|
El Evangelio en triunfo
o historia de un filósofo desengañado
Las primeras noticias que tenemos de Pablo de Olavide, como escritor,
son de carácter literario. Datan de 1764, en que el impresor
madrileño Joaquín Ibarra le publica la zarzuela El
celoso burlado, de tema cervantino. Hemos de suponer, por consiguiente,
que su última estancia en París, en 1763 a 1765, estuvo
interrumpida por algún viaje a España -quizá en
el verano de 1764-, que aprovechó para entregar a la imprenta
el manuscrito de su obra, volviendo a París acompañado
de su prima Gracia, que compartiría ya su vida hasta los años
de prisión, provocando la murmuración de los maliciosos.
Tanto en la capital de Francia como en Madrid, a su vuelta, en que
no tenía más obligaciones que atender a sus negocios,
se dedicó intensamente a la lectura, al trato social y a la
traducción de obras francesas, comedias principalmente.
Sabemos, por testimonio de su más fiel criado, que -al
menos en España- "antes de entrar al servicio del Rey" se
dedicaba a escribir para el teatro. Afición que cultivó sin
trabas, primero en su mansión madrileña y luego en
el Alcázar sevillano. Imbuido del espíritu europeo,
y deseando competir con Voltaire, en su calidad de árbitro
de la refinada cultura de salón, instaló en su propia
casa un teatro privado donde él y sus amigos representaban
las comedias de moda.
Era el momento cumbre de la polémica sobre el teatro español.
En 1765 se vieron prohibidos los autos sacramentales, y en los
años siguientes el Gobierno impulsó una campaña
de "depuración" de la escena, encargando la adaptación
y refundición del repertorio clásico español
a las normas neoclásicas y aceptando las traducciones de
piezas extranjeras que se considerasen modélicas.
En este aspecto, la colaboración del futuro Asistente fue
decisiva para la implantación de los nuevos gustos. El pequeño
escenario que había montado en su domicilio era uno de los
atractivos más poderosos para la alta sociedad de la corte,
que acogió con la mayor simpatía la iniciativa del
fastuoso americano, nimbado ya entonces por su condición
de "viajero" por las principales capitales europeas.
La distinción y el buen tono "a la moda" que asimiló,
sin duda, en su largo peregrinar más allá de las
fronteras, predisponía en su favor a las damiselas de la
alta sociedad madrileña. Fomentó la tertulia al
estilo francés, con asistencia femenina, liberada ya la
mujer de seculares prejuicios. A ella acudían magistrados
como Campomanes y el marqués de la Corona, fiscales del
Consejo de Castilla; escritores y eruditos, como Clavijo y el sacerdote
Casalbón; nobles como el duque de Mora y la duquesa de Huéscar,
madre de la célebre Cayetana, futura duquesa de Alba, pintada
por Goya.
Este salón -que dos años más tarde reaparecería
en Sevilla, con la asistencia de Jovellanos, Bruna, Trigueros,
el conde del Aguila y los principales ilustrados hispalenses- vio
representar las primeras comedias y tragedias de gusto neoclásico,
traducidas por los mismos contertulios, a la cabeza de los cuales
hay que situar al propio Olavide y a su prima Gracia, la décima
musa de la reunión, recordada muchos años después
con nostalgia por Jovellanos, Bruna y otros asistentes. De ella
se sabe que tradujo la comedia Paulina, de madame de Graffigny.
A Olavide se atribuyen, además de la citada zarzuela, otras
dos traducciones: Ninette à la Cour, de Duni, y Le
peintre amoureux de son modèls, de Grétry. Pero
su mayor contribución a este repertorio está formada
por tragedias francesas: Mithridate y Phèdre,
de Racine; Le
joueur, de
Regnard; Hypermenestra y Lina, de Lemierre; Zelmire,
de Du Belloy;
Olympie, Zayre y Mérope, de Voltaire (esta última
por la traducción italiana de Maffei), y Le
déserteur,
de Sedaine. Especial devoción tuvo por Racine y Voltaire;
éste último fue sin duda el autor francés
más traducido por Olavide,
a quien conocía personalmente.
La única obra teatral original de Olavide que se ha hallado,
se publicó en Madrid, en la Imprenta de Joaquín Ibarra
en 1764, época bastante temprana en la producción
dramática de Olavide y que inaugura al parecer la serie
de otras publicaciones de la misma índole que se deben a
su pluma. Se titula "El celoso burlado" y tiene la forma
de zarzuela, en un solo acto. No se ha conservado indicación
alguna respecto de las partituras musicales.
El acercamiento de Olavide a la política está ligado
a su condición de criollo americano. Se piensa en él
para que dé su parecer sobre la propuesta de Thurriegel,
cosa que hace extensamente en su Informe
sobre el proyecto de colonización
de Puerto Rico y América del Sur. Descartado este propósito
inicial, se decide el Gobierno por las colonias interiores, y a
esta decisión corresponde el Informe
sobre el proyecto de colonización de Sierra Morena.
Ambos Informes fueron publicados por el profesor Cayetano Alcázar
Molina en 1927.
Comenzada ya su vertiginosa carrera política, van engarzándose
unos cargos a otros, a todos los cuales atiende Olavide con solicitud.
Van saliendo de su pluma -exuberante y apasionada- numerosas páginas
sobre los más acuciantes problemas planteados al país.
En su mayoría se conservan estos informes inéditos
en los archivos nacionales (Madrid, Simancas) o municipales (Madrid,
Sevilla), Así, por ejemplo, emite un Informe sobre el Hospicio
madrileño y otro sobre el "libre comercio del aceite",
en su calidad de síndico del común.
Trasladado a Sevilla, se ocupa con rapidez de todos los asuntos
pendientes. Comienza por redactar un Reglamento
general de limpieza de las calles por semanas -impreso-, que es como el primer aldabonazo
que el nuevo Asistente da en la conciencia del pueblo sevillano
para que despierte de su inveterado letargo. La nueva autoridad
viene pisando fuerte, y sin temor a los caciques tradicionales
de la ciudad, pretende imponer su criterio en cuantos problemas
irritaban su racionalismo "ilustrado". Ataca los fraudes
en sus Informes sobre "irregularidades de los gremios" y
sobre "relajación de la aduana de Sevilla", ambos
inéditos en el Archivo Histórico.
Intenta reglamentar, incluso, la devoción, con normas muy
ajustadas a razón, pero incompatibles con las costumbres
del pueblo. En 1768 informa al conde de Aranda sobre
las "Hermandades
y Cofradías de Sevilla" (conservado en el archivo municipal
de Sevilla), dándole cuenta de los excesos "irracionales" de
estas instituciones y proponiendo un plan de mejora que habría
de revertir en beneficio del público, según la opinión
del Asistente.
No sólo no consiguió lo que se proponía,
sino que además comenzó a enajenarse la voluntad
de los gobernados, fuesen débiles artesanos o poderosos
propietarios. En torno a sus devociones religiosas, el pueblo de
Sevilla se unía frente a todo intento de reforma, por muy
conveniente que pareciera. Conservamos, en este aspecto, el testimonio
de la actitud de la nobleza sevillana, encuadrada en gran parte
en la Hermandad de la Soledad, que en 1768
hace frente a una decisión
de Olavide. Ignorando éste las peculiaridades de la Semana
Santa ordenó que la Hermandad "hiciese
su estación
saliendo lo más temprano que pudiese, de modo que se verificase
la vuelta a su capilla a las oraciones o poco después",
para evitar incidentes nocturnos. El Jueves Santo, con toda urgencia,
se reunió el Cabildo de la Hermandad en el domicilio del
convento Casa Grande del Carmen, para tratar de las medidas a tomar.
Acudieron los marqueses de Paradas, de la Granja, de Tablantes,
de las Torres, conde del Aguila, don Antonio Lasso de la Vega,
don Antonio Rodríguez de Valcárcel, don Diego de
Vargas, don Fausto de Bustamante y Alfaro, don Diego de Torres
Ponce de León, don Diego Pérez de Guzmán,
don Francisco Javier Jácome, don Miguel de Velasco y Mendieta
y otros capitulares de ilustres apellidos, quienes optaron por
la no salida de la cofradía ("aunque
con grave dolor de esta Hermandad"), en la tarde del viernes, como era su
costumbre, permaneciendo los cofrades en la iglesia con actos piadosos
(canto del Miserere y "Stabat Mater"), "como
lo practica en otros días". La razón de este acuerdo
se basaba en que era "contra el estilo
y costumbre inmemorial de salir esta Hermandad de su capilla después de las cinco
de la tarde, como siempre lo ha usado, y se hizo estando aquí la
corte". Además, era imposible salir antes "por
los quehaceres del día y asistencia a los Divinos Oficios
de todos por la mañana, de que resulta comer aquel día
algo más tarde". El recorrido duraba cinco horas.
El afán de normalizar "racionalmente" la vida
se extiende a todos los campos que dependen de la Asistencia. Así,
el 30 de noviembre de 1767, Olavide publica un Reglamento
para el teatro de Sevilla, que modifica en otras dos ocasiones; el mismo
año redacta las "Ordenanzas para el Hospicio de Sevilla" (inéditas
en el archivo municipal de la ciudad) e imprime el Reglamento para
la administración de propios y arbitrios de la ciudad de
Sevilla.
El problema agrario, tan agudamente vivido por él, ocupa
su atención preferente. Aunque sus ideas están repartidas
en numerosísimas cartas y papeles varios, habrá que
destacar al menos tres Informes relativos al tema, firmados todos
ellos en 1768. En el Archivo Histórico Nacional se guardan
unas páginas sobre el Medio
de repartir en las Andalucías
la tierra inculta y un Informe
al Consejo de Castilla sobre las tierras de labranza que hay en
el término de Sevilla,
en especial sobre Tablada y Tabladilla. Pero su escrito más
completo es un Informe sobre la ley
agraria, que publicó,
colmándolo de elogios, don Ramón Carande (en el Boletín
de la Real Academia de la Historia, 1956) y que sirvió de
base de trabajo -sin hacer mención de ello- a informes posteriores,
como el famoso de Jovellanos.
Entre los proyectos de más
envergadura acariciados por el Asistente hay que destacar su "Informe
sobre navegación del río Guadalquivir hasta Andújar" (inédito
en el Archivo Histórico), que peca -como tantos otros proyectos
de Olavide- por su falta de realismo. Mucho más eficaz y
hacedera es su "Instrucción
sobre el modo y los medios de socorrer a los que se ahogaren o
hallaren en peligro en el río de Sevilla", fechada
en 1773 y conservada en el archivo municipal.
Son numerosos los escritos conservados (fueros, ordenanzas, cartas,
informes, pleitos, etc.) sobre la colonización de las
nuevas poblaciones, lo que ha permitido a los historiadores reconstruir
con gran precisión esta etapa tan interesante de la vida
del célebre limeño. De ella tratan todos los estudios
generales del reinado de Carlos III, siendo, además, numerosos
los trabajos que tratan particularmente el tema, en castellano
y alemán, principalmente. Los papeles oficiales se custodian
en el Archivo General de Simancas y en el Histórico de Madrid,
donde existen también los particulares, confiscados por
la Inquisición. No hay que decir que una gran parte de esta
documentación es labor personal de Olavide, casi toda inédita,
y fiel testimonio de su arrolladora actividad política.
El proceso inquisitorial no sólo turbó el sosiego
de la Europa de las "luces", sino que dejó también
su impronta en el alma, singularmente sensible, del
propio acusado. Aún antes de su detención, cuando
llegaron a sus oídos los rumores de las delaciones que contra él
se habían producido, tanto en Sevilla como en las colonias,
Olavide tuvo buen cuidado de extremar la ortodoxia de sus sentimientos
religiosos. Si con anterioridad había traducido a Pope y
a Voltaire, en las veladas de 1772-73, en La Peñuela, tradujo
y leyó a sus familiares La verdad
de la religión
cristiana, "obra famosa por su solidez y doctrina, cuyo objeto
es probar la verdad de la religión contra las imposturas
y calumnias de los herejes deístas y filósofos modernos".
No podemos dudar de la sinceridad de estas declaraciones, por
cuanto, en adelante, la apología del cristianismo tendrá para él
carácter obsesivo, sin renunciar a su formación racionalista
e ilustrada, tratando siempre de armonizar la razón y la
fe. Lo cierto es que, a partir de esta fecha, no pierde ocasión
de proclamar su ortodoxia y de anatematizar a los impíos
filósofos del día. ¿Respondía esta
actitud a un justificado temor al Santo Oficio? Sin descartar esta
posibilidad, parece claro que en los últimos años
de su vida fue más y más acusada su inclinación
hacia una religiosidad positiva. Su voluntad de creer, sin embargo,
fue siempre más fuerte que su convencimiento "racional" e íntimo.
Cuando, ya en prisión, esboza un esquema de defensa personal,
señala que la acusación es calumniosa, diciendo que
es
"hija
de la saña de algunas personas eclesiásticas, regulares
o seculares, contra cuyo desorden ha hablado y tomado providencia
en el ejercicio de su empleo, según el espíritu de
las órdenes del Consejo".
Frase muy cierta si aceptamos
la tesis de que la condena de Olavide fue reacción eclesiástica,
más que contra su persona, contra "el espíritu
de las órdenes del Consejo". El único pecado
del Asistente sería el haberse adherido a ellas con demasiado
entusiasmo e imprudente conducta. La carta a la que nos referimos
concluye con un párrafo elocuente:
"Yo protesto a V.I.,
con toda la verdad de mi corazón, que jamás me he
desviado un ápice de la pura y verdadera creencia ortodoxa
hacia nuestros sagrados misterios, las verdades del Evangelio y
las reveladas, y que por ellas sacrificaría muchas veces
mi vida" (Véase Aguilar Piñal, Francisco: La
Sevilla de Olavide, pág. 218).
No obstante esta sumisa confesión
de fe, ya conocemos el lamentable resultado del proceso.
Como muestras escritas de la religiosidad de Olavide conservamos
los cánticos que compuso en La Carolina para ser cantados
en las funciones litúrgicas, con escándalo de muchos.
En el tomo dedicado a los poetas del siglo XVIII, en la "Biblioteca
de Autores Españoles" se incluye un solo poema de Olavide,
titulado Miserere, de escasa calidad literaria, pero revelador
de un estado de ánimo. En esta misma línea de arrepentimiento,
con desahogos líricos, hemos de situar su última
producción poética, de retumbantes, pero desangelados
versos, escritos en su retiro de Baeza. En 1799 aparecieron en
Madrid sus Poemas cristianos, en que se exponen con sencillez "las
verdades más importantes de la Religión". Al
año siguiente vio la luz el Salterio
español
o versión parafrásica de los salmos de David,
de los cánticos de Moisés y de otros cánticos.
Posteriormente publicó la Versión parafrásica
de los siete salmos penitenciales y la traducción
del Oficio parvo de Nuestra Señora, obras todas
ellas, como se ve, de motivos religiosos y devotos.
El Evangelio en triunfo...
Pero,
sin duda, la obra que más fama dio a Olavide, la
más extensa y desconcertante de cuantas escribiera, fue
la titulada "El Evangelio en triunfo
o historia de un filósofo
desengañado", escrita durante su destierro
en Francia y publicada por primera vez, como anónima, en
1797. Son cuatro volúmenes editados en Valencia por
los Hermanos Orga. Esta obra, que conoció el éxito
más
brillante de público (en 1800 aparecía la sexta edición),
siendo traducida al francés, al portugués y al italiano,
es de tan escasa originalidad como las anteriores. Sigue muy de
cerca una obrita en francés del abad Lamourette titulada
Délices de la Religion (París, 1788), quien
sirve de mentor a Olavide en estas páginas (con un total
de 1.648 en la quinta edición), que tratan de refutar las
ideas de su admirado Voltaire y demás filósofos del
XVIII.
Aunque la estructura y desarrollo del tema son absolutamente lógicos,
el estilo es claramente prerromántico, mostrando el autor
una "sensibilidad" a flor de piel que, en múltiples
ocasiones, se traduce en copioso llanto. Casi todos los personajes
que aparecen en el texto, de género epistolar-narrativo,
se deshacen en lágrimas cuando la emoción los invade
en momentos de aguda crisis o tensión espiritual.
Los tres primeros volúmenes están consagrados a
la "conversión" del filósofo, que, con
graves cargos en la conciencia, se ve obligado accidentalmente
a recluirse en un monasterio y a dialogar con un religioso, el
cual poco a poco va desengañando al protagonista,
con su afabilidad, caridad cristiana y profundo sentido apostólico.
Su intento es demostrar al visitante la verdad de la fe cristiana
por la historicidad de la revelación, con argumentos fundados
exclusivamente en la razón. Tanto las dificultades propuestas
por el filósofo como las respuestas del buen fraile proceden
de las numerosas publicaciones francesas del momento, sea de crítica
racionalista, por un extremo, o de apología racional del
cristianismo, por otro.
Aun cuando las frases hostiles a Voltaire se prodigan en toda
la obra -llega a denominarle "monstruo
maléfico" por
haber propiciado la incredulidad-, queda patente su enorme influencia
sobre Olavide, quien se limita a rebatirle "emocionalmente",
reconociendo siempre su admiración hacia él como
crítico
y como insinuante estilista, alabando "la
fecundidad de su imaginación exaltada y la fuerza prodigiosa
de su ingenio".
De aquí que esta apología
del cristianismo -como admite Defourneaux- tenga un carácter
paradójico: la defensa de la religión, tal como la
presenta el Padre, es generalmente mucho más débil
que el ataque lanzado por el filósofo. No podía ser
de otra manera desde el momento en que el religioso aceptaba combatir
en el terreno de la razón, sin argumentos basados en la
fe.
En el prólogo de la obra, Olavide da testimonio de su estado
espiritual en los años que siguen a su condena; así dice:
"Mi
deseo era vivir ignorado, repasar en la amargura de mi corazón
los ya pasados días de mi vida y meditar los años
eternos".
A esta disposición de arrepentimiento vinieron
a sumarse los efectos producidos en su alma por las violencias
de la Revolución, de que fue testigo: "Y lo que acabó de
colmar la medida de tantos honores fue el repentino abandono, la
abolición súbita y entera de la Religión y
su culto". La consecuencia íntima más inmediata
fue el progresivo distanciamiento de los modernos ideólogos
que hasta entonces le habían cautivado; así escribe:
"No
era difícil
conocer que la causa de todo
esto era el funesto influjo de los modernos sofistas. Muchos años
antes, con la licencia de los escritos se había multiplicado
el numero de sus sectarios; sobre todo entre las gentes de cierta
clase, que con más
fortuna y otra educación querían vivir a gusto de
sus pasiones y aspiraban a distinguirse por opiniones atrevidas".
Está pensando, sin duda, en sí propio y en sus pasados
años de actividad cortesana y política.
La consecuencia lógica de tales premisas es que "no
hay honor ni buena filosofía en la incredulidad" y
que "la Religión y su doctrina es la filosofía
más sana, la más elevada, la más útil...,
pues sólo el Evangelio es la regla que puede producir la
felicidad universal". Si Olavide pretendía engañar
a sus lectores, lo consiguió.
El Evangelio en triunfo fue leído con avidez en los círculos
católicos de España y aun del extranjero. El pueblo
fiel encontró en esta obra, como quería su autor,
un "libro conciso, con un método claro y un estilo
simple y proporcionado a su inteligencia" que daba, mejor
que ningún otro tratado plomizo de teología, "una
idea completa del sublime plan del Cristianismo, enseñando
al mismo tiempo las innumerables pruebas que demuestran con evidencia
su verdad". Libro, además, sugestivo por la conversión
sorprendente de aquel personaje público que años
atrás fuera calificado de "hereje" por la Inquisición. ¡Desconcertante
Olavide! ¿Cómo no quedar sorprendido al presenciar
la transformación de un "miembro podrido de la Religión" en
uno de sus máximos apologistas seglares?
Pero esta evolución
religiosa no significa en modo alguno una renuncia total a sus
convicciones intelectuales. La tragedia íntima de Olavide
es la de su siglo, escéptico y sensual. El alma del creyente
se debatía entre la duda y la fe, con una ansiosa voluntad
de encontrar las bases racionales de su creencia, pero sin poder
arrojar de su atormentado espíritu un rescoldo de vacilación,
un nebuloso interrogante final que no le daba tregua de paz. Y
por encima de este mar de fondo, el impulso a la actividad sin
freno, la necesidad vital de hacer algo por el progreso y la felicidad
social, la mejora posible y deseada de la Humanidad.
Esta fidelidad a sus programas reformistas es la que Olavide no
puede ocultar por más tiempo, y así, en el
cuarto volumen del Evangelio en triunfo, muy diferente de los
anteriores, se ocupa de cuestiones puramente terrenas. Aquí el
pensamiento propio de Olavide se impone sobre el de Lamourette,
su inspirador. El filósofo,
ya convertido, planifica su actuación civil con miras de
beneficencia y apostolado. Decide dar a sus hijos una educación "ilustrada,
pero cristiana", recluido en un pueblecito rural, en una finca
de su propiedad, alejado del bullicio cortesano.
Pero, al mismo tiempo, se cree en la obligación de hacer
partícipes a los habitantes de aquel lugar de la felicidad
que embarga su alma. Para conseguir esta finalidad de "felicidad
pública", el filósofo propone un plan de educación,
en el que la Religión ocupa un lugar principal, junto a
las matemáticas y la observación de la naturaleza.
Plan algo difuso que, lógicamente, se aparta algo del que
treinta años antes había redactado para la Universidad
de Sevilla, pero que conserva las líneas maestras de su
estructura.
Expone también un razonado plan de reforma agraria, rememorando
ideas tenazmente conservadas, y crea, finalmente, una "Junta
del bien público", especie de Sociedad Económica,
para atender a los aspectos laborales, sociales y económicos
del pueblo. Redacta para ella unos minuciosos estatutos, -que incluye-
y logra, al cabo de los años, esa sociedad utópica,
soñada para España entera, pero conseguida sólo
en el papel, por el entusiasmo y la fidelidad a sí mismo
de aquel aventurero de vida tempestuosa, sensible, soñador
y romántico, que se llamó don Pablo de Olavide y
Jáuregui.
De la primera edición de El Evangelio en triunfo se encargó Luis
de Urbina, viudo de Gracia de Olavide, a la sazón Teniente
General con mando en Valencia, que encomendó la censura
a José Faustino de Alcedo, sacerdote ilustrado y miembro
activo de la Sociedad Económica valenciana, y a Jerónimo
de Arbizu, según consta en el expediente del Archivo Histórico
Nacional. La obra se imprimió en Valencia bajo la atenta
vigilancia del ilustre escolapio Benito de San Pedro, que se encargó también
de las correcciones. Si la primera impresión se había
tramitado en mayo de 1797, la segunda lo fue en febrero del año
siguiente, consiguiendo Luis de Urbina el 2 de marzo un privilegio
exclusivo por diez años para controlar las ediciones futuras.
Este privilegio fue concedido por el Príncipe de la Paz
y firmado por Jovellanos, como ministro de Gracia y Justicia, el
11 de marzo de 1798. El argumento expuesto por Urbina para solicitar
el privilegio fue el éxito extraordinario obtenido por la
obra, ya que "apenas se publicó, se arrebataron los
dos mil ejemplares" (Archivo Histórico Nacional, Estado,
3248; Consejos, 5562 y 11278).
Esta obra, como se ha dicho, salió sin nombre de autor,
porque el de Olavide todavía seguía deshonrado por
la condena inquisitorial. Por eso, cuando, animado por el éxito,
Olavide da rienda suelta a la febril actividad de su pluma, lo
hace bajo seudónimo, publicando, esta vez en Madrid, una
colección de novelitas que titula "Lecturas útiles
y entretenidas" (1800) a nombre de Anastasio
Céspedes
y Monroy. Estos textos en prosa, muchos también traducidos
del francés, presentan la vida social bajo el prisma amable
y enternecedor de una extrema "sensibleria" propia de
la época, dominada por la sensibilidad, la compasión,
los atractivos de la virtud y el dolor y el desengaño del
vicio. Puede ser ilustrativo el citar solamente los títulos:
La paisana virtuosa, La mendiga honrada, La huérfana, El
amor desinteresado, La hermosa malagueña, Los peligros de
Madrid, El fruto de la ambición, El matrimonio infeliz,
La presumida orgullosa, etc. Estas novelas, que han atraído
modernamente la atención de los críticos, fueron
reeditadas en volúmenes sueltos en el primer tercio del
siglo XIX, primero en Filadelfia y después en Nueva York
(1811-1828) siendo volúmenes difíciles de encontrar
en España. El profesor norteamericano Sebold ha estudiado
el estilo y autoría de esta colección de obritas en un artículo
publicado en la web que más abajo se indica.
| |
Para saber más... |
 |
Aguilar
Piñal, Francisco: estudio preliminar a "Plan de
Estudios para la Universidad de Sevilla", Universidad
de Sevilla, 1989 /
La Sevilla de Olavide, 1767-1778; Ayuntamiento de Sevilla, Servicio
de Publicaciones, 1995 |
Olavide, Pablo: "El Evangelio en triunfo o historia
de un filósofo desengañado"; Prólogo
de José Luis Gómez Urdáñez; Biblioteca
Filosofía en español (Fundación Gustavo
Bueno), Primera edición, julio 2004 |
Alcazar
Molina, Cayetano: "Los hombres del reinado de Carlos III.
Don Pablo de Olavide, el colonizador de Sierra Morena" Madrid,
Ed. Voluntad, 1927 |
| |
Enlaces webs |
| |
Estuardo
Núñez (Universidad de San Marcos.
Lima, Perú): Consideraciones en torno a la obra literaria
de don Pablo de Olavide. Actas del III Congreso de la Asociación
Internacional de Hispanistas (1968) Pdf en Centro
Virtual Cervantes |
| |
Estuardo
Núñez:
Obras
narrativas desconocidas de Pablo de Olavide; prólogo
y compilación por Estuardo Núñez. En Biblioteca
virtual Miguel de Cervantes
Obras
dramáticas desconocidas de Pablo de Olavide;
prólogo y compilación por Estuardo Núñez.
En Biblioteca virtual Miguel de Cervantes |
| |
Alonso
Seoane, Maria José (Universidad Complutense de Madrid): "Olavide,
adaptador de novelas: una versión desconocida de Germeuil,
de Baculard d'Arnaud". Actas del X Congreso de la Asociación
Internacional de Hispanistas (1989) Pdf en Centro
Virtual Cervantes |
| |
Sebold,
Russell P.: "Novelas
de 'muchos cervantes': Olavide y el realismo. En Biblioteca
Virtual Miguel de Cervantes |
| |
Dufour, Gérard (Université de Provence, Francia): "Elementos
novelescos de El evangelio en triunfo de Olavide". Anales
de Literatura Española, nº 11, 1995 (Biblioteca
Virtual Miguel de Cervantes) |
| |
Alonso Seoane, María José (Universidad Complutense
de Madrid): "Infelices
extremos de sensibilidad en las Lecturas de Olavide" Anales de Literatura Española,
nº 11, 1995 (Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes) |
|