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Judeoconversos en la Sevilla del siglo XVI

calle juderia
El callejón llamado Judería, en Sevilla, en la que fuera aljama judía, en las cercanías del Alcázar
Dominguez Ortiz, a quien se deben importantes estudios sobre este grupo, sostiene que el judeoconverso constituyó en Sevilla un sector mucho más menospreciado que el de los moriscos, aunque aquél no descendió a las tareas de éste.

Al capitular la ciudad musulmana en 1248 no había judíos en Sevilla, pero pronto acudieron de otras partes, en especial de Toledo, como reflujo de los que en el siglo anterior habían huido del Betis al Tajo, y algunos de los más poderosos recibieron bienes raíces en el Repartimiento de la ciudad. Por sus actividades económicas y el ardor de algunos clérigos exaltados, los judíos nunca fueron bien vistos en la capital. En 1354 y 1391 se habían producidos asaltos y saqueo de la aljama sevillana. En 1483 se procedió a la expulsión general de judíos andaluces que no se bautizasen; nueve años más tarde (1492) se les desterró también de los lugares y villas castellanos donde se habían refugiado, junto a los demás judíos del reino. Pero veamos cuáles son las causas y cómo fue la vida de estos nuevos cristianos en la Sevilla del Quinientos.

En 1545, por la imprenta de J. Cromberger, se dio a conocer la primera edición de la obra "Comienza el tratado que se dice Alborayque el qual trata de las condiciones y malas propiedades que tienen los conversos judayzantes". El título es muy expresivo; no sabemos si recoge un estado de ánimo u opinión general ni la difusión que tuvo, pero su publicación demuestra un ambiente favorable a su contenido. El Libro del Alboraique, que circuló profusamente en copias manuscritas (una se hizo en Sevilla el 15 de diciembre de 1489) e impresas -como la aparecida recientemente en Barcarrota (5)-, hizo una disección despiadada del converso, tachándola de hipócrita, pseudoprofeta, cruel, inhumano, engañador, traicionero, pomposo, soberbio y mil cosas más, hasta lanzar la acusación de que "la sodomía es venida de los judíos", el pecado por excelencia, la degeneración personificada. El autor -quizás él mismo un cristiano nuevo- se atrevió a más, sosteniendo que entre los conversos de Castilla apenas se encontraría un hereje, mientras que "en el reino de Toledo, Murcia, Andalucía y Estremadura apenas hallaredes de ellos christianos fieles".

Era una falsa doctrina que podría haber suscrito Torquemada y que hubo de ser muy común en aquel tiempo, pues el mismo rechazo a la sospechosa fe del hombre meridional rezuma el "Tratado contra la carta del protonotario" del canónigo toledano Alonso Ortiz: "No es de maravillar que sin razón e discreción el pueblo blasfeme, viendo la multitud tan grande de los malos en el Andalucia". Y encima este gatuperio se arropaba en el caso del Libro del alboraique con negras pesadillas apocalípticas, que auguraban un próximo fin del mundo y, como aperitivo, una nueva destrucción de España a causa de los pecados de sus habitantes (es decir, de los conversos).

Más aún. El cardenal D. Pedro González de Mendoza, arzobispo de Sevilla (1474-1482) escribió a los reyes diciéndoles que los cristianos nuevos ni eran cristianos ni eran judios, sino "ereges e sin ley", luego, como herejes, bien merecían un castigo ejemplar. El famoso Cura de los Palacios, Andres Bernal o Bernáldez, resumió a la perfección los reproches que se le hacían:

"Nunca dexaron el comer a costunbre judaica de majarejos e olletas de adefinas e manjarejos de cebollas e ajos refritos con aceite; e la carne guisavan con aceite, e lo echavan en lugar de tocino e de grosura, por escusar el tocino. E el aceite con la carne e cosas que guisan hace oler muy mal el resuello, e así sus casas e puertas hedían muy mal a aquellos manjarejos; e ellos esomismo tenían el olor de los judíos, por causa de los manjares e de no ser baptizados... No comían puerco sino en lugar forçoso; comían carne en las cuaresmas e vigilias e quatro ténporas en secreto. Guardavan las pascuas e sabados como mejor podian; enbiavan aceite a las sinagogas para las lámparas. Tenían judios que les predicasen en sus casas de secreto, especialmente a las mugeres. Tenian judios rabies que les degollavan las reses e aves para sus negocios; comian pan cenceño al tienpo de los judios, carnes tajales, haciendo todas las ceremonias judaicas de secreto, en cuanto podian, así los honbres como las mugeres." (7)

La odiosidad del judaizante se acrecentó al trazar los escritores cortesanos un cuadro repulsivo de las costumbres de los hebreos, a los que para atraer inquina acumulada sobre sí ya les bastaba con ser publicanos y usureros, sin contar con los horrendos crímenes rituales que se les achacaban. Lucio Marineo Sículo, cronista del Emperador Carlos V y un antisemita furibundo, se regodeó al contar varias veces una anécdota que encarecía la asquerosidad repugnante, la turpitudo Iudaeorum: ¿qué se podía esperar de unos hombres a los que en el sábado, el día de descanso total, el único acto que les estaba permitido hacer era limpiarse el trasero con el dedo (6).

El judeoconverso fue mercader, prestamista, cambiador, banquero, médico, boticario...; jamás lo encontramos consagrado a faenas bajas o labores del campo. Se ha dicho que el judío jamás ha colocado una piedra sobre otra; no ha dejado un sólo cacharro, jarrón o cántaro hecho con sus manos, quizás una exageración pero que nos habla de sus actividades habituales. Sobre los oficios de los judios sevillanos, a primeros del XVI, nos cuenta Andrés Bernáldez, el famoso cura de Los Palacios:

"Todos eran mercaderes e vendedores e arrendadores de alcabalas e rentas de achaques e fazedores de señores, e oficiales tondidores, sastres, çapateros, e cortidores, e çurradores, texedores, especieros, bohoneros, sederos, herreros, plateros e de otros semejantes oficios; que nenguno rompia la tierra ni era labrador ni carpintero ni albañi, sino todos buscavan oficios holgados e de modos de ganar con poco trabajo"

"Nunca quisieron tomar oficios de arar ni cavar, ni andar por los campos criando ganados, ni lo señavan a sus fijos, salvo oficios de poblado e de estar asentados, ganando de comer con poco trabajo"

Lo dicho por Bernáldez, se confirma con un padrón de habilitados de 1494. De él se desprende que el corte y confección de vestidos fue uno de sus menesteres tradicionales (1), aparte del más genérico de "sastres". El tratamiento del cuero y su comercialización estuvieron casi por completo en sus manos (2). Otro oficio en el que descolló la diligencia conversa fue la platería (3). No pocos se dedicaron al comercio, especialmente a la venta y exportación de los productos de la tierra (4). Su conocimiento de las plantas y de las "drogas" los hizo perfumeros, especieros y boticarios. También destacaron como barberos, cirujanos y "físicos" o médicos. Su destreza con la pluma los convirtió en escribanos y en "maestros de enseñar mozos". Por su habilidad contable entraron al servicio del rey o de los nobles como secretarios, mayordomos, receptores, recaudadores y contadores. Es lógico que brillaran asimismo como cambiadores y arrendadores. También lograron ocupar muchos cargos municipales como almojarifes, alguaciles, fieles ejecutores, jurados, sotajurados y veinticuatros. A su cargo tuvieron las "guardas" en general.

Pese a que la judería hispalense había sido arrasada a finales del siglo XIV, los judíos, persistían como conversos (marranos o cristianos nuevos, españoles o procedentes de Portugal). En una ciudad abigarrada, heterogénea, variopinta y de gran movilidad les fue fácil enquistarse, diluirse, medrar y lograr puestos nada despreciables. El resto de la población, si conocía su origen, debería albergar hacia ellos antiguos recelos y envidias. Recelos porque los consideraba hipócritas, falsamente convertidos; envidia, porque no los veía ejercer oficios rurales y sí en "oficios de poblados", en cargos públicos y con excelentes haciendas.

banquero
Las actividades financieras siempre fueron las favoritas de los judios y conversos ("El banquero y su esposa", de Marinus Van Reymerswaele, 1539;Museo del Prado)

Muchos y muy bien relacionados fueron y estuvieron los judaizantes de Sevilla. Pese a las presiones de la Inquisición, disfrutaban de buenos puestos concejiles y hasta de la protección de algunos nobles como el Duque de Medina Sidonia. La aristocracia intentó prestar apoyo a sus criados, contadores y mayordomos en los momentos de supremo apuro, ofreciéndoles acogida en sus señoríos, como si la Inquisición sólo valiera en las tierras realengas. Desgraciadamente, el brazo del Santo Oficio era demasiado largo.

Claro que, alcanzar ciertos cargos no era muy difícil, cuando el Estado arbitró las composiciones y sacaba los oficios a pública subasta; ellos, con sus capitales, podían hacer frente a las peticiones del soberano y comprar los empleos, y hasta sortear a los molestos estatutos de limpieza de sangre sobornando testigos falsos y cambiando apellidos. O para adquirir licencias y pasar al Nuevo Mundo, zona que les estaba prohibida, pero que también una composición les abrió en 1511. Este pase a ultramar se les facilitó más adelante, a raíz de la unión de las dos coronas ibéricas (España y Portugal), pues en este lapso, los conversos lusitanos sobre todo, aprovecharon la ocasión para entrar en Brasil, Río de la Plata y Perú.

Conversos ricos figuran al lado de mercaderes italianos, colaborando o rivalizando, en productivos negocios del comercio y del préstamo-banco. A veces la colaboración concluía en enlaces matrimoniales, como aconteció con los padres de Mateo Alemán del Nero. El monto de sus fortunas y el caudal de sus negocios, así como su medro dentro de la vida política, les iba a acarrear disgustos.

A partir de 1508 fue cuando Fernando el Católico propuso a los descendientes de personas condenadas o reconciliadas por la Inquisición las citadas "composiciones". En virtud de ellas, la Corona hacía un cómodo negocio con los cristianos nuevos, que entregaban unas cantidades y veían paliadas o anuladas una serie de medidas dadas contra ellos. En concreto, en ésta debían pagar 20.000 ducados de oro a cambio de poder recuperar los herederos de los penitenciados en el Arzobispo de Sevilla y Obispo de Huelva (zona del de Medina Sidonia), los bienes confiscados a sus antepasados. Es de suponer que muchos los habían recobrado ya, y que el soberano no hacía otra cosa que reconocer unos hechos consumados. Es también digno de notar que en el negocio tuvieron parte cristianos nuevos, los cuales se prestaban a extorsionar a sus correligionarios. Una nueva composición (1511), incorporaba a las ventajas de 1508, la posibilidad de viajar a las Indias durante dos años para negociar, y la casi rehabilitación social. Claro que ahora se les pedía 80.000 ducados, a pagar en plazos como la vez anterior.

Dejando de lado los obstáculos que había que salvar antes de lograr lo concedido- lentitud burocrática, celo de la Inquisición, etc.- lo importante radica en que la composición de 1511 corrobora algo dicho: que los judíos sevillanos ocupaban puestos públicos y habían solicitado del rey que se legalizara su situación. Asimismo, los padrones confeccionados a raíz de esta "merced" permiten atisbar un grupo de conversos sevillanos, con apellidos conocidos: Alcázar, Alemán, Baena, Bernal, Cazalla, Franco, Las Casas, Roelas, Luque, Morcillo, Ortiz, Palma, Santaella, Sisbón, etc. Notables por sus apellidos, puestos y hasta número.

Conviene recordar dos cosas en este momento: que en 1480 hubo una intentona de conspiración o sublevación y que en 1482 se habían expulsado parcialmente a los judíos de Sevilla, los cuales eran los más numerosos y poderosos del país. Muchos de los perseguidos se refugiaron en tierras de nobles -duque de Medina Sidonia-, en tanto que otros que continuaron en la ciudad se vieron igualmente amparados por notables personajes.

retrato
retrato de un judío, de Rembrandt, 1652 (Museo del Hermitage. San Petersburgo. Rusia.)

Que todo esto es así lo demuestra la sublevación de 1520, vinculada al movimiento de las Comunidades, pero de opuesto carácter. Porque si tras el fenómeno de judíos conversos instigando, subvencionando y participando en ellas, en el movimiento sevillano los nuevos cristianos son uno de los blancos u objetivos de los amotinados. En el suceso figuran conversos y familiares como Francisco de Alcázar, Gonzalo Suárez, etc. Los ricos comerciantes de la calle Génova, que formaron una compañía para defenderse de los alzados, bien pudieran ser todos conversos -algunos sí que constan- sabedores de que el saqueo de sus casas y negocios fue uno de los objetivos que los amotinados se propusieron, junto con la expulsión de los judaizantes enquistados en el Cabildo con el apoyo de la casa de Niebla y Medina Sidonia. Conversos eran el Veinticuatro Francisco del Alcázar y Alonso Gutiérrez de Madrid, los jurados Antón Bernal y Juan de Torres; conversos lo eran también diversos empleados administrativos de la casa de Medina Sidonia. Francisco de Alcázar, tesorero de Sevilla y señor de la Palma, hombre que gozaba del apoyo de la casa ducal citada, polarizaba el odio de todos los "pobres caballeros" fastidiados por su encumbramiento y poderío, según confiesa el anónimo autor-testigo de "El discurso de la Comunidad de Sevilla".

La calidad de los judaizantes o conversos sevillanos o del reino de Sevilla, se aprecia al repasar la nómina de intelectuales tachados como de tales. Con ascendencia conversa se citan al filósofo Sebastián Fox Morcillo, al lingüista Arias Montano, al novelista Mateo Alemán, al clérigo Bartolomé de las Casas, al poeta Baltasar de Alcázar, al fundador de la Universidad hispalense Rodrigo Fernández de Santaella, y a algún que otro cardenal-arzobispo. Son simples botones de muestra de un grupo que supo infiltrarse en las altas esferas donde dominaba el capital, la política, la cultura o la religión, pese a los estatutos de limpieza de sangre (el Cabildo catedral lo impone en 1515 y la Universidad en 1537). Grupo que, al revés que el morisco, disminuyó biológicamente. No sufrió continuas cortapisas como aquéllos, ni la expulsión final, pero sí el repudio ante posible sangre herética.

Contra este cerco espiritual se debatió el dramaturgo Mateo Alemán, que cambió de apellidos, sobornó a testigos y acabó yéndose a México rezumando rencor en su Guzmán de Alfarache. Es este un patético ejemplo; pero la verdad es que los judaizantes no debieran estar entre los grupos inasimilables, ya que si bien es cierto que muchos mantuvieron en secreto sus antigüas creencias, otros hicieron lo imposible por arrancarse cualquier vestigio que delatara su condición o la de sus antepasados.

Notas:

(1) tejedores: tejedores de sedas, de terciopelos, de paños. Orilleros, los que tejían las "orillas" o pasamanos del vestido. Bancaleros o tejedores de bancales, los paños que se ponían sobre los bancos. Tundidores; remendones; toqueros o fabricantes de tocas; tejilleros (fabricantes de "tejillos" o ceñidores); boneteros; jubeteros; calceteros o fabricantes de calzas; sombrereros; agujeteros, es decir, los que hacían "agujetas" o cintas; los cordoneros y los colcheros. Al comercio de las telas se dedicaron los traperos; los sederos, gremio en el que se incluyen los "maestros de seda" y "torcedores de seda", los lenceros, los fustaneros, los "roperos" y los aljabibes o ropavejeros. También fueron buenos "tintores" y "tintoreros" [Volver al punto de lectura]

(2) Zurradores y curtidores; zapateros, borceguineros, chicarreros (siempre "chiquerreros" en las escrituras) o fabricantes de calzado para niños; chapineros o fabricantes de calzado para mujeres; servilleros o fabricantes de zapatillas; guadamecileros que repujaban el cuero; silleros y albarderos o frabricantes de albardas. [Volver al punto de lectura]

(3) Su conocimiento de los metales preciosos los convirtió en "afinadores" y "ensayadores", por lo que supieron hacerse imprescindibles en la Casa de la Moneda. Además de lucirse en calidad de plateros y "batihojas", entendieron de piedras preciosas como joyeros y lapidarios. También sobresalieron en otras técnicas: fueron esmaltadores, herreros, cerrajeros, arqueros o fabricantes de aros para las dovelas, espaderos, armeros, hebilleros, candeleros y latoneros. Otros fueron torneros, malleros o fabricantes de mallas, esparteros, alfombreros y olleros. [Volver al punto de lectura]

(4) Aceiteros, tratantes en aceite y sacadores de aceite; vinateros, mesoneros de vino y taberneros, carniceros y menuderos. Hubo muchos "corredores" en general y más en concreto "corredores de lonja", "corredores de bestias", de caballos, de pescado y de zumaque, empleado en las curtidurias. [Volver al punto de lectura]

(5) La Biblioteca de Barcarrota es una pequeña colección de libros -diez impresos y un manuscrito del siglo XVI- encontrada recientemente al hacer una obra, escondidos tras una pared de una casa en el municipio extremeño de Barcarrota (Badajoz). Entre ellos un ejemplar desconocido del Lazarillo de Tormes. Sobre esta colección, puede informarse en una web de la Universidad de Extremadura: http://www.unex.es/ubex/n14/sumar.htm [Volver al punto de lectura]

(6) De rebus Hispaniae memorabilibus, XIX 21. Repitió la observación en Carmina II, 2 69-70: "Sunt quibus assistit furtim qui Sabbata servat / et pronus digito qui sibi purgat anum" (A algunos les sirve a hurtadillas quien guarda el sábado y se limpia agachándose el culo con el dedo). Cita recogida y traducida por el profesor Juan Gil en op.cit. pág. 81 [Volver al punto de lectura]

(7) Sobre la alimentación judía, vea en esta web. [Volver al punto de lectura]

Para saber más...
"La ciudad del Quinientos"; Francisco Morales Padrón; Sevilla, 1977
"Los conversos y la Inquisición sevillana"; Juan Gil; Universidad de Sevilla-Fundación El Monte, 2000
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