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Los moralistas del XVI esbozaron su versión de la mujer
ideal, un icono dominado por la encarnación de la Virgen
María, cuya semblanza sobre todo encarnaba la pureza, la
honestidad y la buena voluntad. En parte, los moralistas se apropiaron
de las descripciones misóginas basadas en la "Instrucción
de la mujer christiana", escrita por el pedagogo valenciano
Luis Vives en 1523.
Vives identificaba "la virginidad, la belleza, la abstinencia
y los deberes matrimoniales" como los pináculos de las
virtudes de la mujer. Prescribía todo un programa de comportamiento
adecuado y forma de vestir para las jóvenes damas, las vírgenes,
las adolescentes, las casadas y, finalmente las viudas. Los moralistas
de principios de la edad moderna etiquetaron la transgresión
de estos rígidos papeles como un mal contra las instituciones
de la familia, de otros grupos sociales e incluso del catolicismo.
Las sanciones impuestas a las transgresoras variaban: desde las
admoniciones, castigos corporales y penitencias hasta la generación
de sentimientos de culpa para cada grupo según su edad.
Durante los inicios de la edad moderna, un hombre tenía
diversos papeles ocupaciones: príncipe, militar, artesano,
humanista, mercader o clérigo. Las mujeres tenían
menos opciones que ejercer, puesto que Vives y otros moralistas
las continuaron relegando a los papeles de "madres, hijas,
viudas, vírgenes o prostitutas, santas o brujas". Estas
identidades, derivaban únicamente de su estatus sexual y,
en muchos casos, inhibieron a muchas mujeres en su asunción
de otras identidades deseadas.
San Agustín había plantado ya hacía tiempo
estas semillas de desprecio y desconfianza de la mujer cuando avisaba
a sus hermanos que se dirigieran a ellas con "severidad"
y hablaran con ellas lo menos posible. No se puede confiar ni tan
siquiera en la mujer más virtuosa, concluía Agustín:
| "[...] habla poco y con severidad a las mujeres. No se
ha de desconfiar menos de las que son menos virtuosas, porque
cuanto mayor es la virtud, tanto mayor es la inclinación,
y bajo el encanto de su palabra se esconde el virus de la mayor
lascivia".
Opúsculos de Santo Tomás de Aquino,
( Sevilla, 1862, Archivo General de Indias) |
Los antiguos estereotipos de la mujer expuestos por los Padres
de la Iglesia combinaban tanto el mito del paraíso como el
concepto del pecado original, en los cuales la mujer había
tenido un papel fundamental: una amalgama de perversión,
engaño y traición a la confianza de Dios en la historia
de los primeros padres. Los teólogos habían construido
una imagen diabólica de la mujer debido a sus sospechoso
papel en la pérdida del Paraíso. Después de
todo, como declaró con tanta elocuencia San Jerónimo:
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"Si la mujer pudo vencer al hombre estando en el paraíso,
no debe causarnos admiración que seduzca a los que
no están en el paraíso [...] jamás os
detengáis con una mujer sola y sin testigo"
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Esta idea del santo anacoreta, la resumiría en el siglo
XVIII Fray Juan Laguna: "el pecado tuvo principio de la
mujer y por elló entró la muerte en el mundo"
("Casos raros de vicios y virtudes para escarmiento de pecadores,
Murcia, 1763)
Santo Tomás de Aquino, en su "De periculo familiaritatis
dominarum, vel mulierum" o "El terrible riesgo de
familiarizarse con mujeres y sus perniciosas consecuencias, argüía
que "Dios había creado a la mujer más imperfecta
que el hombre y por tanto la obligó a obedecer al hombre
puesto que por naturaleza éste poseía una abundancia
de sensatez y razón". Las nociones de delicadeza,
ternura y, por encima de todo, obediencia al hombre, en resumen,
la femineidad, caracterizaban el retrato ideal de una mujer española
de principios de la era moderna.
Por una parte, los moralistas reconocían la necesidad de
las mujeres en el proceso de procreación y en el "continuum"
de la creación. Sin embargo, también la reconocían
como en ocasiones astuta, poco fiable, tal vez incluso malvada y
por tanto la confinaron a las tres funciones básicas descritas
más abajo para justificar su sumisión al hombre. Algunos
de los aforismos de los moralistas relativos a la mujer dicen:
"En la vida de la mujer, tres salidas ha de hacer: bautismo,
casamiento y sepultura"
"Al más discreto varón, sola una mujer, le
echa a perder"
"De la mar la sal, de la mujer mucho mal"
"Dile que es hermosa y tornarse ha loca" |
Más tarde, los teólogos del Barroco definieron la
tarea de las mujeres en el proceso de procreación como puramente
pasivo. La mujer se asemejaba a una vasija, un mero recipiente
de la semilla del hombre en el proceso de creación. Los teólogos
vieron la procreación como una función natural y predeterminada
del acto sexual entre el hombre y la mujer. La escolástica
definió el coito entre el hombre y la mujer como perfecto,
independientemente de si uno u otro obtenían placer en el
proceso. El hecho de que alguien obtuviera placer durante el acto
sexual, aunque ni necesario ni requerido para la procreación,
planteaba un dilema por completo diferente a la escolástica
española. De acuerdo a la escolástica, el placer meramente
funcionaba como el estímulo para la realización de
la procreación. El acto sexual entre el hombre y la mujer
podía haber producido satisfacción, y eso, definido
como bueno o malo dependía de las circunstancias que hubieran
llevado a la realización de tal acto.
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