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Historia de la Universidad de Sevilla
Patrimonio histórico-artístico de la Universidad de Sevilla
Las sedes históricas de la Universidad de Sevilla
Historia:

 

El siglo XX en la Universidad de Sevilla

estatua Maese
estatua de Maese Rodrigo, hoy en el primer patio de la sede central, la antigua Fábrica de Tabacos. Hasta octubre de 2004 estuvo en una recóndita esquina de los jardines del edificio

A comienzos del nuevo siglo el Distrito Universitario de Sevilla seguía integrado por las provincias de Badajoz, Cádiz, Huelva, Córdoba, Sevilla y Canarias, tal y como contemplaba la veterana Ley Moyano de 1857.

El 10 de diciembre del año 1900 se inauguró en el patio de la Universidad (actual Fac. Bellas Artes) la estatua de bronce del fundador, Rodrigo Fernández de Santaella, obra de Joaquín Bilbao, con tonelada y media de peso y fundida en los talleres de Masriera y Campins (Barcelona). Es curioso que ni los colegiales de la vieja universidad de Santa María de Jesús habían levantado un monumento a su fundador. Y es que a principios del siglo XX va despuntando el regionalismo andaluz como movimiento cultural que intenta recuperar las señas de identidad históricas. Y Maese Rodrigo es el creador de la primera universidad andaluza (1505).

El cargo de Rector fue recayendo en personas de gran prestigio intelectual como el historiador Joaquín Azañas y La Rúa, que llegó a ocupar el cargo en dos ocasiones: 1904 y 1921. El antiguo rector D. Manuel Laraña (1) daría nombre en 1903 -el año de su muerte- a la calle de la Universidad, como antes lo hiciera el rector Martin Villa en otra calle contigua. Ya en la Dictadura del general Berenguer, 1930, sería nombrado Rector el ilustre historiador Ramón Carande y Thovar.

La política educativa del estado, una vez pasado el impacto del 98, es una política vacilante como vacilante es la situación política general. El largo período que transcurre desde el Ministerio Romanones hasta la crisis de 1917 es un período caracterizado, pues, por la inestabilidad. Los gobiernos se suceden precipitadamente y los ministros de Instrucción pública no son, a este respecto, una excepción. No obstante, existen una serie de realizaciones que merecen ser destacadas, como la creación en 1907 de la famosa Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas, cuya iniciativa más lograda fue la Residencia de Estudiantes -Madrid 1910- en la que convivirían múltiples personalidades de la cultura española.

La aspiración de las universidades a una autonomía académica y financiera que, superando la vieja autonomía corporativa con que nacieron a la vida pública, fuera el motor de su modernización, era una necesidad compartida por un gran sector de la opinión pública. Tras la crisis de 1917, y en plena efervescencias del regionalismo andaluz, se publica en mayo de 1919 el llamado Plan Silió, que reconocía la autonomía de las universidades, entre ellas naturalmente, la de Sevilla, cuyo Estatuto se hizo público por primera vez en 1921, dos años más tarde (2). La vigencia de este Estatuto fue muy corta, apenas duró un curso académico, desde septiembre de 1921 a julio de 1922, ya que el día 31 de dicho mes, se derogaba el Real Decreto de Silió, que le daba soporte jurídico.

El Real Decreto de 21 de mayo promovido por un ministro recién llegado a la cartera de Instrucción Pública, César Silió, consagraba la autonomía de las universidades españolas en su doble carácter de de Escuelas Profesionales y de Centros pedagógicos de alta cultura nacional. En la justificación de esta norma legal se expone con crudeza la situación de la que se partía:

"Las Universidades españolas, de tan gloriosa tradición, que compitieron con las más famosas del mundo en sus días de esplendor, son hoy casi exclusivamente escuelas que habilitan para el ejercicio profesional. El molde uniformista en que el Estado las encuadró y la constante intervención del Poder público en la ordenación de su vida, no lograron las perfecciones a que sin duda se aspiraba: sirvieron, en cambio, para suprimir todo estimulo de noble emulación y matar iniciativas que sólo en la posible diversidad hallan esperanzas de prevalecimiento".

La reforma que se acomete trata, pues, de superar la situación expuesta y de "abrir un nuevo cauce a la vida universitaria". ¿Cuál es ese cauce? Se concede personalidad jurídica a las Universidades; se les otorga la potestad de autonormarse mediante la redacción de sus propios estatutos; se distingue entre la Universidad como escuela profesional, que establecerá sus propios planes de estudio de acuerdo con las directrices del Estado, y la Universidad como centro de alta cultura con plena libertad "para desenvolver sus iniciativas en la esfera literaria, científica y filosófica"; se les dota de recursos para atender a sus necesidades; se distingue, en fin, entre la función examinadora y la función docente.

Como vemos, el Decreto de César Silió trató de modificar el modelo centralista decimonónico concediendo cierta autonomía a las Universidades; pero el proyecto fracasó. La principal causa que se alegó para ello fue que atentaba contra el elemental principio de jerarquía normativa: el Real Decreto pretendía modificar lo dispuesto por una Ley del Reino, la de Instrucción Pública de 9 de septiembre de 1857 (la Ley Moyano) en lo tocante a la constitución y condición jurídica de las Universidades. No era admisible que mediante un Decreto -norma inferior a la Ley- se quisiera y dispusiera "ordenar, en sentido enteramente distinto del que ha imperado hasta ahora la enseñanza universitaria", como diría el ministro Tomás Montejo y Rica -sucesor de Silió- en su Decreto de 31de julio de 1922, mediante el cual se dejaba en suspenso la autonomía y las disposiciones complementarias dictadas para su cumplimiento y ejecución, al mismo tiempo que se restablecía la legislación anterior. (Ver más sobre el Plan Silió)

Durante los primeros años del siglo XX, la Universidad de Sevilla, como las otras Universidades españolas, a pesar de su crecimiento permanecía atenazada por la excesiva burocratización y por la continua edición de numerosas disposiciones y reglamentos que ahogaban todas las iniciativas y los intentos aislados de favorecer su modernización y su progreso.

Se detecta, sin embargo, por esta época -y los discursos de apertura de sus Rectores son buena prueba de ello- un deseo de impulsar la vertiente americanista de nuestra Universidad, quizá alentado por los preparativos que se iniciaban para celebrar en Sevilla la Exposición Iberoamericana que debería tener lugar en 1929, pero fundamentalmente por la celebración del IX Congreso Internacional de Americanistas en Huelva (Convento de Santa María de la Rábida, del 7 al 11 de octubre de 1892), en conmemoración del IV Centenario del descubrimiento del Nuevo Continente y a iniciativa de Antonio Maria Fabié, que sería su presidente.

Tras este interés cultural se encerraba, sin duda, también un interés político de defensa del papel de España -y Sevilla, en este caso- en la Historia de América, algo que venía siendo minusvalorado desde el primer Congreso Internacional de Americanistas, en 1875. No olvidemos que estos congresos surgieron en Francia, como un eslabón más de esa globalización cultural tan buscada por los franceses, heredera de la Ilustración y de su siempre frustrada voluntad imperial. Muchos participantes habían restado valor a la tarea realizada por España en América, reduciendo primero todo lo que supuso la hispanización cristianizadora al viaje de Colón, e imaginando a continuación que aquellas tierras eran un lugar de tránsito frecuentado por arios, pigmeos, nórdicos, egipcios, griegos, budistas chinos y lo que se terciara.inicio página

Républica y Guerra Civil

El clima de excitación política que vivió España en 1930 estalló al año siguiente, con los sangrientos sucesos ocurridos en el mes de marzo en la madrileña Facultad de San Carlos, que conmocionaron a todas las demás universidades, y fueron el preludio de la proclamación de la II República. En Sevilla, los monárquicos ganaron las elecciones municipales y, en agosto del año siguiente, fue la única ciudad donde triunfó el alzamiento del General Sanjurjo.

constitucion

La Constitución de la República, proclamada el 9 de diciembre de 1931, hizo concebir grandes esperanzas a toda clase de autonomías, incluida la universitaria. En concreto la Constitución le dedicaba tres artículos -48, 49 y 50- a la educación en su título III (Derechos y deberes de los españoles):

"art. 48. El servicio de la cultura es atribución esencial del Estado, y lo prestará mediante instituciones educativas enlazadas por el sistema de la escuela unificada.
La enseñanza primaria será gratuita y obligatoria.
Los maestros, profesores y catedráticos de la enseñanza oficial son funcionarios públicos. La libertad de cátedra queda reconocida y garantizada.
La República legislará en el sentido de facilitar a los españoles económicamente necesitados el acceso a todos los grados de enseñanza, a fin de que no se halle condicionado más que por la aptitud y la vocación.
La enseñanza será laica, hará del trabajo el eje de su actividad metodológica y se inspirará en ideales de solidaridad humana.
Se reconoce a las Iglesias al derecho, sujeto a inspección del Estado, de enseñar sus respectivas doctrinas en sus propios establecimientos"

Pero la situación política, en permanente conflictividad, no permitió la concreción práctica de tales aspiraciones. De hecho, los dos bandos que dieron origen a la guerra civil se sirvieron de la educación para sus fines de reclutamiento partidista. Los republicanos, antes y después del alzamiento, se preocuparon fundamentalmente de atender a la cultura popular, de la que tan necesitada estaba el país. Así, en 1932, se crearon en Sevilla y otras capitales las llamadas Universidades Populares, en las que los estudiantes del último año y los jóvenes licenciados organizaban cursillos de tarde para los obreros.

Una vez iniciada la Guerra Civil, tras el alzamiento militar del 18 de julio de 1936 contra la República, los universitarios hubieron de abandonar los libros para empuñar las armas. La normal actividad universitaria quedó suspendida a comienzos del nuevo curso, organizándose durante la contienda cursillos breves para jóvenes incapacitados o de especialización en profesiones de aprovechamiento militar, como ingenieros, zapadores, telegrafistas, médicos, etc. Tuvieron especial interés los impartidos en la Universidad de Sevilla ciudad que vivió muy alejada de los horrores de la guerra. inicio página

LA POSGUERRA

El despegue cultural que parecía vislumbrarse durante la República, quedó segado de raíz tras la victoria de los nacionales. La nueva política de educación universitaria la describió el propio ministro de Educación Nacional, Ibáñez Martín, en los discursos de apertura de los cursos 1939-1940 y 1940-1941:

"Queremos sobre todo una Universidad nacional subyugada con fuerte disciplina a los intereses materiales y morales de la Patria [...] Haremos que un mismo pensamiento y una misma voluntad sean nota común de los afanes del profesorado [...] Ha de ser empeño del nuevo Estado impedir que las actividades científicas puedan en ningún caso ser instrumento perverso contra los sagrados principios de la Patria."

revista
Portada de la revista "Temas españoles" nº 215, Madrid 1956

Espíritus progresistas, como los afiliados a la Institución Libre de Enseñanza, fueron perseguidos y desterrados, iniciando un doloroso peregrinar por tierras extranjeras una gran parte de los profesores universitarios.

El profesorado universitario que permaneció en Sevilla estaba integrado, como era de esperar, por personas de ideología conservadora, que no dudaron en colaborar con los vencedores en tareas de propaganda o represión política, como ocurrió con la rigurosísima Junta de Censura Cinematográfica, creada en esta capital en el año 1937, que pretendió imponer, a las órdenes del Episcopado Católico, un tipo de cultura popular intransigente y exclusivista.

La Ley de Ordenación Universitaria de 1943, pese a contemplar un cierto deseo de autonomía significó, de hecho, un férreo control ministerial e ideológico. El Rector, por ejemplo, no sólo era nombrado directamente por el Ministro, sino que debía ser un catedrático que hubiese manifestado públicamente su adhesión a las directrices del Movimiento falangista. Adhesión política que, en los primeros años, se exigió también a todos los opositores a cátedras universitarias. Para ilustrar la opinión de la historia universitaria que tenía el general Franco valgan sus propias palabras en el prólogo de esta Ley:

Sobre el siglo de las Luces:
"Aquella gran Universidad imperial perdió sus lumbres y esplendores en la gran crisis del siglo XVIII, donde se acusaron ya las influencias extrañas; hizo su aparición el escepticismo y se derrumbó con estrépito el edificio de nuestra unidad espiritual, entre los ensayos, la impiedad, la habladuría y la ostentación. La restauración cultural del siglo XVIII no fue más que un meteoro fugaz, eclipsado en el primer destello por la invasión francesa, que trajo a nuestras aulas la rígida influencia del sistema napoleónico y tras ella, la desorientación, la inestabilidad, el perpetuo cambio de postura en el régimen universitario, abierto de par en par a toda suerte de exotismos."

Sobre el siglo XIX:
"Vivíamos momento de crisis y de ruina en que si la educación intelectual estaba desquiciada, había sucumbido también en manos de la libertad de Cátedra la educación moral y religiosa, y hasta el amor a la Patria se sentía con ominoso pudor, ahogado por la corriente extranjerizante, laica, fría, krausista y masónica de la Institución Libre, que se esforzaba por dominar el ámbito universitario."

Curiosamente, esta Ley de 1943 vuelve al concepto medieval de universidad:

"Artículo primero. La Universidad española es una corporación de maestros y escolares a la que el Estado encomienda la misión de dar la enseñanza en el grado superior y de educar y formar a la juventud para la vida humana, el cultivo de la ciencia y el ejercicio de la profesión al servicio de los fines espirituales y del engrandecimiento de España."

En este periodo de posguerra no podemos olvidar al Sindicato Español Universitario que, desde la Ley de 1943, se convirtió en el único sindicato permitido, obligatorio para todos los alumnos de la Universidad, en cuyos órganos de gobierno estaba presente por imperativo legal. El SEU era una organización dependiente del mismo Estado franquista y que se financiaba mediante una "cuota" que salía de la matrícula de los alumnos de la Universidad, la que le daba opción a tener locales y una cierta estructura administrativa para resolver problemas puntuales de los estudiantes. En 1957, con la activa participación de los universitarios sevillanos, se pretendió democratizar el SEU, pero solamente se consiguió transformarlo en un mero aparato burocrático, con escasa influencia política.

Colegio Mayor
el C.M. Hernando Colón en 1948,
tras su inauguración. Ocupa parte de la parcela de la Plaza de los Descubrimientos de la Exposición de 1929

En 1942, se publica un decreto de creación de Colegios Mayores, con la pretensión de restaurar la antigua tradición universitaria. En Sevilla, el primero en ser confirmado fue el Hernando Colón, al que siguió el de Santa María del Buen Aire, en Castilleja de Guzmán (1948); ambos ocupan edificios de gran prestancia y valor arquitectónico (3). Las fundaciones se fueron sucediendo de modo que si en 1964 la Universidad de Sevilla podía contar con cinco Colegios Mayores, en los que residían 350 colegiales, cuatro años después ya había nueve Colegios masculinos y dos femeninos.

En estos años se fueron creando otros centros anejos a la Universidad: el Instituto de Anatomía (1944), el Instituto García Oviedo (1954), el Instituto de Ciencias de la Empresa (1963), el Instituto de Ciencias de la Educación (1969), el Instituto de Desarrollo Regional (1972), el de Informática (1977), el de Biología del Desarrollo (1978) y el de Ciencias de la Construcción (1978).

Por su parte, a las cuatro Facultades tradicionales de Sevilla se fueron sumando la Escuela Superior de Arquitectura (1959), la de Ingenieros Industriales (1964), la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales (1971), la de Farmacia (1973) y por desdoblamiento, en 1978, las de Bellas Artes, Biología, Filología, Geografía e Historia, Filosofía y Ciencias de la Educación, Física, Química y Matemáticas.


Notas:

(1) D. Manuel Laraña y Fernández (1815-1903) fue catedrático de Derecho de la Universidad de Sevilla, rector de la misma entre 1876-1884 y Senador designado por la Universidad en 1891 (ver expediente personal en el Senado). [Volver al punto de lectura]

(2) Los Estatutos de la Universidad de Sevilla de 1921 fueron publicados en la Gaceta de Madrid nº 260, de 17 de septiembre de 1921. La intitulación oficial es "Estatuto General de la Universidad de Sevilla y el especial del Estudio universitario de Cádiz". Se redactaron previo acuerdo del Claustro Ordinario de la universidad de 4 de octubre de 1919. Fue firmado en Madrid el 9-9-1921 por el Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, Cesar Silió, y aprobados mediante Real Decreto de 11-9-1921. [Volver al punto de lectura]

(3) El Colegio Mayor Hernando Colón fue construido en 1948, obra de José Gómez Millán, ocupando una parte de la parcela de la Exposición del 29 en que se encontraba la Plaza de los Descubrimientos. El Colegio Mayor Santa María del Buen Aire, en la casa palacio de los condes de Montelirio y Castilleja de Guzmán, fue reformada y ampliada en 1944 por el arquitecto Juan Talavera. Posee un magnífico jardín diseñado ni más ni menos que por el francés Forestier, en 1928. [Volver al punto de lectura]

  Para saber más...
Aguilar Piñal, Francisco: "Historia de la Universidad de Sevilla";Sevilla, 1991
Merchán Alvarez, Antonio: "Documentos históricos de la Universidad de Sevilla (II). Los Estatutos de Autonomía del siglo XX"; Universidad de Sevilla, Secretariado de Publicaciones, Sevilla 2005
"Historia de la Educación en España", tomo III: de la Restauración a la II República, Ministerio de Educación y Ciencia, 1982 [Legislación y documentos]
Enlaces web externas
Ley de Ordenación Universitaria de 1943, en Proyecto Filosofía en español
Temas españoles. Revista 1952-1978, en web citada
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  "Historia vitae magistra" (Cicerón) Página personal © Alfonso Pozo Ruiz
Enviarme un correo electrónico Miembro del Comisariado del V Centenario Universidad Sevilla y autor de la sección histórica de la web institucional www.quintocentenario.us.es