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Numerosos escritos dedicó Unamuno a la universidad española.
El más antiguo y sustancioso fue su ensayo "De
la enseñanza superior en España", publicado
en la Revista Nueva, entre agosto y octubre de 1899.
Le siguen en importancia una ponencia presentada a la II Asamblea
Universitaria celebrada en Barcelona (enero de 1905) y las conferencias
"Lo que ha de ser un rector en España" y
"Autonomía docente", pronunciadas respectivamente
el 25 de noviembre de 1914 y el 3 de enero de 1917, ambas en Madrid.
A estos trabajos podemos añadir los discursos pronunciados
en la universidad salmantina y numerosos artículos periodísticos
y alusiones en su extensa obra impresa. Pocas ideas nuevas aportó
a lo expuesto en su primer ensayo "De la enseñanza
superior". No parece sino que en treinta y siete años
que vivió después de este escrito la universidad se
mantuviese inalterable. Más bien la universidad no fue una
de sus principales preocupaciones.
Unamuno vio la universidad, como otras muchas cosas, con las gafas
ahumadas de la generación del 98. La universidad no podía
ser una excepción de la sociedad de entonces. "La
Universidad es ante todo una oficina del Estado, con su correspondiente
expediente didáctico, porque la cátedra no es más
que un expediente".
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"No hay claustros universitarios; no hay más
que una oficina, un "centro docente" (tal es el
mote) en que nos reunimos al azar unos cuantos funcionarios,
que vamos a despachar, desde nuestra plataforma -los que a
ella se encaramen-, el expediente diario de nuestra lección.
Antes de entrar en clase se echa el cigarro, charlando del
suceso del día durante un cuarto de hora que de cortesía
llaman. Luego se entra en clase, circunscriben algunos su
cabeza en el borlado prisma hexagonal de seda negra -¡geométrico
símbolo de la enseñanza oficial!-, se endilga
la lección, y ya es domingo para el resto del día,
como dice uno del oficio. Se han ganado los garbanzos"
Unamuno, De la enseñanza superior en
España
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Los alumnos por su parte acuden a las facultades para obtener su
título académico, aun teniendo en cuenta que el título
académico no da la ciencia, pero es mejor aquel que ésta
en la vida social. Pero la juventud se cansa pronto, porque le dan
el gato ya cazado y aderezado. Los exámenes nada enseñan,
son amarguras, memorismo de repetición de un manual.
La Universidad española no ha existido como corporación
sino como mecanismo, añade Unamuno. Ha crecido, no por su
dinamismo interno, sino por yuxtaposición. El "feroz
individualismo hispánico", la propia organización
universitaria y "el espíritu de dogmatismo intransigente
y sectario han impedido que haya habido escuelas españolas
ni ciencia española, a pesar de que Menéndez Pelayo
se haya esforzado en demostrar lo contrario". Las ciencias
no es algo mágico que se enseña, sino un hambre de
saber, un espíritu, no unos títulos. Todo es dogmatismo;
la asignatura está determinada, toda ordenada, enjaulada;
hay que darla completa, pero siempre falta tiempo. O se pide, a
veces, "refútese... tal o cual cosa", o
díganse los "funestos resultados de la revolución
francesa". Se ordenan como tesis, argumentos y conclusión
-como en teología-. Se contentan otras veces con unas cuantas
definiciones y las opiniones de unos y otros. Si alguno medita sobre
su asignatura, le dicen que enseña antropología o
sociología, no derecho penal, dice refiriéndose a
Dorado Moreno, compañero de claustro en Salamanca.
El catedrático era, en opinión de algunos, el principal
responsable de esta situación. Giner de los Rios,
en 1888, se quejó también de la frecuente irregularidad
con que los catedráticos daban sus clases:
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"Acaso los hay que no van a clase sino por excepción;
otros dan sus enseñanzas en sus casas; otros entran
en cátedra algunos minutos, etcétera. El ejercicio
del foro, de la medicina, y sobre todo, de la política;
la falta de vocación; el corto número de alumnos,
en algunas ocasiones; la pereza, en casi todas, y la debilidad
del sentimiento del deber, hoy es nuestro país (y no
más en esta clase que en las otras, repetimos) son
causas de semejante abandono. Cooperan también a él,
sin duda, las condiciones anómalas del profesorado
y la miserable retribución de sus servicios, que les
obliga a menudo a buscar su suplemento en otras funciones".
F. Giner de los Rios, Sobre los deberes del
profesorado
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El absentismo y desinterés del profesorado eran habituales,
si creemos el testimonio de hombres tan dispares como Giner y Unamuno.
Éste último alardeaba de ser uno de los profesores
que menos había faltado a clase. De no ser un mal endémico
en la universidad, no lo hubiera hubiera dicho en numerosas ocasiones.
A esta falta de motivación habría que añadir
la incultura e ignorancia del profesorado seleccionado mediante
oposiciones, a las que el rector de Salamanca llamaba "torneos
de charlatanería". No hace falta que el ministro reforme
los planes, mientras no cambien los que han de explicar y enseñar,
sólo el espíritu y la amplitud de alma hacen buena
la reforma. De la mayoría de profesores, opinaba:
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"La comparación no será muy cortés,
ya lo sé, pero es exacta; muchos me parecen caballos
de noria. Pónelos su dueño a que saquen
agua y ellos, con sus ojos vendados, dan vueltas y más
vueltas, y 'cumplen con su obligación', sin dárseles
un ardite del fin que aquella agua haya de tener. 'Tú
ganarás tres mil pesetas por explicar latín'.
Y él dale que le das, a dar vuelta a la noria, con
los ojos vendados. Enseña latín, sin preocuparse
de la utilidad o inutilidad social que el latín puede
tener, fuera de proporcionar un título"
Unamuno, De la enseñanza superior...
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Esta grave ofensa dirigida a los catedráticos ocasionó
a Unamuno no pequeños disgustos por parte de sus compañeros
del claustro salmantino. A principios de 1903 aparecieron en El
Adelanto de Salamanca unos artículos en los que se hacía
extensible a los catedráticos de la ciudad el insulto de
"caballos de noria". Los decanos de las distintas
Facultades, que evidentemente no habían leído el escrito
de Unamuno, pidieron una reunión del claustro para pedir
explicaciones al rector Unamuno. Éste se defendió
con una nota, que pensaba enviar al citado diario, subrayando que
semejante afirmación la había incluido en una revista
madrileña hacía cuatro años, refiriéndose
en general a todos los catedráticos españoles. Diez
años depués, en su discurso "Lo que ha de ser
un rector en España" -ya no era rector de Salamanca-
reiteraba su opinión y recordaba que en su universidad no
había una proporción mayor o menor de burros superior
al de otras universidades, "pero que los de allí
daban vueltas a la noria".
Una de las principales preocupaciones del profesorado universitario,
nos dice Unamuno, era editar su propio libro de texto con el que
obtener un sobresueldo. También les preocupaba el escalafón
y las vacaciones. Lamentaba la carencia de publicaciones científicas,
la inexistencia de verdadera investigación y que la universidad
viviera de espaldas a la sociedad española y europea. En
consecuencia, el peso social de la universidad en este contexto
era mínimo.
No obstante, creía que estos males tenían remedio
y que era mejor esta universidad muerta o en letargo que nada. Los
jóvenes que, aunque sólo fuera por obtener un título
oficial, habían frecuentado sus aulas, penetran "en
campos del pensamiento en que jamás se les hubiera ocurrido
espontáneamente penetrar, y en ellos se les despiertan aficiones
y aptitudes que en otro caso habrían quedado dormidas (...);
es indudable que se distingue a la legua el autodidacto, que se
hizo a sí mismo rodando por las aulas y reaccionando tal
vez contra lo que en ellas le hacían aprender, de aquel otro
que fuera de todo público instituto se ha formado".
No llegó Unamuno a la postura radical de algunos regeneracionistas
de su época, que proponían suprimir una buena parte
de las diez universidades que entonces había en España,
por considerar que eran demasiadas para producir los necesarios
profesionales (1).
Unamuno y Giner coinciden al creer que la reforma universitaria
no depende de una ley, si no se reforman previamente los enseñantes:
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"¿Reforma, revolución de la enseñanza?
Donde habría que hacerla es en las cabezas de los que
enseñan, o por lo menos en las de los que han de enseñan.
Soy de los muchos que creen que cualquier plan es bueno; todo
depende de quien lo aplique"
Unamuno, De la enseñanza superior
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Una de las reformas más importantes, en opinión de
Unamuno, era reformar las cátedras en seminarios,
en laboratorios y centros de verdadera investigación, como
los de las universidades alemanas. En vez de partir de conclusiones
adquiridas, "parece lo natural que se estableciesen los
datos, los hechos, el complejo de conocimientos inmediatos y directos
que a la experiencia debemos, y que se fuese investigando a partir
de ellos, reduciéndolos a hechos más generales, relacionándolos
unos con otros hasta llegar a una conclusión... o no llegar
a ella, porque harto hace el que abre un trecho de camino, aunque
no llegue a descansadero alguno".
Unamuno vio en la universidad una misión excelsa, distinta,
cuando no superior, a lo que otros autores habían pensado.
Su mesianismo personal lo transmitió a la universidad, asignándole
una dimensión política, que los diferentes gobiernos
no podían asumir. Creía que la misión de la
universidad era
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"hacer la unidad honda, la espiritual, la comunión
más bien. Mientras no comulguemos en un ideal lo bastante
amplio para que en él quepamos todos los españoles,
no habrá patria española. La vieja resulta ya
un poco estrecha; hay que ensancharla, pero ensancharla por
dentro, en espíritu y en verdad. Alma de tolerancia;
mente hospitalaria; culto a la verdad, sintiéndola
viva, proteica y multiforme; comprensión a las más
opuestas concepciones, abierta; odio al formalismo; atención
al pueblo; heroísmo de trabajo; sumersión en
la realidad concreta, fija la vista en la más alta
idealidad abstracta.... Si no nos da todo esto la Universidad,
habrá que darla garrote vil y aventar luego sus cenizas".
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¿Cuál puede ser el papel de la universidad en este
hacer patria? No en el ejército o con la bandera que ondea
en el cruento combate; no hay que morir por la patria, sino vivir
por ella. Hay que enseñar el heroísmo del trabajo
y el culto a la verdad. "Nuestro mayor gloria será
renegar de muchas de nuestras glorias, entre ellas de las más
recientes". Nos hemos de conocer bien, intraespañolizar,
a la vez que nos europeizamos. El nacionalismo de Unamuno no conlleva
la ruptura total con lo hecho. El progreso requiere el pasado, pues
desde él se ha de avanzar:
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"Progreso sin tradición es trayectoria sin móvil,
pura fórmula matemática, parábola ideal
que no tiene en cuenta la realidad".
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Unos cuantos sabios hacen más por la patria que algunos
batallones. La patria es tradición ineludible, comunión
espiritual, que hay que ensanchar con la tolerancia, con la verdad,
con la atención al pueblo y el heroísmo del trabajo.
Utópico era pensar en una universidad libre de toda presión
externa y al servicio de la sociedad que la orienta y alimenta.
En algún lugar de sus escritos decía que mediante
elección democrática habría que designar una
especie de senado universitario compuesto por distintos catedráticos
universitarios elegidos democráticamente, al que acudir en
caso de necesidad, antes de tomar decisiones delicadas.
Unamuno defendía el principio de que nadie con mayor independencia
que la universidad podía llevar a cabo el "conócete
a ti mismo" colectivo, conociendo mejor al pueblo y enseñándole
a conocerse mejor:
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"Las cátedras de literatura podían organizar
la cosecha de cantares y cuentos populares, en vez de contar
la biografía de Calderón; las de Economía,
llevar a cabo trabajos como los de Mr. Le Play su escuela,
recoger la vida económica ambiente; las de Derecho,
impulsar la obra ingente que ha emprendido don Joaquín
Costa, la de recoger el derecho consuetudinario; las de Geología,
Botánica, Zoología, etc., harto tienen con nuestro
suelo, y flora y fauna... Hay que descubrir España
a los españoles; sólo así podrá
haber lo que llamamos ciencia española, que mejor sería
decir ciencia en España"
Unamuno, De la enseñanza superior...
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Las tareas que Unamuno asigna a la universidad española
coincidían con las que habían señalado los
hombres de la Intitución Libre de Enseñanza y otros
muchos pensadores. El mismo Unamuno, atraído siempre por
los problemas de la lengua, se dedicó durante un tiempo a
investigar los dialectos y lenguas españolas. Recogió
miles de palabras de los campos salmantinos y concibió el
proyecto de escribir un tratado de filología. Cuando supo
que Menéndez Pidal estaba empeñado en la misma tarea
le cedió el material acumulado. En su cátedra de Filología
comparada del latín y del Castellano usaba el "Manual
de Gramática Histórica de la Lengua Castellana".
Una de sus propuestas fue establecer la inspección técnica
del catedrático, como se hacía en la enseñanza
primaria. "Su majestad el catedrático hace lo
que le parece bien porque se parte de la base de que, por el hecho
de serlo, es competente" (Unamuno, 'Lo que ha de ser
un Rector en España'). Cuenta Unamuno que en una ocasión
se le quejaron los estudiantes de la incompetencia de un profesor.
Como rector solicitó del Ministerio una inspección
técnica y fue peor el remedio que la enfermedad. El inspector
nombrado al efecto, consejero de Instrucción Pública,
estaba más necesitado de inspección que el profesor
recusado. Con semejante experiencia, Unamuno decidió encargar
a los propios alumnos esta delicada misión. Les aconsejaba
que no soportasen que se les enseñanse "química
anterior a Lavoisier, astronomía ptolomaica, lógica
del siglo VIII, ética con infierno, historia de España
con Tubal y Tarsis, etc" ('Lo que ha de ser un Rector en
España'). Le sorprendía que los alumnos no se sublevasen
porque no se les enseñaba o porque se les enseñaba
mal. Lo que había visto por el contrario era protestar a
los alumnos porque se les obligaba a estudiar de verdad". (Unamuno,
"Se acabó el curso", La Nación, Buenos Aires,
7 de agosto de 1908).
Sobre la reforma universitaria, piensa que la clave no está
en el cambio de ministros sino en el cambio de los docentes. Los
catedráticos enseñan lo que quieren, son los funcionarios
más libres e irresponsables. Mejor es no variar,
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"de ese tejer y destejer desde el ministerio la tela
de Penélope de nuestra enseñanza oficial, nadie
hace caso. Cada ministro trae su receta, cambia las etiquetas
de los frascos y el lugar de colocación de algunos"
(De la enseñanza)
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Algunos piensan que sería mejor traer profesores extranjeros,
pero muchos lo consideran antipatriótico; basta reformar
los planes, dice con ironía. Mejor introducir el sánscrito,
en lugar de las lenguas romances o el latín, tan vulgares.
Otra manía es la práctica, pues se dice que la última
derrota se debe a que teníamos más teorías
que los americanos; ellos eran más ricos, sabían más
física aplicada, más química industrial, tenían
más canales, por saber menos latín y ser menos religiosos
que nosotros. Basta de teorías... ¡Cómo si la
aplicación pudiera hacerse sin teoría! La mayor utilidad
de las universidades es el cultivo de la ciencia pura. Otra manía
actual es la especialización: el desenvolvimiento de las
ciencias requieren especialistas, pero hay que tener una visión
amplia, filosófica. El que es un remachador de cabezas de
alfiler, aunque reúna tantos hechos y noticias como Darwin,
no se le ocurrirá la evolución. Para Unamuno, los
progresos los traen los filósofos de una ciencia, los bárbaros
de fuera de ella... Es verdad que en España hay mucho generalismo,
pero falta filosofía.
Unamuno y el fracaso de la II Asamblea Universitaria de Barcelona
(1905)
La rebeldía de Unamuno ante las injerencias de la Iglesia
en la libertad de cátedra, provocará un curioso incidente
en un congreso celebrado en Barcelona en 1905. En 1902 se había
celebrado la I Asamblea Universitaria en Valencia, aprovechando
el centenario de la fundación de la universidad levantina.
Pocos años después, Barcelona organizó la segunda.
La universidad de Barcelona no era una excepción comparada
con el resto de universidades españolas en cuanto a nivel
científico, dejadez y falta de financiación. La excepción
de Santiago Ramón y Cajal, catedrático de Histología
en Barcelona entre 1888 y 1892 y premio Novel fue una rara avis,
un solitario, que no ha de engañarnos respecto a su significado.
Otra excepción que rompía la norma fue Odón
del Buen y del Cos, catedrático de Historia Natural en esta
universidad desde 1889 y fundador del Instituto Español de
Oceanografía. (2)
Las ponencias presentadas en la II Asamblea Universitaria eran una
radiografía de los problemas de la universidad española
de entonces. Estaban centradas en las reformas de las facultades
de Ciencias, Drecho, Farmacia, Filosofía y Letras, Medicina
y Escuelas de Artes Industriales. Algunos de los catedráticos
asistentes y participantes eran famosos. El krausista Gumersindo
de Azcárate defendió la autonomía universitaria,
aproyado por otros catedráticos ilustres como Salvador Calderón,
Aniceto Sela, Ribera Tarragó y Eduardo Ibarra.
La Asamblea comenzó con un escándalo, que la hizo
fracasar, debido a que Unamuno envió una ponencia que levantó
ampollas, al publicarse en la prensa local días antes del
comienzo de la Asamblea. Los asambleístas universitarios
contaban con el apoyo local de los liberales y simpatizantes del
modo de ser y de educar de los institucionistas. Unamuno defendía,
entre otras cosas, la libertad de cátedra, al margen del
control ideológico de la Iglesia, reconocido en las leyes
respecto a las enseñanzas y los libros de texto empleados
por los profesores. Bien es cierto que entonces había una
cierta permisividad de la jerarquía eclesiástica en
este campo, pero Unamuno mantuvo sus puntos de vista, afirmando
con razón que si existían leyes que no se aplicaban,
lo que había que hacer era cambiarlas, por si a alguien le
pasaba por la cabeza exigir su cumplimiento, como efectivamente
aconteció.
En vísperas de la Asamblea de Barcelona el cardenal de Barcelona,
Casañas, irrumpió defendiendo los derechos de la Iglesia
en el ámbito de la enseñanza y retiró su apoyo
y asistencia a los actos programados en la universidad. Hay que
decir que, a principios de siglo, solían acudir a tales actos
importantes organizados por la universidad las máximas autoridades
eclesiástica, municipales y militares de la ciudad acompañadas
por la banda municipal. Esto indica lo insólito de tales
actos y la dimensión social del alma mater. Nada más
pronunciarse el obispo contra el trabajo de Unamuno, se produjo
la desbandada general de los inscritos inicialmente, así
como de las autoridades eclesiásticas y civiles. El obispo
justificó su ausencia ante el rector con un escrito en el
que decía
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"Se ha hecho público por varios conductos que
en la próxima Asamblea Universitaria se va a sostener
una proposición en la que se niega uno de los fundamentales
dogmas de nuestra santa religión, relativo al derecho
y deber que le incumbe sobre la enseñanza, por disposición
de Cristo, definido como de fe en el Concilio Vaticano. Y
a al decir a V.E. que no puedo autorizarlo con mi presencia
debo añadir que no le es lícito a la Asamblea
enseñar y propagar errores directamente contrarios
a las divinas enseñanzas como lo son las que se contienen
en la ponencia presentada por el Sr. Unamuno". (Barcelona,
1 enero 1905, Al Excmo. Sr. Rector de la Universidad, Presidente
de la Asamblea Universitaria)
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La pauta marcada por la jerarquía eclesiástica produjo
la retirada inmediata de las autoridades y de una cincuentena de
profesores inscritos. La Asamblea, no obstante, prosiguió
sus debates un tanto descafeinados. Si bien Unamuno no se desplazó
a Barcelona, fue presionado con fuerza para que modificase algunas
de sus propuestas. Unamuno no era hombre que se dejase presionar
y mantuvo lo que había escrito, apoyándose en la libertad
de cátedra.
Azcárate defendió la autonomía universitaria,
entendiendo por ella la facultad de regirse y de gobernarse por
sí misma, para lo cual era imprescindible que se le reconociese
su personalidad jurídica y su capacidad para adquirir derechos
y obligaciones. La autonomía, en segundo lugar, debía
incluir la capacidad de organizar su propio régimen de enseñanza,
incluyendo el nombramiento del profesorado pertinente y la administración
de sus propios recursos económicos. Eran propuestas que muchos
años después a todos parecerán razonables.
Los escasos asistentes a los debates aprobaron cada uno de estos
puntos sin dificultad, hasta llegar a la ponencia de la discordia
leída por uno de ellos. Apenas había novedades respecto
a lo defendido por Unamuno años atrás, en su ensayo
"De la enseñanza superior en España". Unamuno
volvía a insistir en la salvaguardia de la libertad de cátedra
y de conciencia, como lo más sagrado y a salvo de cualquier
poder ajeno al propio profesor. Pensaba Unamuno que, una vez consolidadadas
la libertad de cátedra y la tolerancia, podría aspirarse
a otras nuevas conquistas. Finalmente, se zanjó el conflicto
político creado por el polémico Unamuno, cuya ponencia
apenas defendió nadie. La prensa conservadora barcelonesa
aplaudió el fracaso y aprovechó sin piedad la ocasión
para arremeter sin piedad contras los catedráticos de la
universidad, diciendo de ellos que eran
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"funcionarios de un estado español en agonía
y responsable de la formación intelectual y del pensamiento
general del país, (que) demostraron un tremendo egoísmo
y rutina, al no haber aprovechado el momento para predicar
a los cuatro vientos semejante agonía y aplicarle un
remedio enérgico y eficaz, con lo que vienen a demostrar
-sentenciaba el sesudo comentarista- que el médico
está peor que el enfermo".
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Notas:
(1) Así por ejemplo, Manuel Bartolomé
Cossío, para quien las universidades están mal, nada
sufriría el país si se cerrasen; ya puesto, propone
que se supriman todas, pues por la eliminación de unas cuantas
no van a alcanzar las restantes vigor científico, vitalidad
corporativa ni el influjo social de que carecen. "Es más
fácil echar cuentas regeneradoras, a ojo de buen cubero,
que señalar los medios de reanimar nuestras moribundas universidades".
Nada se había hecho últimamente más que algunos
cambios de nombre, provisión de vacantes, aumentos o disminución
de exámenes, asignatura o año más o menos...
Cossío manifiesta su desprecio por el regeneracionismo, como
también por la actividad del ministerio en los primeros momentos.
(2) Odón de Buen llegó a Barcelona
con un notable prestigio. La situación que se encontró
la describe él mismo en sus fragmentarias memorias. En el
departamento de Ciencias Naturales había un amplio y vistoso
museo, dos microscopios, uno de ellos inservible y otro de petrografía,
en condiciones aceptables. Era krausista y colaboró en Madrid
en las "Dominicales del Librepensamiento" dirigidas por
Ramón Chies y Fernando Lozano. Fue elegido en 1885 para realizar
un viaje científico en la fragata Blanca, barco escuela de
la marina española, junto al ingeniero Erice, a las órdenes
del científico Augusto González Linares, director
de la expedición.
Sus explicaciones didácticas en la universidad
rompieron con la monotonía habitual. Eran modernas, activas
y provocaban por igual el entusiasmo y la repulsa de algunos por
su contenido. Los alumnos le apoyaron mayoritariamente, gracias
a su talante docente dinámico, a las prácticas de
laboratorio y a las excursiones científicas que organizaba.
Escandalizó a muchos conservadores con sus explicaciones
y con sus libros de texto, por explicar temas hasta entonces tabú,
como las funciones de la reproducción, el transformismo y
la evolución de las especies. Sus detractores le llamaban
el "profesor cataplasma" y pusieron el grito en el cielo
cuando organizó un viaje a Roma al frente de 300 españoles
y portugueses, para asistir al Congreso Internacional de Librepensadores,
que debía presidir el positivista Ernesto Haekel. Durante
la asistencia a este congreso, sus enemigos lograron que un consejo
de ministros le abriese expediente y le destituyese de su cátedra,
en 1896, decisión que debió ser revocada por las protestas
y alteraciones del orden público que se produjeron como protesta
en Barcelona. A sus ochenta años llevaba con dignidad su
destierro en México, manteniendo los mismos ideales que había
defendido durante más de medio siglo:
"Mis innovaciones científicas en España
-decía-, sobre todo la fundación, organización
y funcionamiento del Instituto Español de Oceanografía,
que tan sólidos prestigios ha logrado; el atrevimiento de
haber creado en mi país una rama científica nueva,
me produjo graves disgustos. Los envidiosos, los impotentes, los
holgazanes, los apoltronados en Academias, Universidades y Consejos
oficiales, desataron contra mí todo género de asechanzas."
(Odon de Buen, Síntesis de una vida política y científica.
Buenos Aires, 1943) [Volver
al punto de lectura]
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Para saber más... |
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"La Generación del 98 y la universidad española";
Buenaventura Delgado, Universidad de Barcelona [en "Las
universidades hispánicas: de la Monarquía de los
Austrias al Centralismo Liberal", Salamanca 2000] |
"Política universitaria tras el desastre del 98";
Mariano Peset, Universidad de Valencia. En "Las universidades
hispánicasl" op.cit. Es la conferencia con la que
se clausuró el V Congreso Internacional sobre Historia
de las Universidades Hispánicas-celebrado en Salamanca
en mayo de 1998- cuyas ponencias se publicaron en el libro citado. |
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