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Mujeres enamoradas
| La homosexualidad | Ubicación
mancebía | Ordenanzas
1553
Prostitutas de mancebía: izas y rabizas
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En su estudio sobre la mujer sevillana durante los siglos XVI y
XVII, la historiadora norteamericana Mary Elizabeth Perry (0)
resalta la importancia social de las prostitutas y la tolerancia
de éstas durante siglos en su sociedad como "un
mal menor" ya que, sin su presencia, se pensaba que muchos
hombres pondrían sus energías en la seducción
de mujeres honradas, en el incesto, la homosexualidad o el adulterio.
Esta era la doctrina cristiana que se fue elaborando desde el siglo
XIII en torno a la sexualidad y a la prostitución, considerada
pecaminosa pero necesaria.
La prostitución se hallaba muy extendida
en Sevilla, sobre todo en los alrededores del puerto y en determinados
barrios de la ciudad, a extramuros. La política era de tolerancia
pero de segregación en lugares concretos; estos lugares eran
las llamadas mancebías, que se institucionalizaron
para acoger y controlar a las mujeres públicas, es decir,
a aquellas mujeres definidas en las Partidas de Alfonso X como mujeres
"que están en la putería e se dan a todos
cuantos a ellas vienen". Eran mujeres "que ganaban
por las tavernas e bodegones e otras partes", acompañadas
de rufianes y gente de mal vivir, cuya presencia era poco ejemplarizante
para las mujeres honestas y desestabilizaba la tranquilidad del
vecindario por los escándalos, riñas y robos que con
frecuencia se producían.
La Mancebía de Sevilla estaba en el llamado "Compás
de la Mancebía" -la actual zona de la Plaza
Molviedro y calles Castelar y Gamazo-, que entonces se extendía
entre la Puerta del Arenal y la Puerta de Triana, la muralla y una
tapia que le aislaba del resto de la ciudad. Hacia el Arenal se
comunicaba a través de un postigo -donde luego se alzó
el Baratillo- y hacia la ciudad contaba con otra puerta denominada
"el golpe" donde había un portero "guardacoimas"
o "guardapostigo". Era un lugar bajo, que se anegaba
con facilidad por su cercanía al río, por lo que se
le llamó también "compás de la laguna"
(ver ubicación).
La mayoría de las rameras se concentraban en el Compás
aunque solían trabajar en la Resolana, San Bernardo, callejón
del Agua, junto al Alcázar, murallas, hoyas de Tablada y
Triana, donde había menos vigilancia y más comodidad
para estos entretenimientos.
Pero no olvidemos que la Mancebía era mucho más que
el lugar habitual de prostitución; era el único espacio
legal para ejercerla, casi una institución municipal, con
sus propias Ordenanzas y una Comisión de munícipes
supervisores (*). Los poderes públicos
pretenden confinar la prostitución a un espacio claramente
acotado y alejado -teóricamente- de las zonas centrales de
la ciudad. La política municipal obedecía más
a intereses de orden público que a intereses económicos.
A diferencia del caso malagueño, por ejemplo, la ciudad de
Sevilla no ingresaba renta alguna de la Mancebía, salvo la
derivada del alquiler de algunas de las casas de la misma que eran
de propiedad municipal). Las palabras de los capitulares sevillanos
son enormemente elocuentes de la visión que entonces se tenía
de la prostitución clandestina:
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"Asymismo porque a causa de las mugeres de mundo están
derramadas por las calles desta çibdad ganando dineros
e faciendo mancebía a causa de muchos roydos e escandalos,
muertes e otros daños e males..."
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Esta preocupación por aislar el comercio carnal venía
desde el siglo XIV , el Ordenamiento de 1337, (Alfonso XI). Luego
las ordenanzas de Juan II en 1411. El 24 de julio de 1416 es cuando
el Ayuntamiento ordenó cercar la Mancebía en su totalidad.
A pesar de ello, el padrón de 1487 demuestra que numerosas
prostitutas residían fuera del Compás de la Laguna,
una situación que fue inherente a lo largo de la vida de
la Mancebía.
En muchas ocasiones se intentó trasladar la mancebía
pero no se pudo lograr hasta el siglo XVIII. El obispo de Esquilache,
don Alonso Fajardo, había querido ya en 1575 extipar los
burdeles del puerto de la ciudad alzando allí un convento
de la orden agustina, "porque allí ay falta de otros
monesterios y la gente que allí concurre en el trato del
río será muy aprovechada". En 1576 se trató,
por el Cabildo, la posibilidad de trasladarla y en su lugar alzar
el edificio de la Aduana. Hubo acuerdos al respecto, hablándose
incluso de expropiar las casas pagándoles a los dueños
su valor. Por su parte, los Jurados de la ciudad solicitaron que
la Mancebía no fuera llevada muy lejos con el fin de poderla
controlar. Un burdel extramuros sería mucho más difícil
de vigilar, aumentándose considerablemente los riesgos de
peleas, asesinatos, robos y otros delitos. Con estas razones, lograron
detener el expediente de traslado de la Mancebía.
A finales de siglo hubo un nuevo intento de desalojo con el pretexto
de edificar un convento, pero no fue posible eliminar el foco. La
política de saneamiento que el Conde de Puñonrostro
llevó a cabo en toda Sevilla afectó a la moralidad
pública, originando algunos cómicos sucesos. Pero
lo más que se podía hacer era controlar el número
de rameras en determinadas fechas sagradas como la Semana Santa,
el Corpus y la Asunción; en estas fechas aumentaba escandalosamente
la presencia en Sevilla de izas y rabizas (1)
con otras venidas de localidades cercanas. A finales de siglo, la
presión del jesuita padre
León y los congregados consiguieron hacer cumplir las
ordenanzas de 1553 en el sentido de estuvieran cerrada la Mancebía
los domingos y días festivos.
Sobre el número de meretrices, realmente no hay
datos fidedignos. Algunas referencias nos indican que fueron bastantes
para aquella población. El viajero alemán Diego
Cuelbis fijaba en 30 ó 40 el número de mujeres
desvergonzadas que vivían en la putería.
El padre Pedro León,
que intentaba redimirlas, dice que tenía unas 120 mujeres
arrepentidas en centros de redención (Casa Pía
y Casas de Arrepentidas), que eran una pequeña parte. Realmente
podía haber una centena de mujeres en la Mancebía,
pero no era éste el único lugar donde estaban;
el licenciado Porras de la Cámara estima en más
de tres mil las cantoneras en las calles de Sevilla en 1600,
aunque esta cifra pueda ser un poco exagerada:
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"Lo que más en Sevilla hay son forzantes, amancebados,
testigos falsos, jugadores, rufianes, asesinos, logreros...,
vagabundos que viven del milagro de Mahoma, sólo de
lo que juegan y roban, pues pasan de 300 casas de juego y
3.000 de rameras, y hay hombres que con dos mesas quebradas
y seis sillas viejas le vale cada año la coima 4.000
ducados"
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¿Y quiénes eran sus clientes? Según
el padre León los "contribuyentes" eran de la ciudad,
forasteros y campesinos que "en los días que
huelgan sus cuerpos hacen trabajar a sus tristes almas".
La clientela habitual consta meridianamente en un informe de la
Comisión Municipal de la Mancebía, cuando propone
al Ayuntamiento la ampliación del calendario de apertura
del establecimiento basándose en lo siguiente:
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"... por ser mucha la gente que está fuera de
ella -de la ciudad- toda la semana trabajando, carpinteros
y calafates, en la continua labor de la maestranza, así
de las naos de V.M. como de particulares, que están
en los puertos del Borrego y Horcadas, en el río de
esta ciudad hasta la de Sanlúcar de Barrameda; y asimismo
marineros y soldados que en el río de esta ciudad están
alojados en muchas naos extranjeras que continuamente tienen
dado fondo en él, además de muchos portugueses
y gallegos que se ocupan siempre en la labor de las haciendas
de viñas y olivares que están en el Aljarafe
y Banda Morisca, cerca de esta ciudad; y ganaderos y pastores,
de que hay mucho número.
Los cuales todos no vienen
a esta ciudad sino los días de fiesta, unos porque
se ocupan de descargar y volver a cargar sus naos y otros
a cobrar sus jornales.
Y por esta causa parece más
urgente la necesidad de permitir, por evitar mayores daños,
el uso de las dichas mujeres en los días que dispone
la dicha ordenanza"
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En la concepción cristiana, el acto sexual está permitido
sólo si su único objetivo es la procreación,
si no se convertiría en pecado de lujuria. Ya Tomás
de Aquino, en su Tratado del matrimonio, establecía la jerarquía
de los pecados relacionados con él: es pecado mortal si existe
el deseo de placer; venial si es sólo aceptación resignada
del placer y si éste se odia, no es pecado. El rechazo del
placer es obvio cuando leemos, en El Enquiridion o Manual del caballero
cristiano de Erasmo, la Regla XXII:
| "Primeramente considera quán suzio, quán
hidiondo y quán indigno en fin de qualquier hombre es
un tal deleyte, que nos hace yguales y semejantes no solamente
a las bestias comunes, mas a los puercos, cabrones y perros
y los más brutos de los brutos animales."(2)
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La falta de conocimientos sanitarios y la promiscuidad de este
colectivo la hacía presa ideal de enfermedades venéreas.
La primera noticia de la sífilis, el mal llamado "mal
francés", la dio en 1497 el jurado Diego de Guzmán,
que denunció ante el Cabildo la extensión del contagio
entre las mujeres de la Mancebía. Los capitulares se vieron
sorprendidos por la nueva afección, contra la que no se conocía
de momento remedio alguno. En 1504, el Ayuntamiento hispalense tuvo
que comunicar a los Reyes Católicos la pavorosa expansión
de las bubas entre la población, y ya no exclusivamente entre
las mujeres de la Mancebía. En 1568 se produjo otra epidemia
de sífilis
que fue llamada el "contagio de San Gil", porque
fue en este barrio de la Macarena donde, al parecer, se inició.
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A pesar de todo hasta las Ordenanzas de 1621 no se someterá
a las mujeres públicas a un control médico rutinario
cada una o dos semanas, con cirujanos contratados por el Ayuntamiento.
Bien es verdad que desde los años setenta del siglo XVI el
Cabildo se había ocupado de que un facultativo revisase periódicamente
a las mundarias, pero parece que su labor fue más bien esporádica.
Y es que en las décadas centrales de la centuria la enfermedad
empezó a perder su aura de "maldición divina"
gracias a los cocimientos del Palo de Indias ("palo santo"
o guayaco) o las unciones mercuriales.
Durante la segunda mitad del XVI, la Ordenanza municipal era fácilmente
escamoteable; sólo al final de la centuria se ejecutaba con
más rigor, por la acción de los congregados
abanderados por el famoso jesuita padre
León. En una inspección que se llevó a
cabo en un burdel en 1620, se le impuso al "padre" -así
se les llamaba a las personas que los regentaban- multa de doce
reales por tener una prostituta sin la debida licencia, y se le
ordenó a ésta abandonarlo bajo pena de cien azotes.
Otra fue también obligada a abandonar el burdel porque estaba
infectada y podía contagiar a sus compañeras. También
tuvo que salir una tercera por su avanzada edad.
En cuanto a precios es difícil conocerlos
(3); según Morales Padrón, las
rameras solían ganar hasta cinco ducados diarios si estaban
pasables y vestían bien (izas), o 60 cuartos si eran feas,
ajadas y con defectos (rabizas). Es decir, aproximadamente entre
240 y 1800 maravedís. Un servicio podía costar como
la cuarta parte del salario medio cotidiano de un operario o jornalero.
A principios del siglo XVI se expidió en Toledo una Orden
que mandaba refundir en un solo volumen todas las Ordenanzas de
Sevilla. Este trabajo fue impreso en 1527, en un volumen en folio,
y constaba de 37 capítulos. Entre estos había uno
dedicado a las mujeres barraganas y deshonestas (4).
He aquí algunas disposiciones referentes a la misma:
Adviértase que la ley no proscribía la prostitución
-más bien la legalizaba- sino que lo que prohíbia
era que se ejerciera en cualquier lugar y que pudieran confundirse
con las mujeres honestas; más concretamente, prohíbe
las casas de citas -monasterios-, porque allí iban
también las mujeres casadas. Llama la atención que
en el mismo paquete se metan las prostitutas y las concubinas, en
particular la de los eclesiásticos; todavía no se
había celebrado el Concilio
de Trento (1545) que condenaría taxativamente el concubinato
de los clérigos.
La ley establecía que una joven podía trabajar en
un burdel de la ciudad si podía probar que había cumplido
ya los doce años; además debía ser abandonada
por su familia, de padres desconocidos o huérfana, nunca
de familia noble. Tenía que haber perdido la virginidad antes
de iniciarse en las labores del sexo y el juez, antes de otorgar
el oportuno permiso, tenía la obligación de persuadir
a la muchacha. Tras este requisito, la joven recibía la pertinente
autorización para ejercer el llamado oficio más antiguo
del mundo.
La labor de algunos clérigos como el padre Pedro León
y hombres piadosos, llamados "congregados", que
trataban de convencer a las prostitutas de que abandonasen ese género
de vida, sembró la alarma entre los "padres"
a partir de 1580, hasta el punto que llegaron las protestas al Ayuntamiento,
por lo que consideraban una intromisión que iba contra los
propios intereses de la ciudad, y es que la mayoría de las
casas de la Mancebía pertenecían al Ayuntamiento,
a hospitales o a instituciones religiosas. Pero estas incursiones
fueron el principio del fin de la Mancebía.
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"Salveos Dios, la gran Sevilla
mar de todos los placeres,
refugio de mercaderes,
joya del rey de Castilla..."
(Torres Naharro, Bartolomé:
1485-1540)
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Otra clase de prostitución: las
"mujeres enamoradas"
La institucionalización de las mancebías como únicos
lugares autorizados para el amor venal no significó acabar
con la prostitución incontrolada. En las ciudades bajomedievales
no era infrecuente la presencia de mujeres que vivían de
alquiler entre los vecinos, trabajando en ocupaciones que no exigían
cualificación laboral y siempre mal remuneradas, que también
se prostituían aunque sin hacer de la prostitución
su único medio de vida. Denominadas mujeres enamoradas,
su presencia en las ciudades suponía una desleal competencia
para las trabajadoras de la mancebía.
En algunas ciudades andaluzas como Málaga se toleraban pues
el poder municipal consideraba que desempeñaban una función
de utilidad pública, ya que la mancebía no era lugar
apropiado para determinados hombres pudientes que frecuentaban la
ciudad y deseaban conversar con mujeres, en particular mercaderes,
capitanes, maestres y patrones de navíos, así como
otra gente de honra y de las armadas reales. Sin embargo, como hemos
visto en la Ordenanza del Ayuntamiento, en Sevilla se prohibieron
a primeros de siglo las casas de citas o "monasterios de
malas mugeres".
En la Sevilla renacentista también recibieron el nombre
de "mujeres enamoradas" las cortesanas o "mujeres
servidas". Son las que tradicionalmente han sido denominadas
como "mantenidas" o "queridas": mujeres que
dedican sus encantos a un solo hombre a la vez mientras éste
pueda sufragar sus gastos, su alojamiento y sus caprichos. Tradicionalmente
fueron muy criticadas por los predicadores y teólogos, quienes
la contemplaban como un peligro mucho más amenazante para
la estructura familiar que a las rameras de burdel, ya que su trato
supone una relación afectiva continuada, un adulterio estable,
un menoscabo para los herederos legítimos, un menosprecio
público de la sufrida esposa.
Igualmente graves eran las consecuencias en caso de haber "pescado"
a un joven soltero de buena familia: en ese caso, la cortesana,
como las de la parábola del Hijo Pródigo, no se daba
por satisfecha hasta sacarle el último maravedí de
la herencia. El canónigo sevillano Ferrán Xuárez
aprovecha su experiencia en la ciudad para prevenir a los incautos,
narrando las desventuras de mozos que consumieron en dos meses lo
que sus padres ahorraron en cincuenta años.
Pocas pistas sobre su existencia han dejado en la ciudad estas
prostitutas "estables"; pero la riqueza de muchas familias
hispalenses, junto con la estancia permanente de prósperas
colonias de forasteros, favoreció la floracion de esta singular
especie de tusona. A juzgar por un requerimiento real de 1515, parece
que fueron los genoveses los más aficionados a instalar a
sus queridas en casas del centro de la ciudad, quizá en imitación
de las costumbres habituales en las ciudades italianas. El documento
dice:
| "...que en esa cibdad ay munchos ginobeses
e otras personas estranjeras que son casados e que tienen casas
pobladas con mançebas e hazen vida en uno..." |
Prostitución callejera: las cantoneras
El mayor contingente de rameras clandestinas los nutrían
las cantoneras, busconas de callejón y esquina que iban a
la casa de clientes, fuera de día o de noche. Como es de
suponer, solían frecuentar la compañía nocturna
de elementos poco deseables de la sociedad sevillana que eran, a
la vez, sus clientes y sus protectores.
No siempre esta compañía procedía de los estamentos
más bajos. Eran famosos en Sevilla ciertos jóvenes
conocidos como "gente de barrio", hijos de buena
familia, ociosos y holgazanes, que gustaban andar con las mujeres
de torpe vida. Un informe de 1583 del Asistente, Conde de
Orgaz, relata como la noche de Navidad se topó en la oscuridad
de la puerta de la iglesia de San Leandro con los hijos de dos de
las más poderosas familias de la ciudad, potentados mercaderes,
los Vicentelo de Leca (antepasados directísimos de Miguel
Mañara) y los Corzo; obviamente no iban solos sino "que
llevavan ciertas mugercillas de mal trato". Sorprendidos
sin querer por la linterna del criado del Asistente, lo maltrataron
e incluso le dieron una cuchillada en la cabeza. El Asistente los
mandó preso a las Atarazanas proponiendo "apretallos
y tenellos assí algunos días para que escarmentasen
y enmedasen la licenciosa vida que hazen".
Pero no sólo eran los hijos de buena clase los aficionados
a las busconas de la noche, sino que, al parecer, también
sus padres eran asiduos frecuentadores de algunas de ellas. Las
cartas de los jesuitas sevillanos desde finales del siglo XVI hasta
mediados del XVII hablan de lo extendido que estaba el infamis
amor muliercularum, las relaciones ilícitas y más
o menos estables entre importantes señores casados y prostitutas
clandestinas, relaciones cuya extirpación fue objeto preferente
de la acción pastoral de la Compañía.
Mediado el siglo XVI la prostitución ya no era un recurso
al que echaban mano sólo las forasteras que llegaban a la
ciudad. La pretensión de que la regulación de las
prostitución serviría para controlar a las mujeres
malas, segregándolas del vecindario para evitar que el
mal ejemplo que daban cundiera entre las buenas mujeres de la comunidad,
había fracasado abiertamente. Ya no se trataba de un vil
oficio ejercido por mujeres estantes y ajenas a la comunidad.
El recurso a la prostitución y a la tercería, que
siempre había sido un modo de remontar la pobreza, se fue
haciendo cada vez más habitual entre las propias vecinas,
quienes, a tenor de las ordenanzas sevillanas de 1553, acudían
a la mancebía para ganarse la vida sin el mínimo reparo,
insensibles ante el perjuicio moral que pudieran ocasionar a la
familia y a la comunidad, en particular las mujeres casadas y las
hijas de vecinos. Tan conscientes eran las autoridades municipales
sevillanas de esta práctica que así lo afirman claramente
en las Ordenanzas de la Mancebía de 1553: "porque
se ha visto por expiriencia que de averse recivido y recivirse en
la dicha mancebía mugeres casadas que tengan sus padres en
esta ciudad...ordenamos y mandamos que de aquí adelante no
recivan en la dicha mancebía las dichas mugeres casadas ni
que tengan sus padres en la tierra...". Algunas ejercían
incluso en sus propias casas.
Un caso real, basado en el testimonio del escribano del Crimen
de la Audiencia de Sevilla, Cristóbal de Rivera (5-6-1581).
Cuenta que el celo del Asistente, conde de Villar, le había
llevado a meter en la cárcel en vísperas de la Semana
Santa de 1581 a unas 70 mujeres, acusadas de mala vida, pese a que
algunas eran casadas, otras doncellas y otras mujeres honradas.
Claro que ni su condición de casada ni su doncellez eran
obstáculo para que vivieran deshonestamente, que era de lo
que se les acusaba. En la disputa, los alcaldes de la Audiencia
estimaban que debían de tener su casa por cárcel,
aunque podían ir derechamente a la iglesia si querían
incitándoles a vivir honestamente y a no admitir hombres
en su vivienda, so pena de ser sometidas a la vergüenza pública
y cuatro años de destierro. Otras quedaron en la cárcel
de Sevilla, aisladas, posiblemente sin que nadie las defendiera,
pues los Procuradores de presos no ejercían su función.
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Por consiguiente, el esfuerzo de los legisladores promulgando ordenanzas
para intentar controlar el aumento de la prostitución urbana
sólo serviría para ocultar los aspectos más
visibles y deplorables de un fenómeno social más amplio
e íntimamente relacionado con las estrategias individuales
y familiares de subsistencia, porque era una actividad económica
que se nutría esencialmente de mujeres pobres y desamparadas
que para vivir y sobrevivir entraban y salían de la prostitución
del mismo modo que entraban y salían de otras formas de trabajo,
aunque para algunas de ellas esta circunstancia significaría
una ida sin retorno a los bajos fondos de la prostitución.
Efectivamente, la prostitución dejó de estar confinada
para integrarse de una forma u otra a la vida social de las ciudades
y muchas prostitutas de la época Moderna trabajaban en sus
casas sin ocultarlo, en un escenario bastante doméstico,
donde vivían con sus hijos, madres, hermanas y sirvientes,
sin que su pecaminoso trabajo les impidiera relacionarse de forma
habitual con los vecinos a través de su vida familiar.
A esta difusión incontrolable de la prostitución
sevillana no sería ajeno el puritanismo de la Compañía
de Jesús a fines del siglo; la presencia de los congregados,
abanderados por el jesuita padre León, ahuyentando los clientes
de la Mancebía, intimidando a cuantos depravados se acercaban
al Compás de la Laguna, terminaron por arruinar la institución,
aunque no era el objetivo del viejo sacerdote. Había llegado
el tiempo de la reformación de costumbres, la nueva
política moralista auspiciada desde la Corte y la nueva estrategia
de la Compañía ignaciana a primeros del XVII, que
convirtió el cierre del lupanar público en su objetivo;
sólo queda la lamentacion y el recuerdo jocoso de nuestro
divino Quevedo:
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¡Oh mesón de las ofensas!, ¡oh
paradero del vicio!
en el mundo de la carne para el diablo baratillo
¿Dónde fue el pecar a bulto, si más fácil
menos rico?
¿en dónde los cuatro cuartos han sido por muchos
siglos
ahorro de intercesiones, atajo de laberintos?
Los deseos supitaños, el colérico apetito
¿a dónde irán que no aguarden el melindre
o el marido?
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Para saber más... |
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Vázquez García, Francisco y Moreno
Mengíbar, Andrés: "Poder y prostitución
en Sevilla, (siglos XIV-XX)", tomo I /Universidad de Sevilla,
1998 (2ª edición) |
Morales Padrón, Francisco: "La ciudad del Quinientos" /coleccion
Historia de Sevilla. Universidad de Sevilla 1977 |
López Beltran, Mª Teresa (Universidad de Málaga): "El
amor venal en el mundo de las mancebías".
en revista Andalucía en la historia, año
II, núm. 6, 2004 |
Pedro de León, 1616: "Grandeza y miseria en Andalucia.
Testimonio de una encrucijada histórica 1578-1616",
Edición, introducción y notas de Pedro Herra
Puga / Granada 1981 |
Barrios, Manuel: Tusonas, hetairas y pelanduscas : Sevilla
y el oficio más
antiguo del mundo / Sevilla, 1988 |
| |
Enlaces web: |
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"Crime
and Society in Early Modern Seville", Mary Elizabeth
Perry (Veáse en particular el capítulo 10: "Lost
Women". Texto íntegro del libro, en inglés
The Library of Iberian Resources Online (LIBRO)
es un proyecto conjunto de la Academia de Investigaciones Históricas
de la España Medieval y la Universidad Central de Arkansas
(USA) |
Notas:
(0) "Ni espada rota ni mujer que trota: Mujer
y desorden social en la Sevilla del Siglo de Oro", Mary Elizabeth
Perry. Drakontos Crítica, Barcelona 1993. [Volver
al punto de lectura]
(1) El castellano siempre ha sido fecundo en términos
para designar a las prostitutas, lo que me sugiere su habitualidad.
Estas bellas palabras, izas y rabizas, proceden de la lengua
de germanías y las podemos encontrar ya en los Diccionarios
de Autoridades de la Real Academia de 1734 y 1737. Iza es un
sinónimo
de ramera; rabizas son aquellas "mujeres de la mancebía,
de las tenidas en poco", es decir, las más viejas
o menos atractivas. Manuel Barrios (op. cit. pp. 38-40) recoge
más
de 40 términos que -en sus diversas especialidades- denominan
a la "mujer de las cuatro letras" en esta época:
Amesada, araña, bagasa, buscona, calipoterra,
callenca, callonca, cantonera, capulina, carcavera, cisne, coima,
coja, concubina, cortesana, chaleco, chamizona, cherinola, chusquisa,
daifa, dama de achaque, dama de medio manto, damisela, desaguida,
desmirlada, desorejada, gabasa, gachí, gamberra, gaya, germana,
golfa, gorrona, grofa, hetaira, hetera, horizontal, hurgamandera,
iza, lumia, lumiaca, lumiasca, maleta, manceba, maraña,
marca, marca godeña, marquida, marquisa, maturranca, meretriz,
moza del partido, mozcorra, mujer de fortuna, mujer de la vida,
mujer de mal vivir, mujer de mala vida, mujer de punto, mujer de
vida airada, mujer de vida fácil, mujer del arte, mujer
mundana, mujer perdida, mujer pública, mundaña, mundaria,
ninfa, pelijorra, pelota, pelusa, pelleja, penca, pencuria, pendanga,
perendeca, periqueta, piruja, prostituta, rabiza, ramera, ribalda,
rodona, rufa, tía, tributo, tronga, tunanta, tusona, una
tal, yegua, zorra, zurrona. [Volver
al punto de lectura]
(2) Ver aquí
un interesante artículo sobre "Divergencias moriscas
y cristianas sobre erotismo y afectividad", de Elisabeth Rudelle-Berteaud,
Investigadora del Centro de Estudios Árabes de París
[Volver al punto de lectura]
(3) La complejidad del sistema
monetario imperante en España hasta mediados del siglo XIX
hace difícil conocer la equivalencia de las monedas. Si sabemos
que un ducado (de oro) equivalía a 375 maravedíes;
el cuarto era una moneda de cobre equivalente a 4 maravedís;
para hacernos una idea, un caballo costaba unos 60 ducados en el
siglo XVI. Según algunas fuentes, el ducado de oro empleado
en este siglo podría tener un poder adquisitivo equivalente
al que tienen 40 a 60 euros actuales. [Sobre
antiguas monedas españolas ver esta web] [Volver
al punto de lectura]
(4) Concubinas y Barraganas: La más antigua
referencia al significado de estas palabras la encontramos en los
Diccionarios de Autoridades de la Real Academia de 1726 y 1729.
Vale la pena reproducirlas tal cual. Concubina: La manceba
o mujer que duerme en el mismo lecho con quien no es su legítimo
marido. Es voz puramente latina. (El concúbito es el acto
carnal o coito). Barragana: Antiguamente se llamaba así
a la amiga, dama o concubina que se conservaba en la casa del que
estaba amancebado con ella, y para serlo era preciso fuese libre
y no sierva, soltera, única, y que no tuviese parentesco
en grado conocido con el galán que le embarazase casar con
ella si quisiese. Es voz compuesta (según el Rey Don Alonso)
de Barra, arábigo, que quiere decir fuera, y de Gana, latino,
que vale ganancia, y todo junto vale tanto como "ganancia hecha
fuera de mandamiento de la Iglesia", y así lo hijos
de este ayuntamiento se llamaban de ganancia. En Las Partidas (4,
tit. 14): Barraganas defiende Santa Eglesia que non tenga ningun
christiano, porque viven con ellas en pecado mortal. Cá según
las leyes mandan aquella es llamada barragana, que es una sola,
e ha menester que sea tal que pueda casar con ella si quisiere aquel
que la tiene por barragana. [Volver
al punto de lectura]
(*) La Comisión municipal
estaba formado por dos caballeros veinticuatros y un jurado; periódicamente
se reunía para despachar asuntos, memoriales y solicitudes
de los padres, del cirujano, de los propietarios de las casas del
Compás, etc. Misión suya fue también visitar
la Mancebía, para comprobar la estricta observancia de las
normas municipales. Estas visitas se solían hacer en un día
especialmente señalado para la vida de las rameras, el 22
de julio, festividad de la Conversión de la Magdalena, espejo
de prostitutas arrepentidas; ese día, la Comisión
acudía al burdel junto con un predicador especialmente contratado
para que amonestase a las mancebas por su depravada vida, les recordase
sus pecados y las indujese a arrepentirse, abandonar el oficio y
entrar en alguna de las casas de arrepentidas que para ello había
en la ciudad, con la promesa de obtener una dote que les permitiese
un honrado matrimonio. Lamentablemente sólo se ha conservado
el acta de una de estas visitas institucionales a la Mancebía,
la del año 1620 y otra ordinaria de 1619. [Volver
al punto de lectura]
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