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Historia:

 

El informe de Olavide sobre la reforma universitaria (1768)

Estado general de las universidades españolas en el siglo XVIII

retrato Olavide
Pablo de Olavide, autor principal del Informe sobre la Reforma Universitaria y el Plan de Estudios de la Universidad de Sevilla

La historia del intento reformista borbón resulta esencial para conocer mejor la España ilustrada de Carlos III y, desde luego, la apasionante historia de la Universidad de Sevilla.

Bien podían confiar Carlos III y el Supremo Consejo de Castilla en la rapidez y puntual cumplimiento del peruano europeizado que habían puesto al frente de la Asistencia sevillana y de las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena. Difícilmente hubieran podido encontrar otro servidor más diligente para llevar a la práctica las numerosas reformas que se había propuesto el equipo directivo de la Ilustración.

Al llegar a Sevilla, en agosto de 1767, encontró el nuevo Asistente el campo abonado para hacer una gran obra reformadora al estilo auropeo en el ámbito de la enseñanza superior. Era el momento preciso para llevarla a cabo: a las múltiples actitudes de inconformismo dentro del Claustro universitario, a las quejas, rivalidades y pleitos que esterilizaban toda acción docente en la capital andaluza, se unían la firme intención renovadora del Monarca, los ambiciosos planes progresistas de Campomanes y el íntimo deseo del propio Olavide de conquistar fama y posición social llevando a la práctica en España las radicales mejoras culturales que había tenido oportunidad de conocer en el extranjero.

Olavide, como consecuencia de la expulsión de los jesuitas, recibió la orden del Consejo, al igual que las demás autoridades españolas en donde los expulsos habían tenido casas, de realizar un informe proponiendo cuál debía ser la dedicación que debía darse a los bienes que habían dejado.

El Gobierno, proclive ya a la reforma de la enseñanza, señaló que los bienes de los jesuitas que habían estado dedicados a este fin debían continuar con el mismo destino; por tanto, la misión de las autoridades era elaborar una propuesta de cómo debían emplearse esos bienes en cada lugar. Esto fue el origen de que Olavide aprovechara la ocasión para presentar un Plan de reforma de la Universidad de Sevilla con una larga introducción sobre el estado de la enseñanza universitaria en España, así como unos certeros juicios sobre la situación de la sociedad española en general, documento valiosísimo para conocer el pensamiento de la minoría reformista del pais.

Nada de extraño tiene, pues, que a los pocos meses de residencia en Sevilla remita satisfecho a Campomanes el Informe solicitado por éste sobre la urgente reforma de los estudios en esta capital. Va por vía reservada, acompañado de la siguiente carta:

"Ilmo. Sr. Muy Sr. mío.

Paso a manos de V. I. el Informe sobre el destino a que pueden aplicarse las seis Casas de los Regulares de la Compañía de esta Ciudad, a fin de que se sirva hacérselo presente al Consejo, de cuya orden se ha ejecutado.

Dicho Informe va firmado del M. R. Card. Arz. y del Regente de esta Audiencia, porque todos los puntos han sido conferidos por los tres, y nuestro dictamen ha sido el mismo en ellos. Otras muchas personas, así eclesiásticas como seculares, y todas de la mayor instrucción y virtud, han asistido a nuestras conferencias, y han sido del propio dictamen.

Así, puedo asegurar al Consejo que lo contenido en el adjunto Informe es el deseo de la parte más sana de esta Ciudad, de la que los tres que firmamos somos el órgano. El cielo oiga nuestros votos, y la Ilustración del Consejo, mejorando nuestras ideas, haga la felicidad de este Reino.

Dios guarde a V. I. muchos años.

Sevilla y Febrero, 25 de 1768.
Ilmo. Sr. B. I. m.
de V. s. s. mr serv. D. Pablo de Olavide"

Adviértase cómo el Asistente, en previsión de las futuras reacciones contra el Informe, tiene buen cuidado de repartir la responsabilidad con "la parte más sana de la Ciudad", al frente de la cual coloca al Regente y al Arzobispo. No le faltaba razón a Olavide para temer. Lo avanzado de las ideas y la reciente experiencia de los disturbios claustrales hacían temer una fuerte oposición que podía perjudicar, cuando menos, su carrera política. No obstante, confiando en "la Ilustración del Consejo", da este paso trascendental para la Universidad sevillana, pero que tan graves consecuencias tendría para el entusiasta peruano, que, pese a todo, sería el único afectado lastimosamente por el fanatismo y la intransigencia de los perjudicados por las revolucionarias cláusulas del Informe.

Se ha querido ver una directa influencia francesa en el Informe y presentarlo como una gran novedad, apoyándose, entre otras razones, en que Olavide residió varios años en París antes de venir a España, precisamente en la época en que allí se publicaron diversos Planes sobre la reforma de la enseñanza del pais vecino. Pero aparte de que estas obras eran ya conocidas en España -por tanto, el conocimiento de aquellos trabajos no era privativo de Olavide-, muchas de las ideas expuestas coinciden con las que ya iban exponiendo desde hacía años otros reformistas, como Feijoo o Mayans. No le viene al Plan de Sevilla su importancia de poseer una gran originalidad sino de su influencia en el comienzo de las reformas.

Por otra parte, esta posible influencia francesa hay que matizarla más, en el sentido de que el documento, aunque se cite a Olavide como su único autor, no corresponde exclusivamente a él. Nadie supo en los primeros momentos, ni en el Informe se especifica, quiénes fueron los redactores del mismo. Como es lógico suponer, este Informe, remitido a Campomanes a los seis meses de ser nombrado para la Asistencia sevillana, no pudo ser todo él de la propia mano de Olavide. No sólo por su extensión, sino por los diversos temas que trata, siempre con minuciosidad y perfecto conocimiento de la materia. Por otra parte, él mismo manifiesta haber "conferido con gran número de personas, así eclesiásticas como seculares". De todas formas, estas conferencias se mantuvieron en el mayor secreto, ya que la Inquisición hubo de preguntar meses más tarde con toda precaución los nombres de los que habían intervenido en ellas.

Los nombres no aparecen por parte alguna del Informe; no obstante, gracias al Conde del Aguila (1), conocemos, al menos, los nombres de quienes cooperaron más directamente en la parte correspondiente al Plan universitario. De su puño y letra es la anotación marginal que transcribe Aguilar Piñal:

"De D. Joseph Zevallos es el Plan de Estudios Teológicos, y muchos materiales para la formación del Seminario clerical y listas de Autores. De D. Domingo Moneo, la Planta de 'dicho Seminario Conciliar o Clerical; y toda la parte Matemática y la Médica, esta última con consulta de algunos profesores. Del abogado D. Bartolomé Romero, la parte legal. D. Antonio de Cortés hizo de Secretario y extendió el Informe. El Asistente ingirió en todo sus ideas y formó los proyectos del Seminario de Nobles, Colegio de Señoritas y Hospicio, siendo originalmente suya la elección de Casas de jesuitas para estos destinos. Los médicos consultados fueron D. Cristóbal Nieto y D. Bonifacio Lorite, por el P. Morico. D. Antonio de Anguita fue preguntado en algo por el Asistente. Todos digeron lo que podían dezir unos hombres que ignoraban el fin de la consulta pues al que más, se le mostró el Plan en bosquexo, y como idea de un facultativo sobre las mexoras que podían hazerse al estudio de la Medicina, sin objeto alguno".

Según Aguilar Piñal, se halla esta nota en la copia del Informe que existe en la Biblioteca Colombina de Sevilla. Además, en la página 150 del mismo volumen, al redactar un extracto del Plan se dan los nombres de los principales colaboradores. Aparte del Asistente y de su Teniente primero, intervienen en el Plan cuatro personas, muy relacionadas con la Universidad: José Cevallos, Bartolomé Romero, Domingo Morico y Sebastián Antonio de Cortés. Los cuatro eran, por supuesto, manteístas y enemigos declarados del Colegio y de los Regulares (2). En particular, el primero fue el alma de la reivindicación manteísta y el promotor de las ideas reformistas que luego habrían de tener cabida, lógicamente, en el Plan del Asistente.

Pero a todos los efectos aparecía Olavide como el primer responsable de cuanto en él se decía. Los otros dos firmantes poco podían temer, siendo uno Cardenal de la Santa Iglesia Católica, y habiendo dado el otro bastantes muestras de disconformidad con la separación y reforma de la Universidad, a la que habría accedido por presiones superiores. Antes de llegar a Sevilla, había precedido al nuevo Asistente la maledicencia de la Corte, y la mirada del Santo Oficio sevillano se había ya posado en él, haciendo buen caso de las anónimas acusaciones que se acumularon contra Olavide en los primeros meses de su estancia sevillana, que venían a justificar casi todos los extremos de la murmuración cortesana.

"No conviene al Estado que se dediquen los pobres a las letras sino que sigan la profesión de sus padres ... Edúquese enhorabuena a la Nobleza, y sea su educación la más superior, pues es la que por lo común preside al Gobierno"

El original del Informe se conserva en el Archivo Histórico Nacional de Madrid (Sección de Consejos, leg. 5477, expte. 5) según Aguilar Piñal, aunque le falta precisamente la parte destinada al Plan de estudios universitarios, copia del cual existe en la Biblioteca Colombina de Sevilla (sign. 83.2-8). Esta copia debió pertenecer al Conde del Aguila, personalidad de gran relieve en la Sevilla de la época (1), pues hay varias notas de su mano en el ejemplar.

El preámbulo del Informe está fechado el día 12 de febrero, y es un magnífico resumen de cuanto el Asistente pretendía hacer en beneficio de la Ciudad, en los órdenes de la cultura y la beneficencia. Comienza haciendo referencia al encargo que, por orden del Rey, le había hecho el Consejo el 25 de agosto de 1767, para que "reconociese las casas que fueron de los Regulares de la Compañía del Nombre de Jesús, su situación, fábrica material y destino que puedan tener, recomendándome la preferencia y mayor brevedad por la falta que hace al bien público poner floreciente la Universidad literaria de esta Ciudad, y fomentar las Casas de Enseñanza, recogimiento y hospitalidad".

El 29 de septiembre del mismo año remitió el Consejo a Olavide la instancia de la Universidad sobre las cátedras vacantes, para que informase de todo, teniendo presente, además, el destino que podría darse a las librerías de los jesuitas sevillanos. Expresamente dice Olavide en el Informe que se tomó el asunto con el mayor interés:

"He visitado por mí todas las Casas de los Regulares, he conferido repetidas veces con el M. R. Cardenal Arzobispo, con el Regente de esta Audiencia, y con otro gran número de personas, asi eclesiásticas como seculares, que por sus talentos y experiencias me parecían propias a rectificar mis ideas y concurrir con ilustración a los deseados fines".

Campomanes quedó entusiasmado con el extenso y detallado informe de Olavide. Lo colmó de elogios ante el Consejo el 22 de marzo de 1768: "El Fiscal no puede dejar de recomendar al Consejo el trabajo, la exactitud, la claridad y la sanidad de los principios que versan en el Informe y en las reglas prácticas de la ejecución". Es conveniente hacer notar esta manifestación espontánea de Campomanes, que se hace solidario de las ideas contenidas en el escrito del Asistente. A las cualidades de laboriosidad, exactitud y claridad, que cualquier adversario podría confirmar, él añade la sanidad de principios, como que respondían a sus propias ideas, comentadas sin duda más de una vez con el peruano en las tertulias madrileñas a que ambos solían acudir. Piénsese, sin embargo, que las consecuencias desagradables sólo fueron para Olavide, y que el poderoso Fiscal no tuvo la valentía de estar a su lado en los momentos difíciles.

Los adversarios del Plan reaccionan violentamente al tener conocimiento de él, y elevan sus quejas a la superioridad. Interviene la Inquisición. El Consejo lo aprueba, pero, al enfrentarse con la realidad, cunde el desconcierto. Las presiones aumentan en Madrid. Unos vacilan, otros prosiguen la lucha con ilusión. Al entusiasmo y energía de Campomanes, ha sucedido la prudente cautela y las primeras discrepancias con el Presidente del Consejo, Conde de Aranda. Ante un recurso de los frailes, el mismo Campomanes llegá a manifestar que el Plan de Olavide "no había sido examinado bien en el Consejo" y que debía admitirse en la Universidad a los Regulares. Eso sí, para dejar a salvo su voluntad reformadora, Campomanes agrega: "Lo que sí debe confesarse es que la Universidad de Sevilla necesita mucha reforma". Llegará la definitiva separación de la Universidad y el Colegio de Santa María de Jesús, pero el éxito de la reforma pende de otras muchas causas, que a la postre harán casi inútiles tantos esfuerzos.

Las ideas revolucionarias del Informe

En la "Idea general" que preside el apartado segundo del Informe, consagrado a la reforma universitaria, se indica claramente que no responde ésta a un deseo particular sino a uno muy explícito del Supremo Consejo de Castilla:

 "Quiere el Consejo que esta Universidad y Colegio florezcan, no en las Ciencias inútiles y frívolas, sino en los verdaderos conocimientos permitidos al Hombre".

Después, el propio redactor del Informe se solidariza con este deseo y manifiesta su firme convicción de que ninguna reforma parcial serviría para remediar los males que aquejan a la Universidad. Se hace preciso -dice- "crear de nuevo las Universidades y Colegios por principios contrarios a los establecidos".

Partiendo de esta base fundamental, Olavide estructura las líneas maestras de su Plan. No se trata de hacer milagros. No se podrá, por muchos esfuerzos que se hagan, sobrepasar en el terreno científico a lo que ya tienen conquistado los demás países europeos, que nos llevan "dos siglos adelantados en descubrimientos y progresos". Bástenos ponernos a su nivel, aprovecharnos de sus adelantos, que, dado el genio español, ya llegará el día en que seamos más que ellos.

"Pero esto no se conseguirá -son sus palabras- sin dos pasos esenciales. El primero es remover todos los estorbos que impiden el progreso... El segundo, el de establecer los buenos Estudios". Los estorbos a que se refiere quedan reducidos a los graves "espíritus" introducidos desde hace largo tiempo en las Universidades. Ellos son la causa primordial de todos los demás, y el lecho acogedor -por así decir- en que se acunan. Suprimidos éstos, desaparecerán todos los otros estorbos que impiden el progreso cultural del país.

El primer "espíritu" maligno es el de "partido, o de Escuelas", por el que "se han hecho unos Cuerpos tiranos de otros, han avasallado a las Universidades, reduciéndolas a una vergonzosa esclavitud y adquiriendo cierta prepotencia que ha extinguido la libertad y emulación".

fraile
"Los Religiosos antes deben ser santos que sabios, y lo que necesitan aprender, deben hacerlo dentro de sus claustros", dice Olavide para justificar la expulsión de los Regulares de la enseñanza universitaria

Se está refiriendo, naturalmente, a los colegiales y a los religiosos, aunque su mirada crítica va mucho más allá, intentando penetrar en la entraña misma de la viciada sociedad española. "Parece que España -dice- es un Cuerpo compuesto de muchos cuerpos pequeños, destacados y opuestos entre sí, que mutuamente se oprimen, desprecian y hacen una continua guerra civil. Cada Provincia forma un cuerpo aparte, que sólo se interesa en su propia conservación, aunque sea con perjuicio y depresión de las demás. Cada Comunidad religiosa, cada Colegio, cada Gremio, se separa del resto de la Nación, para reconcentrarse en sí mismo. De aquí viene que toda ella está dividida en porciones y cuerpos aislados, con fuero privativo, con régimen distinto, y hasta con traje diferente, siendo las resultas de esta segregación que el Militar, el Letrado, el Colegiado, el Religioso, el Clérigo, sólo son lo que su profesión indica, pero jamás ciudadanos". Magnífico diagnóstico del individualismo nacional.

"Pero aun todavía consideramos por más perjudicial al progreso de las letras -prosigue Olavide- el segundo espíritu, que es el Escolástico: pues si el primero ha podido pervertir los ánimos, éste ha pervertido ciertamente el juicio". Exalta la figura de Descartes, vencedor del aristotelismo, quien "dio a las ciencias nueva forma, desterrando las frívolas cuestiones escolásticas, y buscando con orden práctico y progresivo aquellos conocimientos útiles y sólidos de que es capaz el ingenio humano". A continuación se lamenta de la triste situación española:

 "Por desgracia nuestra no ha entrado todavía a las Universidades de España ni un rayo de esta luz. Y mientras las naciones cultas, ocupadas en las Ciencias prácticas, determinan la figura del Mundo, o descubren en el cielo nuevos luminares para asegurar la navegación, nosotros consumimos nuestro tiempo en vocear la quididades del ente o el principio quod de la generación del Verbo".

El antiescolasticismo que se aprecia en todo el Informe, y con mayor nitidez en este Plan universitario, está en la línea "ilustrada" del siglo, que arranca de sus principios y que tan feroces polémicas suscitó. En Sevilla estaba ya hondamente arraigado en la Regia Sociedad de Medicina, uno de cuyos miembros, el Doctor Diego Mateo Zapata, había escrito el célebre librito sobre el Ocaso de las formas aristotélicas. Puede decirse que, a mediados de siglo, existía entre los intelectuales sevillanos una fuerte corriente a favor de la filosofía moderna, encuadrada en las Academias de Medicina y Buenas Letras, de reciente fundación. Sebastián Antonio de Cortés, Secretario de esta última y colaborador del Informe, escribió en 1751 una disertación sobre la filosofía escéptica. Junto a él, comulgan con las mismas ideas José Cevallos, Cándido María Trigueros, Manuel Custodio, Antonio Jacobo del Barco y otros.

Del método escolástico se dice que "en lugar de buscar la verdad por medios simples y geométricos, la presume hallar por una lógica enredada, capciosa y llena de sofismas". Por su medio se inficiona todo el quehacer nacional: la oratoria sagrada, la jurisprudencia, la medicina, la literatura, las artes..." Este espíritu superficial se observa aun entre las mujeres y el bajo Pueblo, a quienes se oye hablar con el estilo pedante de las Escuelas". Hasta la moral evangélica ha resultado afectada, "pues a la sombra de sus distinciones escolásticas y quiméricas restricciones, han pretendido eludir la fuerza de los divinos mandamientos, introduciendo opiniones relajadas y haciendo de la santa moral de Jesu Christo un asunto de controversias escandalosas o pueriles".

Las enseñanzas escolásticas quedan perfectamente dibujadas en las "Cartas Marruecas" de Cadalso y, de paso, nos muestra el pensamiento ilustrado sobre la ciencia útil. Ante la pregunta "¿Sabes tú lo que es un verdadero sabio escolástico?" se responde simulando un encuentro con uno de ellos, siendo el diálogo:

"-Para nada se necesitan dos años, ni uno siquiera, de retórica. Con saber unas cuantas docenas de voces largas de catorce o quince sílabas cada una, y repetirlas con frecuencia y estrépito, se compone una oración o bien fúnebre o bien gratulatoria- Si le dices las ventajas de la buena oratoria, su uso, sus reglas, los ejemplos de Solís, Mendoza, Mariana u otros, se echará a reír y te volverá la espalda. [...]

'La física moderna es un juego de títeres. He visto esas que llaman máquinas de física experimental: juego de títeres, vuelvo a decir, agua que sube, fuego que baja, hilos, alambres, cartones, puro juguete de niños'. Si le instas que a lo que él llama juego de títeres deben todas las naciones los adelantamientos en la vida civil, y aun de la vida física, pues estarían algunas provincias debajo del agua sin el uso de los diques y máquinas construidas por buenos principios de la tal ciencia; si les dices que no hay arte mecánica que no necesite de dicha física para subsistir y adelantar; si les dices, en fin, que en todo el universo culto se hace mucho caso de esta ciencia y de sus profesores, te llamará hereje. [...]

Pobre de ti si le hablas de matemáticas. 'Embuste y pasatiempo -dirá él muy grave-. Aquí tuvimos a don Diego de Torres, repetirá con mucha solemnidad y orgullo, y nunca estimamos su facultad, aunque mucho su persona por las sales y conceptos de sus obras'. Si le dices: yo no sé nada de don Diego de Torres, sobre si fue o no gran matemático, pero las matemáticas son y han sido siempre tenidas por un conjunto de conocimientos que forman la única ciencia que así puede llamarse entre los hombres. Decir si ha de llover por marzo, ha de hacer frío por diciembre, si han de morir algunas personas en este año y nacer otras en el que viene, decir que tal planeta tiene tal influjo, que el comer melones ha de dar tercianas, que el nacer en tal día, a tal hora, significa tal o tal serie de acontecimientos, es, sin duda, un despreciable delirio; y si ustedes han llamado a esto matemática, y si creen que la matemática no es otra cosa diversa, no lo digan donde lo oigan gentes. La física, la navegación, la construcción de los navíos, la fortificación de las plazas, la arquitectura civil, los acampamentos de los ejércitos, la fundición, manejo y suceso de la artillería, la formación de los caminos, el adelantamiento de todas las artes mecánicas, y otras partes más sublimes, son ramos de esta facultad, y vean ustedes si estos ramos son útiles en la vida humana.

'La medicina que basta -dirá el mismo- es lo extractado de Galeno e Hipócrates. Aforismos racionales, ayudados de buenos silogismos, bastan para constituir un buen médico'. Si le dices que, sin despreciar el mérito de aquellos dos sabios, los modernos han adelantado en esta facultad por el mayor conocimiento de la anatomía y botánica, que no tuvieron en tanto grado los antiguos, a más de muchos medicamentos, como la quina y mercurio, que no se usó hasta ahora poco, también se reirá de ti."

Carta LXXVIII (leer completa)

La consecuencia es nefasta para la Universidad:

"Después de acabados los cursos, ningún estudiante sale filósofo, teólogo, jurisperito ni médico [...] cada uno se halla precisado a empezar nueva carrera y nuevo estudio para practicar de algún modo su profesión".

No se podía decir frase más desalentadora. Ni con menos palabras se podía hacer una crítica tan certera de la Universidad. Si ésta no cumplía su finalidad perdería su razón de ser como institución docente. Se imponía la reforma. Una reforma que hiciese desaparecer los métodos escolásticos y los "espíritus" que engendraban la división. Uno de ellos, el

"espíritu escolástico es el destructor de los buenos Estudios, el corruptor del gusto, y con él son incompatibles las verdaderas ciencias y sólido conocimiento del hombre. Y por consiguiente, si el Consejo quiere que renazcan las Letras en España, es preciso que le haga la guerra a sangre y fuego, que lo extermine de modo que no quede semilla de él, porque sin duda volverían a inficionarnos, que en este mal ni caben temperamentos, ni pueden bastar paliativos; que es absolutamente indispensable desterrar de nuestras Universidades uno y otro espíritu, o abandonar el empeño de su reforma, porque ninguna otra puede ser suficiente".

En la reforma que propone para la Universidad de Sevilla como experiencia piloto, Olavide se muestra precavido, pero firme. Temeroso de los recelos y protestas que pueda suscitar, pero decidido a hacerles frente con denuedo en aras del bien público. Dice que "a todo 'riesgo" manifestará al Consejo con sinceridad su pensamiento, sin omitir nada de cuanto juzgue necesario para lograr el fin propuesto.

Un justo equilibrio entre autoridad y libertad será el espíritu de la reforma. "La Universidad debe ser un Cuerpo sujeto a las leyes o Estatutos que se le dieren; pero libre en la elección de sus miembros, para que la noble emulación no desfallezca". La consecuencia inmediata es la separación total de la Universidad y del Colegio de Santa María de Jesús, para evitar la imposición tiránica del profesorado y la subordinación de la primera al segundo.

 "No se comprende la razón de una institución tan extraña, ni qué motivo puede haber para que un Colegio domine por instituto a una Universidad; que la parte absorba al todo y que al Rector de un Colegio, que lo suele ser el más joven, y por consiguiente, el menos versado e instruido, se le fíe la dirección y gobierno de un cuerpo tan serio como debe ser el de la Universidad"

Se propone que, después de la separación, el Rector sea elegido a pluralidad de votos por el propio Claustro. Su mandato durará tres años y estará a su cargo "él régimen y dirección de todo el Cuerpo".

Siendo un "Doctor provecto y experimentado" tendrá la garantía de su madurez y podrá gozar de la confianza de todos. Le acompañarán en el Gobierno de la Universidad tres Consiliarios y un Promotor Fiscal, todos Doctores, y por el mismo período de tres años. El Secretario lo será perpetuo. "Y el Colegio de Maese Rodrigo debe quedar como un Cuerpo dependiente de la Universidad, adonde deberán hacer sus cursos los Colegiales que los necesiten"

German y Ribon
don Luis Germán y Ribón, principal promotor de la separación del Colegio y de la Universidad. Del grupo de los manteístas, formó parte del Claustro universitario; propuso el actual Sello de la Universidad de Sevilla. Era sacerdote y antiguo colegial del Santo Tomás. Fue el fundador de la Real Academia sevillana de Buenas Letras, a quien pertenece este cuadro.

Aparte de esta Junta de Gobierno, la Universidad estaría concebida en el más amplio sentido, siguiendo rancia tradición universitaria, que emana de las Partidas del Rey Sabio. Así, "el Cuerpo místico o moral de la Universidad se compondrá de los nombrados, que tendrán su gobierno y dirección; de los catedráticos, que serán los maestros que enseñen; de los Doctores y demás graduados, que estarán en disposición de pasar a Maestros; y de los escolares o cursantes, que serán los Discípulos que estén aprendiendo". No hay en estas líneas la más leve referencia a las rivalidades entre colegiales y manteístas. Todos quedan englobados en las categorías de maestros o discípulos, sin discriminación de procedencia social o colegiada.

El Estado se convierte en gestor de la cultura nacional, aun dentro de la autonomía de cada institución universitaria. "Por este orden -establece Olavide- viene a ser ésta una oficina pública, que instituye el Gobierno para dar buenos estudios a la Provincia, conociendo su importancia y que no puede florecer la Nación en agricultura, fábricas, ni aun en las armas, si no florece en las letras, esto es, en las ciencias prácticas, cuyos sólidos conocimientos son los que conducen a la invención de las Artes útiles y cómodas, y los que elevan el alma a las virtudes. Viene a ser un Tabor donde deben formarse los pocos hombres que han de servir al Estado, ilustrando y dirigiendo la muchedumbre". Esta idea no es original de Olavide. Estaba en el ánimo de todos los intelectuales de la Ilustración, expresada entre otros por Bernardo Ward en su Proyecto económico, pero con raíces muy profundas en el pensamiento francés del momento.

En consecuencia, "la Universidad no debe abrirse para todos", sino sólo para aquellos que en su día pasen a formar la clase dirigente. Pero esta discriminación se basa no en los talentos personales, sino en la renta familiar. "No conviene al Estado -insiste- que se dediquen los pobres a las letras, sino que sigan la profesión de sus padres ... Edúquese enhorabuena a la Nobleza, y sea su educación la más superior, pues es la que por lo común preside al Gobierno"

Teoría tan alejada de la sensibilidad actual, hay que estudiarla en su propio marco, con la ideología de la época, que comparten hombres tan ilustres como Jovellanos. Pesaba sobre ellos la gran preocupación del campo, la despoblación de las aldeas y el abandono de la agricultura. "No hay duda que se perderán muchos grandes ingenios que tal vez habría entre la gente pobre", llega a confesar ingenuamente Olavide, "pero además de que no faltarán entre la noble y acomodada, pues el entendimiento no está coligado a la baja ni a la alta sociedad, lo cierto es que la primera atención de un Estado debe ser cuidar de que no le falten las manos que lo sostienen". Por la vanidad de tantos y tantos campesinos, que pretenden mejorar la suerte de sus hijos, se abandonan los campos y telares y se pueblan con exceso los conventos.

"No por esto pretendemos -concluye- que sólo puedan estudiar los ricos. Nos contentaremos con que estudien aquellos que puedan pagar la moderada pensión que necesitan para subsistir durante sus cursos"

Una afirmación mucho más grave y rotunda iba a sorprender a los lectores del Informe: "Si los pobres deben ser excluidos de las Universidades, mucho más y por mayores motivos lo deben ser los Regulares". Partiendo del supuesto ya enunciado de que "la Universidad es la oficina pública que instituye el Gobierno para educar a los hombres que han de servir al Estado", la vida religiosa no es compatible -según Olavide- "con el roce y el bullicio de las Escuelas... entre una juventud viva y despejada... llena de las ideas y máximas del mundo"

Pero esta incompatibilidad no es el motivo más importante. Si a los Regulares se les vuelve a admitir en la Universidad no será posible desarraigar de ella ni el espíritu de partido ni el escolástico, ya que entre ellos se cuentan sus más decididos partidarios. "Todos saben que ellos han sido sus promotores y cada uno tiene su Corifeo, en cuyas palabras jura, pues la obediencia le obliga a defender su doctrina". A mayor abundamiento:

 "no se descubre razón ni utilidad para que los Regulares estudien ni enseñen en las Universidades públicas. Los estudios de Ciencias prácticas y Físicas, que como útiles a la Nación vamos a promover, son ajenos de su profesión y vida ascética. Los Religiosos antes deben ser santos que sabios, y lo que necesitan aprender, deben hacerlo dentro de sus claustros.., sin salir de su retiro, para mezclarse y tal vez corromperse con los profanos".

Esta es condición necesaria para el buen éxito de la reforma. Así se conseguirá al mismo tiempo el progreso de la Universidad y la renovación de la disciplina monástica. Se debería dejar bien claro que, desde entonces, carecían de validez académica los grados obtenidos en los conventos por religiosos o seglares. Las Universidades, como ordena el Gobierno, eran los únicos centros que podían concederlos, "porque estos son los Estudios Generales y públicos que el Gobierno instituye y aprueba con exclusión de los demás".

Esta opinión anticlerical en la docencia era compartida por otros eruditos españoles, como el valenciano Gregorio Mayans (3), que se ratificaba en los mismos principios:

"A ninguna religión se permita tener cátedra en cualquier universidad, porque los frailes de una cátedra pasan a otra i de otra a otras; i harto harán si dentro de sus claustros instruyen bien a los suyos en virtud para el ejemplo, i en la doctrina para el púlpito... Por eso no se ha de permitir que ningún religioso enseñe públicamente sino dentro de sus claustros, solamente a los de su religión". Y proponía la oposición como único medio de acceso a la cátedra porque: "Por este medio quedan excluidos muchos inhábiles i un gran número de frailes que son los que han corrompido la enseñanza, porque el indiscreto amor a ellos, la ignorancia pública i su dominación han ocasionado su introducción con grave daño público; i si son malos no se atreve a echarlos pretextando que es descrédito de la Religión y lo paga la República."

Siguiendo con el Informe, en cuanto a los Colegios mayores, afirma que se debería cortar de raíz su poder, "reduciéndolos a Seminarios de Estudios dependientes de la Universidad". Los religiosos, por su parte, deberían "enseñar y aprender en sus propios conventos los estudios que necesitan para su ministerio"

Ante estas afirmaciones, nada de extraño tiene que se concitasen contra Olavide colegiales y religiosos, haciéndole blanco de las iras que anteriormente se habían levantado contra Cevallos y sus amigos manteístas. El resultado, como se sabe, es el procesamiento de Olavide por la Inquisición, veladas las causas por unas acusaciones concretas de conducta privada, pero sostenidas en el fondo por esta postura política de mucho mayor trascendencia nacional. Parece bien claro que este "miembro podrido de la Religión" -como se le calificó en el autillo- era, ante todo, el osado mortal que pretendía trastornar aspectos tan relevantes de la sociedad española del antiguo Régimen como los privilegios de la casta colegial y el control religioso y cultural de la casta conventual.

El Informe se disfumina

En los 1775-80, arreció la campaña contra las nuevas ideas, que no había cesado desde la aprobación del Informe. Influye, como es de suponer, el proceso inquisitorial contra Olavide, el de mayor resonancia internacional, y que sirvió de freno a la minoría "ilustrada" de España. En 1780 la predicación religiosa se hace particularmente agresiva, consiguiendo una importante victoria los partidarios de la escolástica. En efecto, por R.O. de 11 de octubre de 1780 se ordenó volver en todas las Universidades del Reino a la enseñanza de Santo Tomás, modificando los planes anteriores. El Rector de Sevilla, García de Castro, a punto de finalizar su mandato, deja el asunto a su sucesor, que lo sería el canónigo tomista Martín Alberto de Carvajal, en cuyo nombramiento influiría sin duda la nueva orientación filosófica.

Puede decirse que con estas medidas y la consiguiente sustitución de los equipos rectores, las aguas vuelven a su antiguo cauce. Diez años había durado el forcejeo e los reformistas por implantar sus ideas. Lo que en principio aparecía como una reforma radical, aparece ahora como un conjunto deslabazado de medidas parciales, de retoques superficiales que no alteran en lo sustancial la base filosófica que había sostenido la vida docente española de los últimos siglos. La modernidad que se pretendía al comienzo del reinado de Carlos III contaba todavía con poderosos enemigos, ante los cuales estaban desfalleciendo ahora todas las esperanzas de renovación. No obstante, la Universidad de Sevilla consiguió algo muy importante en su historia: la independencia con respecto a la vida colegial, su instalación en un suntuoso edificio y las bases de una nueva etapa administrativa y docente. Todo ello, muy lejos ya de las ilusiones de Olavide y sus colaboradores.

Para saber más...
"La Universidad de Sevilla en el siglo XVIII. Estudio sobre la primera reforma universitaria moderna" / Francisco Aguilar Piñal /Anales de la Universidad Hispalense nº 1; Sevilla, 1969
"La Ilustración y la reforma de la universidad en la España del siglo XVIII; Antonio Alvarez de Morales; Ed. Pegaso, Madrid 1985 (3ª edición)

Pablo de Olavide, biografia. Las Nuevas Poblaciones | Estado general de las universidades españolas en el siglo XVIII | La enseñanza media en el Informe de Olavide | El Plan de Estudios para la Universidad de Sevilla | La expulsión de los jesuitas y la reforma


Notas:

(1) Miguel de Espinosa y Maldonado, segundo Conde del Aguila, munícipe de la Sevilla ilustrada. Hombre culto y bibliófilo. De su actividad municipal cabe destacar: la protección y conservación de la Biblioteca pública de San Acacio, el fomento y defensa del Hospicio general y la fundación y posterior labor en la Sociedad Patriótica de Sevilla. (Volver al punto de lectura)

(2) Don José Ceballos, jefe de la facción "manteista" de la Universidad hispalense, contribuyó a la creación de la Academia Sevillana de Buenas Letras, y era enemigo declardo de los "colegiales" y jesuitas. Don Domingo Morico era oratoriano, como el P. Tosca y matemático como él; fundó una academia para explicar esta ciencia, tradujo a Bossuet y era furibundo antiescolástico. Don Bartolomé Romero era Alcalde del Crimen; participó también en la fundación de la Academia de Buenas Letras y era "manteista". Los médicos Nieto y Lorite colaboraron con el P. Morico en el Plan de Medicina. Al parecer, todos ellos ignoraban el fin exacto de la consultas que se les hizo. [Volver al punto de lectura]

(3) Gregorio Mayáns y Siscar (1699-1781) fue un escritor español nacido en Oliva (Valencia) el 9 de mayo de 1699. Fue profesor de leyes en la Universidad de Valencia y, durante siete años, bibliotecario de la Biblioteca Real. Hizo colaboraciones en el Diario de Literatos de España bajo el seudónimo de Plácido Veranio. A partir de 1740, comenzó a dedicarse a los estudios de literatura tras mostrar su magisterio en el terreno de la lengua española; de hecho, su opus magnum fueron sus Orígenes de la lengua española, 1737, obra de gran novedad en su campo. En 1737 escribió una Vida de Cervantes, publicada junto con el Quijote en la edición de Antonio Sancha de 1777. También muy importante es su colección de Ensayos oratorios, 1739, y la Retórica, 1757, sin duda alguna la mejor antología y estudio de la prosa española del siglo XVIII español. Mayans da como razón del descrédito de los religiosos su deficiente formación intelectual, problema al que dedica una buena parte de su Informe sobre los estudios. No existiendo en su posición el más mínimo asomo de heterodoxia; al contrario, respira todo él un sano deseo de reforma de la Iglesia y apoya, en cambio, porque lo cree más adecuado, la acción del clero secular. [Volver al punto de lectura]

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  "Historia vitae magistra" (Cicerón) Página personal © Alfonso Pozo Ruiz
Enviarme un correo electrónico Miembro del Comisariado del V Centenario Universidad Sevilla y autor de la sección histórica de la web institucional www.quintocentenario.us.es