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Biografía | Las
nuevas poblaciones de Andalucía | Informe
reforma universitaria | Plan
de Estudios Sevilla | Olavide y el teatro
Personaje de indudable trascendencia en la
historia de la Universidad de Sevilla, pues fue el autor de la "primera
reforma universitaria moderna" en España, con su Plan
de Estudios para la universidad hispalense, del que trataremos
en esta web. Si hasta hace poco era enfocado en su labor colonizadora,
la crítica
actual destaca su actuación en los terrenos de la beneficiencia
social, de la reforma agraria, de la organización municipal,
de la renovación teatral y de la modernización de
la enseñanza. Es éste último aspecto el que
más nos interesa aquí. Pero veamos la pintoresca historia
de este criollo ilustrado, cuyo nombre se puso en 1997 a la
segunda universidad de Sevilla.
Biografía
El 25 de enero de 1725 nacía en la capital del Perú Pablo
de Olavide y Jáuregui, primogénito de la familia
del hidalgo navarro Martín de Olavide -contador mayor del
Tribunal de Cuentas de Lima- y María Ana de Jáuregui.
Era su madre hija del capitán sevillano Antonio de Jáuregui,
avencidado en Lima, que había casado con una joven limeña,
María Josefa. Dos hermanas tuvo nuestro hombre: Micaela
y Josefa.
Fue bautizado en la parroquia del Sagrario el 7 de mayo siguiente
con el nombre de Pablo Antonio José, siendo apadrinado por su tío
materno Domingo de Jáuregui, que habría de jugar
un papel importante en su vida.
Antes de los diez años estaba ya el niño estudiando
en el Real Colegio de San Martin, de Lima, dirigido por los jesuitas.
Inteligente y precoz, a los quince años se graduó como
Licenciado y Doctor en Teología por la Universidad de
San Marcos, en la que dos años más tarde -después
de alcanzar el doctorado en ambos Derechos- era catedrático,
por oposición, en la Facultad de Teología.
A este meteórico ascenso en la carrera universitaria hay
que añadir su participación en la vida jurídica
del país, ya que fue recibido como abogado en la Real Audiencia
de Lima en 1741, de la que llegó a ser nombrado Oidor en
1745, después de haber jurado el cargo de asesor jurídico
del Ayuntamiento limeño. En opinión de Aguilar Piñal,
tal encumbramiento antes de haber cumplido los veinte años
de edad, por fuerza había de responder a otros "méritos" que
los puramente intelectuales y académicos. Quizás
pudiera explicarse por el alto cargo que ostentaba su padre, las
indudables influencias de la alta burguesía en cuyo seno
se desenvolvía la familia Olavide, y la protección
de los jesuítas a su antiguo colegial. Pero también
es cierta y conocida la venalidad de los cargos, la corrupción
administrativa y la arbitrariedad de la jerarquía civil,
y aun eclesiástica, en los virreinatos americanos, tal como
son descritos por Jorge Juan y Antonio de Ulloa en las Noticias
secretas dirigidas al marqués de Ensenada, e inéditas
en España hasta 1918.
El terremoto de 28 de octubre de 1746, que destruyó casi
por completo la ciudad de Lima, revelaría la personalidad
de Olavide, de conciencia poco escrupulosa en sus primeros años,
más atenta entonces al bien propio que al de sus semejantes,
lo que atormentaría su espíritu hacia el final de
su vida. En estas circunstancias se aprovecharía de la situación,
como hizo su mismo padre, para enriquecerse. Había sido
designado por el Virreinato para administrar los bienes de los
fallecidos en el terremoto. Sin embargo, parece que utilizó parte
de este patrimonio de los muertos en contruir el primer teatro
de la capital peruana. Para agravar más las circunstancias,
con su pensamiento racionalista, intentó consolar a las
víctimas del sismo con explicaciones científicas
de ese fenómeno natural, lo que no gustó nada a la
autoridad eclesiástica.
El padre de Olavide huyó a
España, dejando muchas deudas y un enorme depósito
de paños castellanos sin pagar, con los que antes comerciaba.
El hijo liquidó todas
esas mercancías pero no pagó las deudas que había
heredado, alegando la muerte de su progenitor. En tal situación,
el perjudicado era su tío Domingo de Jáuregui, que
había firmado como fiador de su "difunto" cuñado.
Decidido a no perder su dinero ordenó una investigación
en las cuentas de su sobrino, comprobando la existencia de más
de 40.000 pesos, concedidos en calidad de préstamo a un
armador de barcos. Salió entonces en defensa de Olavide
el marqués de Casa Calderón, Regente del Tribunal
de Cuentas, intentando salvarle con una torpe mentira, que fue
pronto descubierta. Previendo su desgracia, Olavide da los más
pasos más graves: soborna al inspector de sus cuentas y
destruye el acta notarial del préstamo, arrancando la hoja
del libro de registros. La tempestad parece calmada, pero el Consejo
de Indias actúa con firmeza. El notario es encarcelado y
Olavide y Casa Calderón son desterrados a 15 leguas de Lima.
La sentencia estaba fechada el 14 de octubre de 1750.
Pero Olavide ya no estaba en Perú. En septiembre de 1750
había embarcado rumbo a España, aunque con detenidas
escalas en varios puertos de la costa sudamericana, donde afianzó su
pingüe negocio. Llegó, por fin a Cádiz, en junio
de 1752, desde donde pasó a Sevilla y Madrid con cartas
de recomendación de su "íntimo amigo" el
marqués de la Cañada, unido a él, sin duda,
por lazos comerciales.
No debemos perder nunca de
vista esta doble personalidad del futuro "afrancesado",
que explicará tantos aspectos fundamentales de su actuación
posterior, y provocará los tendenciosos comentarios de algunos
historiadores, que intentan justificar con ello las persecuciones
que hubo de sufrir Olavide en su azarosa y casi novelesca historia.
La llegada a Madrid en octubre de 1752 no fue nada afortunada.
El fiscal de Indias proseguía la investigación de
la causa, y ordenó el
19 de diciembre de 1754 el encarcelamiento del peruano y la confiscación
de todos sus bienes. Al poco tiempo fue puesto en libertad condicional
por razones de salud. Hubo, en un principio, la pretensión
de dar en él un duro escarmiento a la corrompida administración
colonial, pero después de muchas deliberaciones -y gozando
ya Olavide de libertad provisional- se determinó imponer
un perpetuo silencio a la causa, en mayo
de 1757, no
sin antes condenarle a la suspensión de su cargo de Oidor
de Lima por una duración de diez años y a mantener la confiscación
de cuanto poseía (1).
Pero la novelesca biografía del inquieto peruano no había
hecho más que comenzar. Antes de ser dictaminada la sentencia
anterior, Olavide había dado dos afortunados pasos en su
pintoresca existencia: su ventajoso matrimonio y el ingreso
en la Orden de Santiago, la más ilustre de las Ordenes militares
españolas.
Mientras permanecía en libertad condicionada, bajo la fianza
de su tío Domingo de Járegui, en el pueblecito madrileño
de Leganés
intimó en
sus relaciones con una acaudalada viuda cincuentona, Isabel
de los Rios, quien,
aun antes de unirse sacramentalmente con el apuesto criollo de
treinta años, le hizo donación de toda su fortuna,
modificando así, radicalmente, el destino de Olavide.
Con este dinero pudo, en efecto, pagar las elevadas tasas de ingreso
en la Orden de Santiago, buscando un acercamiento a las clases
privilegiadas de la Corte, que le habría de servir para
sus ambiciosas pretensiones. Pero, además, esta desahogada
posición económica le permitió seguir dedicándose
a importantes operaciones comerciales y a realizar un querido deseo
de juventud: viajar detenidamente por Europa (aunque esto llevase
implícito el abandono temporal de su generosa y reciente
esposa).
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Durante sus prolongadas estancias en el
extranjero (entre 1757
y 1765) entró en contacto con la alta burguesía comercial
de Francia y de Italia. Visitó Marsella, Lyon, Florencia,
Roma, Nápoles, Venecia, Padua, Milán y finalmente
París, donde se estableció, no sin antes detenerse
varios días en "Les Délices", como huésped
de Voltaire, por quien sintió una admiración
nunca desmentida. En estos viajes reverdecía su espíritu
vanidoso, de escasos escrúpulos, haciéndose pasar
por sobrino del Virrey del Perú y marqués de Olavide
o conde Pilos, siempre respaldado por la credencial de sus ventajosos
tratos comerciales y de su lujoso tren de vida. En suma, en estos
años, como viajero activo y eficaz, se pone al día
de cuantos adelantos técnicos y económicos hacían
de Francia la nación más brillante de Europa. Su "afrancesamiento" es
un hecho indiscutible, que condicionará su futura actuación
en los medios "ilustrados" españoles.
El primer motivo de recelo de la Inquisición hacia la persona
del enriquecido peruano fue de orden intelectual. En 1768 llegaron
al puerto de Bilbao 29 cajas de libros franceses, con un total
de 2.400 volúmenes, entre los que figuraban muchos prohibidos,
incluso para quienes poseyeran licencia especial. El destinatario
era Olavide, quien los hizo reexpedir a Sevilla, a su nuevo domicilio
del Alcázar. Con esta base inicial y las sucesivas compras
en el extranjero de novedades bibliográficas, más
la suscripción a las Gacetas más importantes de París,
Leiden y Amsterdam, el Intendente, Asistente
y colonizador se procuró una
información de primera calidad y continuó en la península
su proceso de afrancesamiento, tan pernicioso a los ojos del Santo
Oficio. Como hace destacar Defourneaux, estudiando el catálogo
de su biblioteca: "compró todo lo que se leía
en los géneros más diversos, desde las grandes obras
que jalonan la evolución intelectual del siglo, hasta los éxitos
del día, las obras de los novelistas en boga que duermen
hoy, olvidadas, en los estantes de las grandes bibliotecas públicas".
Precisamente esta figura de intelectual "a la moda",
insólita en los anales de la política española,
atraía las miradas suspicaces, la murmuración y el
recelo del espíritu inquisitorial, tan arraigado en ciertas
capas de la sociedad del antiguo régimen.
En 1762 el abogado don Pedro Rodríguez Campomanes es nombrado
fiscal del Consejo de Castilla, cargo desde el cual hará oir
su voz, erudita y firme, con un sentido innovador que tropezaría
en múltiples escollos de instransigencia fanática
o interesada. Campomanes y Múzquiz -el ministro de Hacienda-
hacen amistad con Olavide, y cuando llega al poder el conde de
Aranda en 1766, tras el motín
de Esquilache, recomiendan
el nombre de don Pablo, cristalizado ya en la alta sociedad de
la corte, para incorporarlo a las tareas de gobierno, al frente
del Hospicio que se había proyectado para recoger a pobres
y vagabundos:
"Como al principio se creyó que los que habían
dado más crédito y fomento al alboroto eran los vagos
y los mendigos, de que estaban las calles infestadas, se acordó que
convendría encerrarlos a todos en una casa fuerte donde
estuviesen recogidos y donde, aplicados a fábricas, se convirtiesen
en hombres útiles. Esta confianza parecía en aquellas
circunstancias difícil y de mucha importancia. A mí me
la dieron"
Así se expresaba Olavide, con palabras que transcribe Defourneaux.
Esta política de encierro como solución a un problema
social de inadaptación, en un momento de grave crisis laboral,
es típicamente despótico y responde a una mentalidad
de la época, todavía clasista y autoritaria.
Con este motivo ocupa el criollo limeño, perseguido y encumbrado
a un tiempo, su primer cargo político. El 27 de mayo de
1766 inspecciona, en compañía del conde de Aranda,
la residencia real de San Fernando (a dos leguas de Madrid), lugar
elegido para la instalación del nuevo Hospicio general.
Al mes siguiente se hacía cargo también del Hospicio
que ya funcionaba en Madrid.
Con el celo y entusiasmo que puso siempre en las tareas encomendadas,
activó de tal manera el funcionamiento de ambos centros
que en el mes de septiembre ya tenía recogidas más
de mil personas en San Fernando, a las cuales dio ocupación
según su sexo y condición. Las mujeres eran empleadas
en trabajos de costura; los ancianos y jóvenes en las dieciséis
máquinas de hilar y tejer que instaló dos meses después;
los varones maduros colaboraron en la renovación del edificio.
Los enfermos o inválidos permanecieron en el Hospital de
Madrid.
Gracias al éxito de su gestión como director del
Hospicio madrileño, Olavide se había granjeado a
los pocos meses la admiración y simpatía popular.
Esto se tradujo en la elección que recayó sobre él,
a comienzos de 1767, como "síndico personero" del
Ayuntamiento de Madrid. El rey aceptó la compatibilidad
de ambas funciones y el 5 de enero juró su nuevo cargo.
La escasez de españoles preparados para las tareas de gobierno
iba a resultar favorable al dinámico americano, que veía
crecer vertiginosamente la estima y confianza que en él
depositaban el rey de España y sus ministros. Aureolado
por su fama de buen conocedor de las novedades que alentaban el
progreso europeo, Olavide vino a ocupar sucesivamente puestos de
gran responsabilidad, para los que no se hallaba a nadie capacitado,
con suficientes garantías de éxito.
En junio de 1767, cuando se hallaba ya desalentado en su incómoda
posición de representante del pueblo en el municipio madrileño,
es designado para llevar a cabo una de las empresas más
arriesgadas de Carlos III: colonizar con elementos extraños
(alemanes, bávaros, suizos, griegos, y finalmente catalanes
y valencianos) extensas regiones desérticas de Sierra Morena,
en el camino de Andalucía a Madrid, infestado de bandoleros
que ponían en peligro las comunicaciones normales con la
corte. Pero no sólo es esto. Anejos a este empleo, recibe
los nombramientos de Intendente de Andalucía y Asistente
de la ciudad de Sevilla, cargos que le facilitarán su labor
colonizadora pero que, en la práctica, supondrán
una nueva llamada a su actividad, que se verá desbordada
por los acontecimientos.
"Carlos III, por la gracia de
Dios Rey de Castilla, etc., al Asistente, Alcaldes, Alguaciles
Mayores, Veinticuatros, Caballeros Jurados, Escuderos, Oficiales
y Hombres buenos de la ciudad de Sevilla:
Saber que por Decreto señalado por mi Real mano de 1º del
corriente he venido en jubilar a D. Ramón de Larumbe en
el empleo de Asistente de esa ciudad y he nombrado a D. Pablo de
Olavide para que le suceda en este cargo, y entendiendo que así conviene
a mi servicio y a la ejecución de la justicia, paz y sosiego
de esa dicha ciudad y su tierra, mi voluntad es que el dicho D.
Pablo de Olavide tenga el cargo de mi Asistencia en ella con los
oficios de Justicia y Jurisdicción civil y criminal, Alcaldía
y Alguacilazgos por tiempo de un año que de empezar a correr
desde que fuere recibido en ella... por la presente le recibo
y he recibido al dicho cargo y doy poder para ejercerle, caso de
que por vosotros o algunos de vos a él no sea admitido,
no obstante cualesquier usos, estatutos y costumbres que acerca
de ello tengáis. Y mando a las personas que al presente
tienen las varas de mi justicia de esa ciudad que luego las den
y entreguen al dicho D. Pablo de Olavide y no usen más de
ella".
(Real Cédula de 21 de junio de 1767, comunicando
nombramiento) Cuatro días después
juró Olavide su cargo en la sala de Gobierno del Palacio
Real de Madrid, ante los Señores del Consejo. Sin embargo
demoró la partida por espacio de dos meses, ya que hasta
fines de agosto no llegó a la capital de Andalucía.
Olavide en Sevilla
Como Intendente de los cuatro reinos de Andalucía
(Sevilla, Córdoba, Jaén y Granada) Olavide gozaría
de autoridad sobre los intendentes locales, en asuntos militares
y de guerra. Pero su cargo municipal le daba plenos poderes en
todo lo tocante a Justicia, Política y Hacienda. Aparte
de la jurisdicción absoluta que se le concedía en
las Nuevas Poblaciones, quedaba encargado de liquidar los bienes
de los jesuitas en su intendencia, aunque cada caso en particular
estuviese al cargo de un "comisionado" para las Temporalidades.
Queda comprobado, no obstante, por testimonios contemporáneos,
que la eficacia de los intendentes estaba muy limitada por las
autoridades locales, fuesen administrativas o judiciales.
En cambio, como Asistente de la ciudad
de Sevilla -cargo
equivalente al de Corregidor en otras ciudades pero de mayor importancia-
su autoridad era plena e indiscutida, aunque no siempre acatada
con sumisión.
Durante los dos primeros años de su Asistencia, remitió a
Madrid informe tras informe, de los más variados asuntos:
reforma universitaria y docente, libertad de comercio, navegación
del río, reforma agraria, beneficiencia municipal, etc.
Reglamenta, proyecta, ordena y no da tregua de descanso ni a su
pluma ni a sus colaboradores. Se enfrenta con los orgullosos capitulares
de la ciudad, que ven peligrar sus ancestrales privilegios; con
los gremios, dueños del comercio y de la industria artesana,
cuyos monopolios intenta destruir; con el contrabando y los fraudes
a la Real Hacienda; con la escasez de alimentos; con los abusos
en la administración de las rentas municipales; con la injusta
distribución de la tierra; con la vida relajada de los numerosos
conventos que poblaban la ciudad. A todo llega la mano firme y
renovadora de Olavide, bien hallado en su cargo político,
crecido por las circunstancias, haciendo gala de una conciencia
recta que él mismo había ignorado algunos años
antes.
Su gobierno municipal no se limitó al saneamiento de fraudes
y torcidas costumbres. Su estrechísima colaboración
con los "ilustrados" ministros de Carlos III, su temperamento
activo y entusiasta y su privilegiada situación política
en Andalucía fueron los factores que determinaron su condición
de fiel ejecutor de los deseos reformistas del rey
y de sus ministros. Proyectó un gran hospicio general, valiéndose
de su anterior experiencia en la corte; gestionó la creación
de la Sociedad Patriótica; reglamentó los baños
en el río, las representaciones teatrales y el nefando baile
de máscaras en Carnaval, la limpieza de la ciudad y las
manifestaciones callejeras de la devoción popular. Su condición
de americano, exento de los prejuicios de orden social o religioso
que predeterminaban la actuación de todo español
por el mero hecho de serlo, le permitió acometer con alegría
y desenfado estas empresas, temerarias para un español peninsular,
que sintiese sobre sus hombros todo el peso de una tradición
amparada desde muy antiguo por el casi sagrado marchamo de "intocable".
No terminan aquí sus trabajos en Sevilla, la ciudad natal
de su abuelo materno. Para eterna gratitud de la capital hispalense,
ordenó la
destrucción (2)
y posterior trazado urbanístico de la malsana e inmoral
barriada de "La
Laguna", que convirtió -con la ayuda del arquitecto
Molviedro- de mancebía en
magnífica zona residencial,
a espaldas del Arenal, cuya calle principal llevó su nombre
durante muchos años.
Dividió la ciudad en cinco cuarteles,
para mejora de la administración y orden público;
numeró los barrios y manzanas; adecentó la orilla
izquierda del río, dotándola de malecones y excelentes
paseos, al mejor de los cuales denominó de "Las Delicias" (3),
quizá en recuerdo de la finca de Voltaire, donde vivió algunos
días. Finalmente, encargó en 1771 el primer plano
de la ciudad, que fue premiado por la Real Academia de San
Fernando. En él quedaba de manifiesto la nueva división
de la ciudad, manifestada en sus calles con rótulos en azulejos,
muchos de los cuales aún pueden verse por Sevilla (ejemplo).
En el orden cultural, se debe a Olavide el Plan general de enseñanza,
que trataremos en otras páginas; el fomento de la bella
literatura; la protección de la biblioteca pública
y la ardiente defensa del teatro. Por lo que respecta a este último,
ha de saberse que, al llegar a Sevilla, sólo estaban permitidos
para la recreación popular, los inocentes juegos circenses
de volatines, sombras chinescas y pantomimas, aparte de alguna
representación aislada de ópera para las clases elevadas.
El teatro, propiamente tal, era desconocido en Sevilla desde hacía
más de un siglo, por motivos de rigidez moral. En este punto
el municipio sevillano -aconsejado por famosos predicadores- siempre
fue intransigente. Tuvo que luchar el Asistente contra la antiquísima
prohibición. No sólo autorizó las representaciones,
sino que acondicionó un local provisional en la calle San
Eloy mientras se terminaba la construcción de uno de nueva
planta en la plaza del Duque. En los años de su Asistencia
se pusieron en escena más de 600 títulos, algunos
de obras francesas traducidas por él mismo. (Ver Olavide
escritor y Olavide y el teatro)
A más llegó su ambicioso proyecto. Estableció la
primera escuela dramática del país, hecho insólito
que produjo gran escándalo en las gentes timoratas, pero
que surtió de actores a los teatros de los Reales Sitios
durante varios años.
En mayo de 1769, Olavide abandonó temporalmente
su residencia del Alcázar sevillano para trasladarse a las
Nuevas Poblaciones, donde permanecería durante cuatro años.
Sacrificando su afición al lujo y al bienestar, trasladó su
vivienda al pequeño palacio
de La Peñuela (más tarde llamada La Carolina).
El Gobierno, teniendo en cuenta la duplicidad de funciones de
Olavide y con miras a la definitiva organización del Cabildo
Municipal, estableció por R.O. de 1 de mayo de 1771 "cómo
debían sucesivamente mandar en esta ciudad -Sevilla- los
tenientes de Asistente". Estos eran don Juan
Gutiérrez
de Piñeres y don Antonio Fernández de Calderón,
que habían sido nombrados en 1768. Sobre ellos, y en especial
sobre Gutiérrez de Piñeres, premiado más tarde
con la Alcaldía Mayor de Cádiz, recayó la
puesta en práctica de muchas decisiones renovadoras. Dieron
muestras de extremado celo y fidelidad a la persona del Asistente
y a la causa "ilustrada" a la que servían.
Volvió Olavide a
Sevilla en 1773, pero marchó a los pocos
meses a Sierra Morena, donde urgían su presencia los graves
problemas que planteaba la colonización. A fines de 1775
es llamado a Madrid para responder de las acusaciones presentadas
contra él por el Santo Oficio. El proceso, la condena y
la prisión le alejarán para siempre de la Sevilla
que organizó, la
del río Guadalquivir cuyas riberas embelleció, la
de las inolvidables tardes del Alcázar, en la que, con sus "ilustrados" amigos,
proyectó los revolucionarios perfiles de la Sevilla futura,
soñando con la ilusión de una patria mejor.
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"... mal pagaron los sevillanos cuanto Olavide había
hecho o intentado hacer en beneficio de la ciudad. Las medias
verdades, las equívocas interpretaciones, los fanáticos
perjuicios y los fabulosos engendros del odio tomaron cuerpo
en alas de la fácil murmuración, para crear
la "leyenda del Asistente impío", acusación
que borraba ante los ojos de los piadosos ciudadanos todo
otro valor humano que pudiera encontrarse en la conducta
del magistrado público. Hay ciertos pecados -la impiedad,
la inmoralidad- que invalidan las más patrióticas y laudables
intenciones, en aras de una concepción sacramentalizada de
la vida, todavía vigente en la España de Carlos III"
Francisco Aguilar Piñal
en "La Sevilla de Olavide"
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La colonización de Sierra Morena
Imposible conocer la figura de Olavide sin tratar, siquiera sucintamente,
el proyecto de recolonización del sur de España,
donde se plasman los ideales de nuestros hombres ilustrados, y
del que fue responsable máximo (Superintendente).
Para toda la Europa culta de su época, Pablo de Olavide
y Jáuregui era "el hombre que había poblado
los desiertos de Sierra Morena", única obra que ha
recordado la posteridad casi hasta nuestros días.
Las Nuevas Poblaciones de Sierra Morena y Andalucía se
van gestando desde el Reinado de Fernando VI (1746-1759) para llegar
a materializarse con el equipo ilustrado de Carlos III (1759-1788). La
propuesta que en mayo de 1766 había hecho a Carlos III el
aventurero
Gaspar Thurriegel, de contratar obreros alemanes y flamencos para
revalorizar las tierras de América del Sur, se vio sustituida,
merced a un extenso informe de Olavide, por la de traer los colonos
a España, a fin de establecerlos en los despoblados parajes
de Sierra Morena.
El delicado trabajo encomendado a Olavide tenía dos aspectos
fundamentales: el acondicionamiento material de las nuevas comunidades
y la organización de su vida socio-económica. Todos
los colonos habían de ser católicos y contarían
con sacerdotes católicos para su instrucción y custodia
espiritual. Cada núcleo de población (distantes entre
sí un cuarto de legua) estaría integrado por cierto
número de familias, todas ellas propietarias y trabajadoras
de la parcela que les cayese en suerte. Serían al mismo
tiempo agricultores y ganaderos, con independencia de la Mesta.
Tendrían molinos y hornos comunes, cuyas rentas servirían
para el desarrollo de cada municipio, el cual estaría obligado
a edificar una escuela y dar instrucción elemental gratuita
los hijos de los colonos; pero existía también la
prohibición expresa de fundar centros medios y superiores
de enseñanza, a fin de consolidar la colonización
agrícola, evitando las tentaciones de absentismo de los
jóvenes, por dedicación a profesiones liberales o
a vida monacal. Según este criterio, quedaba prohibido también
el establecimiento de comunidades religiosas, que pudiesen algún
día robar brazos a la agricultura. No se autorizaban tampoco
los matrimonios con nativos de poblaciones cercanas, a fin de aumentar
la demografía de las colonias.
| "LXXIV. Todos los niños han de ir a las Escuelas
de primeras Letras, debiendo haber una en cada Concejo para
los Lugares de él, situandose cerca de la Iglesia, para
que puedan aprender también la Doctrina y la Lengua
Española a un tiempo.
LXXV. No habrá Estudios de Gramática
en todas estas nuevas Poblaciones y mucho menos de
otras Facultades mayores, en observancia de lo dispuesto
en la Ley del Reyno, que con razon les prohibe en lugares
de esta naturaleza, cuyos moradores deben estar destinados
a la labranza, cria de ganados, y a las artes mecánicas,
como nervio de la fuerza de un Estado"
Fuero de Nuevas Poblaciones, 1767
|
Para poder llevar a cabo esta empresa, Olavide recibió extensos
poderes: reclutaría personalmente a sus colaboradores y
sería independiente de todas las autoridades administrativas
o judiciales, no dependiendo más que del Consejo de Castilla,
y del Ministro de Hacienda para las cuestiones económicas.
Campomanes puso a su disposición el ganado, los granos,
muebles y utensilios agrícolas procedentes de los extinguidos
colegios andaluces de los jesuitas, además de cuantiosas
sumas extraidas de sus rentas.
La colonización va a llevarse a la práctica en
3-4 zonas bien diferenciadas de la geografía andaluza durante
los años de 1767 y 1768:
Las
llamadas Nuevas Poblaciones de Sierra Morena en Jaén, con
22 núcleos, y con capital en La Carolina. Era el
llamado "Desierto de Sierra Morena", con 50 kms. sin
un alma entre el Viso del Marqués y Bailén.
Las
de Andalucía, en torno a La Carlota (Córdoba),
en el desierto de La Parrilla, y La Luisiana (Sevilla) en
el desierto de la Monclova, como núcleos más importantes.
Las
agregadas a las Nuevas Poblaciones de Andalucía en la provincia
de Cádiz y cuyos terrenos habían pertenecido a los
Propios y Arbitrios de la Ciudad de Sevilla, Armajal y Prado
del Rey.
De esa colonización nacerían las poblaciones de
La Concepción de Almuradiel, Almuradiel, Arquillos, Aldeaquemada,
Montizón, Las Correderas, Santa Elena, La Carolina, Guarromán,
La Real Carlota, San Sebastián de los Ballesteros, Fuentepalmera,
La Luisiana y aldeas menores. La capitalidad se estableció en
La Carolina, sede del Intendente, y una subdelegación en
La Carlota.
Los objetivos para los que fueron creadas estas Nuevas Poblaciones,
siguiendo los que expone Perdices de Blas y a grandes rasgos, fueron
los siguientes:
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"Cuidará mucho el Superintendente, entre las
demás calidades, de que las nuevas poblaciones estén
sobre los caminos Reales o inmediatas a ellos, así por
la mayor facilidad que tendrán que despachar sus frutos,
como por la utilidad de que estén acompañadas,
y sirvan de abrigo contra los malhechores o salteadores públicos."
artículo 32 del Fuero de Nuevas Poblaciones
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La Colonización comienza a materializarse en septiembre
de 1767 con la llegada de los primeros colonos. La crisis
que vivía toda Europa favoreció la recluta de inmigrantes
que no sólo fueron alemanes y flamencos sino también
franceses, suizos e italianos. Estos colonos habían sido
embarcados en Cette, puerto del Golfo de León, en Francia,
y trasladados a puertos españoles, a saber, Almería,
Málaga y Sanlúcar de Barrameda, mientras que otros
contingentes de futuros colonos eran llevados por tierra hasta
Almagro (Ciudad Real). Estas cuatro ciudades van a ser las llamadas
cajas de recepción, donde los colonos debían esperar
a que se les asignase su destino (Sierra Morena o Andalucía).
Según el Fuero de
las Nuevas Poblaciones (5-VII-1767), acada vecino
poblador se le entregarían 50 fanegas de tierra de labor, además de algún
terreno para plantar árboles y viñas. En cuanto al ganado, se
les facilitaría a cada familia dos vacas, cinco ovejas, cinco cabras,
cinco gallinas, un gallo y una puerca de parir. A cambio, durante diez años
tendrían la obligación de mantener su casa poblada, y permanecer
en los lugares, sin salir ellos ni sus hijos o domésticos extranjeros
a otros domicilios; en caso contrario, podrían ser condenados al servicio
militar. Después de este tiempo, la obligación de residencia
permanece pero su incumplimiento sólo conlleva la pérdida de
las tierras.
Los primeros tiempos de la historia de las colonias —que
el optimismo oficial esperaba ver realizadas en el espacio de dos
años— constituyen una constante improvisación,
una lucha encarnizada con las dificultades nacidas, la mayor parte
de las veces, de un exceso de precipitación, cuya responsabilidad
inicial no recaía sobre el superintendente. La naturaleza
rebelde, las inclemencias de la estación invernal, la dureza
propia de toda obra que nace, exasperaban a los colonos, gran parte
de los cuales desconocía las técnicas más
rudimentarias de la agricultura. Hubo deserciones, enfermedades
y muertes en gran escala. En sustitución de los extranjeros,
fueron llegando agricultores de Levante y Cataluña, más
acostumbrados al clima de nuestro suelo.
Pese a todo, vence la constancia. Se edifican otros lugares y
las colonias crecen. A los primitivos terrenos, emplazados en la
provincia de Jaén, entre Despeñaperros y Bailén,
se unen ahora nuevas colonizaciones a orillas del Guadalquivir,
entre Córdoba y Ecija. Olavide aprovecha esta magnífica
oportunidad para poner en práctica su plan de reforma agraria,
con excesivo idealismo que truncaría sus ilusiones.
Las mayores dificultades, sin embargo, procedían de las
mezquindades humanas incapaces de cooperar en una empresa de entrega
y generosidad. Al bien común se ha opuesto siempre el bien
particular. Fueron, inicialmente, los habitantes de lugares vecinos,
envidiosos del reparto gratuito de las tierras a unos extraños;
vinieron después los ricos ganaderos, que veían limitados
los antiguos baldíos donde pastaban sus reses; municipios,
como el de Ecija, que se apresuró a interponer un recurso
ante el Consejo de Castilla, por creer lesionados sus derechos.
Por otra parte, las quejas y lamentaciones de los propios colonos
se extendieron más allá de nuestras fronteras; los
capuchinos alemanes, que servían de directores espirituales
en las colonias, emprendieron una campaña de difamación
y desprestigio contra el Intendente y sus colaboradores. El Gobierno
nombré un visitador que humilló a Olavide, suspendido
temporalmente en sus funciones.
En 1769, pasada la tormenta, se reincorpora con más empeño,
si cabe, a la dirección de las colonias y planifica su futuro
mediante trabajos de irrigación, mejoramiento de cultivos
y establecimiento de fábricas. El éxito acompaña
ya a la empresa, y a fines de 1775 el número de colonos
sobrepasa los 13.000 individuos.
La caída de Olavide
Olavide ha llegado a la cumbre de su carrera política,
pero la desgracia va a dejar caer sobre él su mano implacable,
esta vez por obra de los celosos miembros del Santo Oficio.
Desde su llegada a Sevilla, la Inquisición, como sabemos,
tenía puesta la mirada en él, y había seguido
en secreto un lento proceso de información sobre su conducta,
que concluyó finalmente con su acusación, encarcelamiento
y condena. Los testigos que más sañudamente depusieron
contra él fueron eclesiásticos: el padre Manuel Gil,
de los clérigos menores; fray José Gómez de
Avellaneda, agustino; y en especial, fray
Romualdo de Friburgo,
capuchino alemán de las Nuevas Poblaciones, de quien el propio
obispo de Jaén dijo que era de "carácter
duro, terco y siempre llevado a meterse donde no le importa";
fue el fraile quien le denunció formalmente a la Inquisición. La
activación
del proceso tuvo lugar a fines de 1775, en que el Asistente
fue llamado a Madrid. Un año
después, el 14 de noviembre de 1776, fue conducido a la
cárcel de la Inquisición, pero la sentencia se hizo
esperar otros dos años, en que nadie supo de la suerte que
corría el antiguo confidente y colaborador ministerial.
Las acusaciones se centraban en el terreno religioso: defendía
la moralidad del teatro y de los bailes; despreciaba las minuciosas
prácticas de devoción, tan queridas al pueblo sevillano;
poseía libros prohibidos y pinturas lascivas; se burlaba
del celibato eclesiástico; era demasiado libre en sus juicios
religiosos y no se recataba de manifestar sus opiniones críticas
en tan delicado terreno. Su afición al teatro popular
será utilizada como arma arrojadiza contra él tras
su revolucionario Plan de Estudios de la Universidad de Sevilla,
que, entre cosas, desterraba a los frailes de la enseñanza
universitaria. Así vemos en 1773 como Fray José Gómez
de Avellaneda, agustino, paladín de las reinvidicaciones
de los regulares, escribe a la Inquisición sobre la "impiedad" del
Asistente Olavide:
| "Es común voz y fama que es desafecto a
todo el estado eclesiástico secular y regular; también
a cosas de devoción. Varias veces he oído que
habla mal de las mujeres de Sevilla por las asistencias los
templos a hazer novenas debotas a Dios y a sus santos, confiando
en que con tiempo irán dejando eso e irán a la
comedia. Es público el empeño que en promoverlas
ha tenido. También se dice que ya no ay más estorvo
que algunos frailes ignorantes que predican contra ellas, pero
que ya se remediará todo ... Hombre deista sin religión,
que sólo cuida de lo del siglo presente y sus diversiones,
como si después de ésta no hubiese otra vida" |
La severa sentencia impuesta por la Inquisición, el 24
de noviembre de 1778, se realizó a puerta cerrada. El acto
es universalmente conocido con el nombre de "Autillo
de Olavide".
En él se le declaró "hereje,
infame y miembro podrido de la Religión". Se le condenó a exilio
perpetuo de veinte leguas de Madrid, de las residencias reales,
de Lima, de Andalucía y de los Nuevos Establecimientos de
Sierra Morena; a ocho años de reclusión en un monasterio,
bajo las órdenes de un director de conciencia, que le enseñaría
todos los días la doctrina y los dogmas de la fe católica,
que le haría confesarse, oír misa, rezar el rosario
y ayunar todos los viernes durante un año si el estado de
su salud se lo permitía. Además, le haría
leer las obras de fray Luis de Granada y del P. Segneri. Como infame
no podría jamás ceñir la espalda, ni vestir
hábito de oro, plata, pedrería ni seda, sino solamente
telas ordinarias de color amarillo; sus bienes quedaban confiscados
y él mismo y sus descendientes hasta la quinta generación
eran excluidos de todo empleo público.
Al día siguiente de su condena, Olavide fue trasladado
al monasterio de Sahagún (León) para cumplir su penitencia,
pero la rudeza del clima hizo que se le trasladase al convento
de capuchinos de Murcia en el verano de 1779, desde donde pasó,
en diversas etapas, a Almagro (Ciudad Real) y después a
Caldas (Gerona) para una cura de baños. Aprovechando la
proximidad de la frontera, el antiguo Asistente, achacoso por sus
males de gota, huyó a Francia, perseguido de lejos por los
ya poco eficaces sabuesos del Santo Oficio. Perpignan, Toulouse,
Ginebra, París son etapas de esta vergonzosa huida, que
le hace más y más atrayente a los ojos de Europa.
En España, mientras tanto, se hacía burla cruel
de su persona y de su obra. Un denigrante libelo, titulado "Vida
de don Guindo Cerezo", corría de mano en mano, principalmente
por los conventos sevillanos, en diferentes versiones manuscritas,
que hubieron de ser prohibidas judicialmente por las injurias que
vertía contra el antiguo y fiel servidor de Su Majestad.
Su autor parece ser el ya citado agustino fray José Gómez
de Avellaneda.
Diecisiete años duró el exilio en Francia,
durante los cuales renació en Olavide la vanidad fastuosa,
el gusto por la conversación y el trato galante, pero también
el sentimiento religioso, herido por quienes, habiendo hecho profesión
de caridad y humilde servicio apostólico, tenían
a gala la destrucción moral de un presunto culpable, con
desprecio absoluto de las más elementales normas de respeto
y consideración a la dignidad del acusado, víctima
casi siempre de la envidia, el rencor o la venganza de sus semejantes.
Fue bien recibido por los enciclopedistas franceses. Diderot
pronunció un famoso discurso sobre su figura ante la Asamblea
General; Voltaire dijo de él: "Vos y cuarenta
como vos necesita España". Vivió la revolución
francesa y la Convención le nombró ciudadano de honor.
Olavide vivió muy de cerca los tristes sucesos de la Revolución
francesa, que tanto impresionó su sensible espíritu.
Pero en la época del Terror, abril del año 1794,
fue detenido acusado de extranjero sospechoso de colaborar con
la aristocracia, motivo por el que pasó nueve meses en prisión,
con la incertidumbre de si viviría o no. Retirado a la soledad,
escribió largos poemas religiosos
y una extensa obra titulada El Evangelio
en triunfo (1797), fruto de la
profunda crisis de conciencia que experimentó en los últimos
años de su vida. La obra alcanzó un éxito
fulgurante, lo que sirvió para facilitar su regreso a España.
Una vez más somos testigos de lo sorprendente de esta biografía
tan fuera de lo normal, cuando Carlos IV le permite volver a España
en 1798, le restituye todas sus dignidades y le concede una renta
anual de 90.000 reales. Se retirará a Andalucía y
renunciará los cargos públicos ofrecidos por Godoy
y Urquijo, El pueblo jienense de Baeza fue testigo
de sus días postreros, acogido al amparo y cariño
de su prima Teresa de Arellano y Olavide, marquesa viuda de San
Miguel, a la que designó heredera universal de sus bienes.
Falleció el 25 de febrero de 1803, siendo enterrado solemnemente
en la iglesia de San Pablo, parroquial de Baeza, donde reposan
sus restos, aunque se desconoce la ubicación exacta de su sepultura.
Notas:
* El
Intendente era un cargo
público en cada provincia, nombrado por el Rey, con competencias
fundamentalmente sobre Hacienda pública y Ejército.
La figura, de origen francés, fue traída a España
por el primer monarca borbón, Felipe V, dentro de la reorganización
centralista de la Administración española tras la
Guerra de Sucesión. En la Sevilla del XVIII coincidía
en la persona del Asistente. La figura resistirá en España
hasta mediados del XIX, en que es sustituida básicamente
por el Gobernador Civil, aunque la Intendencia tenía también
competencias del Delegado de Hacienda y algunas de las funciones
del Gobernador Militar. Sin embargo, aún hoy persiste en
algunos países hispanoamericanos (Argentina, Chile y Uruguay) [Volver
al punto de lectura] [Más
información sobre la figura del Intendente]
(1) Siguiendo a Defourneaux, su biógrafo, "esta decisión,
impuesta tanto por la necesidad de no hacer públicos excesos
demasiado comunes, como por el deseo de no deshonrar a los culpables,
cierra lo que se puede llamar la época 'americana' de la
vida de Olavide. No volverá jamás a Lima y el dinero
acumulado por su padre y por sí mismo quedará perdido
para siempre. En el plano moral, la huella no es menos sensible:
sin duda, don Pablo guardará, de os años demasiado
fáciles de su juventud, no solamente el gusto del buen vivir
y la ambición de prosperar, sino también una indulgencia
excesiva en relación con ciertos medios de acción
que un alma más escrupulosa hubiese rechazado. No hay duda,
sin embargo, de que su conciencia soportó el peso, más
y más pesado a medida que avanzaba la edad, de las faltas
cometidas en sus años veinte, faltas bastante más
graves sin duda todavía de lo que creyeron sus mismos jueces;
no se pueden interpretar de otra manera las múltiples alusiones
que más tarde hizo a los errores de su juventud, que él
estimaba humanamente más serios que aquellos que le condujeron
ante la Inquisición". [Volver
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(2) La iniciativa no fue suya ya que fue el 28 de
agosto de 1760 cuando apareció en la fachada del Ayuntamiento
el Edicto de pública subasta de los terrenos de La Laguna,
que ocupara la antigua mancebía, para edificar nuevas casas
y urbanizar el barrio según módulos modernos. En
esa época estaba de Asistente (interino) en Sevilla Don
Julián Robiou, Comisario Ordenador del Ejército,
el cual había sucedido provisionalmente al marqués
de Monte Real el 3 de julio de dicho año y se mantuvo en
el cargo sólo hasta el 15 de noviembre de 1760 en que tomó posesión
de la Intendencia-Asistencia de Sevilla Don Ramon de Larumbe, el
predecesor inmediato de Olavide. [Volver
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(3) El Paseo de las Delicias de entonces se
extendía
desde la Puerta de la Barqueta al Husillo Real de San Juan. Sobre
este paseo dice Arana: "Sobre la Puerta de la Barqueta hay
un gracioso plan enladrillado que llaman el Banquillo y algo más
inferior otro más espacioso, en los que las noches de verano
se oyen músicas y se tienen saraos". Entre ambos se
había
construido un malecón protector. El actual paseo de las Delicias
era denominado entonces el paseo de la Bella Flor, entre la desembocadura
del Tagarete y la del Tamarguillo (las del siglo XVIII, entiéndase) [Volver
al punto de lectura]
| |
Si quiere saber más... |
 |
Aguilar
Piñal, Francisco:
estudio
preliminar al "Plan de Estudios para la Universidad
de Sevilla", Universidad de Sevilla, 1989
"La
Universidad de Sevilla en el siglo XVIII. Estudio sobre la
primera reforma universitaria moderna"; Anales de la
Universidad Hispalense nº 1;
Sevilla, 1969
"La
Sevilla de Olavide, 1767-1778"; Ayuntamiento de Sevilla,
Servicio de Publicaciones, Sevilla 1966 y 1995
|
Perdices
de Blas, Luis: "Pablo de Olavide (1725-1803) El Ilustrado";
Editorial Complutense- Madrid 1995 |
Defourneaux,
Marcelin: "Pablo de Olavide ou l'afrancesado
(1725-1803)", Presses Universitaires de France, Paris
1959.- Modernamente: "Pablo de Olavide, el afrancesado",
Padilla Libros, Sevilla 1990 |
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Webs para saber más... |
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El caso Olavide. El
poder absoluto de Carlos III al descubierto (pdf) |
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Olavide,
los desastres y el siglo de las luces (pdf) El terremoto
de Lima de 1746 |
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La
colonización de Sierra Morena: el Fuero de Población |
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