Andrea Navagero, un italiano en la Sevilla del siglo XVI
Andrea Navagero (o Andrés Navajero) llegó
a Sevilla como embajador de la república de Venecia para
asistir a las bodas de Carlos I e Isabel de Portugal, en 1526. El
relato de su viaje por España y la correspondencia fue traducido
al castellano por Antonio María Fabié (1),
de la Academia de la Historia. Incluimos aquí un extracto
de los pasajes descriptivos de la Sevilla que vió:
| "Sevilla está situada en una llanura a la
margen izquierda del Betis, que ahora llaman Guadalquivir, y
tendrá de circuito de cuatro a cinco millas; se parece
más que ninguna otra de las de España, a las ciudades
de Italia; sus calles son anchas y hermosas, pero las casas
en general no son muy buenas; hay, sin embargo algunos palacios
que no los he visto mejores ni más bellos en toda España,
dentro de sus muros muchos jardines y solares, porque es corto
su vecindario.
Tiene varias iglesias y entre ellas la Catedral es hermosísima
y mayor que la de Toledo, aunque no tan adornada y rica; sus
canónigos tendrán de 400 a 500 ducados de renta
cada uno. Junto a la iglesia hay una especie de claustro o
patio grande unido a ella por un muro, de suerte que todo
parece una misma fábrica; alrededor hay galerías
y capillas, en una de las cuales está el cuerpo del
Santo Rey, que dicen que esparce un admirable olor cuando
se muestra.
En medio del claustro hay un bosque de naranjos con una fuente
en el centro. Alrededor de todo el edificio, así de
la iglesia como del claustro y delante de las fachadas, hay
un embaldosado de mármoles bastante ancho, cerrado
con cadenas, del cual se baja a la calle por varios escalones
(no por todas partes, pues la fachada del Mediodía
está al andar de la calle). A este lugar acuden a pasearse
todo el día, muchos hidalgos y mercaderes, y es el
sitio más bello de Sevilla, a que llaman las Gradas.
A la calle y plaza que está delante, concurren también
mucha gente de continuo; allí se hacen muchos encantos
(engaños) y es como una especie de mercado... La plaza
es bastante ancha por ambos lados, y por uno de ellos más
larga. Junto a la iglesia hay un campanario, que es una torre
muy alta y muy bella, con grandes y hermosas campanas, y se
sube a ella por rampas como el campanario de San Marcos de
Venecia, pero la subida es más cómoda y clara.
A poca distancia de la Catedral está el Alcázar,
que es un palacio que fue de los reyes moros, muy bello y
rico, labrado a la morisca; tiene por todas partes hermosos
mármoles y agua de pie abundantísima; hay baños
y salas y varias cámaras, por todas las cuales pasa
el agua con curioso artificio y son lugares verdaderamente
deliciosos para el verano; tiene un patio lleno de naranjos
y limoneros hermosísimos, y dentro otros apacibles
jardines, y en ellos un bosque de naranjos donde no penetra
el sol, y es quizá el sitio más apacible de
España" |
Sigue Navagero narrando sus impresiones sobre los
hermosos alrededores sevillanos; menciona el monasterio de San Jerónimo,
el de las Cuevas, de los Cartujos, del que dice que "en buen
escalón están los frailes que viven aquí, para
subir desde este lugar al Paraíso"; las Ruinas de Itálica,
el monasterio de San Isidro, la Huerta del Rey, en la que le llamó
la atención el hermoso palacio y el gran estanque y la abundantísima
cantidad de naranjos. No pasó inadavertida para el embajador
veneciano la influencia en la ciudad de los viajes a América;
a este respecto dice que salen tantas personas para el Nuevo Mundo
| "que la ciudad se halla poco poblada y casi en
poder de las mujeres. Todo el vino y el trigo que aquí
se cría se manda a las Indias, y también se envían
jubones, camisas, calzas y cosas semejantes que, hasta ahora
no se hacen allá y de que sacan grandes ganancias.
Está en Sevilla la Casa de la Contratación
de las Indias, donde vienen todas las cosas que se traen de
aquellas partes, porque las naves no pueden descargar en otro
puerto; al llegar la flota entra en dicha casa gran cantidad
de oro con el que se acuñan muchos doblones cada año;
el quinto es para el Rey, y suele casi siempre montar cerca
de 100.000 ducados cada año. Dicen los mercaderes que
de algún tiempo viene menos oro que solía, pero
los viajes continúan y todos los años van y
vienen naves. Vi yo en Sevilla muchas cosas de las Indias
y tuve y comí las raíces que llaman batatas,
que tiene sabor de castañas. Vi también y comí,
porque llegó fresco, un hermosísimo fruto que
llaman -no dice el nombre- y tiene un sabor entre el melón
y el melocotón, con mucho aroma, y en verdad es muy
agradable.
También vi algunos jóvenes de aquellas tierras,
que acompañaban a un frailes que había estado
allí predicando, para reformar las costumbres de los
naturales, y eran hijos de señores de aquellos países;
iban vestidos a su usanza, medio desnudos, y sólo con
una especie de juboncillo o enagüetas; tenían
el cabello negro, la cara ancha, la nariz roma, casi como
los circasios, pero el color tira más a ceniciento;
mostraban tener buen ingenio y vivo para todo, pero lo singular
era un juego de pelota que hacían a estilo de su tierra:
la pelota era especie de leño muy ligero y que botaba
mucho, tamañao como un melocotón o mayor, no
la rebatían con las manos ni con los pies, sino con
los costados, lo que hacían con tal destreza que causaba
maravilla verlo; a veces se tendían casi en tierra
para rebatir la pelota, y todo lo hacían con gran destreza". |
(1) "Viajes por España
de Jorge de Einghen, del Barón León de Rosmithal de
Balna, de Francisco Guicciardini y de Andrés Navajero";
Fabié, Antonio María; Madrid 1879
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