Las clases populares en la Sevilla del siglo
XVI
Si
los dos grupos privilegiados de la sociedad sevillana de los Austrias
presentan una gran diversidad en su composición, mucho mayor
es la variedad de situaciones que se dan en el más numeroso
grupo de los no privilegiados. La mejor forma de definir a este
extenso sector social es la de considerar incluidos en él
a todos aquellos que no formaban parte ni de la nobleza
ni del clero.
Simplificando mucho podemos distinguir al menos tres categorías
diferentes:
La
de los comerciantes, financieros, funcionarios y profesionales,
que formarían lo que hoy llamaríamos "burguesía".
Era un grupo esencialmente urbano y especialmente numeroso en la
Sevilla de la época.
Los
artesanos afiliados a los gremios y otro tipo de trabajadores de
variados oficios y ocupaciones.
Los
campesinos, extensa y variada categoría social que agruparía
a toda la población rural de la actual provincia de Sevilla.
Aquí nos interesan los dos primeros grupos por su naturaleza
urbana, ya que intentamos describir la Sevilla en que nació
la Universidad hispalense.
La "burguesía" sevillana
Las
oportunidades que ofrecía el comercio con las Indias convirtieron
a Sevilla en un polo de atracción para mercaderes y hombres
de negocio de la más variada procedencia, especialmente
genoveses y flamencos. Por eso Alonso de Morgado definía
la Sevilla del Quinientos del siguiente modo:
"Y si todavía pretendiese tratar
de la gran riqueza de Sevilla en cualesquiera otras cosas necesarias
al trato, y menester humano, yo no sabría ni por donde comenzar,
ni acabar, siendo como es esta gran ciudad de las caudalosas y
florecientes en tratos y en mercaderías, de toda Europa,
por la comunicación
de tantas y diferentes partes del mundo. Mayormente con la India
Occidental, en tanta manera que han venido sus mercaderes a tan
supremo grado de trato y comercio que puede Sevilla jactarse ser
ella sola la que goza de tal privilegio, que ningunos navios puedan
pasar a las Indias, sin que primero hagan en ellas sus fletes y
cargazones" (Morgado: Historia de Sevilla, 1587)
No pocos de estos extranjeros eran meros delegados de casas comerciales
o hijos de los dueños de las mismas, enviados a España
para que se impusieran en los negocios, pero en otros casos eran
mercaderes y financieros importantes que llegaban a España
sin pensamiento de retorno.
Su máxima aspiración era conseguir la naturalización
y el permiso para comerciar con Indias, para lo cual tenían
que acreditar residencia continuada con casa abierta, poseer bienes
raíces y casar con mujer española.
De esta manera se avecindaron en Sevilla familias cuyos nombres
han ilustrado su historia, como los Mañara y Bucareli, de
origen italiano, los Bécquer, flamencos, cuya tumba familiar
se conserva en una de las capillas de la catedral. Nicolás
Antonio, el gran bibliógrafo español, también
procedía de tierras de Flandes. A partir de 1580, en que
se unieron las coronas española y portuguesa, aumentó
la inmigración lusitana; la calle Sierpes llegó a
tener una gran concentración de comercios portugueses.
La época de mayor prosperidad fue la de las primeras
décadas del siglo XVI. En estos años, junto
con los genoveses, hicieron buenas fortunas algunas familias sevillanas.
Entre las más importantes hay que citar a la de los Jorge,
propietarios de varios barcos, que se dedicaban al comercio de esclavos
y de diversas mercancías con América.
También llegaron a destacar en el mundo de los negocios
con América algunos artesanos con espíritu emprendedor,
por ejemplo, Antón Bernal y Juan de Córdoba. Otros
se dedicaban a prestar dinero como los Espinosa o Domingo de Lizárraga,
importantes financieros sevillanos.
Todos estos personajes trataron de integrarse en el grupo social
de la nobleza. Llegar a ser noble era la aspiración
universal, mediante la compra de tierras, fundación
de un mayorazgo y adquisición de una carta de hidalguía.
La coyuntura económica favoreció esta fuga hacia
arriba, para alcanzar la cúspide de la pirámide social.
Era lo que se ha llamado "traición de la burguesía"
que influirá en la crisis del siglo XVII. La burguesía
y las clases medias, deseosas de prosperar, consideraron que para
lograr el prestigio social y la nobleza lo primero que había
que hacer era abandonar los oficios "viles", el trabajo
manual y ciertas formas de comercio, e incluso borrarlos de la memoria
familiar, máxime cuando muchos de ellos eran de origen judío.
La burguesía abandonó sus actividades mercantiles,
industriales, prestamistas, etc. para convertirse en rentistas de
juros, en el disfrute de las rentas de tierras, de algunos cargos
burocráticos o concejales, etc. Los que descendían
de judíos porque querían ocultar su linaje; los que
no porque no querían caer en sospechas por sus actividades.
La mayoría, pues, sólo deseaba hacerse noble, vivir
de las rentas, preferiblemente si estas provenían de la propiedad
de la tierra, y gastar.
Un
ejemplo de esta mentalidad la encontramos en el abuelo de Santa
Teresa de Jesús, condenado en 1485 en Toledo por la Inquisición,
acusado de converso judaizante. Tras sufrir condena marchó
a Ávila, compró tierras y pasó por hidalgo.
A su hijo, padre de la santa, se le reconoció como noble
(aunque su expediente dejaba clara su ascendencia judía),
pero se las ingenió para que los encargados de la investigación
pasaran por alto este detalle. Así consiguió la exención
fiscal correspondiente y todos los privilegios inherentes al estamento
nobiliario, si bien éste sólo podía mantenerse
con una economía desahogada, pues el hidalgo arruinado, tan
presente en la literatura picaresca, resultaba ya por entonces ridículo.
Otro ejemplo nos lo encontramos en las Constituciones del Colegio-Universidad
de Osuna -y no era el único- en que las "informaciones"
exigidas a los candidatos a colegial debían probar que tenían
en dos generaciones sangre de cristiano viejo y que ni sus padres
o abuelos "habian tenido oficio baxo, vil y mecánico".
Perfecta descripción de lo innoble.
Por las desventajas sociales que suponían ser un plebeyo,
un "currante", la picaresca también se daba en
las clases medias: algunos comerciantes se hacían tonsurar
para evitar impuestos. Había clérigos carniceros,
notarios, buhoneros,...
En resumen, parece que los españoles no querían trabajar;
el trabajo manual es una maldición bíblica que deshonra
al que lo ejerce: "trabajar no es trato de nobles".
La perversa idea de que el trabajo dignifica es propia de la moral
protestante, de la que el español procura situarse lo más
lejos posible. Dejaron para otros las tareas más duras; así
vinieron numerosos extranjeros atraídos a la Península
por los altos salarios. Ello justifica las palabras del viajero
italiano Guicciardini
que, al final del siglo XV decía de los españoles:
| "...Estiman vergonzoso el comercio; la gran pobreza del
país no se debe a las cualidades del mismo sino a la
vagancia de sus habitantes; mandan fuera las materias primas
para que allí las industrialicen; viven en casas miserables
y lo que tienen que gastar se lo gastan en ellos mismos o en
una mula llevando encima más de lo que queda en casa". |
LOS FUNCIONARIOS
En una ciudad como Sevilla, con importantes organismos oficiales
como la Casa de la Contratación, la Audiencia, la Inquisición,...
el número y categoría de los funcionarios era elevado.
Generalmente eran letrados, con título universitario, muchos
de los cuales procedían de familias ricas de comerciantes.
Sus salarios no eran muy grandes, pues en Sevilla, en el siglo XVI,
un Juez de Corte, por ejemplo, ganaba 15.000 maravedís más
3.000 de gastos, y se quejaba de que no podía vivir con ese
sueldo en una ciudad tan cara.
LOS PROFESIONALES
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Este era un grupo poco numeroso en Sevilla.
Eran escasas las personas que ejercían libremente su
profesión. Había 24 escribanos, a los que no
faltaba trabajo en una sociedad como la española en
la que prevalecían las relaciones a través del
papel escrito y pocos sabían escribir. La burocracia
española siempre ha sido muy documentalista, obsesionada
por la palabra escrita. Un ejemplo: una visita (control real)
al virrey de Perú en 1603 había generado un
expediente de 49.555 hojas de papel.
Gran importancia llegaron a alcanzar los médicos
y cirujanos, algunos de los cuales estaban al servicio del
Ayuntamiento, de la Cárcel o de los múltiples
hospitales de la ciudad. Los médicos sevillanos no
estaban bien pagados y la mayor parte de ellos llevaron una
vida modesta. Por supuesto había excepciones como la
de Nicolás Monardes (1493-1588), de
familia genovesa. Se casó con la hija de un famoso
doctor y a la muerte de su suegro heredó su clientela,
entre la que se encontraba lo mejor de la aristocracia de
la ciudad. Escribió varios tratados farmacológicos
sobre las plantas medicinales que llegaban al puerto de Sevilla,
como el tabaco, del que hablaba maravillas.
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"Del tabaco y sus virtudes
Esta yerba que comúnmente llaman tabaco es yerba muy
antigua y conocida entre los indios, mayormente entre los
de Nueva España; que después que se ganaron
aquellos reinos por nuestros españoles, enseñados
por los indios, se aprovecharon della en las heridas que en
la guerra recibían, curándose con ella, con
grande aprovechamiento de todos.
De pocos años a esta parte se ha traído a España
más para adornar jardines y huertos que con su hermosura
diese agradable vista, que por pensar que tuviese las maravillosas
virtudes medicinales que tiene. Agora usamos della más
por sus virtudes que por su hermosura, porque cierto son tales
que ponen admiración.
El nombre propio suyo entre los indios es picietl, que
el de tabaco es postizo de nuestros españoles, por una
isla do hay mucha cantidad dél llamada este nombre
'Tabaco'...En pasiones de pecho hace esta yerba maravillosa
obra, en especial en los que echan podres y materia por la
boca y en asmáticos y otros males antiguos; haciendo
de la yerba cocimiento y açúcar hecho xarabe
y tomado en poca cantidad, hace expeler las materias y pudriciones
del pecho maravillosamente. Y tomando el humo por la boca
hace echar las materias del pecho a los asmáticos."
La Historia Medicinal de las cosas que se traen de nuestras
Indias Occidentales, Sevilla, Nicolás Monardes.- 1580
(texto completo aquí)
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Los artesanos y trabajadores varios
Una gran parte de las clases modestas urbanas de Sevilla estaba
formada por los artesanos y la mano de obra industrial, integrados
en los gremios. Estas organizaciones conocieron un extraordinario
desarrollo en el siglo XVI, y agrupaban a todos aquellos trabajadores
que practicaban un mismo oficio, reglamentando minuciosamente los
distintos aspectos de la producción artesana. En esta época
llegó a haber más de sesenta gremios autorizados
por el Ayuntamiento de Sevilla, que aprobaba sus ordenanzas.
El horario laboral más común era iniciar la tarea
por la mañana, no antes de las ocho, para terminar con la
puesta de sol. Los sábados se terminaba antes de la Salve
y no se consideraban días hábiles los de feria, la
fiesta de los Apóstoles ni las cuatro fiestas principales
del año.
Normalmente, los artesanos se agrupaban por calles que tomaban
su nombre precisamente de la actividad que en ella se desarrollaba:
Boteros, Cerrajería, Curtidurías, Chapineros, Chicarreros
(fabricantes de calzado para niños), Zurradores...
Uno de los aspectos más interesantes de los gremios, desde
el punto de vista social, era su labor asistencial a través
de las cofradías o hermandades, que agrupaban generalmente
a los maestros, oficiales y aprendices de un mismo oficio, bajo
la advocación de su santo patrono. La cofradía se
ocupaba de organizar los cultos con la mayor brillantez posible
y de mantener su santuario. Además, aseguraba una pensión
a los cofrades en caso de enfermedad, invalidez o viudedad. Además,
los más importantes gremios de Sevilla tenían a su
cargo hospitales.
Los trabajadores no especializados
Eran
los encargados de las tareas ocasionales, como las de transportar
cargas de un lado a otro de la ciudad, de la albañilería,
la venta ambulante y el servicio doméstico.
En la primera mitad del siglo, Sevilla fue el destino principal
de inmigrantes extranjeros. Los más humildes (peones, aguadores,
buhoneros,...) procedían esencialmente de ciertas regiones
pobres de Francia, y su aspiración era regresar a su patria
con los ahorros adquiridos tras años de duro trabajo y privaciones.
La servidumbre era numerosa en Sevilla y sobre todo, en las grandes
casas nobiliarias: era una cuestión de prestigio mantener
una elevada cantidad de criados. El servicio doméstico no
era de los más deshonrosos y permitía tener casa,
sustento y una cierta seguridad en caso de enfermedad o cuando llegaba
la vejez, puesto que, con frecuencia, se establecía entre
amo y criado una relación de intimidad que permitía
residir a éste y un trato casi familiar. Este empleo era
ocupado frecuentemente por esclavos.
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