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Son muy numerosos los profesionales del mercado de esclavos en Andalucía.
Muchos son vecinos y naturales de la ciudad en que se compran y venden,
pero también actuaron en gran escala personas procedentes de
otros países: portugueses, genoveses, florentinos, ingleses
y flamencos. Ellos y los mercaderes peninsulares fueron los responsables
de la existencia en las ciudades andaluzas de este mercado de carne
humana.
La empresa esclavista debía producir bastantes beneficios
y dar mucho de sí cuando son tantas las personas que en ello
estaban implicadas. El descubrimiento del Nuevo Mundo iba a dar
a este comercio un giro inesperado. La apertura de este nuevo e
inmenso mercado va a provocar el interés, la codicia y la
sed de lucro por parte de personas que hasta ese momento habían
despreciado e ignorado esta actividad, considerándola poco
rentable y ciertamente arriesgada. La demanda de mano de obra en
las Indias, a partir sobre todo de los años 1515-17, incita
a la búsqueda y captura de esclavos negros, formándose
con este objetivo compañías mercantiles entre genoveses,
portugueses y castellanos. Complejos negocios y grandes fortunas
se ponen en movimiento. Los intereses de las oligarquías
dominantes de Castilla y Portugal así lo exigen. La Corona
y los altos dignatarios, nobles y eclesiásticos, se van a
hallar metidos de lleno en este asunto. El rey de Portugal llegaba
incluso a intervenir en la trata, se rodeaba de esclavos negros
y participaba en los beneficios de este comercio. Por su parte,
los reyes de Castilla fueron los primeros interesados en la trata
negrera, de la que sacaban importantes beneficios. Todo ello justifica
en Sevilla y en otras ciudades andaluzas la existencia de una actividad
mercantil y comercial muy intensa, que los documentos notariales
no hacen sino confirmar. Al frente de estos negocios se encuentran
numerosos mercaderes, protagonistas de la vitalidad financiera de
los mismos.
Los esclavos que llegaban por vía marítima en las
naves portuguesas traían marcas e hierros puestos
por los mercaderes para que no pudieran escapar. Solían echarles
argollas en los pies, en el cuello y en los brazos y los señalaban
con marcas y pinturas. En ambos carrillos les ponían una
S y un clavo -es decir, la palabra "esclavo"- para
que todos supieran que era cautivo y no libre: "herrado
en el rostro con una s y un clabo".
A veces al llegar a Sevilla los marcaban en la frente o en otro
lugar con las letras DSA -que quería decir "De
SevillA"-, a juzgar por la claridad con que así lo exponen
los documentos, A veces, aunque no siempre, llevaban impreso las
iniciales o el nombre de su dueño, como registran los documentos
de compraventa (1):
"herrado en el rostro tiene un renglon que dice Gregorio
Serrano Villas cuyo era el esclabo vecino de la villa de Osuna...",
"herrado en los carrillos con un letrero que dice al mirantazgo
y en la frete yerro de la corona...",
"herrado en las cejas y la cara con dos letreros que dicen
ser de Sevilla..."
Pero ésta era un práctica más relacionada
con el castigo que con la norma general. Por ello se aplicaba más
a blancos, moros y moriscos, siempre propensos a la fuga que a los
negros. Todas estas señales las conservaban después
de ser vendidos en el mercado, pues en las declaraciones de fuga
el dueño recurre siempre a esta descripción, pese
a que en algunos casos se declara que ya apenas puede verse. Estas
señales constituían, pues, las señas de identidad
de un esclavo que lo marcaban para casi toda la vida, si lograban
sobrevivir; durante el trayecto marítimo muchos esclavos
fallecían y otros morían al llegar a Sevilla, incapaces
de adaptarse al clima y a las costumbres andaluzas.
Los esclavos, desde un punto de vista estrictamente mercantil,
constituían un bien más objeto de compraventa y, por
tanto, como todos los demás productos del mercado, tenían
un precio. El valor de un esclavo venía condicionado
por su sexo, edad, raza, color, y dependía del número
que existía en el mercado, de los beneficios que podía
producir y de la consideración que de él se tenía.
Un esclavo constituía un bien que como persona había
que mantener y vestir, lo que implicaba tener que invertir con él
cierto gasto y, por tanto posibilidades económicas por parte
de la persona que lo compraba.
En la definición del valor de un esclavo el comprador consideraba
de primera importancia la posesión de algunos requisitos
como gozar de buena salud, ser joven, no tener ningún defecto,
plena capacidad de servicio en suma. El vendedor suele detallar
los defectos físicos de los esclavos que vende:
"Un esclavo blanco de nacion berberisco... con una nube
pequeñita en el ojo derecho...",
"un varon siego de la vista corporal Miguel de hedad de
quince años...",
"un esclabo moro pequeño de cuerpo manco del dedo
y pulgar de la mano derecha...",
"una esclava amulatada berberisca hoyosa de biruelas..."
Muchos esclavos andaluces sufrían de enfermedades como la
tisis o la gota, o tenían defectos físicos como ser
cojo, tuerto o faltarle las orejas: "y no se la seguro de
enferma porque le suelen dar algunos dolores de cabeza...",
"declaro que la dicha esclaba esta enferma de una purgación
de riñones..." Estas deficiencias abarataban considerablemente
el precio de un esclavo.
Asimismo la conducta inmoral -borracho, ladrón, fugitivo,
prostituta- y el carácter violento del esclavo podía
disminuir el precio. "y le aseguro que la dicha esclaba
que de beber vino de cuya causa tiene yinflamasion en las narizes...",
"Sin vos lo asegurar de borracho ni ladron ni huydor ni
de sanidad alguna porque con todas y cualesquier tachas y defectos
y enfermedades publicas y secretas que tenga e parece aver tenido
os lo bendo..."
Si el vendedor intentara ocultar alguno de estos vicios ocultos,
asegurando que el esclavo es intachable, puede sucederle que tenga
que devolver el dinero al comprador y recoger, de nuevo, al esclavo,
como le sucedió en 1634 al vendedor Antonio García:
"por mandamiento de Pedro de Soria se chancelo la escritura
por ser el esclavo ladron y haberse huido por lo queal Francisco
López recive los mill y ochocientos reales y Antonio Garcia
el esclabo..."
Pero, a decir verdad, no sólo las minusvalías, vicios
o marcas son las que se indican en las escrituras de compraventa,
sino también las cualidades que los pueden hacer agradables
o deseables: "una esclava blanca cabello rubio de buen cuerpo
con un lunar en el carrillo derecho..."
A veces se llegaba a vender esclavos que habían huido o
se encontraban presos, con lo cual resultaban más baratos
para el comprador. También se llevan a cabo cambios o trueques
de un esclavo por otro o por algún animal.
A fines del siglo XV, el esclavo más cotizado y el
que alcanzaba mayor valoración en el mercado andaluz era
el berberisco (que es blanco), debido a su excepcional resistencia
física, a su gran capacidad de trabajo y a la posibilidad
de obtener por él un buen rescate; la hembra berberisca llegaba
a cotas tan altas o mayores que las del varón. El precio
de este esclavo oscilaba entre 12.000 y 15.000 maravedíes
y a veces llegaba incluso a superar los 20.000 maravedíes.
Los negros eran, en general, más baratos, ya que al ser más
numerosos, la oferta podía resultar en bastantes ocasiones
mayor que la demanda. Su precio oscilaba entre 8.000 y 12.000 maravedíes,
y por término medio podríamos situarlo en torno a
los 10.000. Casi nunca superó los 12.000 maravedíes.
También los "membrillos" (aludiendo a su
tono bronce) y los mulatos valen más que los negros, pero
las diferencias de precios entre todos estos grupos tampoco son
excesivas.
El precio del esclavo canario fue más o menos similar al
del negro, con tendencia acusada a la baja. El esclavo más
barato era el que procedía del Nuevo Mundo, que fue el
último en llegar al mercado. Fueron siempre pocos los indios,
eran débiles y, además, la legislación les
solía proteger más que al resto de sus compañeros
de infortunio.
Por regla general, el precio de las hembras tendía a
ser ligeramente superior al de los varones, especialmente aquellas
que se hallaban embarazadas y las que tenían entre once y
veinte años. El encarecimiento de las mujeres se debía
a su capacidad de procreación, a su mayor longevidad y a
que, generalmente, eran más obedientes y se daban menos a
la fuga que los varones. A ello había que añadir el
hecho de que en muchos casos se convertían en concubinas
del dueño, por lo que habría que suponer que su atractivo
sexual podría aumentar su valor, sobre todo para un comprador
que en el 70-80% de los casos era varón. Por otra parte hay
que subrayar, además, el carácter de servicio doméstico
que tuvo la esclavitud andaluza, lo que podía motivar, por
tanto, una mayor predilección por la hembra. En todo caso,
la esclava negra era más cara que el varón y más
barata que el berberisco.
Ya hemos visto que la mujer comprendida entre los once-quince y
los veinticinco años era la más apreciada en el mercado.
A partir de los treinta, su precio experimentaba una sensible disminución.
Por su parte, el varón más cotizado era aquel que
se hallaba entre los doce y los veintidos o veinticinco años.
El niño hasta los once años y el adulto desde los
treinta y cinco en adelante marcan un precio inferior a los demás.
Los valores más bajos corresponden a los deficientes,
a las criaturas de meses y a los ancianos de cincuenta y seis años
en adelante. Así pues, la preferencia del mercado por los
jóvenes es clara.
La frecuencia de la maternidad en la esclava constituía
una garantía para el dueño, que veía de esta
manera incrementado el número de sus esclavos. El embarazo,
aunque podía implicar una disminución en el trabajo
de la esclava, sin embargo traía como resultado un nuevo
ser, igualmente con capacidad de trabajo, un beneficio más
para el dueño. Claro que el riesgo de muerte por complicaciones
puerperales era alto; así, en Barcelona, llegaron a hacerse
seguros a las esclavas encinta (2). Con frecuencia
se adquirían esclavas con uno, dos e incluso tres hijos de
meses o de muy pocos años, y sin embargo, su precio de venta
no se alteraba mucho, a lo sumo tres ducados. Y no es extraño
teniendo en cuenta la altísima mortalidad infantil de la
época: invertir en un niño esclavo no tenía
ninguna garantía de futuro.
La mayoría de los niños esclavos eran ilegítimos;
las partidas de bautismo son sumamente minuciosas con esta cuestión
y recogían expresamente si el bautizado era hijo de legítimo
matrimonio, es decir, sacramentado, o no lo era. Ilegítimos
son el 90 por 100 de los niños esclavos bautizados en la
iglesia del Sagrario (la parroquia de la Catedral). Y nada hay de
extraño en esta altísima ilegitimidad, si tenemos
en cuenta que era práctica habitual el que muchos amos
de esclavos, tanto clérigos como seglares, tuvieran relaciones
sexuales con sus esclavas domésticas y sólo en
contadas ocasiones reconocían a sus hijos ilegítimos,
aunque sí se preocupaban de que el recién nacido recibiera
el bautismo correspondiente. En estos casos de amancebamiento de
amo y esclava, la Iglesia protegía a la esclava recomendando
su liberación o dándosela el obispo por sí
mismo (aunque no consta ningún caso de ello):
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"Si quando el señor solicita, e impone
necessidad a su esclava para que peque con él, consiga
libertad no consta expresamente del Derecho. Con todo esso
comunmente sienten los Dotores, que en tal caso puede ella
con buena conciencia huirse de su señor, i tratarse
como libre, o pedir ante la justicia que la venda."
"Perfeto Confessor i Cura de Almas
Machado de Chaves, 1641 (3)
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Pero no sólo es esto, otros datos apuntan hacia lo extendidas
que se encontraban estas relaciones y su imposibilidad de atajarlas;
de este modo, en 1609 se anula el acuerdo del Sínodo de 1604
en el que se excomulgaba a los amancebados con esclavas. Cinco años
bastaron para que la rigidez eclesiástica de la medida establecida
por el Cardenal Niño de Guevara cediera ante un fenómeno
tan habitual.
Otra causa de "ilegitimidad" era la dificultad de los
esclavos para casarse. El índice de uniones ilegítimas
entre esclavos es muy alto, las condiciones no favorecían
la formación de familias estables. La Iglesia considera válido
el matrimonio entre esclavos, aunque se celebre sin permiso del
señor. Y por lo que puede deducirse de los manuales de confesores,
muchos señores vendian a sus esclavos cuando éstos
iban a casarse; probablemente el matrimonio entre esclavos que pertenecen
a distintos dueños era fuente de problemas, que se evita
impidiendo la unión.
La primera mitad del siglo XVII es el último periodo relevante
del mercado esclavista sevillano y, al mismo tiempo, es el inicio
de un declive sin límites.
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Para saber más... |
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"El mercado de esclavos en la Sevilla de la primera mitad
del siglo XVII", María del Rosario Santos Cabota;
colaboración en "La antigua hermandad de los negros
de Sevilla", Isidoro Moreno |
"La esclavitud en Sevilla y su tierra a fines de la Edad
Media", Alfonso Franco Silva; Diputacion Provincial de
Sevilla 1979 |
"El 'Tablero de ajedrez' sevillano: bautizos y matrimonios
de esclavos", Juan Manuel de Cires Ordóñez
y Pedro E. García Ballesteros; colaboración en
"La antigua hermandad de los negros de Sevilla", Isidoro
Moreno |
Notas: [Volver
al punto de lectura]
(1) Citas recogidas por Santos Cabota, en obra citada,
pp. 504 ss
(2) Veáse "Los seguros de vida de esclavos en Barcelona
(1453–1523) Documentos para su estudio", José
María Madurell Marimón; Publicaciones del Instituto
nacional de estudios juridícos, Madrid, 1955.
(3) "Perfeto confessor, i cura de almas: asunto singular, en
el qual..., se reduzen à principios universales... de ambos
Derechos, Civil, i Canonico, todas las materias pertenecientes al
Teologo Moral..." / por el doctor Iuan Machado de Chaues /Barcelona,
1641
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