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Unamuno y su visión de la universidad decimonónica

Unamuno
Miguel de Unamuno, pintado por Solana

Numerosos escritos dedicó Unamuno a la universidad española. El más antiguo y sustancioso fue su ensayo "De la enseñanza superior en España", publicado en la Revista Nueva, entre agosto y octubre de 1899.

Le siguen en importancia una ponencia presentada a la II Asamblea Universitaria celebrada en Barcelona (enero de 1905) y las conferencias "Lo que ha de ser un rector en España" y "Autonomía docente", pronunciadas respectivamente el 25 de noviembre de 1914 y el 3 de enero de 1917, ambas en Madrid.

A estos trabajos podemos añadir los discursos pronunciados en la universidad salmantina y numerosos artículos periodísticos y alusiones en su extensa obra impresa. Pocas ideas nuevas aportó a lo expuesto en su primer ensayo "De la enseñanza superior". No parece sino que en treinta y siete años que vivió después de este escrito la universidad se mantuviese inalterable. Más bien la universidad no fue una de sus principales preocupaciones.

Unamuno vio la universidad, como otras muchas cosas, con las gafas ahumadas de la generación del 98. La universidad no podía ser una excepción de la sociedad de entonces. "La Universidad es ante todo una oficina del Estado, con su correspondiente expediente didáctico, porque la cátedra no es más que un expediente".

"No hay claustros universitarios; no hay más que una oficina, un "centro docente" (tal es el mote) en que nos reunimos al azar unos cuantos funcionarios, que vamos a despachar, desde nuestra plataforma -los que a ella se encaramen-, el expediente diario de nuestra lección. Antes de entrar en clase se echa el cigarro, charlando del suceso del día durante un cuarto de hora que de cortesía llaman. Luego se entra en clase, circunscriben algunos su cabeza en el borlado prisma hexagonal de seda negra -¡geométrico símbolo de la enseñanza oficial!-, se endilga la lección, y ya es domingo para el resto del día, como dice uno del oficio. Se han ganado los garbanzos"

Unamuno, De la enseñanza superior en España

Los alumnos por su parte acuden a las facultades para obtener su título académico, aun teniendo en cuenta que el título académico no da la ciencia, pero es mejor aquel que ésta en la vida social. Pero la juventud se cansa pronto, porque le dan el gato ya cazado y aderezado. Los exámenes nada enseñan, son amarguras, memorismo de repetición de un manual.

La Universidad española no ha existido como corporación sino como mecanismo, añade Unamuno. Ha crecido, no por su dinamismo interno, sino por yuxtaposición. El "feroz individualismo hispánico", la propia organización universitaria y "el espíritu de dogmatismo intransigente y sectario han impedido que haya habido escuelas españolas ni ciencia española, a pesar de que Menéndez Pelayo se haya esforzado en demostrar lo contrario". Las ciencias no es algo mágico que se enseña, sino un hambre de saber, un espíritu, no unos títulos. Todo es dogmatismo; la asignatura está determinada, toda ordenada, enjaulada; hay que darla completa, pero siempre falta tiempo. O se pide, a veces, "refútese... tal o cual cosa", o díganse los "funestos resultados de la revolución francesa". Se ordenan como tesis, argumentos y conclusión -como en teología-. Se contentan otras veces con unas cuantas definiciones y las opiniones de unos y otros. Si alguno medita sobre su asignatura, le dicen que enseña antropología o sociología, no derecho penal, dice refiriéndose a Dorado Moreno, compañero de claustro en Salamanca.

El catedrático era, en opinión de algunos, el principal responsable de esta situación. Giner de los Rios, en 1888, se quejó también de la frecuente irregularidad con que los catedráticos daban sus clases:

"Acaso los hay que no van a clase sino por excepción; otros dan sus enseñanzas en sus casas; otros entran en cátedra algunos minutos, etcétera. El ejercicio del foro, de la medicina, y sobre todo, de la política; la falta de vocación; el corto número de alumnos, en algunas ocasiones; la pereza, en casi todas, y la debilidad del sentimiento del deber, hoy es nuestro país (y no más en esta clase que en las otras, repetimos) son causas de semejante abandono. Cooperan también a él, sin duda, las condiciones anómalas del profesorado y la miserable retribución de sus servicios, que les obliga a menudo a buscar su suplemento en otras funciones".

F. Giner de los Rios, Sobre los deberes del profesorado

El absentismo y desinterés del profesorado eran habituales, si creemos el testimonio de hombres tan dispares como Giner y Unamuno. Éste último alardeaba de ser uno de los profesores que menos había faltado a clase. De no ser un mal endémico en la universidad, no lo hubiera hubiera dicho en numerosas ocasiones. A esta falta de motivación habría que añadir la incultura e ignorancia del profesorado seleccionado mediante oposiciones, a las que el rector de Salamanca llamaba "torneos de charlatanería". No hace falta que el ministro reforme los planes, mientras no cambien los que han de explicar y enseñar, sólo el espíritu y la amplitud de alma hacen buena la reforma. De la mayoría de profesores, opinaba:

"La comparación no será muy cortés, ya lo sé, pero es exacta; muchos me parecen caballos de noria. Pónelos su dueño a que saquen agua y ellos, con sus ojos vendados, dan vueltas y más vueltas, y 'cumplen con su obligación', sin dárseles un ardite del fin que aquella agua haya de tener. 'Tú ganarás tres mil pesetas por explicar latín'. Y él dale que le das, a dar vuelta a la noria, con los ojos vendados. Enseña latín, sin preocuparse de la utilidad o inutilidad social que el latín puede tener, fuera de proporcionar un título"

Unamuno, De la enseñanza superior...

Esta grave ofensa dirigida a los catedráticos ocasionó a Unamuno no pequeños disgustos por parte de sus compañeros del claustro salmantino. A principios de 1903 aparecieron en El Adelanto de Salamanca unos artículos en los que se hacía extensible a los catedráticos de la ciudad el insulto de "caballos de noria". Los decanos de las distintas Facultades, que evidentemente no habían leído el escrito de Unamuno, pidieron una reunión del claustro para pedir explicaciones al rector Unamuno. Éste se defendió con una nota, que pensaba enviar al citado diario, subrayando que semejante afirmación la había incluido en una revista madrileña hacía cuatro años, refiriéndose en general a todos los catedráticos españoles. Diez años depués, en su discurso "Lo que ha de ser un rector en España" -ya no era rector de Salamanca- reiteraba su opinión y recordaba que en su universidad no había una proporción mayor o menor de burros superior al de otras universidades, "pero que los de allí daban vueltas a la noria".

Una de las principales preocupaciones del profesorado universitario, nos dice Unamuno, era editar su propio libro de texto con el que obtener un sobresueldo. También les preocupaba el escalafón y las vacaciones. Lamentaba la carencia de publicaciones científicas, la inexistencia de verdadera investigación y que la universidad viviera de espaldas a la sociedad española y europea. En consecuencia, el peso social de la universidad en este contexto era mínimo.

No obstante, creía que estos males tenían remedio y que era mejor esta universidad muerta o en letargo que nada. Los jóvenes que, aunque sólo fuera por obtener un título oficial, habían frecuentado sus aulas, penetran "en campos del pensamiento en que jamás se les hubiera ocurrido espontáneamente penetrar, y en ellos se les despiertan aficiones y aptitudes que en otro caso habrían quedado dormidas (...); es indudable que se distingue a la legua el autodidacto, que se hizo a sí mismo rodando por las aulas y reaccionando tal vez contra lo que en ellas le hacían aprender, de aquel otro que fuera de todo público instituto se ha formado". No llegó Unamuno a la postura radical de algunos regeneracionistas de su época, que proponían suprimir una buena parte de las diez universidades que entonces había en España, por considerar que eran demasiadas para producir los necesarios profesionales (1).

Unamuno y Giner coinciden al creer que la reforma universitaria no depende de una ley, si no se reforman previamente los enseñantes:

"¿Reforma, revolución de la enseñanza? Donde habría que hacerla es en las cabezas de los que enseñan, o por lo menos en las de los que han de enseñan. Soy de los muchos que creen que cualquier plan es bueno; todo depende de quien lo aplique"

Unamuno, De la enseñanza superior

Una de las reformas más importantes, en opinión de Unamuno, era reformar las cátedras en seminarios, en laboratorios y centros de verdadera investigación, como los de las universidades alemanas. En vez de partir de conclusiones adquiridas, "parece lo natural que se estableciesen los datos, los hechos, el complejo de conocimientos inmediatos y directos que a la experiencia debemos, y que se fuese investigando a partir de ellos, reduciéndolos a hechos más generales, relacionándolos unos con otros hasta llegar a una conclusión... o no llegar a ella, porque harto hace el que abre un trecho de camino, aunque no llegue a descansadero alguno".

Unamuno vio en la universidad una misión excelsa, distinta, cuando no superior, a lo que otros autores habían pensado. Su mesianismo personal lo transmitió a la universidad, asignándole una dimensión política, que los diferentes gobiernos no podían asumir. Creía que la misión de la universidad era

"hacer la unidad honda, la espiritual, la comunión más bien. Mientras no comulguemos en un ideal lo bastante amplio para que en él quepamos todos los españoles, no habrá patria española. La vieja resulta ya un poco estrecha; hay que ensancharla, pero ensancharla por dentro, en espíritu y en verdad. Alma de tolerancia; mente hospitalaria; culto a la verdad, sintiéndola viva, proteica y multiforme; comprensión a las más opuestas concepciones, abierta; odio al formalismo; atención al pueblo; heroísmo de trabajo; sumersión en la realidad concreta, fija la vista en la más alta idealidad abstracta.... Si no nos da todo esto la Universidad, habrá que darla garrote vil y aventar luego sus cenizas".

¿Cuál puede ser el papel de la universidad en este hacer patria? No en el ejército o con la bandera que ondea en el cruento combate; no hay que morir por la patria, sino vivir por ella. Hay que enseñar el heroísmo del trabajo y el culto a la verdad. "Nuestro mayor gloria será renegar de muchas de nuestras glorias, entre ellas de las más recientes". Nos hemos de conocer bien, intraespañolizar, a la vez que nos europeizamos. El nacionalismo de Unamuno no conlleva la ruptura total con lo hecho. El progreso requiere el pasado, pues desde él se ha de avanzar:

"Progreso sin tradición es trayectoria sin móvil, pura fórmula matemática, parábola ideal que no tiene en cuenta la realidad".

Unos cuantos sabios hacen más por la patria que algunos batallones. La patria es tradición ineludible, comunión espiritual, que hay que ensanchar con la tolerancia, con la verdad, con la atención al pueblo y el heroísmo del trabajo.

Utópico era pensar en una universidad libre de toda presión externa y al servicio de la sociedad que la orienta y alimenta. En algún lugar de sus escritos decía que mediante elección democrática habría que designar una especie de senado universitario compuesto por distintos catedráticos universitarios elegidos democráticamente, al que acudir en caso de necesidad, antes de tomar decisiones delicadas.

Unamuno defendía el principio de que nadie con mayor independencia que la universidad podía llevar a cabo el "conócete a ti mismo" colectivo, conociendo mejor al pueblo y enseñándole a conocerse mejor:

"Las cátedras de literatura podían organizar la cosecha de cantares y cuentos populares, en vez de contar la biografía de Calderón; las de Economía, llevar a cabo trabajos como los de Mr. Le Play su escuela, recoger la vida económica ambiente; las de Derecho, impulsar la obra ingente que ha emprendido don Joaquín Costa, la de recoger el derecho consuetudinario; las de Geología, Botánica, Zoología, etc., harto tienen con nuestro suelo, y flora y fauna... Hay que descubrir España a los españoles; sólo así podrá haber lo que llamamos ciencia española, que mejor sería decir ciencia en España"

Unamuno, De la enseñanza superior...

Las tareas que Unamuno asigna a la universidad española coincidían con las que habían señalado los hombres de la Intitución Libre de Enseñanza y otros muchos pensadores. El mismo Unamuno, atraído siempre por los problemas de la lengua, se dedicó durante un tiempo a investigar los dialectos y lenguas españolas. Recogió miles de palabras de los campos salmantinos y concibió el proyecto de escribir un tratado de filología. Cuando supo que Menéndez Pidal estaba empeñado en la misma tarea le cedió el material acumulado. En su cátedra de Filología comparada del latín y del Castellano usaba el "Manual de Gramática Histórica de la Lengua Castellana".

Una de sus propuestas fue establecer la inspección técnica del catedrático, como se hacía en la enseñanza primaria. "Su majestad el catedrático hace lo que le parece bien porque se parte de la base de que, por el hecho de serlo, es competente" (Unamuno, 'Lo que ha de ser un Rector en España'). Cuenta Unamuno que en una ocasión se le quejaron los estudiantes de la incompetencia de un profesor. Como rector solicitó del Ministerio una inspección técnica y fue peor el remedio que la enfermedad. El inspector nombrado al efecto, consejero de Instrucción Pública, estaba más necesitado de inspección que el profesor recusado. Con semejante experiencia, Unamuno decidió encargar a los propios alumnos esta delicada misión. Les aconsejaba que no soportasen que se les enseñanse "química anterior a Lavoisier, astronomía ptolomaica, lógica del siglo VIII, ética con infierno, historia de España con Tubal y Tarsis, etc" ('Lo que ha de ser un Rector en España'). Le sorprendía que los alumnos no se sublevasen porque no se les enseñaba o porque se les enseñaba mal. Lo que había visto por el contrario era protestar a los alumnos porque se les obligaba a estudiar de verdad". (Unamuno, "Se acabó el curso", La Nación, Buenos Aires, 7 de agosto de 1908).

Sobre la reforma universitaria, piensa que la clave no está en el cambio de ministros sino en el cambio de los docentes. Los catedráticos enseñan lo que quieren, son los funcionarios más libres e irresponsables. Mejor es no variar,

"de ese tejer y destejer desde el ministerio la tela de Penélope de nuestra enseñanza oficial, nadie hace caso. Cada ministro trae su receta, cambia las etiquetas de los frascos y el lugar de colocación de algunos" (De la enseñanza)

Algunos piensan que sería mejor traer profesores extranjeros, pero muchos lo consideran antipatriótico; basta reformar los planes, dice con ironía. Mejor introducir el sánscrito, en lugar de las lenguas romances o el latín, tan vulgares. Otra manía es la práctica, pues se dice que la última derrota se debe a que teníamos más teorías que los americanos; ellos eran más ricos, sabían más física aplicada, más química industrial, tenían más canales, por saber menos latín y ser menos religiosos que nosotros. Basta de teorías... ¡Cómo si la aplicación pudiera hacerse sin teoría! La mayor utilidad de las universidades es el cultivo de la ciencia pura. Otra manía actual es la especialización: el desenvolvimiento de las ciencias requieren especialistas, pero hay que tener una visión amplia, filosófica. El que es un remachador de cabezas de alfiler, aunque reúna tantos hechos y noticias como Darwin, no se le ocurrirá la evolución. Para Unamuno, los progresos los traen los filósofos de una ciencia, los bárbaros de fuera de ella... Es verdad que en España hay mucho generalismo, pero falta filosofía.

Unamuno y el fracaso de la II Asamblea Universitaria de Barcelona (1905)

La rebeldía de Unamuno ante las injerencias de la Iglesia en la libertad de cátedra, provocará un curioso incidente en un congreso celebrado en Barcelona en 1905. En 1902 se había celebrado la I Asamblea Universitaria en Valencia, aprovechando el centenario de la fundación de la universidad levantina. Pocos años después, Barcelona organizó la segunda. La universidad de Barcelona no era una excepción comparada con el resto de universidades españolas en cuanto a nivel científico, dejadez y falta de financiación. La excepción de Santiago Ramón y Cajal, catedrático de Histología en Barcelona entre 1888 y 1892 y premio Novel fue una rara avis, un solitario, que no ha de engañarnos respecto a su significado. Otra excepción que rompía la norma fue Odón del Buen y del Cos, catedrático de Historia Natural en esta universidad desde 1889 y fundador del Instituto Español de Oceanografía. (2)

Las ponencias presentadas en la II Asamblea Universitaria eran una radiografía de los problemas de la universidad española de entonces. Estaban centradas en las reformas de las facultades de Ciencias, Drecho, Farmacia, Filosofía y Letras, Medicina y Escuelas de Artes Industriales. Algunos de los catedráticos asistentes y participantes eran famosos. El krausista Gumersindo de Azcárate defendió la autonomía universitaria, aproyado por otros catedráticos ilustres como Salvador Calderón, Aniceto Sela, Ribera Tarragó y Eduardo Ibarra.

La Asamblea comenzó con un escándalo, que la hizo fracasar, debido a que Unamuno envió una ponencia que levantó ampollas, al publicarse en la prensa local días antes del comienzo de la Asamblea. Los asambleístas universitarios contaban con el apoyo local de los liberales y simpatizantes del modo de ser y de educar de los institucionistas. Unamuno defendía, entre otras cosas, la libertad de cátedra, al margen del control ideológico de la Iglesia, reconocido en las leyes respecto a las enseñanzas y los libros de texto empleados por los profesores. Bien es cierto que entonces había una cierta permisividad de la jerarquía eclesiástica en este campo, pero Unamuno mantuvo sus puntos de vista, afirmando con razón que si existían leyes que no se aplicaban, lo que había que hacer era cambiarlas, por si a alguien le pasaba por la cabeza exigir su cumplimiento, como efectivamente aconteció.

En vísperas de la Asamblea de Barcelona el cardenal de Barcelona, Casañas, irrumpió defendiendo los derechos de la Iglesia en el ámbito de la enseñanza y retiró su apoyo y asistencia a los actos programados en la universidad. Hay que decir que, a principios de siglo, solían acudir a tales actos importantes organizados por la universidad las máximas autoridades eclesiástica, municipales y militares de la ciudad acompañadas por la banda municipal. Esto indica lo insólito de tales actos y la dimensión social del alma mater. Nada más pronunciarse el obispo contra el trabajo de Unamuno, se produjo la desbandada general de los inscritos inicialmente, así como de las autoridades eclesiásticas y civiles. El obispo justificó su ausencia ante el rector con un escrito en el que decía

"Se ha hecho público por varios conductos que en la próxima Asamblea Universitaria se va a sostener una proposición en la que se niega uno de los fundamentales dogmas de nuestra santa religión, relativo al derecho y deber que le incumbe sobre la enseñanza, por disposición de Cristo, definido como de fe en el Concilio Vaticano. Y a al decir a V.E. que no puedo autorizarlo con mi presencia debo añadir que no le es lícito a la Asamblea enseñar y propagar errores directamente contrarios a las divinas enseñanzas como lo son las que se contienen en la ponencia presentada por el Sr. Unamuno". (Barcelona, 1 enero 1905, Al Excmo. Sr. Rector de la Universidad, Presidente de la Asamblea Universitaria)

La pauta marcada por la jerarquía eclesiástica produjo la retirada inmediata de las autoridades y de una cincuentena de profesores inscritos. La Asamblea, no obstante, prosiguió sus debates un tanto descafeinados. Si bien Unamuno no se desplazó a Barcelona, fue presionado con fuerza para que modificase algunas de sus propuestas. Unamuno no era hombre que se dejase presionar y mantuvo lo que había escrito, apoyándose en la libertad de cátedra.

Azcárate defendió la autonomía universitaria, entendiendo por ella la facultad de regirse y de gobernarse por sí misma, para lo cual era imprescindible que se le reconociese su personalidad jurídica y su capacidad para adquirir derechos y obligaciones. La autonomía, en segundo lugar, debía incluir la capacidad de organizar su propio régimen de enseñanza, incluyendo el nombramiento del profesorado pertinente y la administración de sus propios recursos económicos. Eran propuestas que muchos años después a todos parecerán razonables.

Los escasos asistentes a los debates aprobaron cada uno de estos puntos sin dificultad, hasta llegar a la ponencia de la discordia leída por uno de ellos. Apenas había novedades respecto a lo defendido por Unamuno años atrás, en su ensayo "De la enseñanza superior en España". Unamuno volvía a insistir en la salvaguardia de la libertad de cátedra y de conciencia, como lo más sagrado y a salvo de cualquier poder ajeno al propio profesor. Pensaba Unamuno que, una vez consolidadadas la libertad de cátedra y la tolerancia, podría aspirarse a otras nuevas conquistas. Finalmente, se zanjó el conflicto político creado por el polémico Unamuno, cuya ponencia apenas defendió nadie. La prensa conservadora barcelonesa aplaudió el fracaso y aprovechó sin piedad la ocasión para arremeter sin piedad contras los catedráticos de la universidad, diciendo de ellos que eran

"funcionarios de un estado español en agonía y responsable de la formación intelectual y del pensamiento general del país, (que) demostraron un tremendo egoísmo y rutina, al no haber aprovechado el momento para predicar a los cuatro vientos semejante agonía y aplicarle un remedio enérgico y eficaz, con lo que vienen a demostrar -sentenciaba el sesudo comentarista- que el médico está peor que el enfermo".

Notas:

(1) Así por ejemplo, Manuel Bartolomé Cossío, para quien las universidades están mal, nada sufriría el país si se cerrasen; ya puesto, propone que se supriman todas, pues por la eliminación de unas cuantas no van a alcanzar las restantes vigor científico, vitalidad corporativa ni el influjo social de que carecen. "Es más fácil echar cuentas regeneradoras, a ojo de buen cubero, que señalar los medios de reanimar nuestras moribundas universidades". Nada se había hecho últimamente más que algunos cambios de nombre, provisión de vacantes, aumentos o disminución de exámenes, asignatura o año más o menos... Cossío manifiesta su desprecio por el regeneracionismo, como también por la actividad del ministerio en los primeros momentos.

(2) Odón de Buen llegó a Barcelona con un notable prestigio. La situación que se encontró la describe él mismo en sus fragmentarias memorias. En el departamento de Ciencias Naturales había un amplio y vistoso museo, dos microscopios, uno de ellos inservible y otro de petrografía, en condiciones aceptables. Era krausista y colaboró en Madrid en las "Dominicales del Librepensamiento" dirigidas por Ramón Chies y Fernando Lozano. Fue elegido en 1885 para realizar un viaje científico en la fragata Blanca, barco escuela de la marina española, junto al ingeniero Erice, a las órdenes del científico Augusto González Linares, director de la expedición.

Sus explicaciones didácticas en la universidad rompieron con la monotonía habitual. Eran modernas, activas y provocaban por igual el entusiasmo y la repulsa de algunos por su contenido. Los alumnos le apoyaron mayoritariamente, gracias a su talante docente dinámico, a las prácticas de laboratorio y a las excursiones científicas que organizaba. Escandalizó a muchos conservadores con sus explicaciones y con sus libros de texto, por explicar temas hasta entonces tabú, como las funciones de la reproducción, el transformismo y la evolución de las especies. Sus detractores le llamaban el "profesor cataplasma" y pusieron el grito en el cielo cuando organizó un viaje a Roma al frente de 300 españoles y portugueses, para asistir al Congreso Internacional de Librepensadores, que debía presidir el positivista Ernesto Haekel. Durante la asistencia a este congreso, sus enemigos lograron que un consejo de ministros le abriese expediente y le destituyese de su cátedra, en 1896, decisión que debió ser revocada por las protestas y alteraciones del orden público que se produjeron como protesta en Barcelona. A sus ochenta años llevaba con dignidad su destierro en México, manteniendo los mismos ideales que había defendido durante más de medio siglo:

"Mis innovaciones científicas en España -decía-, sobre todo la fundación, organización y funcionamiento del Instituto Español de Oceanografía, que tan sólidos prestigios ha logrado; el atrevimiento de haber creado en mi país una rama científica nueva, me produjo graves disgustos. Los envidiosos, los impotentes, los holgazanes, los apoltronados en Academias, Universidades y Consejos oficiales, desataron contra mí todo género de asechanzas." (Odon de Buen, Síntesis de una vida política y científica. Buenos Aires, 1943) [Volver al punto de lectura]

  Para saber más...
"La Generación del 98 y la universidad española"; Buenaventura Delgado, Universidad de Barcelona [en "Las universidades hispánicas: de la Monarquía de los Austrias al Centralismo Liberal", Salamanca 2000]
"Política universitaria tras el desastre del 98"; Mariano Peset, Universidad de Valencia. En "Las universidades hispánicasl" op.cit. Es la conferencia con la que se clausuró el V Congreso Internacional sobre Historia de las Universidades Hispánicas-celebrado en Salamanca en mayo de 1998- cuyas ponencias se publicaron en el libro citado.
La universidad española a fines del XIX | La Universidad de Sevilla en el siglo XIX

 

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  "Historia vitae magistra" (Cicerón) Página personal © Alfonso Pozo Ruiz
Enviarme un correo electrónico Miembro del Comisariado del V Centenario Universidad Sevilla y autor de la sección histórica de la web institucional www.quintocentenario.us.es