Portada de la web Alma Mater Hispalense
Historia de la Universidad de Sevilla
Patrimonio histórico-artístico de la Universidad de Sevilla
Las sedes históricas de la Universidad de Sevilla
Historia:

 

Olavide y el teatro en Sevilla (1767-1778)

El pecado del teatro

Talia, la musa del teatro
Thalía, la musa del teatro, un peligro para las almas (Jean Marc Nattier, 1739)

Aunque desde 1761 se había llegado a un acuerdo tácito entre los poderes de la ciudad para mantener la ópera, no dejó de oirse alguna que otra voz que recordase las antiguas condenas morales. La más curiosa e interesante de todas fue la de un anónimo "Discurso sobre la diversión del Theatro, en orden al fuero de la conciencia", que circuló manuscrito el año 1766 y que Aguilar Piñal publicó en su estudio sobre el teatro sevillano del siglo XVIII. A pesar del título, el propio autor especifica que se va a centrar en la ópera, "por ser la diversión que en el día se executa". No oculta su aversión al espectáculo lírico, al que califica de "espectáculo irregular para deleitar el sentido poniendo en canto ya acciones serias, ya extravagantes", y en la que predominan

"aquel linaje de palabras, canciones, movimientos o acciones que aluden, indican o despiertan en la imaginación y apetito ideas y especies de objetos impuros, llevándose tras de sí suavemente el entendimiento y la voluntad con peligro conocido de complacerse en la impureza; a manera que una vianda dulce al paladar pero de una confección venenosa haría el mismo efecto en el cuerpo que el veneno mismo."

Por todo ello, la representación y aun la mera asistencia a la ópera es pecado venial, pues la asistencia supone "vanidad, dispendio de tiempo, pompa, curiosidad (...), disolución o disipación del ánimo y profusión de los sentidos". Pero aún más; el grueso del escrito está dirigido a demostrar que representación y asistencia son pecado mortal necesaria e irremisiblemente, a través de una disquisición totalmente de estilo escolástico acerca del peligro remoto y próximo, formal y material de pecar:

"De aquí se infiere que si yo hago ver que la diversión de la ópera trae consigo un peligro próximo y formal, no sólo probable, sino moralmente cierto, habré hecho sin género de duda mi opinión en contrario, que es pecado mortal representarla y asistir a ella."

Para lograr su propósito arremete en primer lugar contra los mismos actores:

"que son mirados con oprobio como víctimas de la incontinencia pública, en quienes se registra extinguido el pudor, y que aún los que más aplauden tendrían por una verdadera infamia ver a cualquiera de los de su familia empleado en esta profesión..."

Con sus trajes lujosos, su soberbia y su pompa no hacen sino inducir al público a imitarle en su vida desordenada:

"Y si no bastaba todo este veneno, añaden los bailes, la armonía de los instrumentos musicales y aquellos sainetes donde se echa el resto de la gala para agradar a un concurso que miraría como una insipidez cualquiera intermedio de éstos, donde no hubiese cuanta casta de alicientes hemos pintado".

Otro argumento más en contra de los y (sobre todo) las cantantes es su forma de actuar, sus gestos provocativos, sus poses lúbricas y acciones indecentes. Por tanto, el autor concluye:

"Si esto no es tender redes para prender al corazón humano, darles flechas para que se hieran a sí mismos; si esto es arrancar el pudor de un sexo, cuya natural flaqueza pide la seguridad del retiro; y si estos hombres y mujeres que se dejan ver en los teatros con todo el aparato de la vanidad, son como estas sirenas de quien habla Isaías, que hacen su morada en los templos del deleite, cuyas miradas son mortales; y que reciben de todas partes por los aplausos que les dan las ponzoñas que esparcen por su canto, lo dirá el desapasionado lector al fin de este papel."

Una vez tratado el asunto desde la perspectiva de los propios cantantes, nuestro anónimo autor dirige su vista hacia el otro lado del teatro, hacia el público, intentando descubrir los efectos que la ópera ejerce en sus almas. Su opinión es que, a pesar de los que podría creerse en principio, en la ópera no se fomenta más que el amor venéreo y lujurioso, cuestionándose

"si sorbiendo en el teatro los atractivos que despide el cuerpo de una cómica, o cantarina, si brotando de todo el conjunto de su rostro, vestido, aire, melindre, etc. tantas cualidades que irritan y encienden el apetito, ¿se puede excusar delante de Dios el exponerse voluntariamente a estos peligros?"

Además están los temas habituales de la óperas, de los que la juventud no aprende más que "el arte de explicar los ardores de una voluntad ciega, el modo de tentar y combatir la más constante pureza, los artificios para ocultarse y engañar los desvelos de los padres y los maridos".

Por lo tanto, la consecuencia inevitable de permitir las funciones operísticas sería la perversión de los valores cristianos y la entrada del libertinaje en los comportamientos diarios, lo que queda resumido en uno de los últimos párrafos de este interesante escrito:

"Así se ve transfundir el teatro todos sus alicientes. Se va marchitando el pudor y el recato, bello ornamento de las vírgenes, y sucede en su lugar el deseo de manifestarse a los hombres con ostentación y libertad, porque apetecen imitar lo que han visto que atrae en el teatro aplauso y cortejo. Los hombres a quienes contenía el retiro y honestidad de una doncella, se hacen atrevidos desde que la ven codiciosa del bajo incienso de sus aplausos. Y, en fin, empieza a descorrerse el velo de la vergüenza y a corromporse la santa inocencia del alma".

La actuación de Olavide

Escena teatral del siglo XVIII
Pablo de Olavide promovió el teatro en Sevilla
(El amor en el teatro italiano. Jean Antoine Watteau. h.1716. Berlín)

Este escrito nos pone sobre la pista de un todavía fuerte partido antiteatral en la sociedad sevillana, como se demostraría desde 1767 y durante los casi doce años en que don Pablo de Olavide regentó la asistencia hispalense. Cuando el peruano llega a Sevilla en septiembre de 1767 se ha de enfrentar a un ambiente teatral y operístico bastante enrarecido.

El acuerdo tácito al que parecía haberse llegado durante estos años entre el Asistente, el Ayuntamiento y el Clero para autorizar la ópera se había roto definitivamente desde febrero de 1767. El 12 de ese mes José Chacón, empresario de una compañía de comedias establecida en el cercano San Juan de Aznalfarache, remitía directamente a Madrid, al conde de Aranda, una instancia que desencadenaría toda una ola de acusaciones mutuas entre los poderes locales. En su instancia, Chacón solicitaba del Consejo de Castilla la autorización para establecerse en Sevilla amparándose en dos argumentos insoslayables. En primer lugar, el apoyo del propio público sevillano, que acudía asiduamente hasta San Juan para disfrutar de las obras de teatro. Y en segundo lugar, la autorización que el Ayuntamiento venía otorgando desde hacía seis años a la compañía de ópera.

Cuando Aranda solicitó al cabildo hispalense la aclaración de los hechos, los miembros del gobierno municipal optaron por cerrar filas y aliarse con el Arzobispo para, entre ambas instancias, intentar hacer recaer la responsabilidad de la autorización operística sobre el Asistente Larumbe, a quien se acusa de haber forzado la ya antigua voluntad antiteatral de las autoridades sevillanas y de haber impuesto el espectáculo a un pueblo que, según ellos, detestaba la ópera y, sobre todo, las comedias. Sin embargo, Larumbe contraatacó poniendo a disposición de Chacón los informes anteriores, para que pudiera rebatirlos ante el conde Aranda punto por punto; es más, la redacción de este segundo escrito del empresario hace sospechar la autoría del propio Larumbe, dado el tono, el lenguaje utilizado y la soltura en la argumentación jurídica e incluso teológica; además, hace referencia a acuerdos municipales a los que sólo podía tener acceso el Asistente. El resultado fue una defensa tan convincente de la utilidad política del teatro y una debelación tan fulminante de la doblez del Ayuntamiento que el Conde de Aranda (que había reabierto los teatros en Madrid el año anterior) ordenó a los munícipes sevillanos el 16 de junio que aceptasen las representaciones teatrales.

Éste sería el juego de poderes con el que hubo de luchar Olavide que, sincero y convencido defensor de la necesidad del teatro y de la ópera, comenzó su gestión organizando un nuevo teatro más capaz y digno de la ciudad, el cual se localizaría en una esquina de la plaza del Duque. Mientras se construía este suntuoso edificio (que no llegó a terminarse y que acabó por derribarse en los años ochenta), se erigió un nuevo teatro provisional de ladrillo y madera en la calle San Eloy, al que dotó de un minucioso reglamento y en el que se ejecutaron en los siguientes doce años óperas y comedias.

No acabaron aquí las iniciativas teatrales y musicales del limeño; convencido de que el teatro podía ser el instrumento más eficaz para la difusión entre el pueblo de las luces de la Ilustración y de que para ello era necesario abordar una reforma en profundidad del teatro español, comenzó por fundar una Escuela-Seminario de Actores en la parroquia de Santa Cruz. Complementariamente, reunió en su conocida tertulia del Alcázar sevillano a un selecto grupo de intelectuales y escritores comprometidos con la cruzada ilustrada y que intentaron renovar el repertorio dramático de la ciudad. Tradujeron comedias y tragedias francesas y crearon nuevos textos más acordes con los nuevos aires. Entre estos contertulios encontramos a Antonio González de León, Cándido María Trigueros, Miguel Maestre, Luis Reynaud y Jovellanos; este último aportaría en 1773 su conocido drama "El delincuente honrado", perfecto ejemplo del teatro didáctico propugnado por Olavide como contrapeso al drama postbarroco entonces imperante.

Como complemento a esta labor, el animoso Asistente quiso instaurar en Sevilla la costumbre extendida en otras ciudades españolas de celebrar bailes de máscaras durante el Carnaval. Era una estrategia para reconducir los desórdenes callejeros que anualmente se desarrollaban en la ciudad y para eliminar el componente de crítica social y política que las máscaras carnavalescas solían tener. En enero de 1768 publicó el reglamento de bailes, que tendrían lugar en el teatro de la calle San Eloy durante el próximo carnaval: no se permitirían más enmascarados en la ciudad que los que acudieran al teatro, a la vez que quedaban prohibidos los disfraces satíricos alusivos a autoridades locales o del Estado. Tras la reticencia del público en los primeros días, el éxito fue arrollador. A pesar de ello y de la minuciosa reglamentación diseñada por Olavide, una frase del reglamento, en la que el Asistente afirmaba que la diversión de los bailes era "honesta por sí misma" provocó el escándalo de los sectores ideológicamente más conservadores, para quienes los bailes, como las comedias y las óperas, distaban mucho de ser diversiones honestas. Se llegó hasta denunciar a Olavide a la Inquisición por su afirmación; el ministro Roda escribió a Olavide el 8 de marzo informándole de la denuncia y ordenándole que, para evitar males mayores, recogiera cuantos ejemplares pudiera del reglamento de los bailes y los hiciera destruir de inmediato. Fray Francisco Javier González, uno de los teólogos consultados por el Consejo de Castilla sobre el asunto, fue de la opinión de que

"es moralmente imposible que esta diversión sea honesta, porque las reglas dichas franquean a la humana fragilidad y miseria todas las proporciones que puede apetecer para obrar según los impulsos de la concupiscencia"

El público había respondido rápida y favorablemente a la iniciativa de su Asistente, como lo haría al año siguiente; eran, sin embargo, los grupos dominantes de la ciudad los que más encarnizadamente se opusieron a las novedades teatrales del arrogante forastero. Así lo reconoció Olavide en carta al Conde de Aranda en septiembre de ese mismo año 1768:

"Esta Ciudad donde ha muchos siglos (sic) que no había comedias empezó a tenerlas el año pasado con mucha contradicción de estas gentes: sobre todo de la Nobleza de uno y otro sexo que imbuida de falsas máximas la miran todavía con horror. Llega a tanto esta aprehensión que todavía no se ha podido conseguir que asistan a ella. De aquí viene que este establecimiento por la poca concurrencia de las gentes no hubiera podido subsistir si yo no me hubiera aplicado extraordinariamente a sostenerlo a costa de muchas dádivas. Pues ha habido ocasiones en que ha sido preciso diferir las representaciones y en otras suspenderlas porque no se sacaba ni aún la mitad de las costas."

Volviendo al año 1767, la compañía de Antonio Ribaltó no pudo hacer frente a la competencia de la compañía de José Chacón que, aunque especializado en teatro, traía consigo a músicos y cantantes, además de vestuario y escenografía de mayor calidad. La primera "troupe" de operistas que actuó en Sevilla abandonó la ciudad a finales de 1767 y en adelante sería Chacón el único rector de los espectáculos líricos del nuevo teatro de San Eloy. Entre los nuevos cantantes, todos italianos, conocemos los nombres de Giovanni Lucarini, Antonio Francesco marchesi, Gasparo Francisconi, Antonia Benzoni y Antonnia Nicli, los típicos cantantes italianos que formaban compañía entre ellos para enrolarse por Europa con otros empresarios. En este caso, y como sucedía con la compañía Ribaltó, algunos habían cantado en Madrid, Barcelona o Lisboa, las plazas más apetecidas de la península.

Durante esta etapa se mantiene también un alto nivel en la calidad de las óperas presentadas al público. Gracias a la recopilación de títulos (aunque sin especificar, como era habitual, la autoría de texto y música) realizada por el contemporáneo José González de León (Biblioteca Capitular y Colombina, Sign. 73-3-8), tenemos noticia de las treinta y cinco óperas y zarzuelas diferentes ejecutadas hasta 1779. Entre las que más éxito tuvieron destacamos "La Frascatana o la simple fingida", de Paisiello; "El buen marido", zarzuela de Fabián García Pacheco; "La isla del amor", de Sacchini y las de autor desconocido "La joya real", "La majestad en la aldea", "El celoso con motivo" y "Los tres amantes burlados". Respecto al repertorio subrayaríamos que, junto a la permanencia de viejas óperas que gozaban del favor popular (como ocurría con "La buona figliola", de Piccini o Ezio, de Jommelli) y al éxito de los nuevos astros de la ópera italiana, como Paisiello o Cimarosa, también encontramos la aceptación del público hacia las composiciones de autores españoles como Esteve, García Pacheco o Rodríguez de Hita, creadores de un género nuevo, la zarzuela de ambientación popular, que logró competir con éxito con la omnipotente ópera italiana.

Las funciones ofrecias por Chacón empezaron a perder calidad desde 1777, cuando hubo de afrontar fuertes gastos de reforma del edificio y decidió reducir los prespuestos de las óperas. Como respuesta, el público remitió en su asistencia, los abonos descendieron y las clases acomodadas y la nobleza dejaron de acudir. En el presente contexto hay que insertar una nueva campaña que acabaría con el cierre del teatro. Desde 1777 se encontraba predicando en la ciudad y en el arzobispado fray Diego de Cádiz, que no desaprovechó la ocasión para acusar a los teatros corruptores de las costumbres y para incitar a no asistir a ellos. Cuando poco después Olavide fuera llevado a Madrid para su procesamiento por la Inquisición, Arzobispado y Ayuntamiento aprovecharon la coyuntura para reanudar la petición de prohibición de todo tipo de teatro. El Conde de Aranda ya no estaba al frente del gobierno y nada se pudo hacer para evitar la Real Orden de 30 de marzo de 1779, que supuso la desaparición de la ópera tras dieciochos años de presencia ininterrumpida.

  Para saber más...
Aguilar Piñal, Francisco: "Sevilla y el teatro en el siglo XVIII". Cátedra Feijóo, Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Oviedo, 1974
Moreno Mengíbar, Andrés: "La ópera en Sevilla (1731-1992)" Prologo de Jacobo Cortines. Ayuntamiento de Sevilla, 1994
Olavide, escritor | Biografía de Olavide

 

página anteriorpágina principal
  "Historia vitae magistra" (Cicerón) Página personal © Alfonso Pozo Ruiz
Enviarme un correo electrónico Miembro del Comisariado del V Centenario Universidad Sevilla y autor de la sección histórica de la web institucional www.quintocentenario.us.es