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La decisión de acometer la reforma universitaria en España
no la toma Carlos III hasta después de pensar seriamente
en la expulsión de la Compañía de Jesús
de sus dominios. Es, por tanto, una consecuencia inmediata del
vacío dejado por los jesuitas en la enseñanza. El
pretexto que sirvió para justificar el destierro fue que
los jesuitas habían promovido el motín de Esquilache.
Pero más tuvo que ver el hambre y la falta de tacto del
ministro italiano que la instigación de los jesuitas. Veamos
como sucedieron los hechos.
Leopoldo de Gregorio, Squilacce como se le llamaba en Italia y
Esquilache como se lo llamaba en España, ministro preferido
de Carlos III, hombre impetuoso y partidario de arreglarlo todo por
la vía rápida, fue el firmante de las medidas que
encendieron en 1766 las furias populares.
En efecto, una vez lograda la libertad de comercio de cereales
-su gran proyecto- satisfecho por la marcha de las obras que se
llevaban a cabo en Madrid, Esquilache desempolvó un viejo
proyecto de los tiempos de Fernando VI, proyecto que proponía
la sustitución de las arraigadas capas largas y los chambergos -enormes sombreros de ala ancha- por capas cortas y el sombrero
de tres picos o tricornio. Las razones esgrimidas eran, bien
mirado, obvias: a nadie se le ocultaba que aquellas larguísimas
capas permitían
un embozo perfecto, bajo el cual podía ocultarse cualquier
arma y que, asimismo, el sombrero de ala ancha "vertía
sombra impenetrable sobre el rostro", por lo que capa y sombrero
servían para cometer toda clase de impunes fechorías.
Esquilache estaba convencido de que la modificación del
tradicional atuendo era ineludible y así lo exigió.
Julián Marías ha comentado lo que la disposición
tenía de dieciochesca: "Yo pienso que estas razones
utilitarias -seguridad pública, conveniencia de que se pudiera
reconocer a los delincuentes- no eran más que apariencia:
la justificación 'objetiva' de otras razones
más hondas, estéticas y 'estilísticas':
los hombres del gobierno de Carlos III sin duda sentían
malestar ante aquellos hombres tan de otro tiempo, tan distintos
de los que se usaba en otras partes, tan arcaicos. Yo creo que
la aversión a la capa larga y al chambergo era una manifestación
epidérmica de la sensibilidad europeísta y actualísima
de aquellos hombres que sentían la pasión de sus
dos verdaderas patrias: Europa, el siglo XVIII.".
He aquí una de las probables claves para entender el problemático
siglo XVIII español. De él proceden, en gran medida,
esa cerrazón hispánica, ese mirar hacia adentro y
extraer del pasado las hondas raíces de una singularidad
a prueba de cambios impuestos por el curso de los tiempos.
Frente al reformismo borbón de cuño racionalizante
y uniformizador, España reacciona con un casticismo
exacerbado,
con una revalorización de lo propio: el puro folklore, las
añejas tradiciones... Pero en honor a la verdad conviene
dejar aclarado que el llamado "traje español" ni
era español ni su uso se remontaba a épocas remotas.
Es éste un detalle curioso. Aquel traje cuyo uso tan celosamente
parecían defender los madrileños fue importado por
la guardia flamenca del general Schomberg en los no muy lejanos
años de Carlos II, el último de los Austrias. Nacional,
lo que se dice nacional, era, más bien, el traje que ahora
pretendían implantar Carlos III y su ministro Esquilache...
Lo cierto es que el pueblo no estaba dispuesto acortar las largas
capas ni a cambiar el chambergo por el tricornio.
Al principio, aunque ya era evidente el propósito de Esquilache,
no fue posible llevar a cabo el proyecto: el angustioso tema de
los precios lo relegaba a un segundo plano. Los días 13
y 16 de febrero de 1766, el Diario Noticioso Universal publicó sendas
notas del marqués de Esquilache. Este trataba de razonar
la subida de los productos de primera necesidad. La última
cosecha, peor aún que las anteriores, y la ya decretada
libertad de comercio del grano habían originado una descarada
especulación que había incidido en los precios. La
elevación del coste había seguido un proceso gradual:
pan, aceite, carbón y tocino iban subiendo, a medida que
corrían los años, para desesperación de los
ya de por si muy descontentos madrileños.
Así, el pan que en 1761 se vendía en la capital
a siete cuartos la libra, ascendió a ocho en 1763, a diez
en 1765 y a doce en los primeros meses de 1766. Los razonamientos
de Esquilache se basaban en la generosidad del Gobierno, que intentaba
paliar la situación por todos los medios. Ciertamente, Esquilache,
preocupado por la subida, trató de remediar el problema,
no gravando en el precio del producto el que resultara de los transportes
de grano traído de otros lugares. Pero no es menos cierto
que la forma en que dicha operación se llevó a cabo
constituyó un error político: se privó a los
pequeños labradores de sus mulas, con el fin de utilizarlas
para el traslado del grano. El conde de Fernán Núñez
explica así lo ocurrido:
"El marqués había
dado unas providencias extremadamente violentas para hacer venir
granos de todo el reino, a costa de sumas considerables y de grandísima
incomodidad y pérdida de los conductores, violentados en
parte, y cuyos clamores aumentaban el número de los descontentos,
que parecían comprarse con el mismo dinero que el rey gastaba
diariamente para mantener el pan a un precio moderado."
Los
dispendios del monarca y los "favores" de Esquilache,
que él mismo ponderaba en sus notas de aquellos días,
no hicieron mella en los madrileños.
En tan delicadas circunstancias, Carlos III y su ministro decidieron
en mala hora prohibir las capas largas y los sombreros de ala ancha
o chambergos. Al principio, tuvieron la precaución de limitar
la prohibición
al ámbito del funcionariado, con la idea de que, impuesta
en tal ámbito, seria más fácil imponerla al
resto de la población. El 21 de enero de 1766 aparecía
el siguiente bando:
"Siendo reparable al rey que los sujetos que se hallan empleados
a su real servicio y oficinas, usen de la capa larga y sombrero
redondo, traje que sirve para el embozo y ocultar las personas
dentro de Madrid y en los paseos de fuera con desdoro de los mismos
sujetos, que después de exponerse a muchas contingencias,
es impropio del lucimiento de la corte y de las mismas personas
que deben presentarse en todas partes con la distinción
en que el rey los tiene puestos; conviniendo cortar estos abusos
que la experiencia hace ver que son muy perjudiciales a la política
y experiencia del buen gobierno, se ha dignado resolver que se
den órdenes generales a los jefes de la tropa, secretarios
de despacho, contadurías generales y particulares y a todas
las demás oficinas que Su Majestad tiene dentro y fuera
de Madrid, paseos y en todas las concurrencias que tengan, vayan
con el traje que les corresponde, llevando capa corta o redigot,
peluquín o pelo propio, sombrero de tres picos en lugar
de redondo, de modo que vayan siempre descubiertos, pues no debe
permitirse que usen trajes que les oculten cuando no puede presumirse
que ninguno tenga probos motivos para ello... Advirtiendo a todos
que están dadas las órdenes convenientes para que
a cualquiera de los empleados que están al servicio del
rey que se les encuentre con el traje que se prohíbe se
le asegure y mantenga arrestado a disposición de Su Majestad."
Ante la amenaza de ser arrestados, los funcionarios, en bloque,
aceptaron la medida. Vista la medida desde una óptica más
abstracta, no significaba sino la injerencia estatal en un uso
social arraigado. Pero, de hecho, los usos y las costumbres (a
los que hoy la teoría sociológica considera como
cosas distintas) son el producto de una larga elaboración
social. Queremos decir que es la sociedad y no el Estado quien,
de una forma y otra, las crea y las institucionaliza como formas
globales de comportamiento. Las costumbres o mores son harto más
importantes, y ciertamente ellas delimitan a escala total eso que
una sociedad dada en un momento dado de su historia califica como
bueno o malo. Pero, además, en aquella época los
usos tenían más importancia que en la nuestra, que
es más flexible y con mayor capacidad de asimilación
para asimilar cambios. El hecho de que el traje anterior (capa
larga y sombrero redondo) lograra ser considerado "nacional" habla
por si solo de esta importancia que adquirieron los usos como forma
-además- de oposición al uniformismo europeizante en que se basaba el rígido racionalismo de los Borbones.
Dictar desde arriba, en aras de una sin duda mayor lógica,
los usos, venía a constituir un claro atentado del Estado
contra la sociedad que siempre había tenido capacidad para
disponer, por su cuenta, sus usos sociales. La reforma de los usos
y de las costumbres no puede realizarse desde arriba, por metodos
drásticos o violentos.
Impuesta la prohibición al funcionariado, Esquilache se
dispuso a aplicarla a toda la población. El Consejo de Castilla
tuvo la sagacidad de prevenirle: la Reforma no se podía
hacer bruscamente. Por su parte, Campomanes señalaba que
seria peligroso confiscar capas y sombreros en caso de incumplimiento,
pues ello infundiría "odio y grave murmuración
entre las gentes". Pero como ya dijimos, Esquilache era partidario
de las decisiones tajantes. El 10 de marzo, Esquilache tenía
ya preparado el bando definitivo. El dia siguiente, el bando apareció en
las esquinas, para que todos los madrileños tuvieran conocimiento
de que, definitivamente, se les prohibía el uso del chambergo
y de la capa larga:
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"...Ninguna persona -se leía- de cualquier calidad,
condición y estado que sea, pueda usar en ningún
paraje, sitio o arrabal de esta Corte y reales sitios ni
en sus paseos o campos fuera de su cerca el citado traje
de capa larga y sombrero redondo para el embozo; pues quiero
y mando que toda la gente civil y de alguna clase, en que
se entiende, todos los que viven de sus rentas o haciendas
o de salarios de sus empleos o ejercicios honoríficos
y otros semejantes y sus domésticos y criados que
no traigan librea de las que usan, usen precisamente de capa
corta (que al menos les falte una cuarta para llegar al suelo)
o de redigot o de peluquín o pelo propio o sombrero
de tres picos, de forma que de ningún modo vayan embozados
ni oculten el rostro; y por lo que se refiere a los menestrales
ya todos los demás del pueblo (que no puedan vestirse
de militar), aunque usen de la capa sea precisamente con
sombrero de tres picos o montera de las permitidas al pueblo ínfimo
y más pobre o mendigo, bajo la pena por primera vez
de seis ducados y doce días de cárcel, por
la segunda doce ducados o veinticuatro días de carcel.."
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La reacción popular fue inmediata: los
bandos fueron arrancados.
En sustitución, el pueblo pegaba pasquines que cubrían
a Esquilache de injurias. Naturalmente, éste no se dejó impresionar
y tomó medidas para garantizar el orden, movilizando a los
soldados, para que colaborasen con los alcaldes.
Pronto se apodera de las autoridades un desconcierto que mas bien
habría que llamar -como sugiere el profesor Navarro Latorre- "desgobierno".
Desgobierno que nacía y se nutría de una doble falta
de entendimiento "entre los alguaciles del Ayuntamiento y
los de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte". El gremio de
sastres fue prevenido: no se debían confeccionar capas largas...
Por su parte, autoridades civiles y militares se entregaron a una
curiosa serie de abusos y pillerías. Testigo presencial,
escribe el conde de Fernán Núñez:
| "Los alguaciles destinados para hacer obedecer esta
orden, abusando de su ministerio, como sucede demasiado a menudo,
atacaban a las gentes en las calles, les cortaban ellos mismos
las capas, les sacaban multas y cometían otras tropelías,
con las cuales agitaron el sufrimiento del público." |
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Pronto empiezan a producirse las respuestas, colectivas e individuales,
resultando herido más de un alguacil al intentar cortar
una capa y cobrar una multa en propio interés.
Estalla el motín.
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El domingo de Ramos de 1766, a eso de las cuatro de la tarde,
dos embozados se paseaban ostentosamente con capa larga y chambergo
en la plazuela de Antón Martín. Varios soldados que
montaban guardia no tardaron en preguntarles por qué iban
así vestidos. Quedó claro que iban así porque "les
daba la gana". Se oyeron insultos y los guardias trataron
de detenerles, momento en que uno de los embozados desenvainó una
espada, silbando al mismo tiempo. Al instante, apareció una
banda armada y los militares se vieron obligados a huir. Había
estallado el motin. Los amotinados, decididos a todo, no tuvieron
inconvenientes al apoderarse del cuartelillo de Inválidos
de la Plaza, apoderándose de sables y fusiles. A continuación,
unas dos mil personas remontaron la calle Atocha hacia la Plaza
Mayor, insultando al odiado Esquilache. El duque de Medinaceli
tuvo la mala suerte de toparse con la multitud, que lo rodeó en
el acto, exigiéndole que hiciese llegar al rey una serie
de peticiones.
Finalmente, el duque llegó hasta Carlos III, que justamente
se encontraba en compañía de Esquilache. El rey estaba
tranquilo, convencido de que aquella vociferante multitud de la
que le daban noticias no pasaba de ser un grupo de exaltados. Ignoraba,
sin duda, que los amotinados estaban destruyendo sin piedad los
5.000 faroles que el ministro de Hacienda había colocado
por toda la ciudad.
Los amotinados se dirigieron primero a la mansión de Esquilache
(la famosa Casa de las Siete Chimeneas), acuchillaron a un servidor
del marqués que intentó impedirles el paso. Echaron
algunos muebles por la ventana y saquearon la considerable despensa.
Luego -y la xenofobia resultaba manifiesta- se dirigieron a la
casa de Grimaldi. Se limitaron ,a apedrearla, para seguir viaje
hacia la mansión de Sabatini. Esa noche, a manera de colofón,
un retrato del marqués de Esquilache fue quemado en la plaza
Mayor. Curiosamente, en Palacio se pensaba que al día siguiente
los furores se habrían aplacado como por arte de magia.
Pero el Lunes Santo, día 24, la situación se agravó.
La tropa se vio desbordada por la multitud que, enardecida por
la noticia de que Esquilache se encontraba en Palacio, junto al
rey, emprendió una decidida marcha para presentar a Carlos
III sus reclamaciones. Los amotinados llegaron pronto al Arco de
la Armería de Palacio, que estaba defendido por tropas españolas
y valonas. Los valones -muy odiados- hicieron
fuego y una mujer resultó muerta. Un impresionante gentío se concentró,
coreando insultos contra los valones y contra Esquilache.
Finalmente, un sacerdote se destacó en calidad de representante
popular y consiguió llegar hasta Carlos III con las peticiones
del pueblo. El tono era imperativo. Si el rey no les escuchaba, "treinta
mil hombres harán astillas en dos horas el nuevo palacio".
Es difícil imaginar el estado de perplejidad que todo esto
produjo en Carlos III. He aquí la lista de las exigencias
populares:
- Que se destierre de los dominios
españoles al marqués
de Esquilache y a toda su familia.
- Que no haya sino ministros españoles
en el Gobierno.
- Que se extinga la Guardia Valona.
- Que bajen los precios de los comestibles.
- Que sean suprimidas las Juntas de Abastos.
- Que se retiren inmediatamente todas las
tropas a sus respectivos cuarteles.
- Que sea conservado el uso de la capa larga
y el sombrero redondo.
- Que Su Majestad se digne salir a la vista
de todos para que puedan escuchar por boca suya la palabra
de cumplir y satisfacer las peticiones.
Al parecer, Carlos III pensó desde el primer momento -aunque
con evidente disgusto- que lo mejor era aceptar estas exigencias
populares, para evitar males mayores. Pero antes de tomar una decisión
formal, consideró oportuno escuchar la Opinión del
Consejo de Guerra, integrado por el duque de Arcos (capitán
de la guardia palatina), el marqués de Pliego (coronel de
los valones), el conde de Gazola (comandante de artillería),
el marqués de Sarriá, el conde de Revillagigedo y
el conde de Oñate.
Como era de prever, los tres primeros,
especialmente humillados por la victoria popular, hombres de armas
y no de razones, se inclinaron por la negativa: el rey debía
negarse a aceptar semejantes peticiones y, por la fuerza, era necesario
reprimir a los amotinados y reducirlos a la impotencia. El duque
de Sarriá, el conde de Oñate y el conde de Revillagigedo,
tres hombres de gran experiencia, se pronunciaron en el sentido
de que era mejor aceptar las exigencias: de lo contrario, se produciría
un baño de sangre de incalculables consecuencias. Hicieron
notar -detalle fundamental- que los amotinados
no ponían
en duda la autoridad real, pero si ésta les defraudaba podían
llegar a tal extremo, en cuyo caso la Corona se vería en
apuros, por cuanto ni la guardia valona ni las huidizas tropas
parecían en condiciones de enfrentarse con una enfurecida
multitud que contaba con algunas armas robadas. Oída la
opinión de los miembros del Consejo de Guerra, Carlos III
dio una buena prueba de sensatez. Salió al balcón.
Por intermedio de un representante, el pueblo expuso nuevamente
sus exigencias, en primer lugar, la de que
bajase el precio del pan, la de que Esquilache fuera expulsado
de España lo mismo
que la guardia valona.
Estos eran, con mucho, los puntos más importantes. A esta
altura de los acontecimientos, todo esto parecía incluso
más importante que la cuestión de las capas largas
y los chambergos.
Carlos III prometió dar satisfacción a estos deseos,
hecho lo cual se retiró. Pero fue nuevamente llamado al poco tiempo,
para que ratificase su promesa. Por fin, en cuanto el pueblo vio
que los guardias valones se retiraban hacia él interior
del palacio, se calmaron los animos.
Como vemos, el peligro había pasado. Resignado y sin duda
afectado en su dignidad de monarca ilustrado, Carlos III había
sabido renunciar a su ministro Esquilache... Lo inocultable: el
pueblo había vencido en toda la línea.
Pero la tormenta popular no había pasado. Un error la reavivaría
en pocas horas. En efecto, Carlos III cometió un error que
puso en tela de juicio la confianza que el pueblo madrileño
había depositado en él. Atemorizado, desconfiando
de la vociferante multitud que había contemplado desde lo
alto de su regio balcón, Carlos III consideró que
no estaba seguro en Madrid. Al amparo de la noche, partió hacia
Aranjuez, con toda su familia, incluida la anciana Isabel de Farnesio,
que no se cansó de repetir que aquella huida le parecía
asunto de cobardes. Desde luego, marcharon por el camino de Aranjuez
bien protegidos por los guardias valones. Poco después,
Carlos III y sus hombres de confianza -entre los que no faltaba
Esquilache- parlamentaban en Aranjuez.
En Madrid, al día siguiente una Junta Militar tomaba diversas
medidas para mantener el orden. La ciudad amaneció en calma,
y aquella habría sido, sin duda, una jornada tranquila.
Pero el pueblo se enteró, estupefacto, de que el monarca
había partido secretamente a Aranjuez. Inmediatamente, tomó cuerpo
la convicción de que Carlos III sólo había
cedido momentáneamente, por razones estratégicas,
a las peticiones de sus vasallos. Sin duda, ahora se disponía
a armar un poderoso ejército para regresar a Madrid, revocar
sus promesas y aplastar a los revoltosos.
Esta convicción irritó a los madrileños,
produciendo además una importante ola de temor. Bien pronto,
unas 30.000 personas -hombres, mujeres y niños- rodearon
la casa del obispo de Cartagena, Diego de Rojas, presidente a la
sazón del Consejo de Castilla. Las fuerzas armadas se vieron
rápidamente desbordadas. El obispo recibió el encargo
de transmitir al rey el estado de ánimo del pueblo madrileño.
Pero el obispo no llegó a salir de Madrid, porque se impuso
el criterio de que era fundamental retener en la villa a las personalidades
más importantes, en calidad de rehenes. Comparados con los
de la víspera, los sucesos eran incalculablemente más
graves. El obispo Rojas se vio obligado a redactar un memorial
de agravios, para el rey; un emisario partió hacia Aranjuez
con el documento y el obispo quedó retenido en su casa Ante
la impotencia de los soldados, el pueblo
saqueaba almacenes de comestibles y cuarteles, abriendo de paso
las puertas de las cárceles.
La ciudad estaba en sus manos.
Pronto, en Aranjuez, el rey recibía el memorial. No lo
dudó demasiado: despachó al mismo emisario con una
carta para el pueblo de Madrid. He aquí el texto, redactado
por Roda, el fino abogado que ocupaba la cartera de Gracia y Justicia:
"El rey ha oído a la representación de vuestra
señoría con su acostumbrada clemencia y asegura sobre
su real palabra que cumplirá cuanto ofreció ayer
por su piedad y amor al pueblo de Madrid, y lo mismo hubiera acordado
desde este Sitio y cualquiera otra parte donde le hubieran llegado
sus clamores y súplicas; pero en correspondencia de la fidelidad
y gratitud que a su soberana dignación debe el mismo pueblo,
por los beneficios y gracias con que se le ha distinguido y el
grande que acabe de dispensarle, espera su majestad la debida tranquilidad,
quietud y sosiego, sin que por título o pretexto alguno
de quejas, gracias, ni aclamaciones, se junten en turbas ni fomenten
uniones. Y mientras tanto no den pruebas de dicha tranquilidad,
no cabe el recurso que hacen ahora, de que Su Majestad se les presente".
A las nueve de la mañana del día siguiente, el emisario
llegaba a Madrid, donde se dio lectura a la carta del rey. Y bastó esta
carta para devolver la calma a la ciudad. Ordenadamente, las armas
fueron devueltas a los cuarteles, entre vivas al rey.
Quedaba probado que la falta de tacto podía provocar desmanes
incontrolables. Esta vez, Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache
tuvo que partir irremediablemente. Consta que al rey le costó desprenderse
de su ministro. "Se ha sacrificado por mí", se
lee en una carta que el rey escribió a Tanucci. Por su parte,
Esquilache escribiría a propósito del pueblo de Madrid: "Soy
el único ministro que ha pensado en su bien: he limpiado
la ciudad, la he pavimentado, he hecho paseos, he mantenido la
abundancia durante años de carestía. Merecía
una estatua y me han tratado indignamente." El desilusionado
marqués fue recompensado con la embajada de Venecia.
Acabado el marqués, Grimaldi se vio en la obligación
de dirigir el timón de la nave gubernamental en aquellas
difíciles circunstancias. En Madrid, las
aguas habían
vuelto a su cauce, pero el rey y sus ministros, en Aranjuez, desconfiando
de que una simple carta pudiera haber salvado la situación
y conscientes del que el pueblo había salido victorioso,
seguían en un estado de perplejo y temeroso nerviosismo.
Incluso se dice que estaban aterrados. Grimaldi notificó a
los embajadores españoles en el extranjero que el motín
había sido obra de algunos instigadores y que en particular
las provocaciones de alcaldes y golillas habían sido responsables
de su estallido. Esta era la apresurada versión oficial.
Al mismo tiempo, Grimaldi ordenó a las tropas establecidas
en las cercanías de Madrid que se concentrasen en torno
a Aranjuez. Este dato confirma la sensación de que el rey
y sus ministros seguían temerosos, en espera de nuevas violencias
populares. El siguiente día, el 28, el propio Grimaldi llamaba
al conde de Aranda, sintiéndose poco capaz de dominar la
situación por sí mismo. El conde, capitán
general de Valencia, debía acudir a Aranjuez con todas sus
tropas.
La llegada de Aranda tranquilizó algo a Carlos III y el
conde quedó convertido en el hombre fuerte de la situación.
Temiéndose una nueva explosión popular en Madrid
-a fin de cuentas, el rey no había vuelto- el Consejo de
Castilla hizo pública una nota, recordando "la seguridad
ofrecida por S.M.", recalcando que no se había dado
orden -y tal era el rumor- de que "viniese artillería
o tropa extranjera". Lo cierto es que el rey no se decidía
a regresar a Madrid, donde su tardanza se interpretaba en sentido
negativo, poniendo en peligro la paz. El rey temía al pueblo.
El día 29, Grimaldi dispuso que un regimiento de caballería
se apostase estratégicamente en los pasos del Guadarrama.
La lucha política entre "albistas" y "ensenadistas".
En medio de esta confusa situación se desató una
confusa lucha por el poder en el seno del grupo de colaboradores
de Carlos III. Esquemáticamente, éstos se dividieron
en "albistas" -así denominados por tener en el
duque de Alba su inspirador; desde luego, no debe entenderse que éste
fuese el líder del grupo- y los "ensenadistas",
partidarios del marqués de la Ensenada. El grupo "albista" estaba
integrado por militares ambiciosos, como el cada vez más
poderoso conde de Aranda y por regalistas tenaces, como Roda, Campomanes
y Moñino. Los seguidores de Ensenada, que contaban con cierto
apoyo popular y con el apoyo de los sectores más politizados
de la Compañía de Jesús, eran un obstáculo
para los ambiciosos planes del primer grupo, Pero desde el primer
momento resultó evidente que los albistas tenían
todas las de ganar. Uno de ellos -Roda- era ya ministro; Campomanes
era el fiscal del Consejo de Castilla y Aranda, por su parte, parecía
ser el único hombre capaz de controlar la situación
en momentos en que se producían motines en diversos puntos
de la geografía española (en Cuenca, Palencia, Lorca,
Guipúzcoa, Granada, etc.)
Como dice Dominguez Ortiz "en general,
fueron simples motines de hambre de los que las clases elevadas
estuvieron ausentes".
Por otras parte, aunque la noticia de tales motines produjera una
fuerte impresión en el ánimo de Carlos III, no es
posible atribuirles hoy una especial gravedad, por cuanto, aunque
se produjeran en diversos puntos de la geografía peninsular,
provocados por el hambre más que por alborotadores políticamente
intencionados; se extinguieron rápidamente, volviéndose
a la normalidad. Y debe decirse que el pueblo volvió a la
normalidad por sí solo, ya que las fuerzas del orden, salvo
en algunos puntos, eran practicamente inoperantes.
Los motines favorecieron a los albistas; Carlos III tenía
que echar mano de este grupo político, el más solido,
en aquellos momentos en los que era imposible adivinar el alcance
de la tormenta social. En Aranjuez persistían los hondos
temores todavía el 10 de abril; en esa fecha Miguel Muzquiz,
el sustituto de Esquilache, pedía 30.000 balas de fusil
con destino a Aranjuez. Debían ser enviadas "con toda
precaución y disimulo..." Un dato elocuente.
La capa corta se adoptó por las buenas
Después del motín, desaparecido Esquilache, al frente
del pais se afirmaba un nuevo equipo gobernante, en el que todavía
figuraba Grimaldi, pero a la sombra del poderoso Aranda y en el
que era evidente la importancia de españoles influyentes
como Campomanes y Floridablanca.
El nuevo equipo gobernante iba a llevar adelante importantes reformas
de orden interno, quizá menos espectaculares que las del
primer período, pero en cualquier caso más profundas
y mejor pensadas desde el punto de vista de su viabilidad. Así pues,
el motín de Madrid y los motines que le siguieron no detuvieron
el ímpetu reformista de Carlos III.
El conde de Aranda supo poner orden en el
caos y hasta logró imponer
el uso de la capa corta y suprimir el uso del sombrero de ala
ancha. Lo que Esquilache no logró por las malas, lo logró el
conde por las buenas. Unas cuantas palabras suyas bastaron para
que los estratos sociales más elevados se cortaran las capas
y cambiaran de sombreros.
Después, Aranda convenció a los representantes de
los cinco Gremios Mayores para que hicieran lo propio. En octubre
de 1766, Aranda reunía a los miembros de los 53 Gremios
Menores y les convencía de las bondades del nuevo atuendo.
Muy astutamente, Aranda dispuso que el verdugo -personaje maldito
en todos los pueblos- usase precisamente la famosa capa larga y
el chambergo que ninguna "persona de bien" llevaría
de allí en adelante. Así, con habilidad, el pueblo,
imitando a los nobles y diferenciándose del vil verdugo,
cambió de indumentaria sin mayores aspavientos.
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Para saber más... |
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Blanco
Martinez, Rogelio; Muñoz Vitoria, Fernando (y otros): "Historia
de España", tomo VI, 'Los borbones hasta 1845'
/Club Internacional del Libro, Madrid 1990 |
"El motín de Esquilache a la luz de los documentos";
edición, transcripción, notas y estudio preliminar
por Jacinta Macías Delgado; Centro de Estudios Constitucionales,
Madrid, 1988 |
Marías, Julián: "La España posible
en tiempos de Carlos III"; Sociedad de Estudios y Publicaciones,
Madrid 1963 |
| |
Navarro
Latorre,J. : "Hace doscientos años. Estado actual
de los problemas históricos del motín de Esquilache".
Madrid, Instituto de Estudios Madrileños, 1966. |
| |
Dominguez
Ortiz, A: "Hechos y figuras del siglo XVIII español";
Ed. Siglo veintiuno, Madrid, 1980 |
Notas:
Chambergo: Es un sombrero
de ala ancha, levantada por un lado y sujeta con presilla, que
solía adornarse con plumas y cintillos, y también
con una cinta que, rodeando la base de la copa, caía por
detrás. El pueblo llano usaba una variante redonda, sin
adornos. El término
proviene de C. Schömberg,
(1601-1656), mariscal de Francia que introdujo la moda en el uniforme
durante la guerra de Cataluña hacia 1650. Poco después,
en 1669, durante la minoría de edad del Carlos II (1661-1700),
la reina regente Mariana de Austria formaría en Madrid un
regimiento para que desempeñara las funciones de Guardia Real en
Madrid, dado que la corte se hallaba tradicionalmente desprovista
de guarnición militar; el vistoso uniforme usaba unas casacas
y sombreros que imitaban el de las tropas del mariscal francés.
Aparece en algunos cuadros como La rendición
de Breda o El principe Carlos a caballo (Velazquez). Hoy en día
lo llevan los Seises de la catedral de Sevilla, con sus vistosas
plumas blancas y rojas. El modelo fue exportado a Argentina, donde
con ligeras variaciones (menos copa, alas más cortas y sin
adornos), lo usaron los hombres de campo; hoy es una prenda tradicional
del folklore argentino. [Volver
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