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De cómo se gobernaba la ciudad

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escudo
Escudo de Sevilla en un impreso de 1626, de la Biblioteca de la Universidad de Sevilla

Una ciudad en constante crecimiento por el comercio de Indias, demográfica y económicamente, donde la inmigración y la emigración era diaria, donde los truhanes campeaban con su propia organización, donde cada cual intentaba hacer su negocio, era una ciudad dada al descontrol. Ya en la época medieval un desconocido había escrito en el muro de la Puerta del Osario el siguiente rótulo: "Esta es la ciudad del desorden y del mal gobierno" (está claro que los graffitis no son de ahora).

La situación empeoró notablemente a lo largo del siglo XVI y Felipe II recibió frecuentes quejas de los sevillanos sobre la mala administración de la ciudad y la impartición de la justicia. La importancia que Sevilla adquirió en el contexto de la Monarquía, acentuó el interés de los reyes por controlar sus instituciones, pues de su buen funcionamiento podía depender el sostenimiento de la política imperial.

Veamos algunas de las más importantes instituciones sevillanas del siglo XVI.

El Ayuntamiento de Sevilla en el siglo XVI

Los ayuntamientos castellanos sufren una importante transformación durante la época de los Reyes Católicos. La política de Fernando e Isabel con respecto a la organización municipal se enmarca en su programa general de control y clarificación de las funciones de los organismos de gobierno. A ello responde la revitalización de la figura del Corregidor, que se convierte en el representante de la Corona en cada municipio, y la labor de recopilación de toda la legislación correspondiente a cada una de estas instituciones locales.

libro ordenanzas
Libro de Ordenanzas municipales de Sevilla

En Sevilla, en 1502 se inició la labor de recopilación de todas las leyes, ordenanzas y disposiciones, que se habían ido promulgando a lo largo de los años, desde la Reconquista. Una vez recogidas, fueron publicadas por el Cabildo en 1527, fecha importante que marca el tránsito del Ayuntamiento medieval al moderno. Estas Ordenanzas establecen una precisa reglamentación del gobierno ciudadano, y recogen con minuciosidad las disposiciones que regulan las funciones de los distintos cargos que integraban la institución municipal.

El cargo más importante del Cabildo secular sevillano era el de Asistente, que no podía ser vecino de Sevilla. Su función, además de presidir las reuniones de los integrantes de la institución, era la de vigilar, en nombre del Rey, el modo en que se administraba y se impartía la justicia en la ciudad. Su nombramiento lo hacía directamente el Rey, quien escogía siempre a personas de la nobleza. El Asistente llegó a acumular un enorme poder e influencia, pues además de estar bien retribuido el oficio (más de medio millón de maravedís) era la persona que más mandaba en la ciudad.

Por debajo del Asistente estaba el Alguacil Mayor, cargo que también el Rey designaba directamente. Desde 1556 tampoco esta persona podía ser vecina de Sevilla. Su función tenía un carácter ejecutivo, pues era el encargado de llevar a la práctica los acuerdos tomados por el Cabildo, para lo que tenía la facultad de nombrar a "veinte alguaciles de a caballo", representantes de cada collación o parroquia, y de origen pechero. A él estaba encomendada la custodia de las llaves y del pendón de la ciudad.

A continuación estaban los cuatro Alcaldes Mayores (8 a finales del siglo XVI), que desempeñaban funciones judiciales y administrativas. Eran nombrados por la Corona y habían de ser letrados. Juanto a ellos había cinco Alcaldes Ordinarios, que entendían de los pleitos civiles.

Los regidores tomaban el nombre de "caballeros veinticuatro", porque ese había sido su primitivo número. Sin embargo, en el siglo XVI alteraron su composición en varias ocasiones, sin por ello cambiar su denominación. Todos ellos gozaban de grandes prerrogativas y sus funciones eran muy amplias y variadas, desde la fiscalización de los tributos hasta la inspección de los mercados o las visitas a la cárcel. Tenían la obligación de asistir a las reuniones del Cabildo y eran multados cuando faltaban sin la debida justificación. Para ocupar uno de estos cargos se requería ser hidalgo.

 

grabado ayuntamiento
Ayuntamiento de Sevilla

También formaban parte del Cabildo los jurados, que eran elegidos por cada collación. Sus competencias eran muy parecidas a las de los veinticuatro y, aunque en principio debían asumir la representación del pueblo, estos oficios terminaron siendo también monopolizados por personas de origen nobiliario. Entre sus obligaciones tradicionales estaba la de cuidad que las puertas de la ciudad se cerrasen por la noche y se abriesen al alba. Su número aumentó a los largo del siglo XvI y llegaron a ser cincuenta y seis a finales de la centura. De entre ellos se designaban al Alcaide los Reales Alcázares y al Alcalde de la Hermandad, organización que consistía en una especie de policía rural que fue creada en tiempos de los Reyes Católicos.

Otros cargos dentro del Ayuntamiento eran los de los dos Mayordomos, funcionarios puramente administrativos, los seis Fieles Ejecutores, encargados del cumplimiento de los acuerdos y, por último, una legión de funcionarios de inferior categoría, que vegetaban al amparo de la desbordante burocracia que invadió también la administración municipal. Recordemos que los procuradores que representaban al Reino de Sevilla en las Cortes Castellanas salían de este Cabildo y solían ser un veinticuatro y un jurado.

Todos estos cargos del Ayuntamiento eran muy preciados; los agobios económicos de la Corona determinaron la implantación de un sistema de venta de los mismos, que se generalizó durante el siglo XVII. Las Alcaldías Mayores alcanzaron un precio de venta de 16.000 ducados cada una, las veinticuatrías 8.500 y las juraderías, 2.500.

La desmedida aspiración a alcanzar a algunos de estos oficios, por el prestigio y la influencia que proporcionaban, y la seguridad de la inversión para los que querían obtener rentas de su capital, provocó la hipertrofia del Ayuntamiento, que aumentó exageradamente el número de sus componentes.

El Ayuntamiento recibía sus ingresos de los propios y rentas que poseía de las tierras de su jurisdicción, y de los diferentes tipos de tributos existentes, sobre los barcos que cargaban en la ciudad, sobre las ventas de diversos productos, etc. Se calcula que la Hacienda municipal ingresaba anualmente en sus arcas alrededor de millón y medio de ducados.

 

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