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La ya citada Real Cédula de agosto de 1769, además de aprobar el proyecto de Olavide, ordenaba establecer con urgencia en Sevilla la Universidad Literaria, dando por finalizada una etapa y poniendo las bases de algo totalmente nuevo. Para nada se menciona el Colegio de Maese Rodrigo, al que se abandona a su propia suerte. De ahora en adelante no habría en Sevilla más institución de docencia superior que la así llamada Universidad Literaria, protegida y controlada por el rey. En los primeros claustros del año 1772, a pesar de que el Rectorado había recaído en el canónigo-tesorero del Cabildo catedralicio, la voz cantante la lleva el fundador de la Real Academia de Buenas Letras y administrador del Hospital del Amor de Dios, el Doctor Luis Germán y Ribón. Fue él quien propuso la renovación del sello universitario,
suprimiendo toda alusión al Colegio de Santa María
de Jesús y adoptando la leyenda latina "Sigyllum
Regiae Universitatis Litterariae Hispalensis" ("Sello
de la Real Universidad Literaria Hispalense") que debía
imprimirse en la cabecera de toda clase de impresos y documentos
universitarios. Era el reconocimiento explícito de la intervención
real en la restauración de la Universidad, a la que se añade
el adjetivo "literaria" en el amplio sentido que tal palabra
tenía en el siglo XVIII. (Como puede apreciarse
en el sello reproducido, vigente hasta el año 2003, posteriormente
se suprimió el término de "real") El cambio de sedePor curiosidad, merece la pena que nos detengamos un momento en el ceremonial que rodeó a este traslado, de extraordinaria importancia para la historia de la Universidad hispalense. Tuvo lugar el día de San Silvestre (31 de diciembre) de 1771 , y lo comenta de esta forma Germán y Ribón:
El traslado, pues, se hizo quieta y pacíficamente. (+ sobre la nueva sede) El día 2 de enero de 1772, con la ausencia voluntaria de los colegiales, tuvo lugar el claustro de elecciones, en el que, por primera vez, resultó elegido como Rector un manteísta, el canónigo Pedro Manuel de Céspedes, Tesorero del Cabildo. Era el primer Rector de la nueva Universidad, cargo que nunca volvería a ser ocupado por un colegial. Estaba consumada la separación del Colegio. No fue tan pacífica la puesta en marcha del Plan de Olavide. El Plan de Estudios de Olavide, que consistía en definitiva en la aplicación del espíritu de la Ilustración a la enseñanza universitaria, generó lógicas tensiones y múltiples problemas que impondrían serias limitaciones a su desarrollo. No el menor de ellos fue el de la carencia de medios económicos (3) en los que tuvo que desenvolverse a causa de la falta de apoyo que en este sentido le ofreció el gobierno, puesto que ni siquiera pudo beneficiarse de los bienes de los jesuitas expulsados, la mayor parte de los cuales fueron subastados a particulares (el Duque de Alba, por ejemplo, compró varias fincas pertenecientes al Colegio de San Hermenegildo) y su producto empleado, entre otros fines, en el mantenimiento de los jesuitas expulsos, en especial de los que hubieron de quedar en España por enfermedad. No sin resistencia pudo obtener los viejos bancos y cátedras de San Hermenegildo y del Colegio de las Becas. El ilustrado Conde del Aguila (4) alude en 1779 a esta escasez de medios al enjuiciar el Plan de Olavide: "Proyecto verdaderamente magnífico y de aquellos que no encuentran dificultades en el papel, siendo casi imposibles en la práctica, y más habiéndose comenzado por vender las fincas de las mismas Casas que podían y en parte debieran servir a su dotación".
En la mente de los reformadores la enseñanza había de ser costeada siempre por un dinero de procedencia eclesiástica. La contradicción era evidente: el Estado pretendía asumir una política cultural basándose solamente en unos bienes privados, como eran los eclesiásticos, sin aportar nada del erario público. Además, no le daba gran importancia al asunto, dejando en vía muerta cuantas proposiciones se le formulaban. Así pues, la Universidad sevillana tuvo que seguir subsistiendo con sus propios medios, que consistían fundamentalmente en los derechos de matrícula y examen, en las «propinas» por la obtención de grados, y en algunas exiguas rentas que poseía. Tampoco hay que olvidar el acrecentamiento de la rivalidad que la reforma provocó con las órdenes regulares y con los colegiales, quienes seguían resistiéndose a perder los privilegios de que habían disfrutado hasta entonces. Contra las órdenes regulares, el Informe de Olavide cargaba frontalmente:
Todas estas dificultades fueron desvirtuando la reforma de Olavide, cada vez más incapaz de superar el escollo que significaba la implantación de una nueva estructura institucional y de un sistema de enseñanza más acorde con los tiempos que corrían, en un ambiente ideológico y social que se mostraba generalmente hostil. El Santo Oficio tomó cartas en el asunto, impulsado por
aquellos que se sentían perjudicados por el Plan (p.ej. los
catedráticos de órdenes religiosas afectados por la
pérdida de sus cátedras). Pablo
de Olavide fue procesado y la reforma iniciada
no pudo culminarse. Ello permitió que los Regulares continuaran
manteniendo sus enseñanzas, que las cátedras de la
Universidad dejaran de proveerse y que la reforma de 1767
terminase en definitiva en un manifiesto fracaso.
El siglo XIXAl iniciarse el siglo XIX se intentó una nueva reforma. Se trataba del llamado Plan de 1807 (5), del ministro Caballero (6), que se aprobó con carácter general para todas las universidades españolas con el objeto de situar a estos centros a la altura de los que venían funcionando en el resto de Europa. Esta reforma introducía nuevas disciplinas, como el Derecho Público y la Economía Política, imponiendo una reglamentación y un orden en las enseñanzas desconocidos hasta entonces. Suprimía, por otra parte, las universidades menores y dejaba reducido a once el número de universidades en España. A la Universidad de Sevilla se agregaban con su rentas y grados, las de Osuna y Baeza. Para llevar a cabo la disminución de universidades, el ministro había enviado en 1806 una circular a todas ellas reclamando una información exacta de las rentas con que contaba y, de acuerdo con las informaciones que fue recibiendo, con criterio rígido, decidió la supresión de todas aquellas que juzgó con rentas insuficientes para mantener las enseñanzas. Naturalmente, todas las suprimidas eran universidades menores y fueron las siguientes: Toledo, Osma, Oñate, Orihuela, Avila, Irache, Baeza, Osuna, Almagro, Gandía y Sigüenza. Aunque en Sevilla fue bien acogida esta reforma, como nos comenta Martín Villa, la Guerra de la Independencia, que estalló a los pocos meses, y las difíciles circunstancias que presidieron los primeros años del reinado de Fernando VII, dieron de nuevo al traste con las esperanzas de una Universidad más progresista y racionalmente organizada. Durante el Trienio Constitucional, las Cortes abordaron también la transformación en profundidad de la Universidad española, mediante la modernización de los estudios y la mayor dotación de medios para su funcionamiento. Sin embargo, los vaivenes de la política española durante el primer tercio del siglo XIX, impidieron de nuevo la aplicación de estas reformas, ya que la segunda restauración de Fernando VII impuso un forzado paréntesis en la evolución de nuestra Universidad. Como dato curioso hay que señalar que las actuales calificaciones, con especificación de aprobados, notables, sobresalientes o suspensos, comenzaron a regir en el curso 1839-40. Últimos años del ColegioEl Colegio de Santa María de Jesús, por su parte, continuó su vida con independencia de la Universidad. El ardor de las primeras reclamaciones fue decayendo con los años. Desapareció en él la enseñanza, la colación de grados y cuanto hasta entonces había constituido su condición de Estudio General, quedando reducido a una residencia de becarios. En 1815, Fernando VII restableció los antiguos Colegios Mayores. El de Maese Rodrigo pidió de inmediato que 'SM. se sirva mandar que la Universidad Literaria de Sevilla continúe unida formalmente al Colegio Mayor de Santa María de Jesús, vulgo de Maese Rodrigo, que se desaprueben las novedades hechas en ella, excepto la de su separación material o traslación a la Casa Profesa". La situación se complicó al quedar restablecida también la Compañía de Jesús, que pensó en recuperar la Casa Profesa.
Todas las ilusiones de los absolutistas quedaron fallidas con la llegada de los liberales al poder (1820-23). Por real orden de 13 de diciembre de 1822, al mismo tiempo que se agregaban a la Universidad las rentas de San Hermenegildo, se suprimía el Colegio de Maese Rodrigo, aplicando todos sus bienes a la misma Universidad, que también recibió poco después los de Santo Tomás también suprimido. Con la vuelta de Fernando VII al poder absoluto, renacen las esperanzas del Colegio. El Rectorado es cubierto en 1829 y 1830, pero durante los años siguientes solamente queda un colegial, hasta que en 1836 el Colegio es suprimido definitivamente. El edificio fue cedido a la diócesis que lo destinó a Seminario conciliar. Fue derribado en 1920 para permitir el ensanche de la actual avenida de la Constitución, siendo respetada su capilla, al ser declarada monumento nacional por iniciativa de José Gestoso, el 10 de junio de 1901. El Seminario pasó entonces al palacio de San Telmo, antigua universidad de mareantes. Notas: (1) Con la práctica desaparición de Artes y Teología, Santa María de Jesús había quedado convertida, a mediados del siglo XVIII, en una universidad para la formación, principalmente, de canonistas y, en segundo lugar, de médicos. Estos últimos eran poco apreciados por la sociedad, que solía tener más confianza en la "práctica" médica de los simples "revalidados" por el Protomedicato. Esta realidad tomó carta legal en 1741, en que este organismo central comunicó a la Universidad que sus títulos médicos carecían de valor, ya que, para ejercer la medicina, sus graduados habían de obtener la reválida de dicho organismo. [Volver al punto de lectura] (2) Las clases, regidas por el reloj de la catedral, debían durar una hora, con dos semanas de vacaciones en Navidad y otras dos en Semana Santa, además de las de verano, que duraban del 23 de junio al 15 de septiembre. Los demás días festivos, excluidos los domingos, llegaban al medio centenar, lo que suponía reducir el curso a unos ciento cincuenta días lectivos. La aprobación de los cursos, al no existir los exámenes, se hacía por cédula firmada por el catedrático correspondiente, que había de quedar registrada en los libros de Pruebas de la secretaría. Este sistema de aprobar por cédulas dura hasta 1772. A partir de esta fecha se requerirán certificaciones firmadas de los catedráticos, procedimiento que seguirá en vigor hasta 1807. [Volver al punto de lectura] (3) En el informe de Olavide se decía que para el normal funcionamiento de la nueva Universidad serían necesarios 11.600 ducados al año, siendo las rentas cobradas por la Universidad de poco más de 3.450 ducados, faltaban 8.150 que, teóricamente, debían salir de las "temporalidades". [Volver al punto de lectura] (4) Miguel de Espinosa y Maldonado, segundo Conde del Aguila, munícipe de la Sevilla ilustrada. Hombre culto y bibliófilo. De su actividad municipal cabe destacar: la protección y conservación de la Biblioteca pública de San Acacio, el fomento y defensa del Hospicio general y la fundación y posterior labor en la Sociedad Patriótica de Sevilla. [Volver al punto de lectura] (5) El título completo de la Real Cédula que contiene el Plan es muy expresivo de su contenido: "Real Cédula de S. M. y señores del Consejo por la cual se reduce el número de Universidades literarias del Reyno; se agregan las suprimidas a las que quedan, según su localidad; y se manda observar en ellas el Plan de estudios aprobado para la de Salamanca en la forma que se expresa", Madrid, 1807 [Volver al punto de lectura] (6) José Antonio Caballero nació en Aldeadávila (Salamanca) en 1754. Estudió Leyes en la Universidad de Salamanca y fue decisivo en su carrera el apoyo de su tío el teniente general Jerónimo Caballero, ministro de la Guerra, gracias al cual en 1797 fue nombrado fiscal togado del Consejo Supremo de Guerra, cargo del que pasaría ya a la Secretaría de Gracia y Justicia. En 1788 se casó con una camarera de la Princesa de Asturias, lo que también le ayudaría en su carrera, ya en el reinado de Carlos IV. Aunque cesó en la Secretaría como consecuencia del motín de Aranjuez y la proclamación de Fernando VII, éste le nombró gobernador del Consejo de Hacienda y miembro del Consejo de Estado y del Consejo Privado. Permaneció en Madrid, tras la llegada de los franceses y colaboró con el gobierno de José Bonaparte, que le nombró Consejero de Estado. Esta conducta le obligó ya a emigrar a Francia, al ser derrotados los franceses. El trienio constitucional le abrió otra vez las puertas de la patria, a donde regresó, para morir al poco tiempo, en 1821. Su trayectoria ha sido criticada por muchos e importantes autores. Menéndez y Pelayo le retrataba en "Heterodoxos" como "ruín cortesano, principal agente de las persecuciones de Jovellanos y hombre que se ladeaba a todo viento". [Volver al punto de lectura] ![]()
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