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Historia:

 

La reforma universitaria de Caballero en 1807

Godoy
En el gobierno de Godoy, el ministro Caballero unifica por fin las universidades españolas (Manuel Godoy, por Goya, 1801, Real Academia Bellas Artes, Madrid)

Al producirse la caída de Jovellanos (1) como ministro de Gracia y Justicia, fue sustituido en su puesto por José Antonio Caballero, que en seguida, a diferencia del famoso asturiano, iba a adquirir una posición firmísima en el Gobierno de la Monarquía. Al principio, colaboró estrechamente con Urquijo, encargado de la Secretaría de Estado, en la política regalista, e incluso antirreligiosa y cismática que desarrolló éste. Pero tuvo la habilidad de que la caída de Urquijo no le arrastrara a él, a pesar de provocarla precisamente la política seguido contra el Papado, sino que, por el contrario, su posición salió decisivamente consolidada de tal crisis, de forma que ya permaneció en su puesto hasta el final del reinado. Su larga gestión fue beneficiosa para la instrucción pública, pues, dentro de los asuntos propios de su Ministerio, le dedicó una atención preferente. Lograría, sobre todo, llevar por fin a buen término la elaboración de un Plan General de reforma de las universidades, consiguiendo así hacer así lo que ni los gobernantes de Carlos III lograron llevar a cabo, y que vería la luz precisamente en las postrimerías del reinado, en 1807, circunstancia desgraciada que frustraría, en parte, su eficacia práctica.

Caballero remató toda su labor en pro de la instrucción pública con un Plan general para todas las universidades españolas, consiguiendo dar cima a este ya viejo proyecto. Este "arreglo" o reforma de las universidades perseguía dos fines claros:

a) El primero de ellos era la supresión de todas aquellas que, por sus escasas rentas, no podían sostener dignamente sus enseñanzas. Se consideraba inútil todo otro intento de reforma que no partiera de esta medida radical, como lo había demostrado el fracaso de las reformas dictadas en el reinado anterior, no existiendo en el país, además, ninguna necesidad de que hubiera tantas universidades, dado el escaso alumnado que a ellas acudía, mal del que se venían quejando ellas mismas desde hacía tiempo. El título de la Real Cédula que contiene el Plan es suficientemente expreso:

"Real Cédula de S.M. y señores del Consejo por la cual se reduce el número de universidades literarias del Reyno; se agregan las suprimidas a las que quedan, según su localidad, y se manda observar en ellas el Plan de estudios aprobado para la de Salamanca en la forma que se expresa" (Madrid, 1807)

b) Una vez lograda la reducción de las universidades a un número más razonable, el "arreglo" propiamente dicho de la enseñanza universitaria estaba dirigido a lograr la uniformidad en una serie de aspectos importantes en los centros que quedaban, lo que tanto por las Universidades como por Estado, era deseado vivamente como única manera de sacar a los estudios del estancamiento en que se encontraban.

Para llevar a cabo la supresión radical de ciertas universidades, el ministro envió una circular a todas ellas, reclamando una información exacta de las rentas con que contaban, y, de acuerdo con las informaciones que fue recibiendo, con criterio rígido, decidió la supresión de todas aquellas que juzgó con rentas insuficientes para mantener las enseñanzas. Naturalmente, todas las surpimidas eran universidades menores y fueron las siguientes: Toledo, Osma, Oñate, Orihuela, Avila, Irache, Baeza, Osuna, Almagro, Gandía y Sigüenza. Esta circular fue dirigida el 9 de septiembre de 1806 y decía:

"El Rey quiere que cada una de las Facultades que componen el gremiio y claustro de esa Universidad informe con separación del número de cátedras respectivas a su estudio, la dotación de ellas, duración de las enseñanzas y por qué libros se trace ésta; con todo lo demás, que cada una de esas Facultades juzgue conducente en el particular, exponiendo lo que estime digno de informe."

Así pues las universidades fueron consultadas previamente, demostrándose la inexactitud del famoso historiador de las universidades hispánicas don Vicente de la Fuente que lo negaba (2)

Todas las suprimidas quedaban incorporadas a efectos de rentas, etc., a las que permanecían según razón de su proximidad geográfica. Algunas no tuvieron energías ni siquiera para protestar. Sólo unas pocas, como Sigüenza y Oñate, se atrevieron a hacerlo, pero Caballero se mostró tajante e inflexible y llevó a cabo las supresiones sin hacer caso a las protestas, y lo que es más significativo, sin que las protestas encontraran eficaces valedores que hubieran sido capaces de torcer la realidad de la reforma.

Para llevar a cabo la uniformación de las universidades se cogió como prototipo, igual que en reformas anteriores, a la Universidad de Salamanca. Sobre la intervención de esta Universidad en la reforma, los historiadores han dado las versiones más opuestas, desde Dánvila, que dice que los catedráticos salmantinos opusieron una resistencia tenaz al Plan, atribuyendo a ellos el que se retardase tanto su planteamiento, hasta De la Fuente, para quien el Plan fue obra de los catedráticos más volterianos e "ilustrados" del claustro salmantino, a quienes unía una gran amistad con Caballero, y a quien éste se dirigió con el encargo de que prepararan la reforma con la advertencia de que hicieran "lo mejor, pero tener cuidado de no comprometerse", frase que a De la Fuente se la refirió, y no sin cierta fruición, uno de los descendientes de los colaboradores del Plan. Hay que tener en cuenta que en aquellos años se produjeron denuncias contra diversas personalidades, acusadas de jansenismo y volterianismo ante la Inquisición, entre ellas Jovellanos y el Obispo Tavira, y aunque el Santo Tribunal no se atrevió a iniciar proceso contra ninguno de estos personajes, esto coartó hasta cierto punto la libertad de expresión de ciertas ideas. Y dentro de esta situación, sobre el claustro salmantino pesaban ciertas sospechas por su ideología avanzada; de aquí que se tratara de que su intevención pasara desapercibida.

El Plan, por su contenido, pertenece indudablemente a la tendencia ilustrada, como ya lo confirmaba el punto primero de él, referente a la supresión de las universidades, así como el resto de la reforma, que responde claramente a esta ideología, aunque haya también en él ciertas concesiones al ultramontanismo. Por eso, Godoy, cuando muchos años después escriba sus Memorias, le presentará como una de las grandes obras de su gobierno:

"Todos los cuerpos docentes se estimularon en mejorar sus estudios y regenerar las escuelas. Aun los seminarios eclesiásticos, donde apenas se enseñaban el famoso Goudin, tan arraigado en nuestras aulas, una poca de literatura y una pobre teología escolástica, hubo muchos que adoptaron por entero las nuevas enseñanzas, los nuevos libros y los nuevos métodos, a cuyo impulso y boga se debió que en los claustros penetraran Locke, Condillac, Descartes, newton y otros sabios de gran cuenta, invadiendo los bancos y ocupando las cátedras donde reinaba aún todo su cortejo y con todas sus armas la Edad Media."

(Godoy, M.: Memorias del Excmo. Sr. Principe de la Paz, ed. B.A.E.)

El rey comenzaba lamentándose y reconociendo la carencia de fondos con que poder atender a la digna sustentación de los catedráticos, y la falta de unidad y buen orden en los reglamentos de estudios, todo lo cual redundaba en grave perjuicio de la enseñanza pública. De esta manera parecía que el Plan venía a resolver estos dos puntos de la enseñanza universitaria. Ambos tan repetidamente planteados por las universidades al Gobierno. Pero, desgraciadamente, el problema económico quedaba sin resolver: el Estado no se planteaba aun en los debidos términos este problema, angustiado, quizá, por su deficiente situación económica. Pocas líneas más abajo del planteamiento inicial anunciaba que el nuevo Plan realizaba la uniformación científica de todas las universidades, pero "dejando la parte económica a las particulares circunstancias de cada una, no olvidando, empero, los salarios de los maestros, que han de ser decentes, no obstante de procurar todos los ahorros posibles". Frase con la que claramente se eludía el problema, y colocaba a la nueva reforma en trance inmediato de fracasar, pues está claro que no se podía acometer sin medios con que llevarla a cabo.

Los reformadores pusieron toda su confianza en la uniformación científica como solución única para todos los problemas. Para valorar exactamente el prestigio de esta idea, no ya en el Gobierno, sino en las propias universidades, tenemos el testimonio de un profesor de San Esteban, de Salamanca, el padre Rafols, al rector de Cervera, Lázaro de Dou, en vísperas de esta reforma:

"Esta Universidad de Salamanca -decía el dominico- ha presentado una infinidad de veces al Consejo y al Rey sobre la necesidad de uniformar todas las universidades del Reino en orden a la duración del curso, número de éstos, y rigos de la asistencia y explicación para obtener los grados mayores y menores, cuya variedad en esta parte hace que los jóvenes huyan de las Academias, donde se observan las leyes con rigor y sean muy concurridas aquellas en las que sin aplicación, sin asistencia, logran en pocos años sus grados. El Consejo lo ha mandado ejecutar alguna vez; pero no habiendo cuidado de hacerlo ejecutar, sigue el mal con mucho perjuicio de las ciencias. Por lo mismo, hará una cosa muy gloriosa y útil a la Nación si logra esta deseada uniformidad y Salamanca se alegraría mucho de ello. A mi parecer, la cosa es imposible no suprimiendo algunas Academias que lo son sólo de nombre, y dotando a las que quedan, con salarios suficientes a los catedráticos, suficientes a mantenerlos sin necesidad de que se vayan a los destinos incompatibles con la enseñanza. El Gobierno puede hacerlo sin gravamen del erario, uniendo a cada universidad algunos beneficios simples".

La uniformación de los estudios tenía, sin embargo, para el Gobierno no sólo un matiz estrictamente académico, sino que era el planteamiento adecuado para lograr un fin que se perseguía también con esta reforma. Se trataba de mejorar la instrucción, pero para asegurarse de la idoneidad de los sujetos que aspirasen a los cargos públicos, había pues, un claro designio de hacer una universidad clasista, que posteriormente se acentuará más en los proyectos liberales y que respondía a las influencias de las ideas de los economistas de las escuelas en boga, cuyos presupuestos llevaban a reservar la universidad sólo para una pequeña élite del país, necesaria para dirigirlo, mientras que la gran masa de la población debía dirigirse a las profesiones "útiles", y para obtener formación en ellas no era necesario acudir a la Universidad.

Esta uniformación no era, sin embargo, total, precisamente porque al utilizar como patrón a la de Salamanca, que tenía más cátedras que las demás, y no arreglarse el problema de las rentas, tenían que encontrarse necesariamente limitadas en sus afanes uniformistas. El mismo Plan aclaraba que, con respecto a los estudios preparatorios a las Facultades, no se imponía ninguna obligación de adaptarse al modelo propuesto; por tanto, si no tenían medios para costear enseñanza de latinidad, gramática, griego u otras de esta clase, no las tenían que instalar. Este desinterés que demuestra el Plan por este tipo de enseñanzas se encuentra motivado por el interés contrapuesto de que se diera a los estudios preparatorios y a los de la Facultad de Filosofía un contenido más científico y experimental que humanístico, de acuerdo con las ideas que proclamaban la "Ilustración".

Este mismo criterio no uniformador se aplicó a los estudios de Medicina, con mayor amplitud. No sólo no se obligaba a establecerlos, sino que en donde los hubiera, "si por faltas de rentas, teatros, instrumentos y auxilios necesarios no puede hacerse cual conviene", esta enseñanza de la Medicina y la Cirugía se suprimiría, pasando las dotaciones de sus cátedras a mejorar las de otras Facultades.

Pero no sólo en materias de estudios hacía salvedades el Plan a la unificación, sino que también las hacía en materia de régimen de gobierno. Permitía que siguieran las diversas particularidades de cada Universidad, sin que se tuvieran que plegar al sistema de Salamanca. Este aspecto conservador del Plan se completaba con la autorización apra que continuaran los clustros generales de doctores, pero en todas ellas debían de funcionar los claustros de catedráticos para los asuntos que se atribuyeran a su exclusiva competencia. Finalmente, una norma general venía a completar el sentido de estos límites a la unificación: si algún capítulo del Plan resultaba inaplicable a una determinada Universidad, quedaba exonerado del mismo.

A modo de resumen del Plan podemos señalar las notas siguientes:

  • la universidad que careciera de estudios de gramática no venía obligada a establecerlos
  • lo mismo respecto a las de latinidad, griego u otras de su clase, pero donde hubiese "se conservarán, aunque no las haya en Salamanca"
  • de igual modo la de astronomía
  • "donde por falta de rentas, teatros, instrumentos y auxilios necesarios no pueda hacerse como conviene a la enseñanza de medicina y cirugía" se suprimirían las cátedras existentes, pasando sus dotaciones para mejorar las de otras facultades.
  • el gobierno seguiría en manos del Rector o del Canciller o de ambos donde así estuviere vigente
    f) para lo mismo continuarían los claustros generales, "aunque en ninguna dexará de haberle de catedráticos para las cosas que aquí se le cometen"
  • si algún capítulo resultaba inaplicable a alguna, quedaba exonerada del mismo

A renglón seguido venía el propio Plan salmantino con las disciplinas y textos de gramática latina; los de lenguas; la explicación de aquello y la de esto; lo de filosofía y su explicación; medicina; leyes; cánones; teología; por último venían las reglas para la mejor ejecución -setenta y una en total- referidas a la elección de rector, claustros, abolición de las cátedras de regencia, duración del curso, faltas de asistencia de profesores y alumnos, tiempo del cursillo, sustitutos, traje de estudiantes, visitas del Rector, cédula de curso, invariabilidad de los textos designados, los profesores de órdenes religiosas explicarán sólo su escuela "a sus colegiales", prueba de cursos, jubilación de catedráticos, academia dominical en todas las facultades, vacaciones, actos académicos y conclusiones, grados de bachiller, licenciado, jueces y exámenes, propinas; los cursos de colegios, conventos o universidades suprimidas podrían incorporarse en las del distrito respectivo pero sólo éstas podrían conferir los grados; sobre oposiciones a cátedras, jueces de concurso, ejercicios, mejora de la biblioteca, teatros e instrumentos, evitar juramentos ociosos.

La personalidad política del ministro Caballero

Hay que decir que es una figura borrosa, poco conocida, y en general, enjuiciada de modo muy negativo por los que han escrito sobre su actuación política. Se le ha encuadrado dentro del partido ultramontano, como el representante más destacado que tuvo en el Poder esta facción reaccionaria. Consideración en la que ha tenido especial influencia Godoy, que, en sus Memorias, le hace culpable de todas las medidas que en dicho sentido tuvo que adoptar, afirmando que, a pesar de sus intentos para expulsarle del Ministerio, estaba tan fuertemente sostenido por aquel partido, que no pudo conseguirlo, lo que, dado el tono general del intento de justificación con que están escritas dichas Memorias, ofrecen pocos visos de credibilidad tales afirmaciones.

Muriel, Alcalá Galiano, Pizarro y Caveda, también lo consideraron un personaje retrógrado, opuesto al progreso, y el último de los escritores citados llega a decir textualmente que era un "envilecido fanático que aborrece todo linaje de progreso y teme y combate los buenos estudios". Sin embargo, todos estos juicios, demasiado influenciados por el hecho de que fue a él, por causa del cargo que desempeñaba, a quien correspondía dirigir la represión que decidió hacer el Gobierno contra diversos miembros del llamado partido jansenista y, de manera especial, la de Jovellanos, y por otro lado, el recrudecimiento de medidas dirigidas a detener la propaganda de la ideología revolucionaria, sobre todo la famosa de 1802, que prohibía la introducción de libros en francés, son muy superficiales y no reflejan la personalidad política del ministro. Aquellos hechos fueron consecuencia de una política general, adoptada por todo el Gobierno y no de una actitud personal, tomada por él.

Menéndez y Pelayo definía a Caballero como "ruin cortesano, principal agente de las persecuciones de Jovellanos y hombre que se ladeaba a todo viento". Está clara la mala opinión que de él tenía. Permaneció en Madrid, una vez que se apoderaron de esta ciudad los franceses, y colaboró con el gobierno de José Bonaparte, que le nombró consejero de Estado. Esta conducta le obligó ya a emigrar a Francia, al ser derrotados los franceses. El trienio constitucional le abrió otra vez las puertas de la Patria, a donde regresó, para morir al poco tiempo en 1821.

Las circunstancias políticas son la causa de su aparente ultramontanismo, pero su labor concreta en ciertos asuntos, como el de la reforma de la enseñanza, y su actitud final de "afrancesado", nos lo presentan como personaje de ideología "ilustrada" y de rara habilidad política, que le permitió sacar adelante reformas que otros, de mucha más fama que él, no consiguieron hacer prosperar.

Debido a la pasión puesta en el enjuiciamiento de Caballero, su Plan ha sido juzgado, al ser una de las obras más importantes que dejó tras su paso por el Ministerio, con el mismo apasionamiento. Por unos, al exagerar el ultramontanismo del personaje, ha sido acusado el Plan de padecer la misma tendencia. Así dirá el conde de Toreno que con él, Caballero y Godoy, lo que pretendían era establecer un sistema de opresión en los estudios y contener el vuelo del pensamiento. Pero juzgando con más imparcialidad años después, sobre todo a partir de la obra de Gil de Zárate, fue alabado por todos los escritores de su misma tendencia, que emitieron un juicio favorable sobre él, considerándole como un claro precedente de las reformas liberales. Cambio de posición, que fue acompañado por el que adoptaron los escritores tradicionalistas, que pasaron a considerar este Plan como fruto del volterianismo y despotismo ministerial, desenfocando y tergiversando su ideología. En este sentido, destaca especialmente por sus ataques contra Caballero, el clásico historiador don Vicente de la Fuente, que calificaba al ministro como "el funesto marqués de Caballero, que había metido estúpidamente a la Iglesia de España en un cisma por su tiranía jansenista".

  Para saber más...
"La Ilustración y la reforma de la universidad en la España del siglo XVIII; Antonio Alvarez de Morales; Ed. Pegaso, Madrid 1985 (3ª edición)
" Historia de las universidades hispánicas. Origen y desarrollo desde su aparición a nuestros días", Tomo V: periodo universitario de los primeros Borbones
C.Mª Ajo González de Rapariegos; Madrid 1966 (Imprenta Tomas Sanchez)
Estado general de las universidades españolas en el siglo XVIII | La Ilustración española y la nueva concepción de la Universidad | La extinción de la Universidad de Osuna

 

Notas:

(1) Jovellanos, mucho más que ninguna otra figura de la Ilustración española, se ocupó de los problemas de la instrucción pública, siendo Secretario de Gracia y Justicia bajo Godoy. Sus escritos a este respecto son numerosísimos y la obra a la que con más afán se entregó a lo largo de su vida fue a su querida fundación del Real Instituto Asturiano, de Gijón. Se puede considerar que era el hombre más preparado del país para acometer una reforma de la instrucción pública con éxito. De hecho elaboró un Plan de reforma que nunca llegó a aplicarse por su defenestración del ministerio. En la exposición del Plan comienza por poner de relieve la importancia de la instrucción y su papel decisivamente condicionante para la prosperidad de la nación. El fin de la reforma era rectificar la dirección de los estudios de las universidades, haciendo que la dedicación, hasta entonces casi exclusiva que se tenía en ellas a la Teología y la Jurisprudencia, estuviera acompañada del cultivo de las Ciencias Exactas y naturales, por funesto error, totalmente abandonadas. [Volver al punto de lectura]

(2) Historia de las Universidades, Colegios y demás establecimientos de enseñanza en España", Madrid 1884-1889 [Volver al punto de lectura]

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  "Historia vitae magistra" (Cicerón) Página personal © Alfonso Pozo Ruiz
Enviarme un correo electrónico Miembro del Comisariado del V Centenario Universidad Sevilla y autor de la sección histórica de la web institucional www.quintocentenario.us.es