Portada de la web Alma Mater Hispalense
Historia de la Universidad de Sevilla
Patrimonio histórico-artístico de la Universidad de Sevilla
Las sedes históricas de la Universidad de Sevilla





La justificación de la prostitucion pública

monja seducida
Monja seducida por un caballero huyendo de un convento. Era uno de los peligros que intentaban atajar las Mancebías, dando salida controlada a las pulsiones carnales
(miniatura siglo XIV)
La organización del placer venal que estamos viendo en estas páginas, concretado en la Sevilla renacentista, no solamente fue asumida por los poderes civiles como un mal menor necesario, sino como un verdadero "servicio social", como una de las funciones básicas a las que había que atender en el colectivo urbano, y así es mantenido en los memoriales en defensa de las Mancebías tras el cierre de 1623.

La ciudad moderna acusa un elevado superávit masculino, un excedente peligroso de varones, jóvenes en su mayoría. Este desequilibrio viene motivado, fundamentalmente, por la emigración abrumadoramente masculina que va llenando la ciudad de jóvenes campesinos desheredados, atraídos por el brillo del dinero de la ciudad y por las mayores posibilidades laborales que artesanado, comercio y servicio doméstico prestan. Además Sevilla, puerta y puerto de Indias, aporta un interés añadido. Entre 1530 y 1590, la población de la ciudad se dupllicó. Bien a la espera de embarcar para las Indias, bien con la esperanza de alcanzar algunas migajas de las soñadas y fabulosas riquezas, miles de personas, en su inmensa mayoría varones, se asentaron en la ciudad, sobre todo en los barrios extramuros de la Macarena, Triana y San Bernardo.

Una vez en la urbe se ven atrapados en un celibato forzado por las estructuras laborales (1) y por la escasez de mujeres disponibles para el matrimonio. Nos encontramos con miles de hombres jóvenes sin posibilidad de alcanzar una vía lícita (léase matrimonio) para la satisfacción de las pulsiones de la carne. Aquí comienzan, entonces, su perturbadora acción las agrupaciones juveniles, las bandas callejeras que dan rienda suelta a su obligada continencia a través de raptos, violaciones, asaltos. Es sobre todo en los días de fiesta, cuando los trabajadores de las huertas circundantes se acercan a gastar sus jornales en el recinto urbano, cuando el peligro se hace más acechante para monjas, jóvenes, viudas y casadas cuyo marido se halle temporalmente ausente.

Las únicas soluciones que el rígido marco de la sexualidad de la época dejaba a los jóvenes no eran sino las violaciones, seducciones, burlas amorosas, adulterios y sodomía (o el placer solitario o retirarse a una cueva a disciplinar su cuerpo...) El espectáculo de las cantoneras, además, resulta ofensivo a la decencia pública. Se impone la racionalidad de la Mancebía, un servicio seguro, barato y discreto que reinstaura la seguridad de las calles, el honor de las doncellas y el pudor colectivo. Se produce así una gestión política de los placeres carnales, una distribución de tiempos y espacios, una disposición de los cuerpos y sus pulsiones en función del sostenimiento de una estructura de poder inmóvil y perfecta.

Pero éstas eran las funciones manifiestas, las explícitas, bien conocidas por los gestores de la Mancebía y asumidas automáticamente por los clientes. Por debajo de ellas, había otro fundamento más arraigado: el llamado "dispositivo de las alianzas", un viejo sistema, simple pero eficaz, de instrumentalizar las relaciones entre linajes y grupos familiares, así como de salvaguardar la transmisión y conservación de los patrimonios a través de la alianzas matrimoniales.

Nunca fue el matrimonio, al menos hasta mediados del siglo XVIII, cobijo de la afectividad, universo reducido de los sentimientos, tal y como el Romanticismo nos ha legado; más al contrario consistió siempre durante el Antiguo Régimen en un acuerdo entre grupos familiares, un contrato que trascendía la voluntad individual para albergar el pacto de orden, convivencia y respeto entre colectividades. De su buena gestión pendía en enorme medida la tranquilidad ciudadana, tan pronta y sangrientamente agitada por las disputas entre familias por cuestiones de ruptura de la fidelidad matrimonial.

En la tratadística penitencial de la época las transgresiones más denostadas del sexto mandamiento son las que afectan a la quiebra del orden matrimonial y del dispositivo de alianzas, como ocurre con el adulterio, el rapto y el estupro. Leyes eclesiásticas y leyes civiles persiguen con pareja dureza estos delitos, pues ponen por igual en peligro el orden espiritual y el orden temporal. Tales transgresiones, sin embargo, constituían parte inherente excretada por el propio dispositivo que excluía la afectividad y la pasión del seno del matrimonio. De hecho, la mayoría de los tratadistas morales de los siglos XVI y XVII se pronuncian sobre la índole de las relaciones conyugales en términos de autoridad, respeto y sumnisión derivados de un orden natural de preeminencias y de la naturaleza del propio contrato matrimonial. Por otra parte se administraba el mecanismo casorio con tal cautela que arrojaba a la soltería a cientos de jóvenes y aún no tan jóvenes de la ciudad.

Añadamos, además, que se detecta una delatora insistencia en la producción moralística española, hasta avanzado el siglo XVII, en el rechazo a la superabundancia de las efusiones sexuales dentro del matrimonio. El deleite sexual poseía un espacio muy reducido para su desarrollo; si éste desbordaba los estrechos límites de la conveniencia, se corría el peligro de incurrir en pecado mortal. Expresada ya con anterioridad por Raimundo de Peñafort, esta opinión alcanzó naturaleza doctrinal a partir de la obra de fray Vicente Mexia, "Saludable instrucción del estado del matrimonio (Córdoba, 1566), en la que además se condena la "positio corporum diversa" y los tocamientos entre esposos, por cuanto dirigidos al simple deleite y alejados del natural objetivo de la cópula: la reproducción.

Esta doctrina fue aceptada, salvo excepciones, por el sector más ortodoxo de la pastoral de la carne. No será hasta la segunda mitad del siglo XVII, al insistirse cada vez más intensamente en la componente sentimental de la unión matrimonial, cuando se relaje notablemente el rigor para con las fantasías sexuales entre los esposos. Entonces los tratadistas exculparán la variación de posturas y las caricias entre esposos, siempre que vayan dirigidas hacia la recta consumación en el vaso debido y siempre que no se obstaculice con ello la posibilidad de la concepción.

Esta doctrina en la que el matrimonio no sirve para el desahogo de las pasiones carnales tenía su referente jurídico civil en la Ley 9 del Título II de la Cuarta Partida, que pontificaba, mezclando los conceptos de pecado y delito, "ca muy desaguisada cosa faze, el que usa de su muger tan locamente, como faría de otra mala".

Por eso en las Partidas del rey sabio (Partida IV, título XIV) se toleraban y justificaban abiertamente las barraganas:

"Barragana, defiende Santa Eglesia, que non tenga ningún christiano, porque biven con ellas en pecado mortal. Pero los sabios antiguos que fizieron las leyes, consentiéronles, que algunos las pudiesen aver sin pena temporal: porque tovieron que era menos mal, de aver una, que muchas".

Dada la permisividad, era preciso someterla a regulación y orden, como hace la Ley 2 del mencionado título, en la que se acude a la salvaguardia de los vínculos de sangre:

"Comunalmente, segun las leyes seglares mandan, todo ome que no fuesse embargado de Orden, o de casamiento, puede aver barragana, sin miedo de pena temporal; solamente que non la aya virgen, nin sea menor de doze años; ni tal biuda, que biva honesta, e que sea de buen testimonio [...] Otrosí ninguno puede tener por barragana ninguna muger que sea su parienta"

No obstante lo anterior, los autores del siglo XVI, con Gregorio López a la cabeza, repudian ya las precedentes expresiones legales, por cuanto desde las Leyes de Toro, cuando menos, son perseguidos ex officio los públicos amancebamientos y castigados, los implicados con pena de vergüenza pública y azotes. Se justificaba así el teólogo:

"lo que se lee en Santo Tomás 2.2 quest. 69, art2, o sea, que pues las leyes humanas no exigen de los hombres que posean todas las virtudes, y tampoco puede esperarse de la generalidad de ellos que la practiquen con tanta perfección como sería menester, por esto se ha dejado por dichas leyes impune la simple fornicación"

Pero la barraganía suponía adulterio y esto era un atentado al sistema de alianzas matrimoniales en que se apoyaba el orden social. En caso de adulterio de la esposa, el derecho castellano, desde el Fuero Juzgo, las Leyes de Toro y las Recopilaciones oficiales, dejaba al arbitrio del marido el matar o perdonar a la esposa y al amante (siempre que se diese el mismo trato a ambos), bien previa presentación del caso a la justicia, bien a título privado. Además, el marido estaba obligado a actuar, no podía soslayar el crimen. Las mismas Partidas castigaban al esposo que consentía en el adulterio de su cónyuge. En este caso, por tratarse de un consentimiento considerado indigno, la pena era de pública vergüenza, asimilado al de los maridos alcahuetes de sus mujeres. Antonio de la Peña, en 1570, relata así el castigo:

cornudo "lo que hoy en nuestro reino se practica es que sacan al marido y a la mujer caballeros en sendos asnos, él desnudo delante y ella vestida detrás con una ristra de ajos en la mano, y cuando dice el verdugo: 'quien tal hace que tal pague', ella le da con la ristra"

Obviamente, con la venganza privada o el perdón del marido no solía quedar zanjado el desorden; demasiado frencuentemente, la existencia de hijos ilegítimos enturbiaba las transmisiones de herencias y patrimonios, o las familias se enzarzaban en interminables ciclos de venganza tras venganza, sobre todo cuando el delito inicial había sido la seducción o el rapto.

Sin embargo, por su puntualidad efímera, la fornicación con mujeres de vida torpe no pone en peligro la fidelidad conyugal y sus posibles productos ilegítimos no perturbarán nunca la transmisión el nombre y la herencia, a diferencia de la infidelidad femenina o del amancebamiento. De hecho, ésta sería la principal argumentación esgrimida, desde épocas romanas, para la defensa de la regulación pública del meretricio. Escritores y moralistas de los siglos XVI y XVII fueron especialmente sensibles a la denuncia de las calamidades familiares, económicas y sociales derivadas del mantenimiento, por parte de los hijos de buenas familias, de amantes fijas.

De sus opiniones se desprende que para el sistema de alianzas resultaba mucho más amenazante la cortesana, la amante profesional, que la prostituta. De aquélla se derivaban pleitos matrimoniales y disputas patrimoniales, como consecuencia de los hijos ilegítimos sobrevenidos de la relación ilícita duradera. De la prostituta, en cambio, por la puntualidad de su frecuentación y por la habitual esterilidad que le atribuía la Medicina desde la Edad Media, no procede amenaza alguna para el orden familiar, siempre que fuesen guardadas ciertas precauciones por parte del legislador.

El estatus forzoso de la ramera, definido claramente por las ordenanzas, es el de la extraña, exterior al orden de la ciudad y al orden de las alianzas. No puede estar casada, para no incurrir en continua infidelidad conyugal y para no añadir una doble bastardía, una doble transgresión a los frutos ocasionales de su trabajo. Siguiendo un precedente legal heredado del Derecho Romano, no debe tener padre ni madre ni familia alguna en la ciudad en la que ejerce, pues de lo contrario la publicidad de su falta llevaría el deshonor y la perturbación al linaje al que perteneciese; el honor se basa en la visibilidad, y una manceba ajena al universo familiar de la ciudad no provocará nunca deshonor ni perturbación: no habrá padres expulsados del orden de la sociabilidad, ni hermanos que venguen con sangre la ofensa, ni pleitos por la transmisión de las herencias.

La prostituta no puede ser negra ni mulata, para evitar esa "conmixtio sanguinis" tan temida por la Medicina renacentista, esa confusión antinatural de las sangres en la que siempre vence la más impura: la fornicación con negra o mulata llevaría a las venas del cliente la sangre inferior de la mujer y lo degradaría en la escala de la honorabilidad. (2)

La manceba es arrojada al exterior de la ciudad, física y socialmente, pues la Mancebía se ubica siempre en las afueras, lejos de los barrios populosos; la manceba ha de vivir dentro del muro de la Mancebía, salir sólo en contadas ocasiones, cuando apenas si haya transeúntes por las calles y ataviada con unos ropajes que identifiquen fácilmente su oficio y su adscripción moral. Sin vinculación con el mundo en el que trabaja y aislada espacialmente, nunca pondrá en peligro el orden familiar sobre el que descansa sólidamente la perpetuación de la sociedad estamental.

A mediados del siglo XVI, los argumentos que justificaban la existencia de las mancebías por el servicio social que prestaban empezarían a perder terreno frente a aquellos otros que la condenaban. Iniciado el camino contra la existencia de las mancebías, no serían oficialmente clausuradas por Pragmática Real de Felipe IV hasta el 4 de febrero de 1623:

"Ordenamos y mandamos que, en adelante, en ninguna ciudad, ni villa, ni aldea de nuestros reinos, se pueda tolerar, y que, en efecto, no se tolere, lugar alguno de desorden, ninguna casa pública donde las mujeres trafiquen con sus cuerpos. Nos, prohibimos e interdecimos estas casas y ordenamos la supresión de las que existen. Encargamos asimismo a nuestros consejeros vigilen con particular cuidado la ejecución de este decreto, como una cosa de grande importancia, y a las justicias el ejecutarlo cada uno en su jurisdicción, bajo pena, para los jueces que toleren estas casas o las autoricen en cualquier lugar que sea, de ser condenados por este hecho a la privación de su empleo y a una multa de 50.000 maravedís, aplicables: un tercio a nuestra cámara, uno al juez y otro al denunciador; y queremos que el contenido de esta ley se ponga por capítulo de residencia."

Sin embargo, hay que decir que este decreto de clausura no surtió el mismo efecto en todas partes, porque muchas mancebías continuaron abiertas, aunque sus antiguos moradores se dispersaron por la ciudad y se establecieron en barriadas perfectamente conocidas por todos, donde las autoridades acudían periódicamente a recibir su soborno y, de cuando en cuando, a escenificar una redada.

Un magnífico resumen de lo que ocurrió nos la ofrecía en 1882 el médico higiniesta catalán Prudencio Sereñana y Partagás, en su famosa obra "La prostitución en la ciudad de Barcelona":

"He aquí interdicta la prostitución, más no abolida; pues este azote de la sociedad, este abuso inevitable, es fácil moderarlo, pero imposible destruirlo.

Estamos convencidos que mientras habrá mujeres, habrá prostitutas; y esta afirmación, que para algunos partidarios acérrimos de la persecución de aquella clase de mujeres, parecerá tal vez gratuita, es para nosotros, tan sólo perogrullada.

No hay para qué decir que los decretos de la joven monarquía ocasionarían la reclusión de un sinnúmero de mujeres en la galera.. Ni a pesar de esto, logró extinguirse el desorden público. Como era de prever, la prostitución clandestina tomó creces."

 

Sexo, pecado y prostitución

amantes
La concuspicencia, origen de todos los males ("Amantes", fresco de Albrecht Altdorfer, 1530, Museo Budapest)
Durante más de doce siglos fue dominante en Occidente la teoría de las pasiones obsesivamente definida por los padres del desierto, que a solas con su cuerpo escrutaron hasta los últimos movimientos del deso y sus manifestaciones corporales.

Hasta muy avanzado el siglo XVII, cuando las directrices tridentinas son ya moneda común y comienzan a dar sus frutos, la interpretación de las exigencias de la carne partirá de una rígida separación entre deseo y razón. Los denominados "primeros movimientos" se explican como aquellas alteraciones concupiscentes del cuerpo que no puden ser controladas por la voluntad ni refrenadas por la razon y que, por ello, exculpan a quien las experimenta de la responsabilidad de su aparición.

Los manuales de confesión y los tratados de moral aplicada que florecieron en la España del Siglo de Oro concuerdan todos en la inevitabilidad de la tentación, de la irrefrenabilidad ante las exigencias del demonio de la carne. ¿Cómo ponerle coto? El religioso encuentra consuelo en la dedicación a Dios y el casado, según el mandato paulino, en el matrimonio; pero, ¿y el joven soltero encendido por la provocación? La huida, el alejamiento del objeto causante de la conmoción, es la única solución explícitamente recomendada por los escritores de espiritualidad. Pero, reconocida la inevitabilidad de la pulsión, descarga momentánea pero de enorme intensidad, acordada la puntualidad del acto carnal que pone fin al vacilante estado de deseo, ¿no es el acceso a la mujer de torpe oficio el menor de los males, la solución de consecuencias menos graves?.

En la escala penitencial conlleva mucha mayor gravedad, más irreversibilidad, la fornicación con mujer casada, con religiosa, con varón o con bestia que con mujer soltera y sin vínculo estamental alguno. La cópula solutus cum soluta, guardadas las prevenciones en cuanto a parentesco y vía de penetración, ocupa el peldaño inferior de los pecados de lujuria. Agustín de Hipona, en el "De Ordine" (II.IV,2) ya establecía respecto a la fornicación con prostitutas el estatus de mal menor y de necesidad social. Para San Agustin, los prostíbulos funcionaban como un seguro contra la corrupción de las costumbres y los desórdenes sexuales, del mismo modo que las cloacas y sentinas, aunque repletas de inmundicias, salvaguardaban la sanidad del resto de la ciudad: "cerrad los prostíbulos y la lujuria lo invadirá todo".

El Decretum de Bouchard, importante penitencial de comienzos del siglo XII, sitúa a este acto entre los pecados mortales inferiores en la gradación de faltas contra el sexto mandamiento. Los canonistas y eminentes teólogos de los siglos XIII y XIV tienden a excusar, apelando al bien común y al principio del mal menor, este comportamiento extramatrimonial. Tomás de Aquino, en "Summa Theologica" (2, 2 q. 10 a 11c), siguiendo en esto un principio que puede remontarse a Aristóteles, señala la necesidad de las meretrices en las ciudades "qua mala peiora incurrantur". El confesional de Gerson sitúa la fornicación simple en el grado más bajo de los pecados mortales.

Así lo seguiría manteniendo durante más de mil años la doctrina oficial de la Iglesia por boca de sus teólogos y moralistas. En España no pudieron ser las cosas de otra manera; es más, fue el país donde con más abundancia de escritos y argumentos se defendió durante el siglo XVI y parte del XVII la conveniencia de las mancebías. Si tomamos a uno de estos autores como representante, podremos adentrarnos en las razones esgrimidas en pro de esta singular forma de lujuria regularizada. Francisco Frafán, en su tratado "Tres libros contra el pecado de la simple fornicación..." -Salamanca 1585-, sostuvo la utilidad de la Mancebía, afirmando que ésta, como mal menor, evitaba la propagación de cuatro pecados mucho más graves:

  • la deshonra de las mujeres honestas, seducidas o violadas por jóvenes impetuosos cegados por la llamada de la carne;
  • los amancebamientos, que llenaban el mundo de hijos ilegítimos y que devoraban las haciendas de los hijos de buenas familias;
  • la prostitución clandestina de las cantoneras;
  • y el pecado nefando, la sodomía a la que podrían llegar los hombres privados de conocimiento carnal con hembras.

Pero a mediados del siglo XVI vamos a asitir a lo que Vázquez y Moreno llaman la "batalla por la Mancebía", el cambio de opinión doctrinal sobre la prostitución pública, su represión. Celebrado el Concilio de Trento, se ponen en contraste dos formas de representar el papel de la carne en la naturaleza humana y en la vía de perfección que se ha de exigir en todo momento a un buen cristiano. En un bando, la vieja doctrina de los primeros movimientos; en otro, la nueva pastoral de la carne emanada de la campaña de instrospección y de interiorización de la fe que otorga armas al "asalto del cuerpo". La lujuria deja de ser un recuento de acciones puntuales para convertirse en una continua afección mental que impregna con su desorden a todas las demás manifestaciones humanas. Más allá del acto pecaminoso, la nueva pastoral se detiene en su frecuencia y continuidad como vicio y como hábito, en la asociación de nuevos males y nuevos vicios. Ya a finales del siglo XVI había quedado definido el descenso a los infiernos de la carne, en una progresión que va de los sentidos a la putrefacción del alma:

venus
"Aparta pues los ojos de la mujer ataviada y no mires la hermosura que tiene, porque de la vista nace el pensamiento, del pensamiento la delectación, de la delectación el consentimiento, del consentimiento la obra, de la obra la costumbre, de la costumbre la obstinación, y así la condenación para siempre jamás"

Francisco de Castro: Reformación Christiana. Granada, 1585

Desde entonces se hará cada vez más frecuente y cada vez se describirá en términos más terribles esa escalada hacia la perversión y la degradación del individuo arrastrado por la lujuria, alcanzando su mayor intensidad en los tratados del primer tercio del siglo XVIII. Más que una práctica irregular, la lujuria es una "sensualidad", un estado de espíritu, "carne mundana" que una serie de variados remedios debe sujetar. Éstos no sirven para expiar la falta cometida; imponen una tarea continuada y atenta para evitar las insinuaciones de la carne: oración, abstinencia, ayuno, recogimiento, penitencia, mortificación, eucaristía.

Pero, en estos mismos escritos, la razón se erige como el agente regulador de las exigencias de la carne, que no son irrefrenables ni puntuales; al contrario, se transforman automáticamente en imágenes mentales, en ideas que pueden ser controladas por la recta razón, desechadas por argumentaciones piadosas: de materia carnal a figuración mental, el sexo no manda en absoluto sobre el cuerpo; es administrado sabiamente por las potencias intelectivas. Bajo esta perspectiva, la lucha por la castidad no pasará por hir de todo motivo de tentación, sino en adecuar las pasiones al recto juicio de la razón.

Desde esta nueva perspectiva de los pecados de la carne, Martin de Azpilcueta (Manual de confesores y penitentes, Coimbra, 1553) definía la lujuria como "todo ayuntamiento carnal fuera del legítimo matrimonio". La fornicación con mujer pública deja de aparecer como mal menor y se convierte en preludio necesario de una marea de desmanes. La visita al prostíbulo no aplaca y evita: incendia y multiplica.


Notas:

(1) La organización gremial que regulaba el mundo de las manufacturas en todos sus aspectos, desde los mercantiles a los técnicos, establecía unos rígidos requisitos para que los aprendices a sueldo tuviesen la posibilidad de alcanzar la independencia. De hecho, los gremios se habían convertido desde muy pronto esencialmente en una estructura de poder concentrada en manos de los maestros, los únicos autorizados a establecer un taller independiente; ello suponía que un trabajador, un oficial, tenía que esperar bastantes años hasta estar en condiciones de ser autorizado a examinarse de la maestría. Sólo entonces podría pensar en establecer su propio taller, casarse y tener familia: una larga y dura soltería, más difícil de sobrellevar aún habida cuenta de lo arduo que resultaba -y más aún para las mujeres- por entonces mantener relaciones sexuales extraconyugales.

(2) La prohibición del ejercicio prostibulario a negras y mulatas aparece, no por casualidad, recogida en los mismos epígrafes de las ordenanzas de la Mancebía que la prohibición de las casadas o que tengan padres en la ciudad. Ambas prohibiciones, la racial y la familiar, van dirigidas a proteger la honorabilidad de la sociedad urbana. En lo que respecta la "conmixtio sanguinis", su repulsa se acentuaba en el caso de las relaciones sexuales, puesto que era doctrina universalmente admitida que el semen (masculino y femenino) procedía de un último grado de purificación y de sublimación de la sangre; por ejemplo, Avicena decía que "se trata de una sangre mejor digerida y más sutil" y Burgundio de Pisa que "los órganos de reproducción son, en primer lugar, las venas y las arterias; es en ellas donde se produce el semen a partir de la sangre, como la leche se produce en los senos"; por ello la materia seminal lleva en su propia esencia la quintaesencia del ser humano. [Volver al punto de lectura]

  Para saber más...
Poder y prostitución en Sevilla, (siglos XIV-XX), tomo I / Francisco Vázquez García, Andrés Moreno Mengíbar/Universidad de Sevilla, 1998 (2ª edición)
La prostitución en la Sevilla del XVI | Ordenanzas de la Mancebía de Sevilla de 1553: texto íntegro
Homosexualidad o sodomía en la Sevilla del XVI
página anteriorpágina principal
INDICE historia Sevilla | De la Sevilla del siglo XVI | De por qué Sevilla fué puerto y puerta de Indias | De cómo creció la población sevillana | De nobles y clérigos | De plebeyos o pecheros | De moriscos, esclavos y gitanos | De judios conversos | De pícaros, mendigos y malas mujeres | De cómo se gobernaba la ciudad: Ayuntamiento, Audiencia e Inquisición. La Casa de la Contratación | De las cofradías sevillanas | De los centros de enseñanza | De la música: capillas y ministriles | La boda de Carlos V
  "Nihil novum sub sole" Página personal © Alfonso Pozo Ruiz
Enviarme un correo electrónico Diseñada para Mozilla Firefox