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Una ciudad en constante crecimiento por el comercio de Indias, demográfica
y económicamente, donde la inmigración y la emigración
era diaria, donde los truhanes campeaban con su propia organización,
donde cada cual intentaba hacer su negocio, era una ciudad dada al
descontrol. Ya en la época medieval un desconocido había
escrito en el muro de la Puerta del Osario el siguiente rótulo:
"Esta es la ciudad del desorden y del mal gobierno"
(está claro que los graffitis no son de ahora).
La situación empeoró notablemente a lo largo del siglo
XVI y Felipe II recibió frecuentes quejas de los sevillanos
sobre la mala administración de la ciudad y la impartición
de la justicia. La importancia que Sevilla adquirió en el contexto
de la Monarquía, acentuó el interés de los reyes
por controlar sus instituciones, pues de su buen funcionamiento podía
depender el sostenimiento de la política imperial.
Veamos algunas de las más importantes instituciones sevillanas
del siglo XVI.
El Ayuntamiento de Sevilla en el siglo
XVI
Los ayuntamientos castellanos sufren una importante transformación
durante la época de los Reyes Católicos. La política
de Fernando e Isabel con respecto a la organización municipal
se enmarca en su programa general de control y clarificación
de las funciones de los organismos de gobierno. A ello responde la
revitalización de la figura del Corregidor, que se convierte
en el representante de la Corona en cada municipio, y la labor de
recopilación de toda la legislación correspondiente
a cada una de estas instituciones locales.
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En Sevilla, en 1502 se inició la labor de recopilación
de todas las leyes, ordenanzas y disposiciones, que
se habían ido promulgando a lo largo de los años, desde
la Reconquista. Una vez recogidas, fueron publicadas por el
Cabildo en 1527, fecha importante que marca el tránsito
del Ayuntamiento medieval al moderno. Estas Ordenanzas establecen
una precisa reglamentación del gobierno ciudadano, y recogen
con minuciosidad las disposiciones que regulan las funciones de los
distintos cargos que integraban la institución municipal.
El cargo más importante del Cabildo secular sevillano era
el de Asistente, que no podía ser vecino de
Sevilla. Su función, además de presidir las reuniones
de los integrantes de la institución, era la de vigilar, en
nombre del Rey, el modo en que se administraba y se impartía
la justicia en la ciudad. Su nombramiento lo hacía directamente
el Rey, quien escogía siempre a personas de la nobleza. El
Asistente llegó a acumular un enorme poder e influencia, pues
además de estar bien retribuido el oficio (más de medio
millón de maravedís) era la persona que más mandaba
en la ciudad.
Por debajo del Asistente estaba el Alguacil Mayor,
cargo que también el Rey designaba directamente. Desde 1556
tampoco esta persona podía ser vecina de Sevilla. Su función
tenía un carácter ejecutivo, pues era el encargado de
llevar a la práctica los acuerdos tomados por el Cabildo, para
lo que tenía la facultad de nombrar a "veinte alguaciles
de a caballo", representantes de cada collación o parroquia,
y de origen pechero. A él estaba encomendada la custodia de
las llaves y del pendón de la ciudad.
A continuación estaban los cuatro Alcaldes Mayores
(8 a finales del siglo XVI), que desempeñaban funciones judiciales
y administrativas. Eran nombrados por la Corona y habían de
ser letrados. Juanto a ellos había cinco Alcaldes Ordinarios,
que entendían de los pleitos civiles.
Los regidores tomaban el nombre de "caballeros veinticuatro",
porque ese había sido su primitivo número. Sin embargo,
en el siglo XVI alteraron su composición en varias ocasiones,
sin por ello cambiar su denominación. Todos ellos gozaban de
grandes prerrogativas y sus funciones eran muy amplias y variadas,
desde la fiscalización de los tributos hasta la inspección
de los mercados o las visitas a la cárcel. Tenían la
obligación de asistir a las reuniones del Cabildo y eran multados
cuando faltaban sin la debida justificación. Para ocupar uno
de estos cargos se requería ser hidalgo.
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También formaban parte del Cabildo los jurados,
que eran elegidos por cada collación. Sus competencias eran
muy parecidas a las de los veinticuatro y, aunque en principio debían
asumir la representación del pueblo, estos oficios terminaron
siendo también monopolizados por personas de origen nobiliario.
Entre sus obligaciones tradicionales estaba la de cuidad que las puertas
de la ciudad se cerrasen por la noche y se abriesen al alba. Su número
aumentó a los largo del siglo XvI y llegaron a ser cincuenta
y seis a finales de la centura. De entre ellos se designaban al Alcaide
los Reales Alcázares y al Alcalde de la Hermandad, organización
que consistía en una especie de policía rural que fue
creada en tiempos de los Reyes Católicos.
Otros cargos dentro del Ayuntamiento eran los de los dos Mayordomos,
funcionarios puramente administrativos, los seis Fieles Ejecutores,
encargados del cumplimiento de los acuerdos y, por último,
una legión de funcionarios de inferior categoría, que
vegetaban al amparo de la desbordante burocracia que invadió
también la administración municipal. Recordemos que
los procuradores que representaban al Reino de Sevilla en las Cortes
Castellanas salían de este Cabildo y solían ser un veinticuatro
y un jurado.
Todos estos cargos del Ayuntamiento eran muy preciados; los agobios
económicos de la Corona determinaron la implantación
de un sistema de venta de los mismos, que se generalizó durante
el siglo XVII. Las Alcaldías Mayores alcanzaron un precio de
venta de 16.000 ducados cada una, las veinticuatrías 8.500
y las juraderías, 2.500.
La desmedida aspiración a alcanzar a algunos de estos oficios,
por el prestigio y la influencia que proporcionaban, y la seguridad
de la inversión para los que querían obtener rentas
de su capital, provocó la hipertrofia del Ayuntamiento, que
aumentó exageradamente el número de sus componentes.
El Ayuntamiento recibía sus ingresos de los propios y rentas
que poseía de las tierras de su jurisdicción, y de los
diferentes tipos de tributos existentes, sobre los barcos que cargaban
en la ciudad, sobre las ventas de diversos productos, etc. Se calcula
que la Hacienda municipal ingresaba anualmente en sus arcas alrededor
de millón y medio de ducados.
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