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Historia:

 

Pablo de Olavide, escritor

El Evangelio en triunfo o historia de un filósofo desengañado

bibliotecaLas primeras noticias que tenemos de Pablo de Olavide, como escritor, son de carácter literario. Datan de 1764, en que el impresor madrileño Joaquín Ibarra le publica la zarzuela El celoso burlado, de tema cervantino. Hemos de suponer, por consiguiente, que su última estancia en París, en 1763 a 1765, estuvo interrumpida por algún viaje a España -quizá en el verano de 1764-, que aprovechó para entregar a la imprenta el manuscrito de su obra, volviendo a París acompañado de su prima Gracia, que compartiría ya su vida hasta los años de prisión, provocando la murmuración de los maliciosos. Tanto en la capital de Francia como en Madrid, a su vuelta, en que no tenía más obligaciones que atender a sus negocios, se dedicó intensamente a la lectura, al trato social y a la traducción de obras francesas, comedias principalmente.

Sabemos, por testimonio de su más fiel criado, que -al menos en España- "antes de entrar al servicio del Rey" se dedicaba a escribir para el teatro. Afición que cultivó sin trabas, primero en su mansión madrileña y luego en el Alcázar sevillano. Imbuido del espíritu europeo, y deseando competir con Voltaire, en su calidad de árbitro de la refinada cultura de salón, instaló en su propia casa un teatro privado donde él y sus amigos representaban las comedias de moda.

Era el momento cumbre de la polémica sobre el teatro español. En 1765 se vieron prohibidos los autos sacramentales, y en los años siguientes el Gobierno impulsó una campaña de "depuración" de la escena, encargando la adaptación y refundición del repertorio clásico español a las normas neoclásicas y aceptando las traducciones de piezas extranjeras que se considerasen modélicas.

En este aspecto, la colaboración del futuro Asistente fue decisiva para la implantación de los nuevos gustos. El pequeño escenario que había montado en su domicilio era uno de los atractivos más poderosos para la alta sociedad de la corte, que acogió con la mayor simpatía la iniciativa del fastuoso americano, nimbado ya entonces por su condición de "viajero" por las principales capitales europeas. La distinción y el buen tono "a la moda" que asimiló, sin duda, en su largo peregrinar más allá de las fronteras, predisponía en su favor a las damiselas de la alta sociedad madrileña. Fomentó la tertulia al estilo francés, con asistencia femenina, liberada ya la mujer de seculares prejuicios. A ella acudían magistrados como Campomanes y el marqués de la Corona, fiscales del Consejo de Castilla; escritores y eruditos, como Clavijo y el sacerdote Casalbón; nobles como el duque de Mora y la duquesa de Huéscar, madre de la célebre Cayetana, futura duquesa de Alba, pintada por Goya.

Este salón -que dos años más tarde reaparecería en Sevilla, con la asistencia de Jovellanos, Bruna, Trigueros, el conde del Aguila y los principales ilustrados hispalenses- vio representar las primeras comedias y tragedias de gusto neoclásico, traducidas por los mismos contertulios, a la cabeza de los cuales hay que situar al propio Olavide y a su prima Gracia, la décima musa de la reunión, recordada muchos años después con nostalgia por Jovellanos, Bruna y otros asistentes. De ella se sabe que tradujo la comedia Paulina, de madame de Graffigny. A Olavide se atribuyen, además de la citada zarzuela, otras dos traducciones: Ninette à la Cour, de Duni, y Le peintre amoureux de son modèls, de Grétry. Pero su mayor contribución a este repertorio está formada por tragedias francesas: Mithridate y Phèdre, de Racine; Le joueur, de Regnard; Hypermenestra y Lina, de Lemierre; Zelmire, de Du Belloy; Olympie, Zayre y Mérope, de Voltaire (esta última por la traducción italiana de Maffei), y Le déserteur, de Sedaine. Especial devoción tuvo por Racine y Voltaire; éste último fue sin duda el autor francés más traducido por Olavide, a quien conocía personalmente.

La única obra teatral original de Olavide que se ha hallado, se publicó en Madrid, en la Imprenta de Joaquín Ibarra en 1764, época bastante temprana en la producción dramática de Olavide y que inaugura al parecer la serie de otras publicaciones de la misma índole que se deben a su pluma. Se titula "El celoso burlado" y tiene la forma de zarzuela, en un solo acto. No se ha conservado indicación alguna respecto de las partituras musicales.

El acercamiento de Olavide a la política está ligado a su condición de criollo americano. Se piensa en él para que dé su parecer sobre la propuesta de Thurriegel, cosa que hace extensamente en su Informe sobre el proyecto de colonización de Puerto Rico y América del Sur. Descartado este propósito inicial, se decide el Gobierno por las colonias interiores, y a esta decisión corresponde el Informe sobre el proyecto de colonización de Sierra Morena. Ambos Informes fueron publicados por el profesor Cayetano Alcázar Molina en 1927.

Comenzada ya su vertiginosa carrera política, van engarzándose unos cargos a otros, a todos los cuales atiende Olavide con solicitud. Van saliendo de su pluma -exuberante y apasionada- numerosas páginas sobre los más acuciantes problemas planteados al país. En su mayoría se conservan estos informes inéditos en los archivos nacionales (Madrid, Simancas) o municipales (Madrid, Sevilla), Así, por ejemplo, emite un Informe sobre el Hospicio madrileño y otro sobre el "libre comercio del aceite", en su calidad de síndico del común.

Trasladado a Sevilla, se ocupa con rapidez de todos los asuntos pendientes. Comienza por redactar un Reglamento general de limpieza de las calles por semanas -impreso-, que es como el primer aldabonazo que el nuevo Asistente da en la conciencia del pueblo sevillano para que despierte de su inveterado letargo. La nueva autoridad viene pisando fuerte, y sin temor a los caciques tradicionales de la ciudad, pretende imponer su criterio en cuantos problemas irritaban su racionalismo "ilustrado". Ataca los fraudes en sus Informes sobre "irregularidades de los gremios" y sobre "relajación de la aduana de Sevilla", ambos inéditos en el Archivo Histórico.

Intenta reglamentar, incluso, la devoción, con normas muy ajustadas a razón, pero incompatibles con las costumbres del pueblo. En 1768 informa al conde de Aranda sobre las "Hermandades y Cofradías de Sevilla" (conservado en el archivo municipal de Sevilla), dándole cuenta de los excesos "irracionales" de estas instituciones y proponiendo un plan de mejora que habría de revertir en beneficio del público, según la opinión del Asistente.

No sólo no consiguió lo que se proponía, sino que además comenzó a enajenarse la voluntad de los gobernados, fuesen débiles artesanos o poderosos propietarios. En torno a sus devociones religiosas, el pueblo de Sevilla se unía frente a todo intento de reforma, por muy conveniente que pareciera. Conservamos, en este aspecto, el testimonio de la actitud de la nobleza sevillana, encuadrada en gran parte en la Hermandad de la Soledad, que en 1768 hace frente a una decisión de Olavide. Ignorando éste las peculiaridades de la Semana Santa ordenó que la Hermandad "hiciese su estación saliendo lo más temprano que pudiese, de modo que se verificase la vuelta a su capilla a las oraciones o poco después", para evitar incidentes nocturnos. El Jueves Santo, con toda urgencia, se reunió el Cabildo de la Hermandad en el domicilio del convento Casa Grande del Carmen, para tratar de las medidas a tomar. Acudieron los marqueses de Paradas, de la Granja, de Tablantes, de las Torres, conde del Aguila, don Antonio Lasso de la Vega, don Antonio Rodríguez de Valcárcel, don Diego de Vargas, don Fausto de Bustamante y Alfaro, don Diego de Torres Ponce de León, don Diego Pérez de Guzmán, don Francisco Javier Jácome, don Miguel de Velasco y Mendieta y otros capitulares de ilustres apellidos, quienes optaron por la no salida de la cofradía ("aunque con grave dolor de esta Hermandad"), en la tarde del viernes, como era su costumbre, permaneciendo los cofrades en la iglesia con actos piadosos (canto del Miserere y "Stabat Mater"), "como lo practica en otros días". La razón de este acuerdo se basaba en que era "contra el estilo y costumbre inmemorial de salir esta Hermandad de su capilla después de las cinco de la tarde, como siempre lo ha usado, y se hizo estando aquí la corte". Además, era imposible salir antes "por los quehaceres del día y asistencia a los Divinos Oficios de todos por la mañana, de que resulta comer aquel día algo más tarde". El recorrido duraba cinco horas.

El afán de normalizar "racionalmente" la vida se extiende a todos los campos que dependen de la Asistencia. Así, el 30 de noviembre de 1767, Olavide publica un Reglamento para el teatro de Sevilla, que modifica en otras dos ocasiones; el mismo año redacta las "Ordenanzas para el Hospicio de Sevilla" (inéditas en el archivo municipal de la ciudad) e imprime el Reglamento para la administración de propios y arbitrios de la ciudad de Sevilla.

El problema agrario, tan agudamente vivido por él, ocupa su atención preferente. Aunque sus ideas están repartidas en numerosísimas cartas y papeles varios, habrá que destacar al menos tres Informes relativos al tema, firmados todos ellos en 1768. En el Archivo Histórico Nacional se guardan unas páginas sobre el Medio de repartir en las Andalucías la tierra inculta y un Informe al Consejo de Castilla sobre las tierras de labranza que hay en el término de Sevilla, en especial sobre Tablada y Tabladilla. Pero su escrito más completo es un Informe sobre la ley agraria, que publicó, colmándolo de elogios, don Ramón Carande (en el Boletín de la Real Academia de la Historia, 1956) y que sirvió de base de trabajo -sin hacer mención de ello- a informes posteriores, como el famoso de Jovellanos.

Entre los proyectos de más envergadura acariciados por el Asistente hay que destacar su "Informe sobre navegación del río Guadalquivir hasta Andújar" (inédito en el Archivo Histórico), que peca -como tantos otros proyectos de Olavide- por su falta de realismo. Mucho más eficaz y hacedera es su "Instrucción sobre el modo y los medios de socorrer a los que se ahogaren o hallaren en peligro en el río de Sevilla", fechada en 1773 y conservada en el archivo municipal.

Son numerosos los escritos conservados (fueros, ordenanzas, cartas, informes, pleitos, etc.) sobre la colonización de las nuevas poblaciones, lo que ha permitido a los historiadores reconstruir con gran precisión esta etapa tan interesante de la vida del célebre limeño. De ella tratan todos los estudios generales del reinado de Carlos III, siendo, además, numerosos los trabajos que tratan particularmente el tema, en castellano y alemán, principalmente. Los papeles oficiales se custodian en el Archivo General de Simancas y en el Histórico de Madrid, donde existen también los particulares, confiscados por la Inquisición. No hay que decir que una gran parte de esta documentación es labor personal de Olavide, casi toda inédita, y fiel testimonio de su arrolladora actividad política.

El proceso inquisitorial no sólo turbó el sosiego de la Europa de las "luces", sino que dejó también su impronta en el alma, singularmente sensible, del propio acusado. Aún antes de su detención, cuando llegaron a sus oídos los rumores de las delaciones que contra él se habían producido, tanto en Sevilla como en las colonias, Olavide tuvo buen cuidado de extremar la ortodoxia de sus sentimientos religiosos. Si con anterioridad había traducido a Pope y a Voltaire, en las veladas de 1772-73, en La Peñuela, tradujo y leyó a sus familiares La verdad de la religión cristiana, "obra famosa por su solidez y doctrina, cuyo objeto es probar la verdad de la religión contra las imposturas y calumnias de los herejes deístas y filósofos modernos".

No podemos dudar de la sinceridad de estas declaraciones, por cuanto, en adelante, la apología del cristianismo tendrá para él carácter obsesivo, sin renunciar a su formación racionalista e ilustrada, tratando siempre de armonizar la razón y la fe. Lo cierto es que, a partir de esta fecha, no pierde ocasión de proclamar su ortodoxia y de anatematizar a los impíos filósofos del día. ¿Respondía esta actitud a un justificado temor al Santo Oficio? Sin descartar esta posibilidad, parece claro que en los últimos años de su vida fue más y más acusada su inclinación hacia una religiosidad positiva. Su voluntad de creer, sin embargo, fue siempre más fuerte que su convencimiento "racional" e íntimo.

Cuando, ya en prisión, esboza un esquema de defensa personal, señala que la acusación es calumniosa, diciendo que es

"hija de la saña de algunas personas eclesiásticas, regulares o seculares, contra cuyo desorden ha hablado y tomado providencia en el ejercicio de su empleo, según el espíritu de las órdenes del Consejo".

Frase muy cierta si aceptamos la tesis de que la condena de Olavide fue reacción eclesiástica, más que contra su persona, contra "el espíritu de las órdenes del Consejo". El único pecado del Asistente sería el haberse adherido a ellas con demasiado entusiasmo e imprudente conducta. La carta a la que nos referimos concluye con un párrafo elocuente:

"Yo protesto a V.I., con toda la verdad de mi corazón, que jamás me he desviado un ápice de la pura y verdadera creencia ortodoxa hacia nuestros sagrados misterios, las verdades del Evangelio y las reveladas, y que por ellas sacrificaría muchas veces mi vida" (Véase Aguilar Piñal, Francisco: La Sevilla de Olavide, pág. 218).

No obstante esta sumisa confesión de fe, ya conocemos el lamentable resultado del proceso.

Como muestras escritas de la religiosidad de Olavide conservamos los cánticos que compuso en La Carolina para ser cantados en las funciones litúrgicas, con escándalo de muchos. En el tomo dedicado a los poetas del siglo XVIII, en la "Biblioteca de Autores Españoles" se incluye un solo poema de Olavide, titulado Miserere, de escasa calidad literaria, pero revelador de un estado de ánimo. En esta misma línea de arrepentimiento, con desahogos líricos, hemos de situar su última producción poética, de retumbantes, pero desangelados versos, escritos en su retiro de Baeza. En 1799 aparecieron en Madrid sus Poemas cristianos, en que se exponen con sencillez "las verdades más importantes de la Religión". Al año siguiente vio la luz el Salterio español o versión parafrásica de los salmos de David, de los cánticos de Moisés y de otros cánticos. Posteriormente publicó la Versión parafrásica de los siete salmos penitenciales y la traducción del Oficio parvo de Nuestra Señora, obras todas ellas, como se ve, de motivos religiosos y devotos.

El Evangelio en triunfo...

evangelioPero, sin duda, la obra que más fama dio a Olavide, la más extensa y desconcertante de cuantas escribiera, fue la titulada "El Evangelio en triunfo o historia de un filósofo desengañado", escrita durante su destierro en Francia y publicada por primera vez, como anónima, en 1797. Son cuatro volúmenes editados en Valencia por los Hermanos Orga. Esta obra, que conoció el éxito más brillante de público (en 1800 aparecía la sexta edición), siendo traducida al francés, al portugués y al italiano, es de tan escasa originalidad como las anteriores. Sigue muy de cerca una obrita en francés del abad Lamourette titulada Délices de la Religion (París, 1788), quien sirve de mentor a Olavide en estas páginas (con un total de 1.648 en la quinta edición), que tratan de refutar las ideas de su admirado Voltaire y demás filósofos del XVIII.

Aunque la estructura y desarrollo del tema son absolutamente lógicos, el estilo es claramente prerromántico, mostrando el autor una "sensibilidad" a flor de piel que, en múltiples ocasiones, se traduce en copioso llanto. Casi todos los personajes que aparecen en el texto, de género epistolar-narrativo, se deshacen en lágrimas cuando la emoción los invade en momentos de aguda crisis o tensión espiritual.

Los tres primeros volúmenes están consagrados a la "conversión" del filósofo, que, con graves cargos en la conciencia, se ve obligado accidentalmente a recluirse en un monasterio y a dialogar con un religioso, el cual poco a poco va desengañando al protagonista, con su afabilidad, caridad cristiana y profundo sentido apostólico. Su intento es demostrar al visitante la verdad de la fe cristiana por la historicidad de la revelación, con argumentos fundados exclusivamente en la razón. Tanto las dificultades propuestas por el filósofo como las respuestas del buen fraile proceden de las numerosas publicaciones francesas del momento, sea de crítica racionalista, por un extremo, o de apología racional del cristianismo, por otro.

Aun cuando las frases hostiles a Voltaire se prodigan en toda la obra -llega a denominarle "monstruo maléfico" por haber propiciado la incredulidad-, queda patente su enorme influencia sobre Olavide, quien se limita a rebatirle "emocionalmente", reconociendo siempre su admiración hacia él como crítico y como insinuante estilista, alabando "la fecundidad de su imaginación exaltada y la fuerza prodigiosa de su ingenio".

De aquí que esta apología del cristianismo -como admite Defourneaux- tenga un carácter paradójico: la defensa de la religión, tal como la presenta el Padre, es generalmente mucho más débil que el ataque lanzado por el filósofo. No podía ser de otra manera desde el momento en que el religioso aceptaba combatir en el terreno de la razón, sin argumentos basados en la fe.

En el prólogo de la obra, Olavide da testimonio de su estado espiritual en los años que siguen a su condena; así dice:

"Mi deseo era vivir ignorado, repasar en la amargura de mi corazón los ya pasados días de mi vida y meditar los años eternos".

A esta disposición de arrepentimiento vinieron a sumarse los efectos producidos en su alma por las violencias de la Revolución, de que fue testigo: "Y lo que acabó de colmar la medida de tantos honores fue el repentino abandono, la abolición súbita y entera de la Religión y su culto". La consecuencia íntima más inmediata fue el progresivo distanciamiento de los modernos ideólogos que hasta entonces le habían cautivado; así escribe:

"No era difícil conocer que la causa de todo esto era el funesto influjo de los modernos sofistas. Muchos años antes, con la licencia de los escritos se había multiplicado el numero de sus sectarios; sobre todo entre las gentes de cierta clase, que con más fortuna y otra educación querían vivir a gusto de sus pasiones y aspiraban a distinguirse por opiniones atrevidas".

Está pensando, sin duda, en sí propio y en sus pasados años de actividad cortesana y política.

La consecuencia lógica de tales premisas es que "no hay honor ni buena filosofía en la incredulidad" y que "la Religión y su doctrina es la filosofía más sana, la más elevada, la más útil..., pues sólo el Evangelio es la regla que puede producir la felicidad universal". Si Olavide pretendía engañar a sus lectores, lo consiguió.

El Evangelio en triunfo fue leído con avidez en los círculos católicos de España y aun del extranjero. El pueblo fiel encontró en esta obra, como quería su autor, un "libro conciso, con un método claro y un estilo simple y proporcionado a su inteligencia" que daba, mejor que ningún otro tratado plomizo de teología, "una idea completa del sublime plan del Cristianismo, enseñando al mismo tiempo las innumerables pruebas que demuestran con evidencia su verdad". Libro, además, sugestivo por la conversión sorprendente de aquel personaje público que años atrás fuera calificado de "hereje" por la Inquisición. ¡Desconcertante Olavide! ¿Cómo no quedar sorprendido al presenciar la transformación de un "miembro podrido de la Religión" en uno de sus máximos apologistas seglares?

Pero esta evolución religiosa no significa en modo alguno una renuncia total a sus convicciones intelectuales. La tragedia íntima de Olavide es la de su siglo, escéptico y sensual. El alma del creyente se debatía entre la duda y la fe, con una ansiosa voluntad de encontrar las bases racionales de su creencia, pero sin poder arrojar de su atormentado espíritu un rescoldo de vacilación, un nebuloso interrogante final que no le daba tregua de paz. Y por encima de este mar de fondo, el impulso a la actividad sin freno, la necesidad vital de hacer algo por el progreso y la felicidad social, la mejora posible y deseada de la Humanidad.

Esta fidelidad a sus programas reformistas es la que Olavide no puede ocultar por más tiempo, y así, en el cuarto volumen del Evangelio en triunfo, muy diferente de los anteriores, se ocupa de cuestiones puramente terrenas. Aquí el pensamiento propio de Olavide se impone sobre el de Lamourette, su inspirador. El filósofo, ya convertido, planifica su actuación civil con miras de beneficencia y apostolado. Decide dar a sus hijos una educación "ilustrada, pero cristiana", recluido en un pueblecito rural, en una finca de su propiedad, alejado del bullicio cortesano.

Pero, al mismo tiempo, se cree en la obligación de hacer partícipes a los habitantes de aquel lugar de la felicidad que embarga su alma. Para conseguir esta finalidad de "felicidad pública", el filósofo propone un plan de educación, en el que la Religión ocupa un lugar principal, junto a las matemáticas y la observación de la naturaleza. Plan algo difuso que, lógicamente, se aparta algo del que treinta años antes había redactado para la Universidad de Sevilla, pero que conserva las líneas maestras de su estructura.

Expone también un razonado plan de reforma agraria, rememorando ideas tenazmente conservadas, y crea, finalmente, una "Junta del bien público", especie de Sociedad Económica, para atender a los aspectos laborales, sociales y económicos del pueblo. Redacta para ella unos minuciosos estatutos, -que incluye- y logra, al cabo de los años, esa sociedad utópica, soñada para España entera, pero conseguida sólo en el papel, por el entusiasmo y la fidelidad a sí mismo de aquel aventurero de vida tempestuosa, sensible, soñador y romántico, que se llamó don Pablo de Olavide y Jáuregui.

De la primera edición de El Evangelio en triunfo se encargó Luis de Urbina, viudo de Gracia de Olavide, a la sazón Teniente General con mando en Valencia, que encomendó la censura a José Faustino de Alcedo, sacerdote ilustrado y miembro activo de la Sociedad Económica valenciana, y a Jerónimo de Arbizu, según consta en el expediente del Archivo Histórico Nacional. La obra se imprimió en Valencia bajo la atenta vigilancia del ilustre escolapio Benito de San Pedro, que se encargó también de las correcciones. Si la primera impresión se había tramitado en mayo de 1797, la segunda lo fue en febrero del año siguiente, consiguiendo Luis de Urbina el 2 de marzo un privilegio exclusivo por diez años para controlar las ediciones futuras. Este privilegio fue concedido por el Príncipe de la Paz y firmado por Jovellanos, como ministro de Gracia y Justicia, el 11 de marzo de 1798. El argumento expuesto por Urbina para solicitar el privilegio fue el éxito extraordinario obtenido por la obra, ya que "apenas se publicó, se arrebataron los dos mil ejemplares" (Archivo Histórico Nacional, Estado, 3248; Consejos, 5562 y 11278).

Esta obra, como se ha dicho, salió sin nombre de autor, porque el de Olavide todavía seguía deshonrado por la condena inquisitorial. Por eso, cuando, animado por el éxito, Olavide da rienda suelta a la febril actividad de su pluma, lo hace bajo seudónimo, publicando, esta vez en Madrid, una colección de novelitas que titula "Lecturas útiles y entretenidas" (1800) a nombre de Anastasio Céspedes y Monroy. Estos textos en prosa, muchos también traducidos del francés, presentan la vida social bajo el prisma amable y enternecedor de una extrema "sensibleria" propia de la época, dominada por la sensibilidad, la compasión, los atractivos de la virtud y el dolor y el desengaño del vicio. Puede ser ilustrativo el citar solamente los títulos: La paisana virtuosa, La mendiga honrada, La huérfana, El amor desinteresado, La hermosa malagueña, Los peligros de Madrid, El fruto de la ambición, El matrimonio infeliz, La presumida orgullosa, etc. Estas novelas, que han atraído modernamente la atención de los críticos, fueron reeditadas en volúmenes sueltos en el primer tercio del siglo XIX, primero en Filadelfia y después en Nueva York (1811-1828) siendo volúmenes difíciles de encontrar en España. El profesor norteamericano Sebold ha estudiado el estilo y autoría de esta colección de obritas en un artículo publicado en la web que más abajo se indica.

  Para saber más...
Aguilar Piñal, Francisco: estudio preliminar a "Plan de Estudios para la Universidad de Sevilla", Universidad de Sevilla, 1989 /
La Sevilla de Olavide, 1767-1778; Ayuntamiento de Sevilla, Servicio de Publicaciones, 1995
Olavide, Pablo: "El Evangelio en triunfo o historia de un filósofo desengañado"; Prólogo de José Luis Gómez Urdáñez; Biblioteca Filosofía en español (Fundación Gustavo Bueno), Primera edición, julio 2004
Alcazar Molina, Cayetano: "Los hombres del reinado de Carlos III. Don Pablo de Olavide, el colonizador de Sierra Morena" Madrid, Ed. Voluntad, 1927
  Enlaces webs
  Estuardo Núñez (Universidad de San Marcos. Lima, Perú): Consideraciones en torno a la obra literaria de don Pablo de Olavide. Actas del III Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas (1968) Pdf en Centro Virtual Cervantes
  Estuardo Núñez:
Obras narrativas desconocidas de Pablo de Olavide; prólogo y compilación por Estuardo Núñez. En Biblioteca virtual Miguel de Cervantes
Obras dramáticas desconocidas de Pablo de Olavide; prólogo y compilación por Estuardo Núñez. En Biblioteca virtual Miguel de Cervantes
  Alonso Seoane, Maria José (Universidad Complutense de Madrid): "Olavide, adaptador de novelas: una versión desconocida de Germeuil, de Baculard d'Arnaud". Actas del X Congreso de la Asociación Internacional de Hispanistas (1989) Pdf en Centro Virtual Cervantes
  Sebold, Russell P.: "Novelas de 'muchos cervantes': Olavide y el realismo. En Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
  Dufour, Gérard (Université de Provence, Francia): "Elementos novelescos de El evangelio en triunfo de Olavide". Anales de Literatura Española, nº 11, 1995 (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)
  Alonso Seoane, María José (Universidad Complutense de Madrid): "Infelices extremos de sensibilidad en las Lecturas de Olavide" Anales de Literatura Española, nº 11, 1995 (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes)
Biografía de Olavide | Olavide y el teatro en Sevilla

 

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  "Historia vitae magistra" (Cicerón) Página personal © Alfonso Pozo Ruiz
Enviarme un correo electrónico Miembro del Comisariado del V Centenario Universidad Sevilla y autor de la sección histórica de la web institucional www.quintocentenario.us.es