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Las estrechas calles sevillanas estaban mal pavimentadas
o ni siquiera lo estaban. La existencia de una red de caños
de desagüe dependía más de la voluntad privada que
de la racionalidad pública. Era proverbial el desorden en la
red de alcantarillado. Los caños que desaguaban a la vía
pública desde las viviendas causaban lodos y malos olores, como
observaba una autoridad municipal en 1563, que denunciaba cómo
el agua que salía de la cárcel real y de la audiencia
de Grados y del patín del cabildo provocaba una acumulación
de lodo en la plaza de San Francisco y en las calles adyacentes.
El mal era general a toda la ciudad. En 1580 el propio ayuntamiento
reconocía que había muchos caños que desembocaban
a las calles reales por cuya causa estaba "la
ciudad muy sucia y con muy mal olor, de que resulta daño a
la salud".
No era exagerada la conclusión. El mal olor era dueño
de la ciudad y se asociaba con enfermedad y muerte sin que se supiera
a ciencia cierta la relación causa-efecto entre ellos.
El
mal olor que se respiraba era el resultado de un complejo de factores
entre los que se hallaban esa deficiencia viaria, la carencia de
un servicio permanente de limpieza pública municipal y la
ausencia de una cultura de la higiene privada y pública, aunque
la paradoja fuese que los vecinos protestaban por la suciedad, siendo
sus causantes. Ellos arrojaban la basura de sus casas en los callejones,
en las plazas, junto a las murallas, en la ronda o extramuros; ellos
tiraban las aguas sucias a mitad de calle y era raro que contribuyesen
individualmente a su limpieza y decoro. Ellos fueron los acusados
en 1581 por los curas de la parroquia de San Isidro de echar inmundicias
reiteradamente junto a la puerta mayor de la iglesia.
De la conducta incívica de los vecinos se quejó el
propio municipio en repetidas ocasiones. En junio de 1590 el jurado
Andrés Núñez alertaba a la ciudad de que en
el sitio de la puerta de Triana,
"en el muladar que está junto
a las casas de Colón (1)
se ha echado tanta inmundicia de parte de fuera que no se puede pasar
por allí y asimismo junto al Río, donde se hizo un
cementerio en la peste pasada, hay otro muladar (2) y junto a la
puente nueva hay otro mayor y detrás de las casas que estaban
junto a la puerta de Triana se ha formado otro todavía mayor
que éste
y todos se han hecho de tres años a esta parte y estos y otros
muchos que hay están en lo mejor de Sevilla que es junto al
Río y a las casas, donde por su mal olor pueden hacer mucho
daño".
Las quejas contra lo que no era más que un grave síntoma
y prueba de desobediencia civil se repitieron durante los siguientes
diez años. En 1593 y en 1597 al observarse que en muchas calles
de las más principales, que solían estar limpias aun
con mucho trabajo, se iban haciendo muladares o estercoleros, la
ciudad se lamentaba amargamente porque, como se sabía que
ella pagaba la limpieza de las calles con el dinero de sus propios
ingresos, no de lo procedente de los impuestos, "todos
los vecinos echan la inmundicia de sus casas en las calles". En 1598 era
el teniente de Asistente el que retrataba abochornado el aspecto
de muladar que ofrecía la ciudad:
"Es caso vergonzoso
verla cuan perdida está con inmundicia y montones de basura
que hay por todas las plazas y calles".
La suciedad no caracterizaba a unos barrios y a otros los eximía.
Todos sufrían las basuras y los malos olores. Todos los veían,
las pisaban o las salvaban. Los de la periferia y los del centro.
Y todos se quejaban hipócritamente. La respuesta político-institucional
a este mal fue la de publicar unas ordenanzas que nunca se cumplían
y la de establecer unas penas y sanciones que nunca se ejecutaban.
A partir de 1566 se intentó crear un servicio público
de limpieza, cuya organización dependía en el interioir
de unos fieles ejecutores y para las afueras de las murallas de unos
funcionarios denominados guardas de las
inmundicias,
pero la experiencia resultó fallida.
Los habitantes de la
ciudad y las instituciones, como hospitales y conventos, tenían
la obligación de llevar la basura y el estiércol a
los muladares de las afueras que estaban señalizados con postes
de madera, y aunque apenas se cumplían estas normas, también
habia excepciones, pues se sabe que, al menos a partir de 1590, el
hospital de Santa Marta, cuya propiedad y administración dependía
de los canónigos, sacaba la basura al campo en un carro y
por ello pagaba cuatro reales y solía también costear
la limpieza de la plazuela del mismo nombre. Unos años antes,
en 1581, la fábrica de la parroquia de San Isidro limpiaba
a su costa las inmundicias que sus parroquianos arrojaban a sus mismas
puertas. No obstante, los lugares próximos a los caminos y
a las puertas de acceso al interior, la del Arenal, la Real, la de
la Carne, la de Triana, pasaron por ser los lugares más sucios
y abandonados de la ciudad.
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El mal olor que se respiraba en la Sevilla de los Austrias procedía
de la suciedad de las calles, de los estercoleros públicos,
de los desperdicios privados, de la ineficacia de las cañerías.
Pero también de los residuos industriales. En 1561 se denunciaba
por parte de un jurado que todo el espacio desde la puerta de Espantaperros
hasta la puerta de la Carne estaba lleno de basuras arrojadas por
los curtidores hasta el extremo de impedir el paso de caballerías
y personas; y dos años después, en 1563, el disputado
municipal de la carne reconocía que las casas que se levantaban
a las espaldas de la Carnicería, propiedad de la ciudad, estaban
muy sucias de los desperdicios y que el hedor era insufrible.
De
las pescaderías no se podía esperar otra cosa. Por
ser un alimento perecedero, especialmente en verano, el pescado llegaba
a veces podrido antes de su venta, y el del río limpio y fresco
que no se lograba vender se dañaba y pudría con rapidez,
de tal manera que el aire de las plazas donde se vendía, San
Francisco y El Salvador, se contaminaba. El agua con la que se manipulaba
el pescado originaba también mal ambiente. Hacia 1565 en la
collación de Omnium Sanctorum había una calle por donde
de continuo iba la procedente del remojo del pescado salado que se
vendía en la Feria, y aunque las quejas contra el mal olor
eran constantes, nada se hacía por remediarlo.
Todavía el peor de los olores, el hedor nauseabundo, procedía
de los animales muertos por enterrar, abandonados hasta el instante
que un acemilero que pagaba el ayuntamiento los recogía. Al
fin y al cabo los animales no tenían más allá y,
de existir, tampoco su felicidad ultraterrena dependería de
que hubiesen gozado de un entierro y un sepulcro. Resultaba peor
la fetidez que provenía de los muchos cementerios que había
por la ciudad. El interior de las iglesias parroquiales de Sevilla,
ya bajo sus suelos muy superficialmente, ya en nichos sobre sus paredes,
los claustros y templos de los conventos y de los hospitales o el
campo extramuros de la ciudad en tiempos de calamidad epidémica,
solían ser lo lugares elegidos para enterrar a los muertos,
que de esta manera seguían muy cerca de los vivos. Pero en épocas
de lluvia e inundación era muy común que las paredes
apenas enlucidas y encaladas y los suelos mal pavimentados de los
interiores permitiesen que las sepulturas se abriesen y desprendiesen
un olor sólo amortiguado por el exagerado uso de un incienso empalagoso.
Más allá de estos cementerios aceptados y considerados
por todos como campos santos, era habitual, aunque existen pocos
datos, una práctica entre los
propietarios de los esclavos muertos que consistía
en enterrarlos en los corrales o patios de sus propias casas, como
denunciaba un regidor en 1522. Al llegar el calor del vernano muchos
vecinos se deseperaban por la fetidez de los efluvios. Y aunque
no eran esclavos, era cotidiano que los hospitales enterrasen a
sus enfermos muertos, generalmente gente abandonada, pobres de
solemnidad y sin familia, en los patios o en las plazas colindantes
a los establecimientos: en una fecha de 1568 el hospital de las
Bubas no tuvo pudores en dar sepultura a sus muertos en la misma
plaza, de tal manera que, al saberse, el municipio le obligó a "poner
la cruz" en el
corral de los naranjos de la iglesia del Salvador, recordando el
carácter realengo
y pagano de la plaza.
Calles estrechas, mal pavimentadas y sucias, lagunas y lodazales
y aires pestilentes. No es exagerada la imagen. Es verdad que los
viajeros que pasaron por Sevilla apenas anotaron estas circunstancias.
No se trataba de una singularidad. En realidad, sus ciudades de origen
olían tan mal como Sevilla. A Montaigne, que odiaba sobremanera
los malos aromas, le disgustaba que Venecia y París, sus ciudades
preferidas, despidiesen un olor tan agrio, la una a causa de sus
marismas, la otra por culpa del barro. Acaso Sevilla, que no desmerecía
en fama y grandeza de ambas, perdió por entonces y por lo
mismo el favor de muchos hombres.
La situación de la limpieza urbana fue un mal generalizado
en las ciudades durante la Edad Moderna. A mediados del siglo XVIII,
cuando Carlos III llega a Madrid, se encuentra con una auténtica "pocilga",
como no dudó en calificarla su biógrafo Fernán
Nuñez: lodos, basuras y excrementos componían un cuadro
indescriptible y maloliente de la villa. Recordemos aquí el
episodio que hizo exclamar al rey ilustrado aquella frase que decía "mis
vasallos son como los niños: lloran cuando se les lava..."
Notas:
(1) Se refiere a Hernando Colón, hijo natural del Almirante, quien
levantó su casa sobre un muladar cercano a la Puerta Real;
precisamente la inestabilidad del subsuelo, fue la causa de la ruina
del edificio. [Volver al punto
de lectura]
(2) Muladar: El lugar o sitio donde se echa el
estiercol o basura que sale de las casas. Algunos le llaman Muradal,
y aunque es más conforme a su origen, por estar regularmente
fuera de los muros, ya más comúnmente se dice Muladar.
(Dicc. RAE Autoridades 1734) [Volver
al punto de lectura]
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Para saber más... |
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Nuñez
Roldan, Francisco: "La vida cotidiana en
la Sevilla del Siglo de Oro". Ed. Silex, Madrid 2004
Francisco Nuñez es Profesor Titular de Historia Moderna
de la Universidad de Sevilla. En esta obra, dirigida al gran
público, hace una magnífica descripción
de la microhistoria de la ciudad renacentista, desarrollando
temas como el interior de las casas, los matrimonios de conveniencia
o los placeres de la mesa sevillana de la época. De
ella tomamos esta descripción del estado de la limpieza urbana.
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Ilustraciones:
(1) Foto de la calle Justino de Neve, del Barrio
de Santa Cruz, de A. Pozo
(2) Vendedor de pescado, Van Ostade,
Museo de Bellas Artes de Budapest (Hungría)
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