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Historia de la Universidad de Sevilla
Patrimonio histórico-artístico de la Universidad de Sevilla
Las sedes históricas de la Universidad de Sevilla
Historia:

 

La universidad española a fines del XIX

El mapa universitario | Estudiantes y Profesores | Mujer y educación | Unamuno: su visión de la universidad

lección de memoria
Los estudios memorísticos son aún la base de la enseñanza; Macías Picavea denunciaría que antes de los exámenes todo se remediaba con un manual (La lección de memoria, Ignacio Pinazo, 1898, Museo del Prado)

La configuración de la Universidad finisecular y de su profesorado es el resultado de la centralización y uniformación llevadas a cabo por el Estado. El siglo XIX va a contemplar en efecto la absoluta toma de control de la Universidad española por el poder estatal, tendencia acusada ya desde el siglo XVIII y la implantación de los Borbones.

Leyes sucesivas van a menguar progesivamente lo que quedaba de la autonomía de que disponían antaño los claustros universitarios. Con el Plan Pidal de 1845 primero y la célebre Ley Moyano de 1857, culminación del proceso centralizador y uniformizador, la intervención estatal ya es total sobre la formación y el contenido de los planes de estudio, la financiación de los centros y la situación académica de los profesores.

Consecuencia directa de esta rígida sujeción, la Universidad podía aparecer así a finales del siglo XIX como "una cosa muerta por dentro" (1), un coto cerrado sobre sí mismo, fosilizado, sin inserción en la sociedad de su tiempo, de débil nivel científico, incapaz de integrar las innovaciones. Y las críticas a la institución, a sus hombres, su contenido, sus productos, irán multiplicándose a finales de siglo y principios del XX, destacándose las de Unamuno (2) y de Giner de los Rios (3). Ya en 1895 podía denunciar Unamuno la contradicción entre la "sabiduría oficial y la académica" y la vida "como el capital con el trabajo", y que aquélla "se ha rebajado hasta no ser sino el deporte de algunos mandarines" (4).

"..como el Instituto, la Universidad es una cosa muerta por dentro. Idéntico régimen, igual falta de contenido, carencia parecida de toda misión educadora y docente, el mismo absoluto defecto de material didáctico, la propia ausencia de un cuerpo vivo y un alma autónoma, formados en el inalienable molde de su fin, vocación y destino: una oficina más que planea a su antojo el ministro del ramo con los 300 llamados catedráticos a quienes el estado paga un sueldo tasado, como a otro oficinista cualquiera, para que le representen la comedia universitaria a la medida".

Ricardo Macías Picavea, El problema nacional... 1889

Según Macias Picavea (5) la enseñanza es libresca, sin práctica ni experimentación en laboratorio, sin crítica de fuentes; no hay interés por cómo se hace la ciencia: "eso no se enseña en España"... Los estudiantes viven fuera de sus casas, sin ninguna disciplina, sin vida corporativa, disipados, holgazanes, armadores del escándalo y frecuentadores de garitos. Huelgas y vacaciones constantes. Los profesores dejan un momento la clínica o el bufete y explican la materia a un grupo numeroso, aburrido, indiferente; por la tarde al paseo... Y después, antes de los exámenes todo se remedia con un manual y el programa de la asignatura. Los padres presionan y piden carreras fáciles... Los manuales quizá no son caros, tampoco obligatorios, pero son buena expresión del nivel existente, salvadas las excepciones: "Doctrinas arqueológicas, teorizaciones de invención arbitraria, errores increíbles, ignorancias inexplicables, lenguaje sin arte, y aun sin gramática...". Los datos estadísticos sobre los costes públicos de la enseñanza -mínimos- completan su crítica. En sus recetas sobre las universidades, señala que bastan cuatro centros, todos con el doctorado, completos; con laboratorios, museos y bibliotecas, ejercicio constante de los alumnos; cursos normales y otros especiales por catedráticos, agregados y ayudantes; disciplina sobre la vida de los escolares, vigilancia de hospedajes, corporaciones de estudiantes para el estudio y trabajo, excursiones, juegos y deportes.

Esta pésima situación de la enseñanza universitaria en su conjunto cobra todo su sentido si la relacionamos con los demás niveles educativos, tampoco muy boyantes, en particular la enseñanza elemental, caracterizada por la importancia de aún fuertes niveles de analfabetismo (una losa de plomo de unos once millones de analfabetos) y de subescolarización, cuando otros países ya habían logrado generalizar la instrucción primaria.

Desde luego, la mejora de la universidad estuvo presente en las propuestas del regeneracionismo, pero no como eje central. Importaba más, sin duda, la escuela, la política o la economía, a aquellos hombres que se estremecían ante las realidades que el 98 había dejado patentes. España no funcionaba, era menester descubrir por qué y dar soluciones completas para cada uno de los problemas. Esta amplitud de planteamientos en Macías Picavea o Joaquín Costa debilitan sus análisis, por más que el primero afirme que habla en nombre de la Ciencia o Costa pretenda y luche por un planteamiento político de salvación nacional.

El mapa universitario

mapa universidades 1857
El mapa universitario español a fines del XIX se mantiene como se fijó a mediados de la centuria por la Ley Moyano

A finales del XIX la Universidad española se estructuraba en cinco Facultades (Filosofía y Letras, Ciencias -con secciones de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales-, Derecho, Medicina y Farmacia), habiendo sido suprimida definitivamente la de Teología en 1868. La verdadera novedad había sido la implantación de la Facultad de Ciencias en 1857, puerta abierta a la difusión científica, y la autonomización de la de Filosofía, funcionando antes como propedéutica a la enseñanza universitaria.

Pero sólo la Facultad de Derecho estaba presente oficialmente en todas las Universidades, y la de Farmacia sólo existía en cuatro centros (Madrid, Barcelona, Granada y Santiago de Compostela). La Facultad de Filosofía y Letras no existía más que bajo la forma de enseñanzas preparatorias a las jurídicas, y con sólo tres profesores en vez de nueve o dieciocho (Madrid), en cuatro Universidades (Oviedo, Santiago de Compostela, Valencia y Valladolid). No había Facultades de Medicina en las Universidades de Oviedo y de Salamanca, y la Facultad de Ciencias a menudo quedaba reducida a una sola sección sobre las tres existentes (como en las Universidades de Sevilla, Granada y Valencia), o dos (Universidades de Barcelona y Zaragoza), o bien no ofrecía más que enseñanzas preparatorias a la Medicina y la Farmacia (Universidades de Santiago y de Valladolid).

El mapa universitario presentaba pues una estricta jerarquía de las Universidades por el abanico de Facultades y la importancia numérica de su cuerpo profesoral y población estudiantil. De creación reciente, por supresión y transferencia en 1836 de la Universidad de Alcalá, fundada por el Cardenal Cisneros en 1499 (paralalelamente la de Cervera fue trasladada a Barcelona), la Universidad de Madrid tenía no obstante la categoría de Universidad Central, ocupando un lugar preeminente en el dispositivo universitario, por la naturaleza y el número de sus enseñanzas, las remuneraciones y el prestigio de sus profesores. Sólo la Universidad Central disponía de las enseñanzas de doctorado y de todas las Facultades completas, siendo por tanto lugar de paso obligado para los universitarios.

En el otro extremo, la Universidad de Oviedo estaba constituida por una sola Facultad, la de Derecho, con algunas enseñanzas complementarias en Letras. "Sólo una razón económica pudo hacer que las diez Universidades que existen en España no tengan el mismo número de facultades", diría el famoso jurista Adolfo Posada en 1889 (6). Frente a esta situación las autoridades locales y provinciales prefirieron subvencionar algunas Facultades no provistas por el Estado para completar el potencial de enseñanza de las Universidades, tales como la Facultad de Medicina de Sevilla y la de Filosofía y Letras de Valencia (a cargo del presupuesto provincial), o la de Ciencias de Oviedo (por el municipio y la Diputación) autorizada en 1895.

Junto con las Facultades, el espacio universitario se completaba por supuesto con Escuelas Superiores profesionales (Notariado, Diplomacia, Ingenieros Industriales, Comercio, náutica, Veterinaria...) y, amén de las Escuelas Normales, con Escuelas llamadas Especiales con buena proyección científica (Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, Minas, Montes, Agrónomos, y Ayudantes de Obras Públicas)

Estudiantes y Profesores

A finales de siglo, sólo unos 8.000 estudiantes estaban presentes en los locales universitarios, y si añadimos una cifra ligeramente superioir de estudiantes libres, obtenemos un total de aproximadamente 17.000 estudiantes, matriculados esencialmente en Derecho (7.400). El número de estudiantes variaba mucho según las Universidades, de los 4.800 de Madrid a los 400 de Oviedo, girando la mayoría de las universidades en torno a unos 1.000-1.500 estudiantes.

El número y la naturaleza de los diplomas estaban en relación directa. La universidad española producía así algo menos de 2.000 licenciados y de 200 doctores en 1900. El reparto por asignaturas de los diplomas testimoniaba de manera harta significativa las prioridades de la sociedad española y de la naturaleza de la institución universitaria. Primaba de manera casi absoluta el Derecho: 985 títulos de licenciados, casi la mitad del total, contra 545 en Medicina (27%), 268 en Farmacia (13%), 145 en Filosofía y Letras (7%) y sólo 49 en Ciencias (2,5%). La presencia femenina era aún insignificante: sólo seis mujeres obtuvieron un diploma de licenciada y cuatro un doctorado en la Universidad Central antes de 1900.

El personal universitario se vertebraba en torno al viejo cuerpo de los catedráticos numerarios, a los cuales cabe añadir los catedráticos supernumerarios y los profesores auxiliares, encargados según la Ley Moyano "de auxiliar al catedrático en las operaciones prácticas o desempeñár los cargos de las Facultades y Escuelas Superiores que señale el reglamento", y que tan sólo en 1902 quedarán reseñados en su correspondiente escalafón.

El número de catedráticos en funciones permanecía modesto, aunque en aumento constante en la segunda mitad de siglo según los "Escalafones de antigüedad de los catedráticos de Universidad": 276 en 1847, 309 en 1867, 346 en 1879, 386 en 1887 y 413 en 1897, o sea una progresión de casi 50 % en medio siglo. A finales de 1895, había un total de 458 cátedras (de las cuales 51 eran vacantes) contra 444 (50 vacantes) a finales de 1894. La progresión se situaba en las Facultades de Ciencias, signo esperanzador de renovación, mientras que las Facultades de Derecho y Medicina, bien dotadas, conservaban el mismo número de cátedras (272).

Pero si durante la Restauración, entre 1876 y 1923, el número de catedráticos pasó de 373 a 576, con un crecimiento de poco más del 54 %, el de profesores auxiliares aumentó de 57 a 443, con un crecimiento del 677%, es decir pasando desde una relación de seis catedráticos por cada auxiliar en 1876 a otra prácticamente paritaria en 1923.

Las desigualdades por universidades y facultades podían observarse en función del número de cátedras correspondientes. La Universidad de Madrid concentraba globalmente en 1895 a casi un centenar de catedráticos, más de la quinta parte del total, y las Facultades tradicionales de Derecho y de Medicina seguían atrayendo lo esencial de los profesores (más del 58% del conjunto de catedráticos).

La escala de las remuneraciones, sumamente rígida, comportaba ocho categorías formando una pirámide de cúspide muy estrecha (7 catedráticos sólo), ampliandose progresivamente de 10.000 pesetas a 3.500 anuales, o sea una relación de uno a tres, pero las dos terceras partes de los catedráticos ganaban 5.000 pesetas o menos:

"Un catedrático de universidad de provincias, v.g. de Oviedo, tenía un sueldo anual de 3.500 pesetas allá por los años ochenta y tres y siguientes: deducidos descuentos percibía al mes cincuenta y un duros, ¡ah!, y catorce reales, si mal no recuerdo..."

Adolfo Posada (1860-1944): "Fragmento de mis memorias"

La debilidad de las remuneraciones, pagadas directamente por el Estado, obligaba a los universitarios a trabajos auxiliares, y en primer lugar a la elaboración de libros de texto de lectura obligatoria para los estudiantes, o a multiplicar los artículos periodísticos como fue el caso de Clarín. Las cátedras madrileñas eran las más cotizadas, pues suponían una prima anual de 1.000 pesetas, una décima parte del sueldo más alto. Las estrategias universitarias eran así claramente orientadas. La Universidad de Madrid aparecía como la universidad-cumbre para terminar su vida profesional, y las pequeñas universidades de provincia, mucho menos dotadas en personal y medios, como meras universidades de paso, etapas hacia universidades más prestigiosas:

"En todo caso siempre queda en pie esta conclusión: el personal destinado a universidades situadas en poblaciones pequeñas emigra en cuanto puede, a menos de que razones de familia, de origen, de salud o de intereses no le retengan" (7)


Notas:

(1) Ricardo Macías Picavea, El problema nacional. Hechos, causas, remedios. Madrid, 1899 [Volver al punto de lectura] Ver reseña biográfica en nota 6.

(2) "De la enseñanza superior en España", Revista Nueva, Madrid 1899 [Volver al punto de lectura]

(3) "Escritos sobre la Universidad española" [Volver al punto de lectura]

(4) Miguel de Unamuno, Introducción a algunas consideraciones sobre la educación burguesa, 1895. [Volver al punto de lectura]

(5) Ricardo Macías Picavea nació en 1846 (Santoña, Cantabria). Su vida trascurrió en Valladolid, donde desarrolló su labor como catedrático de instituto, intelectual y escritor. Fue discípulo de Julián Sanz del Río, a quien Macías conoció en la Universidad de Madrid, y de Nicolás Salmerón, de aquí su republicanismo progresista. Macías desarrolla y difunde su pensamiento en el ámbito local, provincial y regional, circunscribiéndose éste en el ámbito de Valladolid, ámbito en el cual se distribuía el diario 'La Libertad' en el cual no sólo trabajó Macías sino que además fue el diario que utilizó para difundir sus pensamientos y principios , aprovechando que era su director. Está en el Ayuntamiento Republicano de Valladolid desde 1891 hasta 1895. Fue el autor de 'Apuntes y estudios sobre la instrucción pública y sus reformas' 1882, 'Geografía elemental. Compendio didáctico y racionado' 1895, 'La muerte de Cervantes' , 'La mecánica del choque', 'El derecho a la fuerza', 'Tierra de Campos' y más tarde de 'El problema nacional' 1898-1899, la cual se concluye poco antes de su muerte, que sucede el día 11 de Mayo del año 1899. Krausista, aunque como buen hijo de su tiempo y de espíritu abierto, también defendió el Darwinismo, aceptó el método positivista y fue figura cumbre del Regeneracionismo español. Para Picavea la educación es una función propia de la sociedad, en la que el Estado ha de ejercer una función tutorial prestando apoyo y dirección. La libertad del profesor para enseñar, la libertad de los padres para escoger la enseñanza para sus hijos, la coexistencia armónica de la enseñanza privada y la oficial, y la obligatoriedad de la enseñanza, al menos en su nivel primario, son otros tantos principios sustentados por Macías. En el proceso de enseñanza-aprendizaje Macías confiere especial importancia al protagonismo del alumno como artífice de su propia educación. La función del profesor consistiría en ayudar al educando, dirigiéndole su actividad y ofreciéndole las condiciones más adecuadas para su desarrollo. Con razón Picavea se opone a la enseñanza oficial en la que predominaban el escolasticismo y el dogmatismo. Algunos de sus argumentos radicales sobre un poder fuerte capaz de cambiar el país, fueron utilizados por el régimen franquista español. Entre la bibliografía moderna de este personaje cabe destacar la obra de Fernando Hermida de Blas, "Ricardo Macías Picavea y el problema del regeneracionismo español" (reseña en http://www.filosofia.org/rev/bas/bas22116.htm) y la de María Sánchez Agustí, "Pedagogía y regeneración a finales del siglo XIX. Macías Picavea. Teoría y acción de un educador" (reseña en http://www.csic.es/cbic/BGH/resemar1.htm) [Volver al punto de lectura]

(6) Sobre Adolfo Posadas, ver "Adolfo Posada: Teoría y práctica política en la España del siglo XIX" (pdf), tesis doctoral de Mónica Soria Moya, Valencia, 2003. Contiene datos sobre la educación nacional de la época, la autonomía universitaria, europeismo y extensión universitaria. [Volver al punto de lectura]

(7) Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes. Subsecretaría.- Sección de Estadística. Escalafón de antigüedad de los catedráticos numerarios de las Universidades del Reino en 1º de enero de 1902, Toledo. [Volver al punto de lectura]

  Para saber más...
"Las universidades hispánicas: de la Monarquía de los Austrias al Centralismo Liberal"; V Congreso Internacional sobre Historia de las Universidades Hispánicas, Salamanca, 1998; Ed. Luis E. Rodríguez-San Pedro Bezares; Universidad de Salamanca y Junta de Castilla y León, 2000
"Política universitaria tras el desastre del 98"; Mariano Peset, Universidad de Valencia. En "Las universidades hispánicas..." op.cit. Es la conferencia con la que se clausuró el V Congreso Internacional... -celebrado en Salamanca en mayo de 1998- cuyas ponencias se publicaron en el libro citado.
"La Universidad española (siglos XVIII y XIX): Despotismo Ilustrado y revolución liberal"; Mariano Peset y José Luis Peset; Ed.Taurus, Madrid 1974
  Enlaces web externas
La administración educativa en España (1812-1939), por Joaquín Diaz, Jefe del Archivo Central del Ministerio de Educación. Centro de Investigación y Documentación Educativa (CIDE)
  Ricardo Macías Picavea y el problema del regeneracionismo español, por Fernando Hermida de Blas (Madrid), en revista El Basilisco (Oviedo), nº 21, 1996, páginas 41-42
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  "Historia vitae magistra" (Cicerón) Página personal © Alfonso Pozo Ruiz
Enviarme un correo electrónico Miembro del Comisariado del V Centenario Universidad Sevilla y autor de la sección histórica de la web institucional www.quintocentenario.us.es