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¿Cómo tratar de las gentes de los bajos fondos de
la Sevilla, a inicios de la edad Moderna, sin hablar de este incansable
hombre?
Pedro de León nació en Jerez de la Frontera en 1545,
y murió en la Casa Profesa de Sevilla el 24 de septiembre
de 1632. Pertenecía a una familia de lo que hoy llamaríamos
"clase media", sin riquezas, sin miserias pero con algunas
dificultades económicas, ya que con motivo de la misión
de las Almadrabas del Duque de Medina Sidonia en 1582, éste
quiso ayudar a su familia, conocedor de la estrechez de su situación.
Como miembros conocidos de su familia consta un hermano suyo, el
"padre Juan de León, que por orden de nuestro padre
San Francisco de Borja fue a Alemania y leyó en sus Universidades
más de treinta años con notable aceptación
de todos". También sabemos, por afirmacion del mismo
P. León, de un tío suyo, que destacó como predicador
en los púlpitos de Andalucía, y de un "primo
segundo", el Dr. Pedro de León, importante miembro del
Consejo de Italia en tiempo de Felipe II.
Estudió en Sevilla en el Colegio de la Compañía
de Jesús, donde coincidió por primera vez con Cervantes.
Entrado el siglo XVII volverían a coincidir los dos en la
Cárcel Real de Sevilla, aunque en distintos papeles: el uno
como capellán de la Cárcel y el otro preparando las
palabras que escribiría en el prólogo del Quijote:
"[allí] donde todo triste ruido hace su habitación".
Pedro de León ingresó en la Compañía
en 1567, por tanto perteneció a las primeras promociones
de jesuitas, que habían llegado a Sevilla en 1554. Siguiendo
a Dominguez Ortiz, la Compañía de Jesús fue
una verdadera revolución en el seno de la Iglesia; rompió
con normas seculares, implantó un nuevo estilo en la clerecía
regular que combinaba la búsqueda de la propia perfección
con una intensa acción social utilizando métodos inéditos,
adecuados a los nuevos tiempos. Esta acción la abordó
desde ángulos diversos, aunque hubo dos que cultivaron con
predilección: la formación de élites en los
colegios y la misión popular, dirigida a todos, y con predilección
a los más necesitados de apoyo, a los pobres, a los ignorantes,
a los criminales, a los marginados.
Su actividad tiene como centro fundamental Sevilla. La Cárcel
Real es el punto de partida para iniciarse sobre todas las direcciones
y situaciones de la ciudad. Aparece en la Plaza de San Francisco,
el Altozano de Triana, la Puerta Osario, la de la Macarena, la de
Jerez, etc. Y de aquí a la Macarena, pasando por el río
para atender a los galeotes enfermos que venían a invernar
, y a Tablada en busca de las mujeres públicas, que por lo
avanzado de su enfermedad habían sido expulsadas de la Mancebía.
Sin contar con su presencia pacificadora en los "apedreaderos"
que había en algunas Puertas de la ciudad, donde se enfrentaban
las bandas rivales, con cuanto material bélico podían
hacerse: cuchillos, espadas, pinchos y, sobre todo, hondas con las
que apedrearse. No pocos fueron los alguaciles que salieron descalabrados
cuando intentaron detener a los contendientes.
En este escenario funda dos casas para mujeres arrepentidas, un
hospital para galeotes en Triana, una Cofradía en la Cárcel
para luchar contra la blasfemia y los juramentos, una Congregación
de caballeros incondicionales para asistir a los presos y otra Congregación
para sacerdotes que, inquietos por una reforma seria de vida, quisieran
acogerse a ella.
Pero no fue sedentario nuestro cura. Recorrió más
de un centenar de pueblos y aldeas, distribuidos por las ocho provincias
de Andalucía, Extremadura y Toledo. Como diría en
una carta el padre Gonzalo de Peralta:
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"Comenzó (las misiones) el Padre el año
de 1582 hasta el 1615, que fueron 33, ninguno se le pasó
sin misión y en no pocos hizo dos o tres. Apenas hay
lugar en los arzobispados de Sevilla y Granada, y en los Obispados
de Jaén, Cádiz, Almería, Guadix y Málaga,
que no corriese, como también algunos de Extremadura
y de la diócesis de Toledo".
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Su principal obra conocida es el denominado Compendio: "Compendio
de algunas experiencias en los ministerios de que usa la Compañía
de Jesús, con que prácticamente se muestra con algunos
acontecimientos y documentos el buen acierto en ellos, por orden
de los superiores, por el Padre Pedro de León, de la misma
Compañía". Debió terminarse de escribir
en 1616, cuando el autor contaba 71 años de edad y dejaba
el ministerio de la Cárcel de Sevilla para marchar de Rector
al Colegio de Cádiz, pues en el Apéndice de los Ajusticiados
dice: "Con este consuelo partí para Cádiz
a los 15 del mes de junio de este año, de 1616, y llegué
aquí donde presente estoy..."
De esta obra se conocen cuatro ejemplares, dos completos,
el de Granada y el de Salamanca, y dos incompletos, el de Sevilla
y Alcalá de Henares. Éste último está
en el Archivo de la Compañía de Jesús de la
Provincia de Toledo, y le falta el primer volumen, que es el de
mayor interés histórico y social. El de Sevilla es
sólo un fragmento, correspondiente a la Segunda Parte de
la Cárcel. Parece copia del siglo XVIII y es propiedad del
Duque de T'Serclaes. De los ejemplares completos, el más
antiguo es el de la Biblioteca de la Universidad de Granada. Éste,
como el de Alcalá, es de 1619, y el de Salamanca es de 1628.
El manuscrito original ha permanecido oculto en los archivos
de los jesuitas de Granada desde 1619 hasta 1981, en que
finalmente vio la luz y llegó a las manos de los archiveros
e historiadores. Por su fidelidad a la cruda realidad, prácticamente
se conservó en secreto; los superiores de De León
en la Universidad de Granada estipularon en una nota en el manuscrito
"Este cartapacio ordena el Padre Provincial que se ponga
en la librería del Colegio de la Compañía de
Jesús de Granada, y que no se saque de la dicha librería
sin licencia del superior, y que esto sea por dos horas, y se vuelva
luego a poner en su lugar. Fecha en Sevilla a 6 de mayo de 1619
(Firmado:) Agustín de Guindo".
Dice el padre jesuita que "no ofrezco el manuscrito para
que de él se saquen conclusiones". Más bien
el presbítero, que veía a España al frente
de la Cristiandad y durante su fase final de expansionismo durante
los inicios de la era moderna, intentaba dar al lector una "ojeada"
de la sociedad andaluza. Pero tan verosímil fue que no gustó
mucho a su compañeros en la Orden. Él mismo dice:
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"A todos los Padres a quienes he dado a leer este Compendio,
que no han sido pocos, ni de los menos cualificados, les ha
parecido que le sobra una cosa, que en otros escritos se suele
desear mucho, que es la verdad, por falta de la cual los suelen
echar por ahí, y no los quieren ver, ni oir, y no han
faltado algunos muy entendidos y muy siervos de Dios, que
han tenido temor que no han de gustar a todos tantas verdades"
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Según estos padres cualificados, incluso la verdad, para
que surta el efecto correspondiente ha de ir con estrategia y moderación.
Llegaron a decirle que "las verdades no han de ir descalzas,
sino disimuladas, disfrazadas, enmeladas, azucaradas, confitadas
... como agua bendita, que no se ha de echar en cántaro,
sino con hisopo, y que tenga mucha apariencia y semejanza de mentira,
o muy parecidas, o muy parientes en muy cercano grado y afinidad
con ella, o con lisonja...". Este fue el juicio de los
censores, pero el autor que no era amigo de consideraciones, admite
estas apreciaciones, y manifiesta resueltamente su posición
aún en el caso de máxima responsabilidad, como sería
una posible publicación de sus escritos: "Todo cuanto
tengo en estos trabajos y apéndices va escrito con más
claridad de lo que conviniera si se hubiera de imprimir".
Más aún, devuelve contundentemente la crítica
viniendo a decir lo que ese refrán castellano: "Quien
se pica, ajos come":
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"Todo cuanto tengo escrito en los dos tomos de este
Compendio ha sido con muy buena intención y por obediencia
como tengo dicho, y con ese deseo de que las verdades surtan
los buenos efectos que suelen las medicinas que llegan a buen
tiempo: que aunque amargan y revuelven las entrañas,
sanan y ponen los enfermos en buena disposición para
no recaer en aquellas enfermedades ni en otras. Y quien no
las recibiere de esta manera, y a puras arcadas las volviera
y trocare, muy claramente mostrara, lo uno, que tiene muy
mal estómago y no sujeto a las medicinas; y lo otro,
más principal, que le tocan estas verdades en las generales
y aun en las particulares, que se lastiman en lo vivo o en
la llaga o herida: como cuando se pone la sal en la mano que
tiene algún rasguño, escuece y da pena; lo que
no hace cuando la ponen en la que está sana. De donde
todos vemos que no tiene la culpa la sal de aquel escozor,
sino la herida o rasguño que vos tenéis en vuestras
manos, que son vuestras obras, como las tendrán las
verdades, que aquí se dicen si no caen en sujeto rasguñado
y herido."
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Y era de esperar a que sus propios compañeros vieran mal
tanta sinceridad, ya que el P. León criticaba a algunos que
rehúsaban el ministerio carcelario bien por repugnancia o
bien -lo que es peor- por pensar que ese servicio era de bajo nivel
y que ellos estaban más preparados para predicar en los grandes
púlpitos. Al fin y al cabo, poco se podía salvar de
aquella ralea. Y la crítica es furibunda, porque él
también lo paso muy mal al principio y lo aceptó por
el voto de obediencia, sin despreciar a las pobres almas aherrojadas.
Decía nuestro hombre:
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"Por lo cual concluyo sin temor ni recelo de que me
será mal contado lo que aquí dijere. Lo primero,
con que no es todo oro lo que reluce, ni todo celo de almas,
el que lo parece, y el que mueve a desear púlpitos
honrados [...] Aún no para en esto la demasía
que algunos tienen procurando semejantes ocupaciones de púlpitos,
sino que viendo, como lo ven con sus mismos ojos (si ya el
amor propio no se los tiene cerrados) que no les oyen ni siguen,
sino que positivamente huyen de sus sermones y que en sabiendo
que predican ellos se deshace el auditorio y no quedan sino
los cojos (como dicen) [...] Y para que se vea en qué
paran los tales, bien pudiera yo sin escrúpulo alguno
decir algunas cosas no bien parecidas de éstos, pero
conténtome con decir que algunos han salido de la Compañía
y no por santos (como se suele decir) de lo que echa la Compaía
y ya que no quisieron ir con los ahorcados, ahorcaron ellos
los hábitos como dicen"
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Una de las secciones más interesantes de su manuscrito,
la titulada "Apéndice de los Ajusticiados", es
un anexo sobre aquellos sentenciados por el Tribunal Supremo secular
en Sevilla. En el Apéndice, De León registró
los nombres de los acusados, descripciones de las sentencias y de
las ejecuciones que había presenciado. Escribió con
gran detalle sobre la naturaleza de los crímenes cometidos
y la escandalosa frecuencia con la que las autoridades habían
invocado la pena de muerte. Y lo hace en un lenguaje llano, incluso
usando de germanías, la jerga del hampa "cosa que
se pega más que la sarna", como él mismo
diría. Tanto se compenetró con los reclusos que decía
que habia sido sentenciado a muerte trescienta nueve veces, en los
38 años que sirvió en la cárcel. Allí
escuchó de los mismos presos y desde la antesala de la muerte
las historias más negras de los siglos XVI y XVII, de las
que tomaba buena nota. Acompañó a los presos en sus
velas nocturnas esperando la muerte. Le dolían los "piojos
y la miseria" de los presos. Éstos parece que sentían
por él gran estima pues, cuando en broma, escenificaban el
desfile de ajusticiados, uno de ellos con capa negra, hacía
de padre León. Incluso cuando en 1616 se vio obligado a dejar
la Cárcel para ir jubilado a Cádiz escribiría:
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"Al fin partí de Sevilla, y me fuí a despedir
de los presos de la Cárcel, que acompañaban
mi sentimiento y lágrimas con las suyas, porque sin
duda ninguna nos queríamos muy mucho, como quien había
tratado en las cárceles y con presos, ayudándoles
en sus solturas y consolándoles en sus trabajos y prisiones,
desde 1578 así en Sevilla como en Granada, Córdoba
y Málaga y otras partes..."
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Él fue el gran conocedor, el más hondo especialista
de la Cárcel Real de Sevilla. Sin contar con su actividad
disuasoria en la Mancebía sevillana. Realmente no puede estudiarse
los bajos fondos de la Sevilla imperial sin conocer su obra y la
de otro coetáneo suyo: Cristobal de Chaves. Éste fue
procurador o abogado de la Audiencia y escribió una "Relación
de la Cárcel de Sevilla" en 1585. El padre León
la conocía como él mismo dice en la segunda parte
de la Cárcel.
La relación del Padre León con la Cárcel
Real de Sevilla
A primera vista, a juzgar por las asiduas visitas que hacía,
puede parecer que nuestro hombre fuera el capellán de la
cárcel o el confesor oficial de los presos, que ambos tratamientos
he visto escrito; más aún, algún autor se refiere
a él como "fraile".
Aclaremos. No era el capellán de la cárcel pública.
Ese puesto estaba cubierto por un cura secular; cuenta el mismo
reverendo que "cuando yo entré en este ministerio,
había un cura muy viejo y que de ordinario los presos tenían
muchas quejas de él" porque se asustaba de los pecados
que le contaban y, por ello, no terminaban de relatárselo.
Así que nuestro buen hombre se vio impelido a buscar otro
clérigo más conveniente, encontrando a uno que se
llamaba Juan de San Martín, "el cual se confesaba
con el Padre Jorge Alvarez". Mal que bien, este cura se
quedó en la cárcel aunque tuvo "tantas dificultades
en entrar en el oficio como yo". Debemos recordar que el P.
León aceptó el ministerio de la cárcel por
pura obediencia -un voto peculiar de los jesuitas- aunque se resistió
por la repugnacia que le causaban las ejecuciones. Cuenta él
de la primera ejecución a la que asistió que "sabe
Dios la noche que yo llevé, y los días que me duró
el temor y asco de ver la lengua al ahorcado con las babas, pues
en más de quince días no podía comer de asco"
ya que "nunca he tratado con semejante gente y tiemblo de entrar
en la cárcel".
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Pero la razón de fondo por la que no podía ser el
capellán es porque San Ignacio, en las Constituciones de
la Compañía de Jesús, recomendaba a los jesuitas
no comprometerse con obligaciones institucionales y habituales ligadas
a la territorialidad diocesana, como el ser párrocos o directores
espirituales de conventos. Pues, conforme a su vocación,
la Compañía "debe ser, cuanto es posible, desembarazada
para las misiones de la Sede Apostólica" (Const. 374)
y las tareas apostólicas que en cada momento se estimaran
de mayor urgencia o trascendencia. Lo que hacía preciso que
"las personas de la Compañía deben estar cada
hora preparadas para discurrir por unas partes y otras del mundo"
(Const. 588). Poco después, el Padre Gil González
Dávila, en sus "Pláticas sobre las reglas de
la Compañía de Jesús" diría "Este
fin de ayudar a las almas, aunque les conviene a otras religiones,
pero declara la 3.ª regla el modo particular con que la Compañía
abrazó el mismo fin, que es ser propio de nuestra vocación,
discurrir por cualquiera parte del mundo donde la mayor gloria de
Dios y su servicio nos llevare. No es esta religión de gente
de asiento ni aperrochiada en ésta o aquélla provincia,
en este colegio o en el otro, sino de gente libre, desembarazada,
y horra de todos embarazos, y universal, que haga a todas manos,
imitadora de la universal caridad de Dios, que se extiende a todos."
(1)
Esta cláusula constitucional explica la frenética
actividad del Padre León por toda Andalucía, como
hemos visto; ya en la campaña de las almadrabas, ya en un
pueblo, ya en otro. Por esta misma razón, tampoco era exactamente
el "confesor" de la Cárcel Real, como un único
empleo, pues atendía a cuanto ajusticiado hubiera, proviniese
de la Audiencia o de la Inquisición. Así le vemos
actuar en la plaza San Francisco, en el quemadero del Prado de San
Sebastián, en la plaza del Altozano, etc. Además,
en la cárcel pública sevillana concurrían otras
Órdenes religiosas al auxilio espiritual, como los dominicos.
Tampoco era León un fraile; éstos solían ser
hombres piadosos que, como monjes, ingresaban en un convento o monasterio,
y no todos estaban ordenados. El tratamiento de "fray"
lo usaban sólo algunas Órdenes. Pedro de León
era sacerdote, como todos los jesuitas, ya que como decía
González Dávila sobre la Compañía "es
religión, pero de clérigos, que así nos llaman
en las Bulas: presbíteros o prestes. Y el Concilio Tridentino:
Orto clericorum Societatis Iesu." y "el advertir
que ésta es religión de clérigos, importa mucho,
porque de aquí se ha de tomar la razón de nuestro
Instituto". Por esta condición clerical solían
confundirlos con los Teatinos, otra Orden sacerdotal que también
se ocupaba de las cárceles (2).
Además, los jesuitas no usan un hábito especial,
a similitud de los monjes: "El hábito de la Compañía
no es como el de otras religiones, que por dondequiera, van diciendo:
Catad que somos gente retirada y apartada del modo común.
Su modo de proceder en esto es llano, como lo usan los clérigos
honestos, según el uso aprobado". (3)
El padre León y las prostitutas
La reducción de las mujeres públicas fue desde el
mismo San Ignacio un capítulo importante de la misión
de la Compañía. Los jesuitas de los siglos XVI y XVII
trabajaron por su regeneración en Sevilla, Granada y Málaga.
El responsable de la orquestación del asedio al burdel sevillano,
el padre Pedro de León, refiere en su Compendio cómo
llevó a cabo la política moralista de la Compañía
de Jesús. Además de procurar de las autoridades que
se cumplieran los horarios con escrupulosidad, se aseguraban de
que ello se llevaba a cabo efectivamente mediante su entrada en
la Mancebía en los días festivos para adoctrinar y
predicar a las rameras:
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"Pues para que esta provisión se guardase mejor,
dimos orden en que todo el día de guardar se guardase
aquel maldito lugar, y por medio de muy honrados de nuestros
penitentes se puso extraordinario cuidado, no faltando en
ninguna hora del día de fiesta algunos de estos hombres
en él. Y aunque a los principios (como en todas las
cosas) hubo muy muchas dificultades, ya se guarda con muy
grande facilitad, y es inviolable ley para ellas y para ellos
que no han de ir en estos días a pecar. Muchas veces
fui con ellos a los principios, entreteniendo a las mujeres
con algunos ejemplos a propósito de su menester, y
viendo los religiosos de las demás religiones el grande
fruto que de esta asistencia se sacaba, tan holgado ellos
de ir a hacer otro tanto, particularmente cuando nosotros
no podemos ir, y lo mismo algunos buenos clérigos de
los que tratan con nosotros".
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Lo que marcaba la diferencia entre la Compañía de
Jesús y otras órdenes religiosas que pudieran acudir
esporádicamente a la asistencia a la Mancebía era
la intensidad de su actuación y los métodos de catequesis
utilizados. En este caso, se hacía uso de una dosificada
mezcla de violencia física (recuérdese el carácter
militar y militante que anima a la Compañía desde
su fundación) y de tremendismo catequético, de fuerza
y de pastoral, una estrategia claramente prebarroca, como se desprende
las propias palabras del principal protagonista:
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"Muchos años fui a la casa pública de
las malas mujeres, a hacerles pláticas los domingos
y algunas fiestas principales. Iban conmigo algunos hombres
mayores y muy siervos de Dios; y mi compañero siempre
era alguno de los hermanos viejos y de los más modestos
y siervos de Dios. Lo primero que hacíamos era echar
fuera los hombres y mozuelos que estaban dentro por aquellas
callejuelas encantadas; y luego cerrábamos las puertas,
y los buenos viejos con mis compañeros las entretenían
mientras yo les predicaba a los hombres y mozuelos, que habíamos
sacado de aquel infierno; y luego los enviaba a que fuesen
a pedir perdón a Dios a las Iglesias más cercanas..."
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Una vez cerrado el recinto, el padre León se apostaba a
la puerta a la espera de "cazar" a los posibles clientes
que acudían al burdel guiados por la autorizada costumbre
de su apertura en días festivos. Allí los esperaba
la compañía de congregados, dispuesta a echarles en
cara su desatino carnal:
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"[...] quedábame yo allí fuera, con dos
o tres hombres honrados haciendo hora para acabar con el día
la plática que había de hacer allá dentro
a las miserables mujeres, que sentían grandemente la
vocación de su torpe oficio y peor ganancia, o por
mejor decir pérdida de cuerpo y alma. Los que venían
al pecadero o al matadero de sus almas, y nos hallaban guardando
la puerta, venían tan desatinados que no echaban de
ver quién los detenía, y desapoderados se iban
a lanzar en el infierno hasta que volviendo en sí nos
veían y se detenían. Allí les decía:
Hermanos: ¿sabéis a dónde veníais
y lo que habíais de llevar a vuestra casa? Si aquí
dentro estuviera un tigre o un léon desatado, ¿atreveríasos
a entrar dentro?. "No", respondían ellos:
"Pues hermanos, aquí dentro está el demonio
que os quiere quitar la vida de vuestras almas y aun la de
vuestros cuerpos con enfermedades asquerosas y hediondas,
causadoras de grandes dolores y muchas veces de muerte".
Con que procuraba desviarlos de aquella mala determinación
y los enviaba como a los otros".
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Siguiendo con la narración de las técnicas de persuasión
y de coacción de los congregados sevillanos, el mayor grado
de violencia se alcanzaba en el caso de los muchachos sorprendidos
entre las mujeres de la Mancebía. Las ordenanzas de 1553
nada decían sobre la edad mínima permitida a los clientes,
por lo que no era extraño encontrar en las "boticas"
a chicos de hasta doce años de edad. Con ellos era con quienes
el padre León se aplicaba con mayor contundencia:
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"Una cosa no quiero dejar de contar aquí, que
ordinariamente me pasaba cuando andábamos echando fuera
de aquella maldita casa a los hombres que por allí
andaban, y es que si entre ellos hallaba algunos mozuelos,
muchos de poca edad, tomaba una disciplina que llevaba en
la faltriquera y dábales por las pernezuelas, y como
les dolía, salían bailando más que de
paso, sin aguardar contenencias ni compases, y escarmentaban
para no volver más allí porque juntamente con
irles dando les iba diciendo: "Sal del infierno mal muchacho
y no me vengas más por aquí", etc".
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Una vez ahuyentados los clientes que esperaban llegase su turno
para yacer con las rameras, una vez intimidados los que se acercaban
por el Compás de la Laguna con la esperanza de satisfacer
su prurito carnal y una vez expulsados a cintarazos los muchachos
que iniciaban sus andanzas sexuales entre las coimas del burdel,
el padre León y sus adustos compañeros se encerraban
con las mujeres del torpe oficio e iniciaban una serie de prédicas
dirigidas a su conversión:
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"Llegada la hora que digo, les predicaba allá
dentro en el patio a las mujeres delante de mis compañeros,
acomodada al mal estado en que estaban, afeándoselo
mucho, y diciéndoles a veces que si las habían
criado sus padres para que viniesen a ser el desecho y la
basura de las repúblicas, y que eran hijas de buenos,
y por sí malísimas; y otras cosas como éstas
con que se enternecían, acordándose cada una
de sus madres y que las habían criado para ponerlas
en honras y que ellas estaban en su deshonra. Y luego les
decía otras cosas más espirituales, y como ya
estaban algo enternecidas pasaban adelante las lágrimas
y muchas veces se convertían, y a una y a dos y otras
veces más".
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Especial interés tuvieron siempre el jesuita y sus congregados
en poner en funcionamiento las estrategias descritas en los días
festivos más señalados, aquéllos en que más
hombres llegaban a la ciudad procedentes de las zonas colindantes,
atraídos por la fama del Compás. Lógicamente,
eran también los días en que se reforzaba el servicio
mediante prostitutas de mancebías cercanas y, por lo mismo,
la ocasión de evitar mayor cantidad de pecados y de conseguir
mayor número de conversiones.
Notas:
(1) Esta tradición y su finalidad persisten
hasta el Vaticano II, que exhortó a los religiosos a "secundar
pronta y fielmente los deseos de los Obispos para recibir cometidos
más amplios", "dispuestos según sus posibilidades,
a recibir encomiendas de Parroquias". En consecuencia, la Congregación
General 31 (1961) declaró que no debía ya considerarse
que la atención parroquial a los fieles fuera contraria a
las Constituciones jesuíticas. [Volver
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(2) Teatinos. En el Renacimiento se impone en
la Iglesia la necesidad de una reforma de costumbres. El papa Julio
II manifestó este deseo en V Concilio de Letrán. Principio
de estas reformas fue el Oratorio del Amor Divino, fundado por San
Cayetano, en Roma, en 1516. Con el tiempo esta Institución
se transformaría en una Congregación de sacerdotes
que se caracterizarían por su vida en común, su obediencia
a un Superior General y su dependencia de la Santa Sede. El primer
colaborador de esta nueva obra fue Juan Pedro Carafa, Obispo de
Chiete (antigua Teati), de donde les vendría el nombre de
teatinos. Este obispo sería luego el Papa Pablo IV. Clemente
VII aprobó la nueva Congregación por el Breve "Exponi
nobis", de 24 de junio de 1524. La nueva Orden religiosa por
su género de vida, ministerios en cárceles y hospitales,
y por su forma de vestir fue confundida con los jesuitas. El padre
Araoz habla en diversas ocasiones de esta confusión y la
misma Santa Teresa llamaba a los jesuitas "teatinos".
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(3) "Pláticas del Padre Gil González
Dávila sobre las reglas de la Compañía de Jesús",
Gil González Dávila (1570-1658) Puede leerlas en la
Biblioteca
Virtual Cervantes. | [Volver
al punto de lectura]
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Para saber más... |
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"Grandeza y miseria en Andalucía. Testimonio de
una encrucijada histórica (1578-1761)", Pedro de
León. Edición, introducción y notas de
Pedro Herrera Puga; prólogo de Antonio Dominguez Ortiz;
Granada 1981 |
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