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El siglo XVIII es portador de un espíritu nuevo en todos
los órdenes de la vida, que desde el comienzo del siglo se
va haciendo cada vez más presente, en lucha constante con
la vieja mentalidad. En España, el cambio de dinastía
de 1700 supuso, en el orden político, un cambio significativo,
pero de escasa trascendencia en los órdenes social y cultural.
El cambio de estos aspectos sería una labor lenta y difícil,
que exigiría una lucha continua entre las dos mentalidades
enfrentadas. Aunque la causa de los reaccionarios era una causa
perdida, muerta porque había llegado a un grado de cristalización
mental, atribuible a diversos factores sociológicos, a causas
económicas, al escaso contacto con Europa y a "la insuficiencia
de los métodos de transmisión cultural, revelado en
la profunda decadencia de las Universidades" (1),
que presionaban en un sentido fuertemente conformista. La lucha
por desplazar esta mentalidad iba a ser muy dura, y la historia
de los siglos XVIII y XIX demuestra la feroz resistencia que supieron
oponer, exacerbada quizá, por los planteamientos antirreligiosos
que en muchos momentos adoptó la nueva mentalidad ilustrada.
El renacimiento cultural del siglo está presidido por la
influencia del pensamiento de Newton, en lo que se refiere
a las ciencias, y a lo que entonces se llamaba filosofía
natural, y por el pensamiento de Locke, en la moral y la
psicología; uno y otro se reflejan en las luchas doctrinales,
sociales, políticas y pedagógicas que llenan esta
época.
La publicacion de los "Principia" de Newton, en 1687,
dio un impulso decisivo a la ciencia, iniciando así un proceso
cuya característica general será su evolución
a espaldas de los establecimientos tradicionales de enseñanza.
Los mejores científicos europeos no tardaron en admitir la
nueva dirección impresa a la ciencia; pero la eneñanza
se mantuvo, en general, refractaria a la admisión de las
nuevas doctrinas y el desarrollo científico se realiza así
en establecimientos extrauniversitarios, normalmente llamados Academias.
Los Colegios y Universidades de toda Europa, por su postura opuesta
a los nuevos principios, van distanciándose cada vez más
de este movimiento general hacia la Historia Natural, la Química,
la Física experimental, las Matemáticas. Sólo
la Química, en cuanto era ciencia auxiliar de la Medicina,
la podemos encontrar en las Universidades; las otras ciencias que,
dada la estructura de las Universidades, tenían su lugar
en la Facultad de Artes, se encontraban en general abandonadas.
Y los mismo pasó con la nueva Metafísica de Locke,
que rápidamente adoptó la sociedad ilustrada, mientras
que las Universidades, apegadas a sus tradicionales enseñanzas,
se negaron a admitir.
Esta situación va creando una profunda separación
entre Universidad y Sociedad. En aquélla, anquilosada
en sus moldes antiguos, los estudios se convierten cada vez más
en una rutina que se mantiene por su propia inercia. Mientras, la
sociedad evoluciona en un sentido cada vez más utilitarista,
bajo la influencia de los hombres de la Enciclopedia, y niega valor
a las Humanidades, nombre con el que suelen englobar al conjunto
de estudios a los que las Universidades se aferran, impartiendo
una enseñanza inadecuada para su tiempo y su sociedad.
Pero lo más trascendental de esa disociación Universidad-Sociedad
es que esta última va elaborando un concepto nuevo de aquella,
el problema de la cultura de un país se convierte en un asunto
nacional; por tanto, las Universidades, como en general todos los
centros de enseñanza del país, no puden seguir su
propia evolución al margen de lo que suceda en la sociedad,
de la que se encuentran separados por su sustancial autonomía.
La concepción de la nueva universidad va hacia su centralización
en el Estado, como toda cuestión de dimensión
nacional; las nuevas teorías políticas contribuyen
decisivamente a ello, es la época del Despotismo Ilustrado.
Este planteamiento tiene una importancia mucho mayor en los países
católicos, entre otras razones porque muchas universidades,
que a consecuencia de la reforma luterana quedaron en el área
protestante, fueron sujetas, ya entonces, al poder de los príncipes
convertidos a la herejía, como una consecuencia más
que tuvo la reforma político-religiosa que en dichos países
se llevó a cabo.
Este sometimiento de la universidad al Estado comporta inmediatamente
dos importantes consecuencias, que modifican la institución
univerisitaria: por un lado, la libre disposición de los
cargos directivos, y por otro, la selección y el nombramiento
de los profesores. Ambos pasan a ser de la competencia exclusiva
del Gobierno; esto, que se observa claramente en las nuevas fundaciones
universitarias del siglo en los países más permeabilizados
a las nuevas ideas, se observa también en los países
como España, donde no se llega a realiar una fundación
universitaria, pero sí que se reforman las antiguas. Naturalmnte,
en este segundo caso, el problema resulta mucho más complicado
y de más difícil consecución.
La Universidad pierde su independencia y autonomía inmediatamente
que deja de tener un patrimonio propio y pasa a ser sostenida por
el Estado, deja de ser una corporación con vida propia para
convertirse en un organismo estatal que, por tanto, aquel se encarga
de financiar. Esto, en los países ricos, es un problema que
queda resuelto desde el primer momento, pues el Estado tiene los
medios necesarios para llevar a cabo una instrucción nacional
a todos los niveles. Pero en países pobres, como España,
en que el Estado carece de los medios necesarios para acometer tal
empresa, este planteamiento no aparece claro, creándose una
situación confusa, en la que el Estado se hace con las Universidades,
pero manteniendo éstas su patrimonio propio como único
medio para sostenerse, lo cual traerá como consecuencia que
las reformas que se intenten hacer en su cuerpo anquilosado resulten
infructuosas ante la escasez de dicho patrimonio, una de las causas
de su decadencia.
Sin embargo, la idea de centralizar las universidades no iba a
encontrar ninguna dificultad en éstas, frente a lo que pudiera
parecer: mucho más conscientes del estado en que se encontraban
de lo que normalmente se suele creer, en este punto coincidían
con los deseos de los reformistas. Por muy reaccionarias que puedan
aparecer, se dieron cuenta de que el Estado era el único
que las podía sacar de la situación de postración
en que se hallaban, y por eso acudieron a él a implorar su
ayuda. Esta actitud,que expondrán sin reservas de manera
especial cuando llegue la hora de las reformas, venía precedida
por lo escrito por diversos autores, que se ocupan del tema desde
comienzos del siglo, hasta el comienzo del último tercio
de él, es decir, lo que podríamos llamar el primer
momento de la Ilustración española. Así, para
Feijoo, cuando en su carta "Sobre el adelantamiento
de las Ciencias y Artes en España", hace un recuento
de sus críticas a las enseñanzas en el "Teatro
Crítico" y propone los oportunos remedios a los vicios
que ha denunciado, preocupado al final por la eficacia de sus propuestas,
reflexiona sobre cómo, ni de sus declamaciones ni de las
de cualquier otro particular, se puede esperar nada, "es
menester buscar más arriba el remedio y subir hasta el Trono
del Monarca para hallarse". El pensamiento de Feijoo, como
el de algunas universidades, está bastante desprovisto de
la ideología "ilustrada", se trata de una postura
simplemente táctica, al observar la situación y comprobar
que ésta es la única manera de solucionarla.
El deán y catedrático de la Universidad de Valencia,
Martí, le escribe a su erudito paisano Gregorio
Mayans, en
1736, sobre la necesidad de realizar reformas en las universidades
que
"no es este daño (la mala situación de
la instrucción pública) que pueda remediarse a gritos.
Es el príncipe sólo quien puede ocurrir a remediar
el exterminio de todas las letras, mandando el método de
las escuelas y llamando extranjeros y cerrando la boca a los frailes,
que son la siva bonarum artium".
Y el propio Mayans dirá
que el Monarca debe reformar los estudios, porque "en lo
que toca a la enseñanza pública, el príncipe
debe procurar que en las universidades se enseñen aquellas
ciencias que sean convenientes para conseguir la felicidad de la
república cristiana y civil".
Es una postura que así viene a enlazar con los presupuestos
del "despotismo ilustrado", producto ya de la generación
"ilustrada" posterior a Feijoo. A estos "ilustrados"
se les ha caracterizado con los siguientes rasgos: optimismo dimanante
de la alta estimación de la naturaleza humana; indivudalismo,
universalismo, racionalismo, pero con un fondo de milenarismo, creencia
apasionada, casi mística, en la posibilidad de llegar a crear
un paraíso terrestre mediante una renovación automática
por medio de leyes y reglamentos.
Su asalto al poder constituyó la operación táctica
necesaria para llevar a cabo las reformas que se proponían.
Sanchez Agesta ha puesto de manifiesto la paradoja que representa
esta exaltación del poder real, esta máxima exaltación
del despotismo monárquico, que llevó a cabo esta
segunda generación del siglo enciclopedista. Y describe las
numerosas repercusiones que tuvo para el país el que, por
obra de Carlos III, estos hombres pudieran llevar a cabo sus ideas
preparando decisivamente el triunfo del Estado liberal. Con una
clara idea de los fines que persiguen buscan el instrumento apto
para realizarlo. La situación histórica era propicia
a este triunfo minoritario, dados los presupuestos políticos
del antiguo régimen, y lo único que hacía falta
era acentuar su absolutismo. En diferentes escritos de la época
se encuentra claramente expuesto este pensamiento. Así, en
las Cartas al conde de Llerena, donde se lee:
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"Para el logro de las grandes cosas es necesario aprovecharnos
hasta del fanatismo de los hombres. En nuestro populacho está
tan válido aquello de que el rey es señor absoluto
de la vida, las haciendas y el honor, que el ponerlo en duda
se tiene por especie de sacrilegio, y he aquí el nervio
principal de la reforma. Yo bien sé que el poder omnímodo
del monarca expone la Monarquía a los males más
terribles, pero también conozco que los males envejecidos
de la nuestra, sólo pueden ser curados por el poder
omnímodo".
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En este celo táctico por la soberanía regia nadie
se destacó tanto como Campomanes, quien, desde su
puesto de fiscal del Consejo, intervino decisivamente en todas las
reformas que se llevaron a cabo y especialmente en la de las Universidades.
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"Porque si los defensores de la autoridad real, en lugar
de auxilio sólo experimentasen oposición y vejaciones,
y ser tachadas las opiniones y doctrinas favorables a la regalía,
con vilipendio y aversión, bien en breve quedaría
aniquilada en el reino la soberanía y reducidos nuestros
estudios a la lastimosa época de los siglos de la ignorancia.
[...] Si no es que se considerase a las universidades como
unos cuerpos existentes fuera de la república o con
idependencia de sus leyes, no se puede entender que se derramen
y enseñen allí doctrinas opuestas abiertamente
a las leyes reales, al sistema de los tribunales altos y aun
a la tranquilidad común..."
(Campomanes, Alegaciones fiscales. Este informe
fue emitido por el Fiscal como consecuencia de un incidente
en la Universidad de Valladolid)
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La unión de esta idea política con la importancia
que estos ilustrados concedían a la cultural, dentro del
contexto general de las reformas que se proyectaban, significa ya
una profundización mayor en la idea de la centraliación
de la enseñanza, que queda reflejada en las palabras que
dedica a este punto Bernardo Ward en su "Proyecto económico",
en que da las razones por las que considera que la reforma de la
enseñanza debe significar la instauración del Estado
como órgano dispensador y controlador de la cultura nacional.
Para Ward, el retraso en que nos encontramos con respecto al resto
de Europa es tal, que sólo un poder fuerte y organizado,
como debe ser el del Estado, es capaz de superar esa situación,
hasta ahora en manos de arbirtristas. El Gobierno central, gracias
a su poder y mejor informado que nadie, podrá acudir a remediar
todos los males y además, la mejor forma de hacer prudente
y pacíficamente la revolución política necesaria
que ha de realizar el Gobierno es por medio de la instrucción
y elevación de la cultura del pueblo; pero siendo éste
un medio tan eficaz, es lógico que sea el Estado quien lleve
firmemente las riendas. Esta táctica, prudente y pacífica,
sería además la que el rey encontraría más
apropiada para llevar adelante las reformas que le proponían
sus ministros, después de que el motín de Esquilache
hizo ver la conveniencia de seguir una senda más cautelosa
y prudente para llegar a los objetivos propuestos.
Pérez Bayer, en su "Memorial por la libertad de la
literatura española", en donde expone la situación
de decadencia que ha sumido a la universidad la prepotencia de los
Colegios Mayores, afirma que la única manera de realizar
las reformas será la acción directa del monarca, para
someter sobre todo a la casta colegial, principal obstáculo
para cualquier acción renovadora. Sólo el poder real,
manejando todos los resortes, podría llevar a cabo el establecimiento
de un nuevo orden los centros universitarios.
En una tercera fase, la Ilustración del reinado de Carlos
IV profundizará más en esta idea, y en el pensamiento
de Jovellanos y Cabarrús, entre otros, aparecerá la
enseñanza como un problema nacional de una manera más
terminante y, por tanto, su nacionalización adquirirá
un soporte más filosófico al gusto de la época.
El segundo punto en que el empuje de la Ilustración contribuye
a formar un nuevo concepto de universidad es precisamente con respecto
a su misión en la sociedad en la que vive. Hasta este momento,
desde que aparece en la Edad Media, lo único que a ellas
y a sus profesores correspondía era la enseñanza.
Pero ahora esa sociedad se crea la necesidad de realizar una investigación
científica, como consecuencia de la importancia superior
que se conceden a las ciencias pragmáticas, y toma la responsabilidad
de llevar a cabo esta misión.
Las Universidades, en general, aparecen como inservibles para
poder desarrollar esta tarea, por eso la sociedad pone en marcha
unas instituciones en donde se pueda llevar a cabo: las Academias.
Las cuales, como es obvio, no son una creación propia del
siglo, pues ya fueron una de las manifestaciones más interesantes
del Renacimiento, pero es indudable que el siglo XVIII puede considerarse
como el siglo de las Academias. Punto de partida del extraordinario
desarrollo que consiguieron en todos los paises europeos fue la
influencia y prestigio que adquirió la Academia de Berlín,
fundada por Leibniz en 1711.
Estas sociedades científicas se conciben como centros de
trabajo desinteresados, llamados a enriquecer los conocimientos
humanos de la sociedad, igual que a las Universidades les corresponde
simplemente el extenderlos. Este planteamiento, que inicialmente
parece disociar ambas ideas: investigación y enseñanza,
es rápidamente superado en los países más avanzados,
superación que consiguen mediante la creación de nuevas
universidades, que saben aunar ya ambas finalidades -basta recordar
la Universidad de Gotinga, la gran creación del siglo-, o
mediante el establecimiento de una cooperación entre ambas
instituciones, Universidad-Academia. (Veáse Los
estudios en las universidades europeas del XVIII). Pero desgraciadamente,
en los países como España, en que el terreno no estaba
tan abonado para la rápida extensión de las nuevas
ideas, el introducir en la Universidad la nueva misión, será
un proceso más lento y costoso, que tendrá que comenzar
por dar mayor extensión a las enseñanzas que se daban
en las universidades, introduciendo muchos estudios, tanto humanísticos
como científicos, que no habían tenido lugar en ellas
hasta entonces.
Además, en una sociedad como la española, la aparición
de las Academias, fenómeno que se produce como en todos
los demás países, será mal mirado por las
universidades, que las verán como cuerpos enemigos que
vienen a disputarles el puesto que ellas ocupan. Por consiguiente,
les declararán la guerra desde el primer momento y tratarán
de suprimir todas las que puedan, dirigiendo especialmente sus tiros
contra aquellas que, por no ser de directa fundación real,
podían ser más vulnerables. No hay más que
recordar como episodios de esta lucha los casos de la Sociedad
Médica Sevillana, fundada en 1697, y contra quien dirigirá
los tiros la Universidad hispalense, o el informe de la Universidad
de la Universidad de Salamanca contra la Academia del Buen Gusto
zaragozana. Sin embargo, afortunadamente para el país, la
protección regia a estas instituciones las sacó adelante,
proliferando especialmente en el reinado de Carlos III. Ellas se
convirtieron en los vehículos más poderosos del
pensamiento filosófico, científico y literario,
agrupamientos libres de curiosos y científicos, su dedicación
a la libre investigación, subyugaba con mucha más
energía a los espíritus selectos de aquella sociedad,
que vuelven sus espaldas a las universidades, que quedan dedicadas
a su función propia: la enseñanza, de mejor o peor
manera, según los casos, y que, además, se niegan
a ocuparse de cosas cuya utilidad social no estaba establecida todavía,
aferrándose a sus temas tradicionales, cuya ocupación
no les dejaba tiempo para poder dedicarse a las investigaciones
científicas y literarias.
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Para saber más... |
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"La Ilustración y la reforma de la universidad en
la España del siglo XVIII; Antonio Alvarez de Morales;
Ed. Pegaso, Madrid 1985 (3ª edición) |
Notas:
(1) Domínguez Ortiz y Mercader Riba: "La
época del Despotismo ilustrado" en la Historia de España
y América, dirigida por J. Vicens Vives [Volver
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