canoniza y tiene por virtud". Y en este punto,
como en todos los demás, no sólo se eludió
la prohibición contenida en las Constituciones, sino las
que dictaron posteriormente los reyes para cortar la escandalosa
práctica, la última de las cuales fue una disposición
de Fernando VI, del año 1750.
Finalmente, como última prueba del incumplimiento de todas
las disposiciones, podemos señalar la que se refiere al celibato,
condición necesaria e ineludible para poder ingresar en los
Colegios y permanecer en ellos de forma que su transgresión,
siendo ya colegial, traía consigo la expulsión. En
los tiempos inmediatamente anteriores a la reforma ilustrada, era
corriente el que hubiera colegiales casados, sin que sobre ellos
cayera la más mínima advertencia.
El resultado lógico de toda esta sistemática transgresión
de las constituciones, de las cuales puede decirse que nada
quedaba en pie, era la ineficacia absoluta de todo el sistema de
enseñanza que tan decisivamente se apoyaba en estos Colegios.
Estos no podían cumplir con su misión de formación
y estudio, para la que habían sido creados. Los colegiales,
llenos de soberbia y vanidad, imbuidos de los prejuicios de casta,
por lo que menos interés mostraban era por los estudios,
que tenían en un total abandono. Puede decirse incluso que
llegó a crearse entre los colegiales un auténtico
sentimiento de desprecio por la cultura, bastante generalizado en
ciertas capas de la sociedad española; este clima se reflejaba
en las diversas solemnidades que debían celebrarse de acuerdo
con las constituciones, como ceremonias de ingreso, concesión
de grados, etc., que vinieron a convertirse en auténticas
burlas.
Todas estas circunstancias provocan que la Corona tome medidas
en 1771, sobre los siguientes tres puntos, que eran los que más
urgencia tenían, mientras se pensaba en una reforma mayor:
1) Hacer cumplir las disposiciones sobre la clausura, es decir,
sobre la hora de recogerse los colegiales por la noche, la prohibición
de juegos y la obligación de residencia en el Colegio.
2) Supresión de las hospederias, ya que éstas no
se encontraban establecidas en ninguna de las Constituciones. En
consecuencia, a los ochos años que solían prescribir
aquéllas, para la normal estancia en los Colegios, los colegiales
debían ser despedidos, no pudiendo pasar ya ninguno de los
actuales a ellas
3) Con carácter provisional, hasta que se realizase la reforma
se suspendía la provisión de becas, por tanto, ni
las que estuviesen vacantes, ni las que fueren quedándolo
podían, entre tanto, proveerse.
Otro Decreto del 22 de febrero del mismo año se extendía
con más detención en lo referente a la provisión
de vacantes de los Colegios; insistía en la inobservancia
de las constituciones como causa de la decadencia, y especialmente
de las disposiciones referentes a la selección de los colegiales:
"Han llegado a tal punto de abandono que parece han estudiado
de propósito el modo de desviarse de ellas y aun de impugnarlas
y de contradecir abiertamente a su letra y a su espíritu"
Del abandono de los Colegios de su misión, nos da una idea
el episodio que refiere Tomás de Iriarte al marqués
de Mancas, en 1781, en que relata su visita a Alcalá:
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"Vi la biblioteca del Colegio Mayor, que consta de 17.000
volúmenes, y entre ellos apenas habrá 50 de
los publicados en este siglo. El colegial mayor que me enseñaba
aquellas preciosidades se me quejó amargamente de que
estaban muy escasos los libros predicables... La Biblioteca
de la Universidad, algo menos numerosa, es, en la calidad
de los libros, todavía inferior a la del Colegio. Fue
de los jesuitas expulsados." (2)
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Es curiosa la descripción que hace Cadalso en sus "Cartas
Marruecas" sobre la educación que había recibido
un caballero, en forma de diálogo: "
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Llegábamos cerca del cortijo, sin que el caballero
hubiese contestado a materia alguna de cuantas le toqué.
Mi natural sinceridad no llevó a preguntarle cómo
le habían educado, y me respondió: a mi gusto,
al de mi madre y al de mi abuelo, que era un señor
muy anciano, que me quería como a las niñas
de sus ojos. Murió de cerca de cien años de
edad. Había sido capitán de Lanzas de Carlos
II, en cuyo palacio se había criado. Mi padre bien
quería que yo estudiase, pero tuvo poca vida y autoridad
para conseguirla. Murió sin tener el gusto de verme
escribir. Ya me había buscado un ayo y la cosa iba
de veras cuando dierto accidentillo lo descompuso todo. ¿Cuáles
fueron sus primeras lecciones? -le pregunté-. Ninguna
-respondió el mocito-; en sabiendo leer un romance
y tocar un polo, ¿para qué necesita más
un caballero? Mi dómine bien quiso meterme en honduras,
pero le fue muy mal y hubo de irle mucho peor..."
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Notas:
(1) Felipe Bertrán: Informes sobre los Colegios
Mayores de Salamanca, citas recogidas por Alvarez de Morales [Volver
al punto de lectura]
(2) Cotarelo, E.: Iriarte y su época, Madrid
1897 [Volver al punto de lectura]
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Para saber más... |
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"La Ilustración y la reforma de la universidad en
la España del siglo XVIII; Antonio Alvarez de Morales;
Ed. Pegaso, Madrid 1985 (3ª edición) |
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