Los grupos marginales en la Sevilla del siglo XVI
Junto a la sociedad oficial existían unos grupos de personas
que, por su origen, su forma de vida o su propia condición,
llevaban una existencia aparte, aunque viviesen en la misma ciudad.
En algunos casos la asimilación se producía trabajasamente,
en otros, la fusión con el resto de la sociedad se hacía
imposible. Se trata de los moriscos, los esclavos
y los gitanos. Otro colectivo
mal visto pero sin embargo, integrados y poderosos, son los judeoconversos;
las claúsulas de "limpieza de sangre" fueron una
auténtica persecución, aunque la sorteaban con cierta
facilidad.
Los moriscos de Sevilla
En 1502 se obligó a los mudéjares de la Corona de
Castilla a convertirse al cristianismo, recibiendo el nombre de
"moriscos" (recordemos que los mudéjares eran musulmanes
en tierras cristianas permitiéndoseles conservar su religión
y cultura). Morisco en su sentido más propio es cristiano
nuevo de moro, converso de moro o nuevamente convertido, como aparece
variablemente en la documentación a partir de esa fecha.
Así de preciso es su significado, por el contrario del uso
que en sentido amplio se hacía del término con anterioridad,
en que venía a significar "alusivo a lo moro".
El proceso había empezado dos años antes cuando los
Reyes Católicos fuerzan a los mudéjares granadinos
a la conversión. La política de la Corona española
fue que no sólo se convirtiesen sino que se aculturasen completamente
abandonando lengua, trajes y costumbres propias. La mayor parte
de ellos, sin embargo, continuaron manteniendo su lengua, sus costumbres
y su antigua religión. Prueba de ello son los textos
aljamiados, escritos en castellano pero con grafía árabe.
Así nace otra connotación más al término
morisco: la de criptomusulmán. Pasados los primeros
años del siglo XVI, se confirman las sospechas sobre la forma
de conversión. He aquí cómo veia el mejor historiador
coétaneo, Luis del Mármol Carvajal, a los moriscos
y su criptoislamismo:
"... y si con fingida humildad usaban
de algunas buenas costumbres morales en sus tratos, comunicaciones
y trajes, en lo interior aborrecían el yugo de la religión
cristiana, y de secreto se doctrinaban y enseñaban unos a
otros en los ritos y ceremonias de la secta de Mahoma. Esta mancha
fue general en la gente común, y en particular hubo algunos
nobles de buen entendimiento que se dieron a las cosas de la fe,
y se honraron de ser y parecer cristianos, y destos tales no trata
nuestra historia. Los demás, aunque no eran moros declarados,
eran herejes secretos, faltando en ellos la fe y sobrando el baptismo,
y cuando mostraban ser agudos y resabidos en su maldad, se hacían
rudos e ignorantes en la virtud y la doctrina. Si iban a oir misa
los domingos y días de fiesta, era por cumplimiento y porque
los curas y beneficiados no los penasen por ello. Jamás hallaban
pecado mortal, ni decian verdad en las confesiones. Los viernes
guardaban y se lavaban, y hacían la zalá en sus casas
a puerta cerrada, y los domingos y dias de fiesta se encerraban
a trabajar. Cuando habían baptizado algunas criaturas, las
lavaban secretamente con agua caliente para quitarles la crisma
y el oleo santo, y hacian sus ceremonias de retajarlas, y les ponían
nombres de moros; las novias, que los curas les hacían llevar
con vestidos de cristianas para recibir las bendiciones de la Iglesia,
las desnudaban en yendo a sus casas y vistiéndolas como moras,
hacían sus bodas a la morisca con instrumentos y manjares
de moros..."
Durante la primera mitad del siglo XVI hubo cierta tolerancia.
La autoridad reprobaba esta fidelidad al Islam que combatía
mediante la Inquisición y la toleraba al mismo tiempo, esperando
la conversión.
Esta política más o menos condescendiente empezó
a cambiar a partir de la rebelión de las Alpujarras
(1568-1570). A partir de este momento el morisco ya no sólo
es un mal cristiano o incluso un mahometano disfrazado. Es, además,
un enemigo del estado y como tal empieza a ser acusado de conspirar
y de constituir la quinta columna de los enemigos de la monarquía,
como bien refleja el cronista Mármol de Carvajal en el texto
siguiente. La revuelta se erige en hito fundamental en la consideración
del morisco y en el desenlace de su drama. Finalmente en 1609
Felipe III ordenó su expulsión del país.
En cuanto a su número en la capital sevillana, a primeros
del siglo XVI no pudo ser importante por una sencilla razón:
los mudéjares o musulmanes que habitaron en la Sevilla medieval
cristiana fueron muy pocos, lo mismo que ocurre en el resto de la
Andalucía occidental. La evacuación de la ciudad en
1248 tras la conquista cristiana y la posterior emigración
masiva de musulmanes a raíz de la revuelta de 1264 fueron
las causas principales (1).
A raiz de las rebeliones de Granada (1500), se realizó un
padrón de la Morería o Adarvejo y en él sólo
aparecen 32 individuos con diversas profesiones, en las que predomina
la de albañil. Aún admitiendo que había moros
en otras collaciones, como lo demuestran los documentos notariales,
la comunidad morisca debía ser pequeña a primeros
de siglo. No sabemos cuántos se quedaron aceptando la conversión,
ni cuántos se fueron. A partir de aquella fecha fatídica
para ellos se inicia una era de restricciones, la primera de las
cuales fue la orden de los Reyes Católicos vetándoles
vender "bienes algunos suyos muebles ni rayces",
lo mismo que se prohibía a los cristianos comprarlos.
Sin embargo, en Sevilla sí existió una comunidad
morisca importante en la segunda mitad del siglo; en concreto,
su número se incrementó a partir de 1570 con el flujo
procedente de Granada, de donde habían sido dispersados tras
la rebelión de las Alpujarras. De los 11.500 moriscos granadinos
deportados que salieron por mar desde Almería y Vera desembarcaron
en Sevilla a finales de noviembre unos 5.500. Los restantes se perdieron
entre naufragios, enfermedades y otras vicisitudes de la travesía.
Ya en los primeros días de estancia en la capital hispalense
escaparon unos 1.200, quedando según el recuento de las autoridades
unos 4.300. En Sevilla capital se intalaron unos 3.000 y el resto
fueron repartidos por los pueblos de la provincia, formando pequeñas
comunidades de 40 a 150 individuos. El largo trasiego que habían
sufrido los moriscos granadinos provocó que muchos de ellos
llegaran a su destino en un estado lamentable, extenuados y enfermos.
Entre los llegados a Sevilla se propagó el tifus y muchos
de ellos, gracias a la protección de los padres jesuitas,
fueron hospitalizados.
Se calcula que en 1580 había en Sevilla más de
6.000. Un porcentaje muy elevado vivía en Triana
-se cree que más de 2.000- y el resto se repartía
por otros barrios periféricos e incluso más céntricos
como el de San Marcos. Estos datos se conocen con precisión
debido a un censo que se efectuó dicho año, tras un
intento de rebelión bajo el caudillaje de un tal Fernando
Enríquez o Muley (2). Tras él,
calle por calle, casa por casa, se va anotando sus nombres, estado
y descripción física. También se hace porque
los moriscos no cumplen lo que se les ha ordenado: hablan su algarabía*,
viven agrupados en corrales, poseen armas, originan trifulcas y
llegan a matar y, sobre todo, porque pueden originar algunos inconvenientes,
dadas sus malas intenciones. Se observan en los distintos padrones
que los esclavos figuran reducidamente y que su número, cuando
los hay, es de uno o de cuatro por vivienda. Se percibe una mayoría
de personas del sexo femenino y, en general, abundan los jóvenes.
En San Andrés habitaban 109, de los cuales 40 eran esclavos;
en San Ildefonso 71 (de ellos 44 esclavos); en San Gil 195 (de ellos
sólo 6 eran esclavos); en San Bernardo había unos
350. (3)
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A finales del siglo XVI la población morisca urbana puede
estimarse en 7.000 individuos, la mayoría de ellos vecinos
de Triana. Sevilla era pues la ciudad de España que contaba
con mayor número de ellos, casi el 10% de la población
total. Diego Ortiz de Zúñiga pretende que había
pocos. La explicación, nos dice el marqués de San
Germán, es que estos moriscos sevillanos estaban muy mezclados
con los "cristianos viejos"… y "los
moriscos de la Andaluzía les tengo por muy ricos y que en
el traje y lengua se nos parecen mucho mas que los del Reyno de
Valencia" ( carta de San Germán en octubre de 1609,
citada por Lapeyre, 1986, p. 182 ). Domínguez Ortiz y Vincent,
1978, recogen la publicación de Gestoso, 1904, según
el cual "moriscos eran los alfareros que bajo el disfraz
de nombres cristianos poblaban los barrios de Sevilla, siéndolos
también los que en pobres viviendas producían riquísimas
telas, labrados cueros, artísticas obras de metal de cobre
o de plata, armas, jaeces de caballos y demás objetos de
arte suntuario. Los libros bautismales de la parroquia de Santa
Ana nos muestran a cada paso pruebas de la clase de pobladores del
extenso arrabal de Triana en el siglo XVI".
Era gente de muy escasos medios, que vivía
hacinada en casas de vecinos y que desempeñaba trabajos humildes,
como hortelanos, especieros, fruteros, taberneros, buñoleros,
panaderos, tenderos, cargadores en el puerto, sirvientes domésticos,
o simples jornaleros eventuales. Los moriscos eran personas especialmente
habilidosas en las labores de la jardinería y de las huertas,
y tenían también la especialidad de fabricar ricos
buñuelos que vendían por las calles de la ciudad
(esta tradición la herederían los gitanos tras la
expulsión morisca y aún hoy puede disfrutarse en la
Feria de Sevilla). Recordemos que uno de los postres favoritos de
los moros granadinos era los buñuelos fritos en aceite y
metidos en miel hirviendo. Pero el oficio morisco que dejó
más huella en Sevilla era el de alarife o albañil;
fueron autores de azulejos, techumbres y magníficas yeserías
que aún persisten en la ciudad como prueba del arte mudéjar.
Aunque vivían pobremente, los cristianos viejos los despreciaban
por su espíritu de grupo cerrado que mantenían
y por los hábitos tan peculiares que los distinguían
del resto de los ciudadanos. Su abstención de carne de cerdo
y de vino y su preferencia por las legumbres en su dieta alimentica
eran objeto de burla en muchas ocasiones. Guisaban con aceite, huyendo
de grasas y mantecas propias de los usos castellanos, que los impregnaba
de un olor vivamente rechazados por éstos (y viceversa),
procurando marcar el contraste con la inevitable olla castellana.
Y entre las bebidas, la leche.
Su solidaridad les llevaba a practicar la endogamia. Presionados
sin duda por el entorno socio-político-religioso y por el
veto que pesaba sobre ellos para emigrar a las Indias y formar parte
de la Iglesia y del Estado, se vuelcan sobre sí mismo y contraen
matrimonio cuando aún son jóvenes. Matrimonios que
tienen una mayor fertilidad que la de los cristianos viejos,
como estos mismos reconocen con temor. Dados al robo, al vino (desoyendo
su religión), a la gresca y a la camorra, no originaban mucho
entusiasmo y sí el recelo y las reservas. Unas ordenanzas
de 1569 - a raiz del alzamiento en Sierra Bermeja (1568)- impidió
que más de dos moriscos vivieran en un mismo edificio, celebraran
juntos, portaran armas, hablaran su algarabía (árabe
vulgar o dialectal*) y fueran
acogidos en mesones y tabernas. Su número es posible que
fuera considerable ya entonces, pues entre ellos mismos se elegían
unos cuadrilleros destinados a su propia vigilancia y a empadronarlos
clasificándoles en útiles o no útiles para
el trabajo.
Los moriscos sevillanos fueron frecuentemente perseguidos
por la justicia, por delitos ciertos pero también
por mala fama. Las memorias del padre
Pedro de León, un jesuíta que fue confesor en
la Cárcel de Sevilla a
finales del siglo XVI, ilustran con algún caso concreto la
falta de escrúpulos de la justicia para aplicar las penas
más severas a los moriscos aún sin pruebas suficientes.
Cuenta el padre León que cuatro moriscos fueron acusados
de haber asaltado una venta en Carmona, y confesaron el delito que
no habían cometido, por miedo al tormento. Fueron sentenciados
a la pena de muerte, cuya ejecución tuvo lugar en la Plaza
de San Francisco. Los verdaderos malhechores, que por coincidencia
habían presenciado la escena, cometieron al poco tiempo otro
delito semejante en las cercanías de Cazalla. Esta vez fueron
tomados presos y traídos a la Cárcel de Sevilla. Allí
confesaron todos sus delitos y se pudo comprobar que los moriscos
habían sido ejecutados por un crimen del que eran del todo
inocentes.
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"Y digamos una, que pasó en la plaza de San Francisco
estando ajusticiando a cuatro moriscos por un salteamiento,
que se había hecho en la Venta Quemada, camino de Carmona.
Los cuales no lo habían hecho y padecían sin
culpa, porque habían confesado el delito por miedo
del tormento, y estándolos ahorcando estaban dos hombres
en la dicha plaza mirando cómo se hacía justicia
de ellos; y éstos eran los que habían hecho
el salteamiento. Los cuales preguntaron a la gente que por
allí había la causa por qué los ahorcaban
y respondieron: Por un salteamiento, que habían hecho
en la dicha venta. Y ellos: Pues si son salteadores ahórquenlos
a los bellacos que muy bien lo merecen, y también parecen
los tales en la horca, como el clérigo en el altar.
Sentencia fue ésta que se dieron estos hombres contra
sí mismos, muy bien merecida y quiso Dios que se cumpliera
y ejecutara en ellos dentro de veinte días.
Y pasó así: que yendo estos dos hombres camino
de Cazalla hicieron otro salteamiento por lo cual fueron traidos
presos a la cárcel de Sevilla, adonde haciendo la justicia
las diligencias ordinarias, y queriéndolos poner a
cuestión de tormento, confesaron este delito y el pasado
de los cuatro moriscos, a cuya justicia ellos se habían
hallado presentes, declarando cómo cuando se hizo el
castigo no merecido en ellos, se habían hallado los
dos en la misma plaza, y cómo habían dicho lo
referido." (Compendio..., Pedro de León,
2ª parte, Cap. 27)
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Antes que el P. León, había sido famoso confesor
de la Cárcel sevillana el P. Juan de Albotodo que, curiosamente,
era hijo de moriscos granadinos. A pesar de su ascendencia, llegó
a ser un jesuita célebre, trabajando especialmente por los
moriscos y los presos. La Inquisición acudía a él
para la reducción de los apóstatas.
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El intento de sublevación de Muley en 1580 provocó
una mayor desconfianza y un deseo de asimilación, pero esta
era casi imposible. Y lo era, sobre todo, por su resistencia. Se
dictaron entonces medidas para evitar que practicaran costumbres
musulmanas o que viviesen juntos en determinadas cantidades con
el fin de cortar toda solidaridad, cohesión, crímenes
y robos a los que parecen eran dados. El sobrecogedor "Apéndice
de ajusticiados" del padre Pedro León también
recoge diversos casos de moriscos y moriscas ajusticiados por hechiceros,
por asesinar a sus amos, por robar, por practicar la religión
musulmana, por usar métodos abortivos, por envenenar a su
ama o vender filtros de amor.
En Sevilla se hicieron grandes esfuerzos por parte de la Iglesia
para conseguir su integración, asignándosele a la
población morisca sacerdotes especialmente dedicados. El
arzobispo Don Fernando Niño de Guevara publicó unas
disposiciones en 1604 en las que mandaba un estricto control sobre
la población morisca para procurar el cumplimiento de los
preceptos de la iglesia y para que los niños fuesen educados
en la fe cristiana.
Pero todos los esfuerzos fueron inútiles. La resistencia
a la integración, la alta tasa de crecimiento demográfico
y su posible entendimiento con los turcos, hugonotes y piratas berberiscos,
originaban una tensión, miedo y desconfianza que afloraban
en cualquier momento. La actitud de recelo y hostilidad hacia los
moriscos sevillanos -como hacia los extranjeros- hay que entenderla
en el contexto de la coyuntura internacional. Como hemos visto en
el texto de Mármol de Carvajal, se temía que ellos
pudieran ser una especie de caballo de Troya. Así, por ejemplo,
cuando el ataque británico a Cádiz de 1596 se pensó
en un entendimiento entre los moriscos y los ingleses y se tomaron
medidas de control. En 1600 se habla de una posible conjura entre
los moriscos de Triana y los de Córdoba.
Al final el destierro de todos fue la solución que se adoptó.
El 22 de septiembre de 1609 se publicó en Valencia el decreto
de expulsión cuyas principales disposiciones son como siguen:
Todos los moriscos, así los nacidos en el reino como los
extranjeros, excepto los esclavos, debían presentarse en
los puertos de embarque dentro de los tres días de comunicada
la orden; se les autorizaba para llevarse consigo todos los bienes
muebles que pudiesen, y los que no, como los inmuebles, quedarían
a beneficio de los señores; embarcarían en los buques
del Estado dispuesto para llevarlos a Berbería gratuitamente.
El bando que regulaba la expulsión de los de Andalucía
no fue publicado hasta el 10 de enero de 1610.
A Sevilla le afectó menos que a otras zonas del país.
Merecieron una defensa por parte del arzobispo, quien en carta del
24-1-1610 manifestaba que eran pocos, humildes y no ofrecían
peligro. Algunas moriscas habían casado con cristianos viejos
debidamente autorizados y merecían gozar los mismos privilegios
que sus esposos. Algunos moriscos leían cátedra en
la Universidad, otros habían recibido órdenes y en
general se les necesitaban pues ejercían oficios que sólo
ellos dominaban.
En realidad, hubo cierta flexibilidad para que pudiesen sacar los
bienes que quisiesen llevar consigo, como hemos visto. Con respecto
al bando de expulsión de Valencia, en Andalucía fué
menos dramático. Existían dos diferencias sustanciales:
primero, los moriscos andaluces podrían vender libremente
sus bienes, excepto los raíces, y con el beneficio adquirir
el dinero para el viaje y mercancias no prohibidas para comerciar;
la segunda diferencia concernía a los menores de siete años
de edad, que deberían ser abandonados por sus padres para
continuar con su adoctrinamiento en España. Esto último
obligó a algunos a dar un gran rodeo por Francia para llegar
a sus destinos en Berbería o a renegociar con los patrones
de los barcos para que les llevasen a Berbería.
Consumada la expulsión, algunos se resistieron a salir pero,
salvo los 300 niños que quedaron al cuidado del Cabildo,
todos los demás abandonaron la ciudad. Los que no lo hacían
se arriesgaban a ser ajusticiados en la horca. Así nos cuenta
un contemporáneo, el Padre León, un caso en Sevilla
en 1610:
|
"Luis López, morisco, ahorcado porque quebrantó
el bando que dentro de treinta días se fuesen de España.
Murió como muy buen cristiano y decía que más
quería morir ahorcado en tierra de cristianos que en
su cama en tierra de moriscos. Y no hay duda sino que en esta
expulsión de los moriscos se echó muy bien de
ver quiénes eran los que estaban bien fundados en nuestra
Fe y Religión, porque así a la salida de España
como en la estada por allá, se conoció en ellos
que lo estaban y en otros lo contrario."
|
Por Sevilla salieron, no sólo los que en ella residían,
sino otros venidos de fuera, que con aquellos sumaron un total de
18.000, la mayor parte de los cuales se asentaron en la zona del
norte del Magreb (Ceuta y Tánger), donde ya existían
importantes colonias andalusíes procedentes de anteriores
diásporas y cuya llegada resultó muy beneficiosa para
su desarrollo económico.
En el ámbito económico se perdió una mano
de obra laboriosa y barata. Sin embargo, Domínguez Ortiz
señaló que fué en Andalucía donde permanecieron
más moriscos, ya fuera por la gran extensión de la
esclavitud, ya fuera por las peticiones de los concejos municipales
de eximir de la partida a su población morisca, alegando
motivos económicos, ya fuera porque demostraron estar sinceramente
cristianizados.
| |
Para saber más... |
 |
Morales Padrón, Francisco: "La ciudad del Quinientos";
Sevilla, 1977 |
Ladero Quesada, Miguel Angel: "La ciudad medieval";
Sevilla, 1989 |
| |
AA.VV: "Los moriscos en Andalucía"; revista
Andalucía en la Historia, Año II, nº
4, 2004 |
| |
Domínguez
Ortiz, Antonio: "Historia de los moriscos: vida y tragedia
de una minoría"; ed. Alianza, Madrid 1989 |
| |
Enlaces web |
| |
Centro de Estudios Moriscos
de Andalucía  |
| |
Literatura de mudéjares y moriscos. CervantesVirtual |
| |
Documentos
sobre minorías socioculturales: moriscos y judeoconversos
en Sevilla. Web de Michel Boeglin (Université Paul Valery,
Montpellier)  |
| |
"El
legado andalusí" (Gabriel Cano García
y Francisco García Duarte) |
| |
"El
aljamia, la lengua romance de andalucía". Francisco
Albadulí. |
| |
Colección
de textos aljamiados |
| |
El
influjo morisco en la moda cristiana. |
Notas:
(1) Esta emigración no fue compensada por la
llegada posterior de algunos mudéjares a la ciudad procedentes
de zonas rurales, de Toledo o de la misma Granada en determinados
momentos de los siglos XIV y XV o durante la guerra de conquista
del emirato granadino y años inmediatos, puesto que entre
1485 y 1501 se señala la presencia de musulmanes de aquellas
tierras en Sevilla, aunque no se llegasen a integrar con los mudéjares
viejos de la ciudad y fuesen con frecuencia transeúntes alojados
en la posada de la calle que, por eso mismo, se llamó del
Mesón del Moro. Noticias indirectas permiten suponer que
el número de mudéjares sevillanos fue siempre muy
pequeño y afirmar que no vivieron en barrio aparte hasta
entrado el siglo XV; su última morería, donde
reciben la orden de convertirse al cristianismo (denominándose
moriscos) o salir del país, en 1502, estaba situada en un
pequeño adarvejo de la collación de San Pedro. Datos
de aquel momento nos indican que había en ella 32 vecinos
y algunos otros repartidos por el resto de la ciudad y Alcázar
Real; setenta años antes su número era algo mayor,
tal vez 50 vecinos. Dos o tres centenares de personas a lo sumo,
que disponían también de cementerio propio junto a
la Puerta Osario. Siguiendo al profesor Ladero Quesada, de quien
tomamos estos datos, el mudejarismo medieval sevillano fue muy débil
y en su opinión no proporciona base para sustentar tantas
fantasías como se han forjado sobre su importancia histórica
y social. [Volver al punto de
lectura]
(2) Fu éste un complot urdido en Sevilla, con
ramificaciones en Córdoba, Écija, Jaén y otras
ciudades andaluzas y dirigido por Fernando Enríquez, también
conocido como Fernando Muley, que preveía un desembarco procedente
de Berbería. En caso de fracaso, los conspiradores pensaban
huir a Portugal o a las montañas de Granada, con el fin de
pasar al norte de Africa. Las autoridades militares no le prestaron
mucha atención y no fueron muy graves los castigos para los
cabecillas. [Volver al punto
de lectura]
(3) De estos padrones Ruth Pike hace un estudio en
el capítulo IV de su libro "Aristócratas y comerciantes.
La sociedad sevillana en el siglo XVI, Barcelona, 1978. [Volver
al punto de lectura]
(*) La palabra algarabía procede del
árabe hispánico "al'arabiyya", y éste
del árabe clásico "arabiyyah". Según
el Diccionario de la RAE, es la lengua árabe pero también,
coloquialmente, manera de hablar atropelladamente y pronunciando
mal las palabras. Los cristianos viejos del siglo XVI llamaban así
a la lengua hablada por los moriscos, por oposición a la
aljamía, que era el castellano. [Volver
al punto de lectura]
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