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Los moros vencidos en la guerra de Granada, instalados en Sevilla

moros
Sevilla acogió en su seno a parte de la nobleza mora, conforme el reino musulmán de Granada tocaba a su ocaso. La ciudad fue el escenario de la historia de Ozmín y Daraja -breve cuento amoroso de dos jóvenes de diferente religión, que Mateo Alemán incluyó en su Guzmán de Alfarache de 1599-, supuestamente acaecida antes de la conquista de Baza (1489), románticos amoríos con cuyo relato un clérigo amenizó las fatigas del camino al pícaro Guzmán y a sus acompañantes. Después de 1492 residieron asimismo por algún tiempo en Sevilla la reina madre y los infantes de Granada.

El 22 de mayo de 1485 fue tomada Ronda por las fuerzas cristianas. Cuenta el Cura de los Palacios que D. Fernando, después de entregada la ciudad, dio a sus habitantes quince días de plazo para ir adonde quisiesen; y añade que algunos musulmanes, quizás los más proclives a la rendición, -el "Cordo", alcaide de Setenil, y el alguacil de Ronda, con más de cien casas- se fueron a vivir a Alcalá del Río. Pero todavía cabe puntualizar más, pues estos principales, en su mayoría, optaron por instalarse no en Alcalá, sino en Sevilla, decididos a vivir tranquilos en una ciudad cristiana por el resto de sus días: fueron éstos el alguacil de Ronda Abrahén de Alhaquime, su hermano Mahomad de Alhaquime, Alcabecén Hamete Alhaquime, Al Alcatid Hamete Alcordí ("el Cordo" que habla Andrés Bernal, el cura de Los Palacios), Aben Yaya Alhaquime y Mahomad Taupí, entre otros.

Llegados a Sevilla, los moros fueron tratados con toda suerte de consideraciones y miramientos, como convenía a los intereses de la política de conquista. Por orden regia, el receptor de la Inquisición Luis de Mesa y el alcalde mayor Juan Guillén les dieron como morada algunas de las casas de los conversos condenados.

Pasó el tiempo y la estancia en Sevilla no debió de resultar tan cómoda y agradable a los notables musulmanes como se imaginaron en principio: la intolerancia religiosa que allanaba el camino a la expulsión de 1492 no podía sufrir ya que llevaran una existencia apacible las minorías islámicas, con las que encima se libraba en el frente una guerra sin cuartel. Cabizbajos, los mahometanos resolvieron pedir licencia los reyes para "pasar en Africa, que es allende el mar, para estar e vivir entre los moros de nuestra ley". Su ruego fue antendido. Y es más: los monarcas accedieron asimismo a otra petición suya, haciéndoles merced de poder vender las casas como y a quien quisiesen, por carta dada en Córdoba el 22 de marzo de 1487. Ante el temor de que retrajesen los posibles compradores, en la idea de que los inquisidores darían las casas a otras personas o bien de que los moros no estaban facultados a ponerlas en venta, el 31 de octubre de 1487 Mahomad Taupí pidió testimonio de sus derechos a Luis de Mesa ante el escribano de Sevilla Martín Rodríguez de Tabladillo. Conseguida la ratificación del receptor, el 2 de noviembre de 1487 Taupí vendió su casa a Diego el Zurdo, criado de Dª Teresa de Guzmán, la mujer de D. Pedro de Estúñiga, por precio de 5.000 mrs. El mismo día Hamete Alcordí vendió por 21.700 mrs. a Pedro Fernández de Sevilla su casa en la collación de Santa María la Blanca.

Pensándolo bien, no les salió del todo mal a los moros la permanencia en Sevilla, sobre todo teniendo en cuenta que muy poco después, en 1502, culminando la vertiginosa espiral de intolerancia, se les iba a prohibir a los musulmanes la venta de sus bienes, tanto muebles como raíces. Las propiedades vendidas o dejadas en 1487 plantearon problemas: el 11 de octubre de 1495 los monarcas se preocuparon de la situación de las tiendas "olvidadas" por los moros de ronda pasados a Africa, que habían sido ocupadas por otras personas sin licencia real.

Los moriscos en la Sevilla del XVI

 

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