Los bajos fondos en la Sevilla del siglo XVI
Como no podía ser de otro modo, en una sociedad tan heterogénea,
la variedad era también la característica de los bajos
fondos y de las llamadas "gente de mal vivir". Sevilla
destacaba en el conjunto de la Monarquía por la extensión
que habían llegado a alcanzar estas gentes del hampa, en
particular a finales del siglo. En la ciudad había zonas
que estaban dominadas enteramente por el hampa, por ejemplo Santa
María la Blanca, el Arenal (junto al puerto) y el campo de
Tablada. Ninguna ciudad había en las Españas más
idónea para albergar a la picaresca y la delincuencia. Decía
Cervantes que Sevilla era "amparo de pobres y refugio de
dechados, que en su grandeza no sólo caben los pequeños,
pero no se echa de ver los grandes".
Pícaros
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Algunos integrantes de esta categoría social alternaban
el delito con diverso tipo de trabajo eventual dentro de la ley,
y más relacionado con el comercio que con la industria. El
sistema de flotas en el comercio con América hacía
que se sucediesen momentos de frenética actividad con períodos
en los que había escaso movimiento en el puerto. La
falta de trabajo favorecía actividades poco honestas
y los delitos se hacían más frecuentes cuando había
menos trabajo. Los desocupados se dedicaban a vender mercancias
fraudulentamente. Había personas especializadas en revender
con rapidez los objetos robados, y otros compraban productos, como
vinagre, aceite, vino, azúcar, miel y cera que posteriormente
adulteraban, obteniendo así una mayor cantidad. En una ocasión,
uno de estos defradaudores vendió a un hidalgo un trozo de
oveja haciéndolo pasar por carne de buey, por el sencillo
procedimiento de coser unos testículos a la pieza de carne.
Su desgracia fue que la cocinera tenía mejor vista que su
señor y se dió cuenta del timo. El vendedor fue apresado
por la justicia y explusado de la ciudad.
Eran los pícaros "una especie de gentes que ni
parecen cristianos, ni moros, ni gentiles", en palabras
del protagonista de "La vida del escudero Marcos de Obregón".
Es interesante señalar que este numeroso grupo de personas
que vivía al borde mismo de la legalidad, formaban toda una
organización en la que cada cual cumplía
un papel determinado, con su propia jerarquía y con cierto
control sobre cada uno de sus miembros. El ejemplo más conocido
es el que nos presenta Cervantes en su "Rinconete y
Cortadillo", novela en la que se describe con gran
realismo esa organización gremial de ladrones encabezada
por el señor Monipodio, que dirigía, con una sistemática
perfectamente establecida, el delito en Sevilla, asignando a cada
integrante del grupo la actividad que tenía que desarrollar,
junto con el territorio que formaba su propia demarcación
para actuar.
Los pícaros podían ser "de cocina" (pinches
auxiliares de cocinero), "de costa" (merodeadores de playas
y puertos") y "de jabega" (timadores de incautos).
Normalmente robaba lo justo para comer, distinguiéndose del
rufián en su carácter cínico y amoral y en
la ausencia de violencia para lograr sus fines. El origen del pícaro
parece estar en el oficio de esportillero -aquél que transporta
un producto en espuertas- , oficio que aprovechaban para sisar algo
de mercancía con qué comer. Para principios del siglo
XVII se cuentan en España más de 150.000 vagabundos.
El lenguaje utilizado por los bajos fondos era también una
característica que lo definía. Era una jerga especial,
la "jerga de la germanía", cuyo
empleo constituía un signo de reconocimiento entre los truhanes.
La taberna era la ermita, el bando de tortura era el confesionario,
ser ahorcado era casarse con la viuda, al dinero se le
llamaba la sangre, a la bolsa de monedas la pelota
y a Sevilla la denominaban Babilonia.
La delincuencia sevillana solía resolver sus cuentas en
los llamados "apedreaderos" que había en
algunas puertas de la ciudad y en las murallas y barbacanas. Nos
cuenta el Padre León,
todo un cronista de los bajos mundos, que en ellos se reunían
"muchos hombres desalmados, delincuentes, inquietos, valientes,
valentones, bravotines, espadachines y matadores y forajidos, gentes
a quien no se atrevían las justicias que había en
esta gran ciudad, así de la ordinaria, como la de la ciudad,
y alcaldes de corte". Allí se enfrentaban las bandas
rivales, con cuanto material bélico podían hacerse:
cuchillos, espadas, pinchos y, sobre todo, hondas con las que apedrearse.
No pocos fueron los alguaciles que salieron descalabrados cuando
intentaron detener a los contendientes. Pero dejemos que nos lo
cuente el propio cronista:
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"Quiero contar lo que me pasó en el tiempo que
esta gente suele salir a los apedreaderos y a los palos. Era
tanta la demasía que aquel año había
en esto, sin poderlo remedir ni el asistente ni los alguaciles,
uno de los cuales se llamaba Marco Caña, famosísimo,
de cuyo nombre temblaban todos en Sevilla y aun fuera de ella.
No había fiesta ni domingo en que no hubiese alguno
o algunos muertos y heridos; y pendencias y guerras tan ensangrentadas
que era imposible ponerlos en paz, porque cuando estaban ya
muy encarnizados los muchachos se le llegaban a cada lado
los hombres de mal vivir que tengo dicho; los cuales venían
a vengar sus injurias, y los odios, injurias y pendencias,
que entre semana no habían podido vengar. A río
vuelto las vengaban en los apedreaderos y en los palos, que
los domingos y fiestas se celebraban, y era tanta la gente
que salía la Puerta de Marchena y de Córdoba,
y a las murallas y barbacanas, como si fuera para ver justas
y torneos. Muchas veces iba el Asistente don Francisco Zapata,
Conde de Barajas, grande gobernador, y de gran valor con sus
alguaciles y volvíanse como habían ido, sin
hacer suerte en ninguno de todos ellos; porque encolumbrando
la justicia, se apiñaban y juntaban los dos bandos
contrarios y diciendo: ¡amura, amura! hacían
huir a la justicia a piedra menuda. Y lo mismo les acontecía
a los alcaldes de Corte, que llevaban a todos sus alguaciles,
y tampoco aprovechaba cosa alguna y a todos les hacían
retirar más que de prisa. Tanta era la fuerza de este
pueblo bárbaro, indómito y sin razón."
"Compendio..." 1ª parte. Cap.
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Mendigos
Otros, que no tenían ninguna ocupación, ni posibilidades
de tenerla, se dedicaban a la mendicidad. La ley los distinguía
de los "vagos", que se negaban a realizar ningún
tipo de trabajo. La mendicidad fue una constante de una sociedad
en la cual el trabajo manual no gozaba de total aceptación
y en la cual el mendigo no era un ser indeseable.
La caridad estaba institucionalizada de tal forma
que la sociedad asumía perfectamente la carga que suponía
el mantenimiento de los pobres mediante una amplia gama de procedimientos.
Aquellos que no podían trabajar por razones de enfermedad,
edad o mutilación tenían el derecho de pedir limosna,
constituyendo una clase de mendicidad reconocida y socialmente bien
vista, que contaba con el beneplácito del párroco
local para pedir en la población y en seis leguas a la redonda.
Los ciegos son un grupo especial, recibiendo el respeto social y
acompañados generalmente de una guitarra. Abundaban también
los falsos mendigos, el estadio más bajo de la práctica
picaresca junto con los falsos peregrinos. Simulaban enfermedades
o heridas y tanto más ganaban cuanta más pena podían
dar. Su ámbito de actuación fundamental eran los paseos
y las iglesias.
Las fluctuaciones climatológicas con las consiguientes malas
cosechas, hambrunas y endemias, junto con el alza de vida experimentada
durante toda la centuria, fomentaron la miseria de muchos y la existencia
de un submundo de mendigos y vagos.
Tan numerosos llegaron a ser los mendigos que, en 1597, el Cabildo
sevillano decidió expedir licencias que
permitiesen practicar la mendicidad solamente a un número
limitado de personas. La mayor parte de los que pedían caridad
a los sevillanos eran transeúntes o emigrantes. Se ha comprobado
que de las 231 licencias de mendigos que se expidieron en la ciudad
en 1675, 135 eran para personas que procedían de fuera de
ella.
Los ancianos que no tenían ningua clase
de medios, eran cuidados en los hospitales. En Sevilla proliferaron
en esta época estas instituciones de beneficiencia pública.
La mayor parte fueron fundadas por cofradías y hermandades,
aunque también lo hicieron organismos civiles, eclesiásticos
o religiosos; sin embargo, era la Iglesia la que ejercía
una influencia decisiva en todas ellas. Eran entidades con pocas
camas, muchas veces especializados en concretos males, donde se
acogian pobres, bubosos, locos, leprosos, etc. En 1587 el arzobispo
Rodrigo de Castro, con el beneplácito real, redujo los 76
centros existentes a cerca de una veintena para logar una mayor
eficacia. Surgieron así los hospitales del Espiritu Santo
y Amor de Dios, más 16 antiguos entre los que estaban la
Sangre, Caridad o San Jorge, San Bernardo, Santa Marta, etc.
La mendicidad era también practicada por una verdadera legión
de niños huérfanos o abandonados,
muchos de los cuales habían sido depositados al nacer en
la Casa Cuna de Sevilla. Estos niños expósitos crecían
después en las calles de la ciudad y eran iniciados en esta
práctica por algún adulto que les indicaba dónde
y cómo había que pedir para obtener mejores ganancias.
Cuando el niño crecía, si era suficientemente inteligente,
se independizaba de su mentor y podía guardarse así
la totalidad de las limosnas que obtenía. Generalmente, terminaban
integrándose en el mundo de la delincuencia o de la prostitución.
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Para saber más... |
"La ciudad del Quinientos"; Francisco Morales Padrón;
Sevilla, 1977 |
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"Grandeza y miseria en Andalucía. Testimonio de
una encrucijada histórica (1578-1761)", Pedro de
León. Edición, introducción y notas de
Pedro Herrera Puga; prólogo de Antonio Dominguez Ortiz;
Granada 1981 |
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"Sociedad y delincuencia en el Siglo de Oro: aspectos de
la vida sevillana en los siglos XVI y XVII"; Pedro Herrera
Puga ; prólogo de José Cepeda Adán; Universidad
de Granada, Servicio de Publicaciones, 1971
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Webs para saber más |
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"El delincuente español. El lenguaje : (estudio
filológico, psicológico y sociológico)
: con dos vocabularios jergales" por Rafael Salillas, Diccionario
de Germanía, en CervantesVirtual
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