El clero y la religiosidad sevillana en el siglo XVI
A pesar de su fama de ciudad alegre y pervertida, de la que decía
Santa Teresa "La abominación de pecados que hay
por acá son para afligir harto", Sevilla era una
ciudad profundamente religiosa, desde los ritos
de nacimiento a los de muerte y sepultura. La proliferación
de monasterios y cofradías, la publicación de libros
religiosos, el aumento de vocaciones, la procesiones solemnes de
Semana Santa o del Corpus, las rogativas para aplacar huracanes,
alejar la peste o llamar a las lluvias ... son pruebas de esta
religiosidad. Magníficamente lo resume el profesor Núñez
Roldán:
"En los siglos XVI y XVII Dios estaba en todas partes y ocupaba
todas las horas de los hombres. Estaba bajo muchas formas y maneras:
en las alcobas de los palacios y entre los pucheros de las cocinas,
en las calles y en las plazas, en la mesa doméstica y en
los altares de los templos, en las encrucijadas de los caminos
y en las puertas de las ciudades, en las joyas de las mujeres y
en las blafemias de los hombres, en los campanarios y en los claustros,
en los sermones de los sacerdotes y en las oraciones de los niños
y en las fiestas de los mayores, en el encabezamiento de los testamentos
y de las cartas de pago, en las sentencias de los jueces y en la
cédulas de los reyes, en los libros de texto de los estudiantes
y en los motivos de los artistas, en las promesas de matrimonio
y en las profesiones conventuales de las jóvenes, en el
nacimiento y el abandono de los niños y entre las sábanas
de los moribundos, en la cabecera de las camas de los hospitales
y en el patíbulo de los ajusticiados, en las súplicas
de los pobres y en la caridad de los ricos, en el silencio de la
noche y en el sonido de las campanas y de los órganos. Todo
se hacía en su nombre y por su voluntad. Nada de lo humano
le era ajeno. Nada de lo divino le era extraño. Todo era
religión."
Así las cosas, la vida cotidiana de Sevilla, como la de
cualquier ciudad europea de la época, respiraba actos y
pensamientos religiosos. Las manifestaciones de aquella unión
que parecía eterna entre Dios y los hombres llenaban todo
el calendario humano hasta parecer que la vida económica
y social y política no era más que una extensión
de la espiritual. Pero en lo más arcano y hondo del flujo
de la historia se operaban los cambios, la sustitución de
los viejos valores. Sevilla era el escenario ideal para observarlos.
Por ser una ciudad cosmopolita y abierta, abundante de toda suerte
de gentes y tránsito de todas las almas posibles, las relaciones
de sus habitantes con Dios tendrían forzosamente que ser
distintas a otros lugares.
El entramado religioso de Sevilla de
este siglo ofrece personajes como el agustino Fray Martín
de Ullate atrayéndose
a los moriscos (1505); Fray Bartolomé de las Casas defendiendo
al indígena americano; Fadrique Enríquez de Ribera
peregrinando a Tierra Santa (1518-20) y estableciendo luego el
Vía
Crucis a la Cruz del Campo; el hermano Pedro Pecador (1543) fundador
de hospitales y discípulos de San Juan de Dios, sin olvidar
a los herejes Egidio y Constantino ni la visita y permanencia
de un año que Santa Teresa hizo a la ciudad (1575-76).
En contra de lo que cabía esperar, a la santa castellana
le costó mucho obtener la financiación necesaria
para la fundación de un convento en la capital hispalense,
de la que estuvo a punto de desistir. No se explicaba la santa
como en una ciudad "tan caudalosa
y de gente tan rica había
de haber menos aparejos de fundar que en todas las partes en
que había estado". No obstante, aunque a la carmelita
le costara tanto su fundación, hay que señalar
que el abundante dinerario circulante permitió levantar
importantes edificios religiosos -recuérdese que la Catedral
se terminó a inicios del siglo y luego se mejoró-,
así como la profusión de la creación artística
de carácter religioso o los numerosos actos litúrgicos
públicos como las procesiones.
Para atender este fervor religioso había en Sevilla 27
parroquias
a principios de siglo, siendo 29 al final por creación de
San Roque y San Bernardo. El principal templo de la ciudad, la
catedral, era regentado por el Cabildo catedralicio compuesto
por Deán
(6.000 ducados anuales), Arcediano, Chantre, Maestreescuela, Tesorero,
Arcediano de Ecija, Arcediano de Jerez, Arcediano de Reina (esta
fue la dignidad que tenía Maese Rodrigo de Santaella, fundador
de la universidad de Sevilla), Arcediano de Niebla, Arcediano
de Carmona y Prior de las Ermitas, todos designados por el Arzobispo.
Éste junto al Cabildo proveían a los 40-42
canónigos (unos 2.000 ducados de renta anual);
los 20 racioneros, que gozaban de 2/3 de la renta de un canónigo;
20 medios racioneros (1/3 rentas de un canónigo); 20 clérigos
veintineros (beneficiados) designados por el Chantre (100.000
maravedies) y los servidores representados por capellanes, notarios,
sacristanes, cantores, músicos, mozos de coro (unos 50),
seises, pertigueros, etc.
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"Tiene muy honrada clerecía y en muy gran cantidad,
porque entre el muy reverendo cabildo y capellanes y otros
sacerdotes que cada día allí dicen misa, pasan
de 300 clérigos los que cada día residen en
él"
Luis de Peraza.- Historia de Sevilla (1535),
refiriéndose a la Catedral de Sevilla
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Las órdenes religiosas contaban con más
de 30 conventos de ambos sexos, dentro de los cuales
bien pudieran cobijarse unos 1.500 religiosos según Espinosa
de los Monteros, que vivían de sus casas, fincas, rentas,
donativos particulares u oficiales. Cuenta Espinosa que cuando
Felipe II pasó
por la Plaza de San Francisco esperaban allí más
de 400 franciscanos; unos 100 ó 200 eran del Convento de
San Francisco, 80 de San Pablo y 40 de otros conventos; tengan
en cuenta que sólo franciscanos y dominicos poseían
cinco instituciones en Sevilla. La mayoría de las órdenes
religiosas existentes en España tuvieron fundaciones en
la capital sevillana, algunas desde los tiempos de la reconquista,
como los franciscanos, y otras que se crearon en este siglo XVI,
como la Compañía
de Jesús (jesuítas) que se instaló en Sevilla
en 1537.
Más de veinte conventos de monjas había en Sevilla
al finalizar el siglo XVI, una cantidad que no había dejado
de crecer desde el siglo XIII en que fue conquistada para el cristianismo.
El real monasterio de San Clemente, fundado por Fernando III el
Santo, el más rico y grande del siglo XVI, había
recibido en sus celdas durante esos siglos a esposas, hermanas
e hijas de reyes, y a imitación de ellas también
ingresaron en el convento, magníficamente dotadas, muchas
mujeres de familias muy principales y otras jóvenes de menos
rango. San Leandro, Santa Clara, Santa Inés, Santa Paula,
Santa María la Real, Madre de Dios, Santa María de
Jesús, Regina Angelorum, etc., fueron los nombres de los
conventos a los que innumerables sevillanos no olvidaron en sus
mandas testamentarias, donándoles rentas, casas, bienes,
dotes, limosnas en misas, joyas, tierras, e hijas casi niñas
y vírgenes. Algunos de estos monasterios, sobre todo los
más antiguos y los de mayor jerarquía y reputación
por el origen social de las hermanas que los habitaban y por el
lustre de las familias de las que procedían, recibían
bienes suficientes para que aquéllas pudiesen vivir dignamente.
Otros, en cambio, dependían de las limosnas diarias de los
habitantes de la ciudad, hasta el punto de que algunas de sus monjas
salían de la clausura para solicitarlas o trabajaban tejiendo
seda y bordando para poder sobrevivir, pues la vida cotidiana en
el interior del claustro no tenía nada de bucólica.
Al margen de los conventos estaban los emparedamientos,
de los cuales existían aún tres a finales del XVI:
uno cercano a la iglesia de San Miguel, otro a la de San Ildefonso
y el último junto a Santa Catalina. Seguían dirigidos
por beatas ancianas, recibiendo a las mujeres que voluntariamente
se encerraban a expiar culpas o que las autoridades depositaban
mientras se dirimía algún pleito matrimonial.
Observaban las reglas de alguna orden sujetas a la obediencia
del arzobispado, pero sin hacer votos de pobreza, obediencia
y castidad, aunque privadamente los siguiesen. Vivían
de limosnas, de pequeñas aportaciones
personales que llevaban al ingresar (mucho menores que en los conventos)
y de rentas o de donaciones que dedicaban también a
la caridad. (Ver más
abajo)
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"las castas sevillanas (que pretendían
recogerse y hacer vida sancta debaxo de enterramiento) tomar
hábito de Beatas recogidas, y (aviendo dado la obediencia
a algún Monasterio de Frailes de los de Sevilla) retraerse
en casas particulares y de por sí en forma de Monasterios
con sus tornos y porterías, donde no pudiesen entrar
hombres ningunos... y en cada uno de ellos una Beata anciana
a quien las demás reconocen obediencia y llaman madre
Beata. Recíbense en ellos cualesquiera doncellas y
otras mujeres que tienen con qué poderse sustentar,
quando quieren encerrarse y vivir debaxo de aquella clausura
y onestidad"
Alonso Morgado, "Historia de Sevilla",
1587
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Al igual que la nobleza, el clero tampoco era homogéneo
en su composición. Había diferencias entre el alto
clero, el estado llano o bajo clero y los religiosos de las distintas
órdenes.
En el conjunto de la población sevillana su número
era importante como lo era su labor asistencial y educacional,
y sus riquezas provenientes, sobre todo, de los diezmos
(décima parte de los frutos cosechados en cada parroquia).
Decía Pablo
de Olavide -en 1767- "que comen con
el sudor de los infelices"; no es de extrañar que fuera
condenado por la Inquisición por sus impíos pensamientos.
Al igual que en la sociedad civil, en la eclesial existió
también el representante negativo, personificado por pícaros,
abarraganados, heterodoxos, etc. La vida de muchos clérigos
era poco ejemplar, lo que a mitad del siglo el Concilio
de Trento trató de corregir, dado el nivel de
corrupción alcanzado: "Resuelto ya el mismo sacrosanto
Concilio, ..., a emprender el restablecimiento de la disciplina
eclesiástica en tanto grado decaída, y a poner enmienda
en las depravadas costumbres del clero y pueblo cristiano..."
(sesión VI, celebrada en 13 de enero de 1547).
El alto clero lo integraba el Cabildo catedral y los párrocos
de las grandes parroquias; la base nutricia de este sector estuvo
en el grupo artesanal, en el de los comerciantes, los hidalgos,
los letrados y a veces la misma nobleza. Por su extracción
social, por su cultura (muchos graduados universitarios) y por su
poder económico, constituyeron una élite. Eran dueños
de tierras, fincas y casas situadas en la ciudad y su término,
calculándose que una décima parte de la riqueza urbana
era de la Iglesia o estaba gravada con cargas a su favor. La pertenencia
territorial se expresaba en el señorío y dominio sobre
una serie de pueblos y en cortijos y heredades.
Detrás venía el estado llano nacido sobre todo en
el seno de familias de artesanos. Muchos de los eclesiásticos
vivían en las collaciones de El Sagrario, Santa Cruz,
San Vicente y San Juan de la Palma, sin duda atraídos por
la presencia del Palacio Arzobispal y de muchas casas nobles a los
que los clérigos prestaban sus servicios. La situación
del bajo clero era muy dispar pero los curas párrocos solían
pasar alguna que otra dificultad; teóricamente debian recibir
una tres novenas parte de los diezmos pero no siempre las recibían
(existen abundantes testimonios que recogen las reclamaciones que
insistentemente dirigían al arzobispo). A veces, los simples
beneficiados podían disfrutar de unas rentas mejores que
las del párroco, y lo mismo ocurría con las capellanías.
Las
riquezas del clero se invertian en sueldos, construcciones, obras
de caridad, enseñanza, beneficiencia, culto... ; los salarios
del amplio estamento eclesiástico, de cantores, menestriles,
mozos de coro, carpinteros, peones...; los gastos en plata, ornamentos,
materiales de cantería y carpintería; en el mantenimiento
de los hospitales y colegios; las ayudas prestadas a los necesitados
cotidianamente o en momentos de hambre; los gastos del culto, procesiones,
de fiestas... Pero no todo fueron gastos justificables; los canónigos
por ejemplo, llevaban una vida regalada; tenían que salir
con una cabalgadura de acompañamiento y las dignidades con
dos; sus ocupaciones no eran agobiantes lo que les permitía
dedicarse a las aficiones literarias y a otros negocios que poco
tenían que ver con su vocación eclesiástica.
Pero a lo largo del siglo XVI el Estado también quiso beneficiarse
de las rentas eclesiásticas con lo que sus ingresos disminuyeron.
Muchos territorios eclesiásticos fueron expoliados por la
Corona y vendidos a señores seculares, a causa de los apuros
financieros de la Hacienda. Así se perdió, por ejemplo,
la jurisdicción sobre las villas de Cantillana, Brenes, Almonaster,
Albaida y otras tierras del Aljarafe. Las compensaciones que se
concedieron por estas enajenaciones fueron mínimas y en absoluto
compensaron a la Iglesia por la pérdida sufrida. Por otra
parte, se impusieron nuevos tributos al clero como el "excusado"
que proporcionaba directamente al Estado el diezmo de la tercera
finca más ricada de cada parroquia, o las "tercias
reales" que constituían las dos novenas partes
de todos los diezmos. Pero no por ello, la diócesis sevillana,
y especialmente su jerarquía, dejó de ser una de las
más ricas del país.
Las beatas
Las
mujeres, siempre menores cuya honra había que
preservar, tenían dos destinos en la vida: el
matrimonio o el convento. Fuera de ellos, pero dentro del orden moral establecido,
existían otras opciones de vida para la mujer cuyo desarrollo
no necesitaba ni dotes, ni arras, ni compromisos paternos, o justamente
porque no pudieron disponer de dotes o por la autonomía
que gozaron. Al tipo de mujer casada correspondía la de
doncella honesta, y al de la monja enclaustrada, la de beata emparedada.
Se dice que era una tradición consolidada ver en Sevilla
a estas mujeres que habían hecho voto de castidad y dedicaban
sus vidas a servir a Dios fuera de los conventos aunque vistieran
hábitos religiosos. Era común a todas ellas, además,
que vivieran recogidas en sus propias casas o en los emparedamientos,
hasta el punto de contabilizarse por cientos en la ciudad y por
miles en la región. A juicio de Nuñez Roldán -que
ha estudiado este fenómeno en la Sevilla del siglo de oro-,
no era solo la carencia de dote, es decir, su pobreza extrema,
la causa que les impedía acceder a la vida monástica,
sino también su propia manera de entender la religión,
incompatible con las reglas y las normas, hostiles a toda disciplina.
Más que una alternativa de vida, como podrían representar
las doncellas, las beatas proponían un modelo de vivencia
religiosa, aunque la mayoría optó por la castidad
como vehículo de purificación, excluyendo el matrimonio
o un segundo matrimonio, pues algunas eran viudas. Dicho de otro
modo, la proliferación de beatas por Sevilla no fue más
que una consecuencia de la religiosidad que vivió la ciudad
desde comienzos del siglo XVI y que se incrementó notablemente
en proporción a la histeria religiosa en la ciudad a comienzos
del siglo XVII.
En síntesis, las beatas eran mujeres con escasos medios
económicos y materiales, con menos conocimientos intelectuales
y teológicos, que abogaban por una simplicidad religiosa,
que disfrutaban de libertad de movimientos y de expresión
hasta que a comienzos del siglo XVII la Inquisición sevillana
procesó y condenó a un grupo numeroso liderado por
una tal Catalina de Jesús. De sus interrogatorios se desprende
un perfil cercano al de una mujer errante, limosnera, solitaria
aunque formase parte de comunidades esporádicas, charlatana,
autocomplaciente, falsaria, probablemente
más cerca de la
pícara que de la santa o la mística. Las beatas,
tan atractivas al pueblo por sus excentricidades, decían
hablar directamente con Dios o con la Virgen e incluso con las
almas del purgatorio. Se atrevían a enseñar y a predicar
la palabra de Dios, arrogándose funciones clericales, se
jactaban de entrar en éxtasis, ganaban los espíritus
ingenuos diciendo tener visiones y revelaciones y especialmente
dones proféticos. Algunas alcanzaron tanto renombre que
lideraron auténticas sectas como la que acabó sus
días en al auto de fe del 29 de noviembre de 1624.
No todas mantuvieron la castidad como desearían. En el
auto citado, salió a relucir Catalina de Jesús, una
beata de 30 años que confesó sin pudor "que
tuvo trato y comunicación con cierto sacerdote con quien
se encerraba de ordinario, dejando muchos días de fiesta
de oír misa y él de decirla por estarse juntos y
daban por disculpa que no los obligaba el precepto, por estar embebidos
en el amor de Dios. Y entrando en una ocasión cierta persona
en su aposento y hallándolos en la cama desnudos, el sacerdote
fingió no ser él, sacando la lengua y haciendo visajes
y ella le decía que era el demonio que la venía a
tentar", y con la arrogancia que le caracterizaba, intentó convencer
al testigo de que ella había llegado al estado de perfección
y aunque les hallase así en la cama no era pecado mortal.
Su relación carnal con aquel sacerdote estaba impregnada
de símbolos religiosos: "y el
sacerdote la comulgaba todos los días y después la
babeaba la boca con la suya, diciendo que recibiese el amor de
Dios".
Otras beatas no eran más que simples charlatanas y embaucadoras
de espíritus bobos. La beta María de Jesús,
que había llegado a Sevilla desde un pueblo de Córdoba,
se hacía pasar por un espíritu puro, proclamando
que no tomaba alimentos sino que solo se sustentaba con el santísimo
sacramento, "siendo verdad que comía y bebía
buenos manjares sin que la viesen".
A esta especie pertenecía
la última quemada por la Inquisición sevillana el
24 de agosto de 1781, dos siglos después de la época
que describimos. Se trataba de María Dolores López,
una pobre ciega, condenada a la hoguera por fingir revelaciones
divinas, y cuya causa inspira más lástima que temor.
La vida de María Dolores estuvo siempre marcada por la desgracia
y el infortunio. Huérfana de madre desde niña, ciega
desde los doce años, nunco poseyó bienes materiales,
y condenada a la soledad, desconoció la amistad y el amor.
Se le juzgó como hereje por fingir revelaciones -apariciones
de Dios y ángeles- pero su delito fue sólo el de
haber dado rienda suelta a su fantasía. Fue objeto de abusos
por tres frailes, que luego debieron dar cuenta al Tribunal. En
suma, esta beatería
era una fórmula de la picaresca tradicional sevillana amparada
en la religión, cuyo objetivo no era sino sobrevivir.
Las beatas eran pobres de solemnidad. Sus inventarios testamentarios
lo delatan y lo prueban. No necesitaban hacer voto de pobreza.
La beatería era un medio de salvar aunque fuese momentáneamente
la miseria material recabando la caridad ajena, tanto la privada
como el patrocinio social, y para satisfacer las ansias religiosas
de una ciudad cada vez más obsesionada por los asuntos relacionados
con el más allá. La vida material cotidiana de aquellas
mujeres se manifiesta en la humildad de sus bienes: andaban de
acá para allá vestidas con hábitos de estameña o
lana torcida, generalmente franciscana, cubiertas sus cabezas y
hombros con tocas o mantos también de lana, basquinas
frailescas -una túnica o saya desde la cintura al suelo,
cuya parte inferior tenía mucho vuelo-, alguna que otra
camisa y un par de servillas para
los pies, dispuestos a tanto caminar en busca de una limosna a
cambio de una oración. Sus ajuares
caseros, viviesen en sus propias casas, o acogidas por el favor
de algún devoto, eran tan austeros, sobrios y pobres que
se reducían a lo imprescindible. Posiblemente esta pobreza
les impedía ingresar en un convento, donde exigían
elevadas dotes.
Obispos de Sevilla en el siglo XVI
Nueve obispos tuvo la archidiócesis sevillana
durante el siglo XVI; uno no llegó a entrar y otros gobernaron
entre 10 y 20 años, aunque hay que señalar el absentismo
de muchos de ellos a causa de otros cargos (Inquisidores Generales)
que les retenían en la Corte.
Pero en general los prelados sevillanos mostraron un algo grado
de dedicación a la diócesis, aplicando un gran porcentaje
de rentas al reparto de limosnas y a la atención de las clases
más pobres. Algunos, como Don Rodrigo de Castro, ejercieron
de mecenas de poetas y pintores.
El arzobispado de Sevilla era el segundo más rico de toda
la península, después de Toledo. Sus ingresos fueron
creciendo a lo largo de todo el siglo XVI y se calcula que en 1533
ascendían a 24.000 ducados, en 1557 a 80.000 y a finales
de siglo sobrepasaron los 100.000 ducados.
De la nómina de arzobispos sevillanos del siglo XVI podemos
destacar:
Fray Diego de Deza, dominico, ocupó la
sede sevillana desde 1505 hasta 1523, distinguiéndose por
su gran celo religioso y su atención a la labor de expansión
de la Iglesia en América. A comienzos de su mandato se terminó
la construcción de la catedral y constribuyó con sus
rentas a la decoración interior del templo. En la historia
universitaria de Sevilla es importante porque fue el creador
del Colegio de Santo Tomás, que llegó a tener
el rango de Universidad y fue un serio rival del Colegio de Maese
Rodrigo (el embrión de la universidad de Sevilla)
Antes que Deza estuvieron Diego Hurtado de Mendoza (1485-1502)
y Juan de Zúñiga (1503-1504) A Deza le sucede Alonso
Manrique de Lara (1523-1538) y después de éste, ocupó
la sede Juan García de Loaysa (1539-1546). A su muerte le
sucedió don Fernando Valdés (1546-1568), que se destacó
por su caridad con los pobres y por la fundación de numerosas
obras pías. Curiosamente este obispo fue el fundador de
facto de la Universidad
de Oviedo; a través de su testamento la dotó de
dinero y rentas.
Don Gaspar de Zúñiga (1569-1571), don Cristóbal
de Rojas (1571-1580) y don Rodrigo de Castro (1581-1600) fueron
también arzobispos de Sevilla en el siglo XVI.
Notas:
Dotes conventuales: La cuantía de la dote
era distinta de un cenobio a otro. Santa Teresa estableció la
dote del convento que con tantas fatigas fundó en Sevilla
en 500 ducados. En el año
1684, los conventos de Santa Clara y Santa Inés exigían
una dote de 1.500 ducados de plata, mientras que el de Santa María
de Jesús bajaba a 1.000 [Volver
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Morales Padrón, Francisco: "La ciudad del Quinientos";
Universidad de Sevilla 1977 |
Nuñez
Roldan, Francisco: "La vida cotidiana en la Sevilla del
Siglo de Oro". Ed. Silex, Madrid 2004 |
Montoto, Santiago: "Sevilla en el Imperio"; 1937 |
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Alejandre García, Juan Antonio: "Milagreros,
libertinos e insensatos. Galería de reos de la Inquisición
de Sevilla"; Universidad de Sevilla, 1997 |
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