La nobleza sevillana en el siglo XVI
La nobleza sevillana no era muy numerosa. Había un grupo
importante de familias de la alta nobleza pero escaseaba
la media y la baja. El estamento nobiliario no era un grupo
homogéneo ni mucho menos. Cabe distinguir entre ellos al
menos tres grados:
los
grandes y los títulos
los
caballeros
los
simples hidalgos
Dominguez Ortiz, el gran historiador, distingue aún más,
de mayor a menor importancia:
Títulos
y grandes, la alta nobleza
Caballeros
de hábito, comendadores y señores de vasallos
Caballeros,
una auténtica clase media
Hidalgos,
generalmente de escasos medios por la institución del mayorazgo
en la que el primogénito es el que hereda el patrimonio familiar.
caballeros
cuantiosos, pecheros acomodados que obtenían ciertos privilegios
económicos a cambio de su aportación militar. Le llama
situaciones prenobiliarias o de dudoza nobleza.
La nobleza sevillana era distinta al resto de la nobleza peninsular
al menos en dos aspectos:
Era
más urbana que rural. Su protagonismo político en
el Ayuntamiento era notable.
Habitaba
entre el vecindario modesto, aunque en magníficos palacios,
lo que fomentó una familiaridad entre ella y la clase de
los villanos mayor que en otros lugares del reino castellano.
Esta imbricación de la nobleza dio lugar a otra diferencia
curiosa con otros lugares : no existía diferencia entre las
carnicerías de nobles y de plebeyos. En Castilla existían
carnicerías especiales para hidalgos. Su existencia respondía
en otras ciudades a la necesidad de satisfacer el privilegio de
los nobles de no pagar el impuesto de la sisa (una
blanca por cada libra de carne). En Sevilla todos pagaban la blanca
de la carne, aunque después los hidalgos que querían
hacer valer su derecho, reclamaban esa blanca, y su concesión
era una especie de reconocimiento público de sus privilegios.
Lo que ocurría era que la nobleza de alto rango despreciaba
esa devolución, mientras que los más interesados en
que se les reconociese el privilegio eran aquellos cuya condición
nobiliaria era menos clara, lo cual dió lugar a innumerables
pleitos.
En la Sevilla del Quinientos podemos contar al menos 30 casas de
la alta nobleza sevillana, repartidas en torno a la Alameda
de Hércules y el barrio de San Vicente, muy cerca
del río y del centro urbano. Su protagonismo político
era notable en el Consejo hispalense, controlado por ella. Apellidos
como los de Guzmán, Tellos, Ponce de León, Enríquez,
Saavedra, Solís, etc. se repiten en las actas del Consejo,
y es que para ser Jurado o Caballero Veinticuatro había que
pertenecer a la nobleza. Dueña de un propio estatuto jurídico,
poseía privilegios y preeminencias a veces hereditarias.
El cronista Luis de Peraza enumera las lujosas mansiones de los
duques de Medinasidonia, Arcos, Medinaceli,
Béjar; los marqueses de Tarifa (la Casa
de Pilatos), Portugal, Castellar y Villanueva; los condes de Olivares,
Gelves, Gomera, Orgaz...
Precisamente fue uno de estos nobles, el Conde de Barajas
(1), el que en 1574 urbanizó
la Alameda de Hércules, rellenándola y plantando
álamos. Hasta entonces era un lugar pantanoso, conocido como
la Laguna de la Feria (antiguamente pasaba por allí un brazo
del Guadalquivir que los visigodos cortaron).
Fueron cuantiosas las rentas de casas como la de Medinaceli, Medinasidonia
o Béjar, en tanto que los ingresos de la nobleza inferior,
de caballeros e hidalgos, dejó mucho que desear. Lo que marcaba
realmente la diferencia entre la gran nobleza y la inferior, eran
sus rentas. Los grandes títulos solían tener rentas
muy cuantiosas, como el Duque de Béjar, al que se le calculan
80.000 ducados anuales, el Duque de Medinaceli, 60.000, y el Duque
de Medina Sidonia, el más rico de toda Castilla,
que obtenía alrededor de 170.000 ducados. (Para hacernos
una idea de la capacidad adquisitiva debemos saber que un ducado
era una moneda de oro de 440 maravedís, que un obrero de
la construcción podía ganar unos 5 maravedíes
por día y que un cabrito podía costar más de
15 maravedíes)
A los largo del XVI esta élite sufrió un recorte
de sus privilegios, y se resintió de la inflación
crónica y de la depreciación de la moneda, por lo
que no es extraño encontrarse a miembros de ella descendiendo
de su escalón social para relacionarse con mercaderes, mientras
que éstos también, sobretodo de apellidos extranjeros,
ascendían. La venta de títulos e hidalguías,
no sin protestas, permitió a más de uno comprar, a
finales de siglo, linajes.
Nos lo cuenta un ilustre testigo de la época, el dominico
Fray Tomás de Mercado, en su obra "Summa de tratos y
contratos" (1569):
| "... de sesenta años a esta parte, que se
descubrieron las Indias Occidentales, se le recreció
(a Sevilla) para ello una gran comodidad y una ocasión
tan oportuna para adquirir grandes riquezas, que convidó
atrajo a algunos de los principales a ser mercaderes, viendo
en ello grandísima ganancia...
Así de este tiempo acá los mercaderes de esta
ciudad se han aumentado en número, y en hacienda y
caudales han crecido sin número. Hase ennoblecido y
mejorado su estado: que hay mucho entre ellos personas de
reputación y honra en el pueblo, de quien con razón
se hace y debe hacer gran cuenta.
Porque los caballeros, por codicia o necesidad de dinero,
han bajado (ya que no a tratar) a emparentar con tratantes;
y los mercaderes con apetito de nobleza e hidalguía,
han tratado de subir, estableciendo y fundando buenos mayorazgos" |
Pero no era raro encontrarse a nobles implicados directamente en
el tráfico comercial. A la Casa de la Contratación
de las Indias, más que a las Gradas y a la Lonja, iban los
caballeros a hacer sus embarques y transacciones para el Nuevo Mundo
y en dicha Casa se empleaban en oficios bien retribuidos. Es frecuente
en los registros de naos ver los apellidos más ilustres de
la Nobleza embarcando géneros y traficando algunas veces,
si no con indios ya que este trato estaba prohibido, sí con
negros. En más de un expediente de pruebas para vestir los
hábitos de las órdenes militares, los testigos declaran
que el pretendiente o su padre y abuelos habían ejercido
el comercio con las Indias, causa ésta, muchas veces, de
denegar la Cruz el Consejo.
Notas:
(1) Don Francisco Zapata de Cisneros, primer Conde de Barajas.
Hijo de don Juan de Zapata Ossorio, quinto señor de Barajas
y de doña Maria Jiménez de Cisneros, sobrina del gran
Cardenal fundador de la Universidad Complutense. En 1570 fue Corregidor de Córdoba, tiempo en el
que por orden de don Juan de Austria, redujo a los moriscos sublevados
de la serranía correspondiente a su jurisdicción.
En 1571 pasó a ser mayordomo de la reina Isabel de Valois,
esposa de Felipe II. En 1573 lo recibió Sevilla como Capitán
General y Asistente, cargo en el que se mantiene hasta 1579, y durante
el cual construyó la Alameda de Hércules, restauró
el acueducto del Arzobispo y las murallas, amplió las rondas
y construyó algunos puentes y puertas de Sevilla, según
constaba en las incripciones de la Alameda de Hércules y
en la antigua Puerta de Carmona. En 1579 asistió a Mariana
de Austria y de los Infantes. En 1580 fue nombrado Presidente del
Consejo de Órdenes y en el 1583 presidió el Consejo
de Castilla al mismo tiempo que fue consejero de Estado y Guerra
hasta el 1592, año en que se retiró a sus posesiones
de Barajas, donde murió el 20 de septiembre de 1594. [Volver
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