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En la sociedad andaluza de fines del Medievo fue bastante frecuente
la concesión de la libertad al esclavo. El acto por el cual
se concedía la libertad se llamaba ahorramiento y mediante
él conseguía como premio la gran ilusión de su
vida, la libertad, porque su comportamiento hacia el amo había
sido fiel, cariñoso, obediente y respetuoso.
De dos únicas maneras se podía efectuar en esta época
la liberación: por una carta de ahorría firmada
por el escribano público, o lo que era más frecuente,
por una cláusula testamentaria. Con la posesión
de uno u otro documento el esclavo se convertía en una persona
jurídicamente libre, dotada de todos los derechos y obligaciones
de las demás personas libres. Podían contraer matrimonio
libremente, hacer testamento, dejar sus bienes a sus hijos, ir a
cualquier parte que desease, etc.
El dueño que en su testamento liberase a un esclavo podía,
si ese era su deseo, arrepentirse de ello y, en un codicilo posterior,
invalidar el ahorramiento. El acto de liberación dependía,
pues de la voluntad y carácter del dueño, así
como del cariño que tuviese por el esclavo, y sobre todo
de la fidelidad de éste a su señor.
Los esclavos eran liberados con mayor frecuencia en el seno de
los grupos privilegiados de la sociedad. Nobles y eclesiásticos
eran las personas que mayor número de cautivos ahorraban.
En los sectores socioprofesionales inferiores -artesanos, profesiones
liberales, etc.- se producían menos liberaciones. Los mercaderes
eran los más reacios porque en gran parte vivían de
este negocio. Las razones de todo ello no hay que buscarlas en el
hecho de que unos grupos tuvieran una consideración distinta,
peor o mejor, del esclavo sino en la necesidad que se tenía
del mismo. Las oligarquías dominantes, al disponer de un
número mayor de esclavos, podían permitirse el lujo
de realizar una buena acción al otrogarles la libertad, porque
gozaban de una situación económica que podría
facilitarles la adquisición de otros. No así los artesanos,
para quienes el esfuerzo que les había supuesto la compra
de un cautivo no podía despilfarrarse con la concesión
de la libertad.
Algunos esclavos negros conseguían ahorrar el dinero necesario
para pagar su liberación, pero la gran mayoría de
ellos sólo tenía la posibilidad de dejar de serlo
cuando su amo lo estimaba oportuno o, a veces, cuando uno de sus
padres ya era libre y podía conseguir a su vez liberar a
su hijo. Se liberaba con mayor frecuencia a las mujeres, a los niños
y a los ancianos que a los varones jóvenes y adultos; y en
mayor medida a los esclavos ladinos, es decir, a los ya adaptados
a las costumbres de sus dueños, que a los bozales.
La liberación llevada a cabo por cláusula de testamento
-la más frecuente- venía a ser, por lo general una
recompensa que el dueño concedía al esclavo cuando
éste le había servido con lealtad y buena disposición
de ánimo. No obstante, y con abrumadora frecuencia, el dueño
le imponía antes de llegar a ser libre una serie de condiciones
básicas. La más importante consistía en ser
cristiano. Si no lo era, nunca llegaría a ser libre. En los
testamentos podía suceder que la liberación del esclavo
fuera total, en cuyo caso desde el mismo instante en que fallecía
su dueño pasaba a ser un hombre libre. Sin embargo, en la
mayor parte de los casos esta libertad venía condicionada
por la prestación de un número determinado de años
de servicio a los herederos del difunto. Este tiempo variaba mucho
según la edad del esclavo y del capricho del dueño.
Unas veces duraba tres, cuatro o diez años, y otras prácticamente
toda la vida del esclavo.
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La mayor parte de los libertos, en especial hembras y niños,
continuaban en el hogar de sus antiguos dueños, vinculados
a ellos como criados libres o cumpliendo el servicio que se les
había enconmendado. De esta manera, el futuro liberto, mientras
durase el tiempo de servicio, no podía considerarse propiamente
un esclavo, pero tampoco era un hombre libre. Quedaba situado socialmente
como una curiosa figura jurídica de criado semilibre, aunque
el amo encargase a veces a sus herederos que le trataran como a
persona libre.
Una vez conseguida la liberación total, si habían
ahorrado dinero mientras fueron esclavos, o le habían dejado
alguno sus amos al morir, compraban o arrendaban una pequeña
casa y se ponían a trabajar. Los que se establecían
con sus antiguos amos recibían en pago de su servicio la
manutención, la cama y un pequeño sueldo. Pero estos
eran excepciones: en general, el liberto pasaba necesidades y sus
condiciones de vida tuvieron que ser bastante duras. No todos conseguían
un empleo, en cuyo caso se veían obligados a vivir de la
caridad pública, aunque lo más frecuente era que se
dedicaran al asalto y al robo. La bebida constituía el
vicio más frecuente del liberto abandonado a su destino.
El hurto también estaba muy extendido. Las reyertas y peleas
entre libertos y esclavos son frecuentes y a menudo terminaban en
sangre. Su propio carácter y la incomprensión de una
sociedad cerrada en sí misma y celosa de sus privilegios
les impedía llevar una vida normal e integrarse plenamente
en la ciudad.
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Para saber más... |
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"Los esclavos de Sevilla" / Alfonso Franco Silva /
Diputación Provincial de Sevilla, 1980 |
"La esclavitud en Sevilla y su tierra a fines de la Edad
Media", Alfonso Franco Silva; Diputacion Provincial de
Sevilla 1979 |
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"El mercado de esclavos en la Sevilla de la primera mitad
del siglo XVII", María del Rosario Santos Cabota;
colaboración en "La antigua hermandad de los negros
de Sevilla", Isidoro Moreno |
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