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Pedro de Leon, jesuita del siglo XVI-XVII (1544-1632)

portada libro
Portada del "Compendio" del padre León, confesor de la Cárcel Real de Sevilla

¿Cómo tratar de las gentes de los bajos fondos de la Sevilla, a inicios de la edad Moderna, sin hablar de este incansable hombre?

Pedro de León nació en Jerez de la Frontera en 1545, y murió en la Casa Profesa de Sevilla el 24 de septiembre de 1632. Pertenecía a una familia de lo que hoy llamaríamos "clase media", sin riquezas, sin miserias pero con algunas dificultades económicas, ya que con motivo de la misión de las Almadrabas del Duque de Medina Sidonia en 1582, éste quiso ayudar a su familia, conocedor de la estrechez de su situación.

Como miembros conocidos de su familia consta un hermano suyo, el "padre Juan de León, que por orden de nuestro padre San Francisco de Borja fue a Alemania y leyó en sus Universidades más de treinta años con notable aceptación de todos". También sabemos, por afirmacion del mismo P. León, de un tío suyo, que destacó como predicador en los púlpitos de Andalucía, y de un "primo segundo", el Dr. Pedro de León, importante miembro del Consejo de Italia en tiempo de Felipe II.

Estudió en Sevilla en el Colegio de la Compañía de Jesús, donde coincidió por primera vez con Cervantes. Entrado el siglo XVII volverían a coincidir los dos en la Cárcel Real de Sevilla, aunque en distintos papeles: el uno como capellán de la Cárcel y el otro preparando las palabras que escribiría en el prólogo del Quijote: "[allí] donde todo triste ruido hace su habitación".

Pedro de León ingresó en la Compañía en 1567, por tanto perteneció a las primeras promociones de jesuitas, que habían llegado a Sevilla en 1554. Siguiendo a Dominguez Ortiz, la Compañía de Jesús fue una verdadera revolución en el seno de la Iglesia; rompió con normas seculares, implantó un nuevo estilo en la clerecía regular que combinaba la búsqueda de la propia perfección con una intensa acción social utilizando métodos inéditos, adecuados a los nuevos tiempos. Esta acción la abordó desde ángulos diversos, aunque hubo dos que cultivaron con predilección: la formación de élites en los colegios y la misión popular, dirigida a todos, y con predilección a los más necesitados de apoyo, a los pobres, a los ignorantes, a los criminales, a los marginados.

Su actividad tiene como centro fundamental Sevilla. La Cárcel Real es el punto de partida para iniciarse sobre todas las direcciones y situaciones de la ciudad. Aparece en la Plaza de San Francisco, el Altozano de Triana, la Puerta Osario, la de la Macarena, la de Jerez, etc. Y de aquí a la Macarena, pasando por el río para atender a los galeotes enfermos que venían a invernar , y a Tablada en busca de las mujeres públicas, que por lo avanzado de su enfermedad habían sido expulsadas de la Mancebía. Sin contar con su presencia pacificadora en los "apedreaderos" que había en algunas Puertas de la ciudad, donde se enfrentaban las bandas rivales, con cuanto material bélico podían hacerse: cuchillos, espadas, pinchos y, sobre todo, hondas con las que apedrearse. No pocos fueron los alguaciles que salieron descalabrados cuando intentaron detener a los contendientes.

En este escenario funda dos casas para mujeres arrepentidas, un hospital para galeotes en Triana, una Cofradía en la Cárcel para luchar contra la blasfemia y los juramentos, una Congregación de caballeros incondicionales para asistir a los presos y otra Congregación para sacerdotes que, inquietos por una reforma seria de vida, quisieran acogerse a ella.

Pero no fue sedentario nuestro cura. Recorrió más de un centenar de pueblos y aldeas, distribuidos por las ocho provincias de Andalucía, Extremadura y Toledo. Como diría en una carta el padre Gonzalo de Peralta:

"Comenzó (las misiones) el Padre el año de 1582 hasta el 1615, que fueron 33, ninguno se le pasó sin misión y en no pocos hizo dos o tres. Apenas hay lugar en los arzobispados de Sevilla y Granada, y en los Obispados de Jaén, Cádiz, Almería, Guadix y Málaga, que no corriese, como también algunos de Extremadura y de la diócesis de Toledo".

Su principal obra conocida es el denominado Compendio: "Compendio de algunas experiencias en los ministerios de que usa la Compañía de Jesús, con que prácticamente se muestra con algunos acontecimientos y documentos el buen acierto en ellos, por orden de los superiores, por el Padre Pedro de León, de la misma Compañía". Debió terminarse de escribir en 1616, cuando el autor contaba 71 años de edad y dejaba el ministerio de la Cárcel de Sevilla para marchar de Rector al Colegio de Cádiz, pues en el Apéndice de los Ajusticiados dice: "Con este consuelo partí para Cádiz a los 15 del mes de junio de este año, de 1616, y llegué aquí donde presente estoy..."

De esta obra se conocen cuatro ejemplares, dos completos, el de Granada y el de Salamanca, y dos incompletos, el de Sevilla y Alcalá de Henares. Éste último está en el Archivo de la Compañía de Jesús de la Provincia de Toledo, y le falta el primer volumen, que es el de mayor interés histórico y social. El de Sevilla es sólo un fragmento, correspondiente a la Segunda Parte de la Cárcel. Parece copia del siglo XVIII y es propiedad del Duque de T'Serclaes. De los ejemplares completos, el más antiguo es el de la Biblioteca de la Universidad de Granada. Éste, como el de Alcalá, es de 1619, y el de Salamanca es de 1628.

El manuscrito original ha permanecido oculto en los archivos de los jesuitas de Granada desde 1619 hasta 1981, en que finalmente vio la luz y llegó a las manos de los archiveros e historiadores. Por su fidelidad a la cruda realidad, prácticamente se conservó en secreto; los superiores de De León en la Universidad de Granada estipularon en una nota en el manuscrito "Este cartapacio ordena el Padre Provincial que se ponga en la librería del Colegio de la Compañía de Jesús de Granada, y que no se saque de la dicha librería sin licencia del superior, y que esto sea por dos horas, y se vuelva luego a poner en su lugar. Fecha en Sevilla a 6 de mayo de 1619 (Firmado:) Agustín de Guindo".

Dice el padre jesuita que "no ofrezco el manuscrito para que de él se saquen conclusiones". Más bien el presbítero, que veía a España al frente de la Cristiandad y durante su fase final de expansionismo durante los inicios de la era moderna, intentaba dar al lector una "ojeada" de la sociedad andaluza. Pero tan verosímil fue que no gustó mucho a su compañeros en la Orden. Él mismo dice:

"A todos los Padres a quienes he dado a leer este Compendio, que no han sido pocos, ni de los menos cualificados, les ha parecido que le sobra una cosa, que en otros escritos se suele desear mucho, que es la verdad, por falta de la cual los suelen echar por ahí, y no los quieren ver, ni oir, y no han faltado algunos muy entendidos y muy siervos de Dios, que han tenido temor que no han de gustar a todos tantas verdades"

Según estos padres cualificados, incluso la verdad, para que surta el efecto correspondiente ha de ir con estrategia y moderación. Llegaron a decirle que "las verdades no han de ir descalzas, sino disimuladas, disfrazadas, enmeladas, azucaradas, confitadas ... como agua bendita, que no se ha de echar en cántaro, sino con hisopo, y que tenga mucha apariencia y semejanza de mentira, o muy parecidas, o muy parientes en muy cercano grado y afinidad con ella, o con lisonja...". Este fue el juicio de los censores, pero el autor que no era amigo de consideraciones, admite estas apreciaciones, y manifiesta resueltamente su posición aún en el caso de máxima responsabilidad, como sería una posible publicación de sus escritos: "Todo cuanto tengo en estos trabajos y apéndices va escrito con más claridad de lo que conviniera si se hubiera de imprimir". Más aún, devuelve contundentemente la crítica viniendo a decir lo que ese refrán castellano: "Quien se pica, ajos come":

"Todo cuanto tengo escrito en los dos tomos de este Compendio ha sido con muy buena intención y por obediencia como tengo dicho, y con ese deseo de que las verdades surtan los buenos efectos que suelen las medicinas que llegan a buen tiempo: que aunque amargan y revuelven las entrañas, sanan y ponen los enfermos en buena disposición para no recaer en aquellas enfermedades ni en otras. Y quien no las recibiere de esta manera, y a puras arcadas las volviera y trocare, muy claramente mostrara, lo uno, que tiene muy mal estómago y no sujeto a las medicinas; y lo otro, más principal, que le tocan estas verdades en las generales y aun en las particulares, que se lastiman en lo vivo o en la llaga o herida: como cuando se pone la sal en la mano que tiene algún rasguño, escuece y da pena; lo que no hace cuando la ponen en la que está sana. De donde todos vemos que no tiene la culpa la sal de aquel escozor, sino la herida o rasguño que vos tenéis en vuestras manos, que son vuestras obras, como las tendrán las verdades, que aquí se dicen si no caen en sujeto rasguñado y herido."

Y era de esperar a que sus propios compañeros vieran mal tanta sinceridad, ya que el P. León criticaba a algunos que rehúsaban el ministerio carcelario bien por repugnancia o bien -lo que es peor- por pensar que ese servicio era de bajo nivel y que ellos estaban más preparados para predicar en los grandes púlpitos. Al fin y al cabo, poco se podía salvar de aquella ralea. Y la crítica es furibunda, porque él también lo paso muy mal al principio y lo aceptó por el voto de obediencia, sin despreciar a las pobres almas aherrojadas. Decía nuestro hombre:

"Por lo cual concluyo sin temor ni recelo de que me será mal contado lo que aquí dijere. Lo primero, con que no es todo oro lo que reluce, ni todo celo de almas, el que lo parece, y el que mueve a desear púlpitos honrados [...] Aún no para en esto la demasía que algunos tienen procurando semejantes ocupaciones de púlpitos, sino que viendo, como lo ven con sus mismos ojos (si ya el amor propio no se los tiene cerrados) que no les oyen ni siguen, sino que positivamente huyen de sus sermones y que en sabiendo que predican ellos se deshace el auditorio y no quedan sino los cojos (como dicen) [...] Y para que se vea en qué paran los tales, bien pudiera yo sin escrúpulo alguno decir algunas cosas no bien parecidas de éstos, pero conténtome con decir que algunos han salido de la Compañía y no por santos (como se suele decir) de lo que echa la Compaía y ya que no quisieron ir con los ahorcados, ahorcaron ellos los hábitos como dicen"

Una de las secciones más interesantes de su manuscrito, la titulada "Apéndice de los Ajusticiados", es un anexo sobre aquellos sentenciados por el Tribunal Supremo secular en Sevilla. En el Apéndice, De León registró los nombres de los acusados, descripciones de las sentencias y de las ejecuciones que había presenciado. Escribió con gran detalle sobre la naturaleza de los crímenes cometidos y la escandalosa frecuencia con la que las autoridades habían invocado la pena de muerte. Y lo hace en un lenguaje llano, incluso usando de germanías, la jerga del hampa "cosa que se pega más que la sarna", como él mismo diría. Tanto se compenetró con los reclusos que decía que habia sido sentenciado a muerte trescienta nueve veces, en los 38 años que sirvió en la cárcel. Allí escuchó de los mismos presos y desde la antesala de la muerte las historias más negras de los siglos XVI y XVII, de las que tomaba buena nota. Acompañó a los presos en sus velas nocturnas esperando la muerte. Le dolían los "piojos y la miseria" de los presos. Éstos parece que sentían por él gran estima pues, cuando en broma, escenificaban el desfile de ajusticiados, uno de ellos con capa negra, hacía de padre León. Incluso cuando en 1616 se vio obligado a dejar la Cárcel para ir jubilado a Cádiz escribiría:

"Al fin partí de Sevilla, y me fuí a despedir de los presos de la Cárcel, que acompañaban mi sentimiento y lágrimas con las suyas, porque sin duda ninguna nos queríamos muy mucho, como quien había tratado en las cárceles y con presos, ayudándoles en sus solturas y consolándoles en sus trabajos y prisiones, desde 1578 así en Sevilla como en Granada, Córdoba y Málaga y otras partes..."

Él fue el gran conocedor, el más hondo especialista de la Cárcel Real de Sevilla. Sin contar con su actividad disuasoria en la Mancebía sevillana. Realmente no puede estudiarse los bajos fondos de la Sevilla imperial sin conocer su obra y la de otro coetáneo suyo: Cristobal de Chaves. Éste fue procurador o abogado de la Audiencia y escribió una "Relación de la Cárcel de Sevilla" en 1585. El padre León la conocía como él mismo dice en la segunda parte de la Cárcel.

La relación del Padre León con la Cárcel Real de Sevilla

A primera vista, a juzgar por las asiduas visitas que hacía, puede parecer que nuestro hombre fuera el capellán de la cárcel o el confesor oficial de los presos, que ambos tratamientos he visto escrito; más aún, algún autor se refiere a él como "fraile".

Aclaremos. No era el capellán de la cárcel pública. Ese puesto estaba cubierto por un cura secular; cuenta el mismo reverendo que "cuando yo entré en este ministerio, había un cura muy viejo y que de ordinario los presos tenían muchas quejas de él" porque se asustaba de los pecados que le contaban y, por ello, no terminaban de relatárselo. Así que nuestro buen hombre se vio impelido a buscar otro clérigo más conveniente, encontrando a uno que se llamaba Juan de San Martín, "el cual se confesaba con el Padre Jorge Alvarez". Mal que bien, este cura se quedó en la cárcel aunque tuvo "tantas dificultades en entrar en el oficio como yo". Debemos recordar que el P. León aceptó el ministerio de la cárcel por pura obediencia -un voto peculiar de los jesuitas- aunque se resistió por la repugnacia que le causaban las ejecuciones. Cuenta él de la primera ejecución a la que asistió que "sabe Dios la noche que yo llevé, y los días que me duró el temor y asco de ver la lengua al ahorcado con las babas, pues en más de quince días no podía comer de asco" ya que "nunca he tratado con semejante gente y tiemblo de entrar en la cárcel".

viejo jesuita

Pero la razón de fondo por la que no podía ser el capellán es porque San Ignacio, en las Constituciones de la Compañía de Jesús, recomendaba a los jesuitas no comprometerse con obligaciones institucionales y habituales ligadas a la territorialidad diocesana, como el ser párrocos o directores espirituales de conventos. Pues, conforme a su vocación, la Compañía "debe ser, cuanto es posible, desembarazada para las misiones de la Sede Apostólica" (Const. 374) y las tareas apostólicas que en cada momento se estimaran de mayor urgencia o trascendencia. Lo que hacía preciso que "las personas de la Compañía deben estar cada hora preparadas para discurrir por unas partes y otras del mundo" (Const. 588). Poco después, el Padre Gil González Dávila, en sus "Pláticas sobre las reglas de la Compañía de Jesús" diría "Este fin de ayudar a las almas, aunque les conviene a otras religiones, pero declara la 3.ª regla el modo particular con que la Compañía abrazó el mismo fin, que es ser propio de nuestra vocación, discurrir por cualquiera parte del mundo donde la mayor gloria de Dios y su servicio nos llevare. No es esta religión de gente de asiento ni aperrochiada en ésta o aquélla provincia, en este colegio o en el otro, sino de gente libre, desembarazada, y horra de todos embarazos, y universal, que haga a todas manos, imitadora de la universal caridad de Dios, que se extiende a todos." (1)

Esta cláusula constitucional explica la frenética actividad del Padre León por toda Andalucía, como hemos visto; ya en la campaña de las almadrabas, ya en un pueblo, ya en otro. Por esta misma razón, tampoco era exactamente el "confesor" de la Cárcel Real, como un único empleo, pues atendía a cuanto ajusticiado hubiera, proviniese de la Audiencia o de la Inquisición. Así le vemos actuar en la plaza San Francisco, en el quemadero del Prado de San Sebastián, en la plaza del Altozano, etc. Además, en la cárcel pública sevillana concurrían otras Órdenes religiosas al auxilio espiritual, como los dominicos.

Tampoco era León un fraile; éstos solían ser hombres piadosos que, como monjes, ingresaban en un convento o monasterio, y no todos estaban ordenados. El tratamiento de "fray" lo usaban sólo algunas Órdenes. Pedro de León era sacerdote, como todos los jesuitas, ya que como decía González Dávila sobre la Compañía "es religión, pero de clérigos, que así nos llaman en las Bulas: presbíteros o prestes. Y el Concilio Tridentino: Orto clericorum Societatis Iesu." y "el advertir que ésta es religión de clérigos, importa mucho, porque de aquí se ha de tomar la razón de nuestro Instituto". Por esta condición clerical solían confundirlos con los Teatinos, otra Orden sacerdotal que también se ocupaba de las cárceles (2).

Además, los jesuitas no usan un hábito especial, a similitud de los monjes: "El hábito de la Compañía no es como el de otras religiones, que por dondequiera, van diciendo: Catad que somos gente retirada y apartada del modo común. Su modo de proceder en esto es llano, como lo usan los clérigos honestos, según el uso aprobado". (3)

El padre León y las prostitutas

La reducción de las mujeres públicas fue desde el mismo San Ignacio un capítulo importante de la misión de la Compañía. Los jesuitas de los siglos XVI y XVII trabajaron por su regeneración en Sevilla, Granada y Málaga. El responsable de la orquestación del asedio al burdel sevillano, el padre Pedro de León, refiere en su Compendio cómo llevó a cabo la política moralista de la Compañía de Jesús. Además de procurar de las autoridades que se cumplieran los horarios con escrupulosidad, se aseguraban de que ello se llevaba a cabo efectivamente mediante su entrada en la Mancebía en los días festivos para adoctrinar y predicar a las rameras:

"Pues para que esta provisión se guardase mejor, dimos orden en que todo el día de guardar se guardase aquel maldito lugar, y por medio de muy honrados de nuestros penitentes se puso extraordinario cuidado, no faltando en ninguna hora del día de fiesta algunos de estos hombres en él. Y aunque a los principios (como en todas las cosas) hubo muy muchas dificultades, ya se guarda con muy grande facilitad, y es inviolable ley para ellas y para ellos que no han de ir en estos días a pecar. Muchas veces fui con ellos a los principios, entreteniendo a las mujeres con algunos ejemplos a propósito de su menester, y viendo los religiosos de las demás religiones el grande fruto que de esta asistencia se sacaba, tan holgado ellos de ir a hacer otro tanto, particularmente cuando nosotros no podemos ir, y lo mismo algunos buenos clérigos de los que tratan con nosotros".

Lo que marcaba la diferencia entre la Compañía de Jesús y otras órdenes religiosas que pudieran acudir esporádicamente a la asistencia a la Mancebía era la intensidad de su actuación y los métodos de catequesis utilizados. En este caso, se hacía uso de una dosificada mezcla de violencia física (recuérdese el carácter militar y militante que anima a la Compañía desde su fundación) y de tremendismo catequético, de fuerza y de pastoral, una estrategia claramente prebarroca, como se desprende las propias palabras del principal protagonista:

"Muchos años fui a la casa pública de las malas mujeres, a hacerles pláticas los domingos y algunas fiestas principales. Iban conmigo algunos hombres mayores y muy siervos de Dios; y mi compañero siempre era alguno de los hermanos viejos y de los más modestos y siervos de Dios. Lo primero que hacíamos era echar fuera los hombres y mozuelos que estaban dentro por aquellas callejuelas encantadas; y luego cerrábamos las puertas, y los buenos viejos con mis compañeros las entretenían mientras yo les predicaba a los hombres y mozuelos, que habíamos sacado de aquel infierno; y luego los enviaba a que fuesen a pedir perdón a Dios a las Iglesias más cercanas..."

Una vez cerrado el recinto, el padre León se apostaba a la puerta a la espera de "cazar" a los posibles clientes que acudían al burdel guiados por la autorizada costumbre de su apertura en días festivos. Allí los esperaba la compañía de congregados, dispuesta a echarles en cara su desatino carnal:

"[...] quedábame yo allí fuera, con dos o tres hombres honrados haciendo hora para acabar con el día la plática que había de hacer allá dentro a las miserables mujeres, que sentían grandemente la vocación de su torpe oficio y peor ganancia, o por mejor decir pérdida de cuerpo y alma. Los que venían al pecadero o al matadero de sus almas, y nos hallaban guardando la puerta, venían tan desatinados que no echaban de ver quién los detenía, y desapoderados se iban a lanzar en el infierno hasta que volviendo en sí nos veían y se detenían. Allí les decía: Hermanos: ¿sabéis a dónde veníais y lo que habíais de llevar a vuestra casa? Si aquí dentro estuviera un tigre o un léon desatado, ¿atreveríasos a entrar dentro?. "No", respondían ellos: "Pues hermanos, aquí dentro está el demonio que os quiere quitar la vida de vuestras almas y aun la de vuestros cuerpos con enfermedades asquerosas y hediondas, causadoras de grandes dolores y muchas veces de muerte". Con que procuraba desviarlos de aquella mala determinación y los enviaba como a los otros".

Siguiendo con la narración de las técnicas de persuasión y de coacción de los congregados sevillanos, el mayor grado de violencia se alcanzaba en el caso de los muchachos sorprendidos entre las mujeres de la Mancebía. Las ordenanzas de 1553 nada decían sobre la edad mínima permitida a los clientes, por lo que no era extraño encontrar en las "boticas" a chicos de hasta doce años de edad. Con ellos era con quienes el padre León se aplicaba con mayor contundencia:

"Una cosa no quiero dejar de contar aquí, que ordinariamente me pasaba cuando andábamos echando fuera de aquella maldita casa a los hombres que por allí andaban, y es que si entre ellos hallaba algunos mozuelos, muchos de poca edad, tomaba una disciplina que llevaba en la faltriquera y dábales por las pernezuelas, y como les dolía, salían bailando más que de paso, sin aguardar contenencias ni compases, y escarmentaban para no volver más allí porque juntamente con irles dando les iba diciendo: "Sal del infierno mal muchacho y no me vengas más por aquí", etc".

Una vez ahuyentados los clientes que esperaban llegase su turno para yacer con las rameras, una vez intimidados los que se acercaban por el Compás de la Laguna con la esperanza de satisfacer su prurito carnal y una vez expulsados a cintarazos los muchachos que iniciaban sus andanzas sexuales entre las coimas del burdel, el padre León y sus adustos compañeros se encerraban con las mujeres del torpe oficio e iniciaban una serie de prédicas dirigidas a su conversión:

"Llegada la hora que digo, les predicaba allá dentro en el patio a las mujeres delante de mis compañeros, acomodada al mal estado en que estaban, afeándoselo mucho, y diciéndoles a veces que si las habían criado sus padres para que viniesen a ser el desecho y la basura de las repúblicas, y que eran hijas de buenos, y por sí malísimas; y otras cosas como éstas con que se enternecían, acordándose cada una de sus madres y que las habían criado para ponerlas en honras y que ellas estaban en su deshonra. Y luego les decía otras cosas más espirituales, y como ya estaban algo enternecidas pasaban adelante las lágrimas y muchas veces se convertían, y a una y a dos y otras veces más".

Especial interés tuvieron siempre el jesuita y sus congregados en poner en funcionamiento las estrategias descritas en los días festivos más señalados, aquéllos en que más hombres llegaban a la ciudad procedentes de las zonas colindantes, atraídos por la fama del Compás. Lógicamente, eran también los días en que se reforzaba el servicio mediante prostitutas de mancebías cercanas y, por lo mismo, la ocasión de evitar mayor cantidad de pecados y de conseguir mayor número de conversiones.

Notas:

(1) Esta tradición y su finalidad persisten hasta el Vaticano II, que exhortó a los religiosos a "secundar pronta y fielmente los deseos de los Obispos para recibir cometidos más amplios", "dispuestos según sus posibilidades, a recibir encomiendas de Parroquias". En consecuencia, la Congregación General 31 (1961) declaró que no debía ya considerarse que la atención parroquial a los fieles fuera contraria a las Constituciones jesuíticas. [Volver al punto de lectura]

(2) Teatinos. En el Renacimiento se impone en la Iglesia la necesidad de una reforma de costumbres. El papa Julio II manifestó este deseo en V Concilio de Letrán. Principio de estas reformas fue el Oratorio del Amor Divino, fundado por San Cayetano, en Roma, en 1516. Con el tiempo esta Institución se transformaría en una Congregación de sacerdotes que se caracterizarían por su vida en común, su obediencia a un Superior General y su dependencia de la Santa Sede. El primer colaborador de esta nueva obra fue Juan Pedro Carafa, Obispo de Chiete (antigua Teati), de donde les vendría el nombre de teatinos. Este obispo sería luego el Papa Pablo IV. Clemente VII aprobó la nueva Congregación por el Breve "Exponi nobis", de 24 de junio de 1524. La nueva Orden religiosa por su género de vida, ministerios en cárceles y hospitales, y por su forma de vestir fue confundida con los jesuitas. El padre Araoz habla en diversas ocasiones de esta confusión y la misma Santa Teresa llamaba a los jesuitas "teatinos". [Volver al punto de lectura]

(3) "Pláticas del Padre Gil González Dávila sobre las reglas de la Compañía de Jesús", Gil González Dávila (1570-1658) Puede leerlas en la Biblioteca Virtual Cervantes. | [Volver al punto de lectura]

  Para saber más...
"Grandeza y miseria en Andalucía. Testimonio de una encrucijada histórica (1578-1761)", Pedro de León. Edición, introducción y notas de Pedro Herrera Puga; prólogo de Antonio Dominguez Ortiz; Granada 1981
Descripción de la cárcel pública de Sevilla por el P. Pedro de León
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