¿Cómo era la ciudad que vio nacer la Universidad?
Muchos grabados con vistas de Sevilla de los siglos XVI y XVII,
ostentan el lema: "Quien no ha visto Sevilla, no ha visto maravilla".
Esa es la imagen de la ciudad que difundieron grabadores y viajeros
europeos, a los que se sumaron escritores nacionales, como Luis
de Peraza que escribió la primera Historia de Sevilla en
1535. Lo cierto es que desde el establecimiento en esta ciudad de
la Casa de Contratación de Indias en 1503, a lo que hay que
sumar las bodas del emperador Carlos V en 1526, Sevilla se convirtió
en un foco de atracción internacional, de la que Gil González
Dávila, todavía en 1647 le denominaba:
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"Corte sin Rey. Habitación de
Grandes y Poderosos del Reyno
y de gran multitud de Gentes y de Naciones ... compuesta de
la
opulencia y riqueza de dos Mundos, Viejo y Nuevo, que se juntan
en sus plazas a conferir y tratar la suma de sus negocios.
Admirable por la felicidad de sus ingenios, templanza de sus
aires,
serenidad de su cielo, fertilidad de la tierra..."
|
Pero acerquémonos un poco a la ciudad en la época
que vió nacer su Universidad, a sus gentes y sus instituciones,
sin duda la mejor etapa
de Sevilla que bien podríamos llamar el "siglo
de plata", que no de oro, pues aquel metal corría
en mayor cantidad por el puerto y la ciudad puerta de Indias.
Por algo escribía Lope de Vega en una seguidilla:
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"Vienen de Sanlúcar
rompiendo el agua
a la Torre del Oro
barcos de plata"
|
En general, el trazado callejero de Sevilla en
el siglo XVI continuó con la fisonomía de la época
islámica, sostenida, en muchas zonas de la ciudad por la
presencia de minorías étnicas -moriscos y judios-
a los que las leyes pretendieron aislar en algunas collaciones.
La Sevilla del siglo XVI no será otra cosa que el producto
de la transformación del urbanismo islámico montado
sobre el romano-visigótico. Las casas hasta bien entrado
el siglo siguieron ofreciendo unas modestas fachadas pues la casa
musulmana se vuelca sobre el interior.
Pero los aires renacentistas traerán desde Italia ideas
sobre la monumentalidad de los edificios, las perspectivas de los
mismos sin son públicos, las calles anchas y rectas, etc.
Muchas disposiciones reales tenderán a liquidar estrecheces
y salientes en las vías que deben ser anchas y soleadas.
Los edificios públicos se construyen exentos y con monumentalidad.
El siglo XVI es el siglo monumental por excelencia en Sevilla;
los más importantes edificios del centro histórico
son de esta época: Catedral (terminada en 1506), Lonja/Archivo
de Indias (1584-1598), Giralda (campanario y Giraldillo: 1560-1568),
Ayuntamiento (1527-1564), Hospital de las Cinco Llagas (1544-1601),
iglesia de la Anunciación (1565-1578), Audiencia (1595-1597),
la Casa de la Moneda (1585-87)... Los nuevos patrones estéticos-arquitectónicos-urbanísticos
permitieron en Sevilla derribar saledizos, arquillos y ajimeces
(balcones) con el fin de eliminar la humedad e introducir
el sol en las arterias urbanas.
Pero en Sevilla era difícil implantar regularidad y simetría
en el trazado urbano ya que carecía de plan de ordenamiento
como hoy en día. Así pues, las calles sevillanas siguen
siendo estrechas, llenas de viandantes, caballerías, basuras,
escombros, tenderetes, etc. Resultaba difícil transitar por
las calles y plazas comerciales, llenas de puestos, tinglados y
mostradores portátiles.
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La irregularidad del trazado obedecía en el fondo a una
concepción utilitarista: no se necesitaban calles rectas
pues aún faltaba el tráfico rodado y su sinuosidad
facilitaban la defensa ante un peligro interior. Las calles estrechas
eran simples viales por donde pasar, en las que su angostura y los
toldos evitaban que el sol estival castigase más a los habitantes.
Para estar y convivir existían las plazas y otras vías
más anchas donde se situaban los comercios, en particular
cerca del núcleo religioso-político. Cronistas de
la época como Luis de Peraza nos hablan de calles "anchas
y soleadas" como la que nacía en la Puerta de la Macarena
o Sierpes o San Vicente. (Está claro que
el concepto de anchura de la época no es el actual, a juzgar
por estas calles aún existentes).
No obstante, los cristianos sí innovaron algo en la ciudad:
las plazas. La ciudad se llenó de ellas delante de los templos,
palacios o edificios públicos, aunque no eran tan grandes
como en otras zonas peninsulares. La plaza sevillana por antonomasia
era la de San Francisco, toda porticada, con una fuente en un extremo.
Fué el gran escenario de la ciudad, rodeada por edificios
muy principales: Ayuntamiento, Audiencia, Convento de San Francisco
y la Cárcel Real. Pero la mayor de las plazas, eso sí
natural, fue la llamada de la Laguna, que en 1574 urbanizara don
Francisco de Zapata, Conde de Barajas, plantando multitud de álamos.
Desde entonces fue la Alameda de Hércules, por las dos columnas
romanas que se levantaron en su extremo con las estatuas de Hércules
(mítico fundador de Sevilla) y de César (supuesto
constructor de las murallas).
La limpieza de la ciudad parece que dejaba mucho
que desear. La basura en las calles era un mal general. La gente
acostumbraba a arrojar los desperdicios a la calle al igual que
los desechos, dejar los restos de materiales de construcción,
hacer hoyos, volcar aguas sucias, etc. Los bandos del municipio
prohibiendo tirar a la vía pública animales muertos,
estiércol y aguas, o escombros y despojos junto a la muralla
y el Arenal se suceden a lo largo del siglo casi con el mismo ritmo
que las peticiones de los vecinos y el arreglo de los baches cuando
se acercaban las fiestas. En el Arenal se levantaba el Monte del
Malbaratillo, formado por las basuras e inmundicias que allí
arrojaban desde tiempos remotos los vecinos aledaños.
En el empedrado o enladrillado de las plazas y calles se formaban
crónicamente zanjas a causa del tránsito de bestias
y carretas. En las plazas, donde personas, animales y carromatos
se concentraban para el mercado, los baches y montones de estiércol
eran continuos. Los charcos en invierno y el polvo y mal olor en
verano eran molestos. La misma plaza de San Francisco fué
objeto de un bando del Cabildo que conminaba a los vecinos a limpiarla
bajo pena de 1.000 maravedíes; se llegó a tal extremo
que no se podía andar a pie ni a caballo. En otras ocasiones,
fueron los vecinos, y los párrocos como sus portavoces, los
que exigen se eliminen las inmudicias de la ciudad. Domínguez
Ortiz contabilizó hasta ocho calles que llevaban el nombre
de "Sucia", no porque las demás fueran limpias,
sino porque la suciedad era superior a las demás.
A final de siglo el tema parecía seguir igual o peor; en
1594 Felipe II dictó una real provisión nombrando
a cuatro alguaciles como encargados de visitar y asear la ciudad
de Sevilla. Ariño indica que en 1597 se condenaba a diez
días de cárcel y 20 maravedies si fuese esclavo
o criado o criada a los que arrojasen aguas sucias ni de
enjabonaduras por las ventanas a las calles. No obstante, en
el cabildo de 5 de marzo de 1598 un teniente de Asistencia decía:
"es vergonzoso ver la ciudad cuán perdida está
con inmundicia y montones de basura que hay por todas las plazas
y calles que propiamente están hechas muladares".
El mal olor se combatía en las casas con abundante vegetación.
El famoso cronista de la época Peraza cuenta hasta 210 huertas
y jardines, entre palacios y conventos, que ocupaban amplias parcelas
en el recinto urbano. Del caserío cuenta un total de 12.000
viviendas, dotadas de patios enladrillados, portales y pozos; en
los patios no faltaban plantas odoríferas y macetas, ni
en los jardines pérgolas de jazmines, rosales, cidros, naranjos,
mirtos y otras plantas y flores. (Más información: La
limpieza en la Sevilla del XVI)
La traída de aguas para abastecer la ciudad
se hacía a través de los Caños
de Carmona árabes (1) y gracias a
una serie de fuentes cercanas como las del Arzobispo, la de Martín
Tavara y algunas de Alcalá de Guadaira. En las casas donde
el agua no llegaba -la mayoría- se disponía de pozos
y aljibes, usándose
norias para regar las huertas y jardines. Además había
numerosas fuentes públicas, probablemente unas 300.
Magistralmente dice Morales Padrón en una magnífica
síntesis
| "Sevilla en el siglo XVI seguía siendo clausura
e irregularidad. Clausura por su muralla y clausura de sus casas;
clausura de sus mujeres 'tapadas' a la usanza mora; e irregularidad
en su vida cosmopolita, en el discurrir de sus calles y en las
formas de las manzanas integradas por casas cuyas fachadas no
guardaban traza paralela. No es posible efectuar un corte radical
y decir: aquí acaba la ciudad islámica y comienza
la cristiana. Sin embargo, entre la Sevilla islámica
y la cristiana mediaban varios siglos; pero las semejanzas aún
eran manifiestas. No sólo porque una era continuación
de la otra, sino por el tono de vida." |
La casa sevillana del siglo XVI ofrecía
varios tipos: la casa de gente acomodada o humilde, el corral de
vecinos y el palacio. Las Ordenanzas de Sevilla, recopiladas en
1527 aunque realmente mucho más antiguas, nos hablan de las
distintas clases de casas que exigían las costumbres:
- Casa común, que tenía portal, sala y los departamentos
que "el señor (el propietario) demandase"
- Casa principal, con salas, cuadras, cámaras y recámaras,
portales, patios y recibimiento
- Casa real, con análogas dependencias, de "todos
los miembros que pertenezcan a casa de rey, príncipe o
gran señor".
Se hacían con tapial, adobe, ladrillos y piedra. En cuanto
al aspecto exterior de las casas urbanas, Morgado señala
que antes del siglo XVI "todo el edificar (en Sevilla) era
dentro del cuerpo de las casas, sin curar de lo exterior",
siendo una novedad que en su tiempo (1582) se labraban ya "a
la calle".
Durante mucho tiempo los cristianos prosiguieron la costumbre musulmana
de descuidar el exterior de sus casas y concentrar su atención
en el interior, donde la luz entra por patios, jardines y corrales.
El patio central, como base dispositiva, es tan característico
de España que los extranjeros la llaman "a modo de Castilla",
que muchos consideran como derivado de la casa morisca. En opinión
del arquitecto Vicente Lampérez (1861-1923), la opinión
parece infundada. En la casa "a modo de Castilla"
el ingreso es directo, por un zaguán; en la casa morisca
el ingreso es siempre lateral, por un zaguán tortuoso, con
uno o dos codos, que aislan el interior del exterior.
 |
Documentos y cronistas hablan de los corrales,
viviendas comunales de origen árabe. Se mantienen en la Sevilla
del siglo XVI debido quizá al rápido crecimiento poblacional,
"para gentes que no podían tanto" como decía
Alonso Morgado en 1582. De uno de ellos este cronista habla de 118
vecinos, lo cual da unos 470 habitantes, como término medio.
El corral, como el adarve o callejón ciego, se podía
cerrar garantizando la seguridad nocturna y aislando a sus habitantes
de incomodidades callejeras como eran el ruido y la suciedad. Para
las minorías étnicas no cristianas el corral y el
adarve eran buenos refugios. También los pobres cristianos
hallaron en el corral un techo donde cobijarse haciendo de su patio
un centro de convivencia especial; el patio era la gran plaza, para
hacer todo tipo de vida, incluídas grescas, juegos y gritos,
toda una "ciudad interior".
Hacia el final de siglo, con el comercio de Indias, el caserío
mejoró notablemente. Con el incremento de rentas y de población,
la construcción de casas aumentó; entre 1561 y 1588
se levantaron en Sevilla más de 2454 nuevas casas, sobre
todo en Triana (900) y San Vicente (742). En 1570, el cronista Juan
de Mal-Lara afirma que la ciudad es muy distinta a la que conoció
el embajador veneciano Andrea
Navajero en 1526, cuando vino a la boda del Emperador. Como
siempre ha sido, fue un negocio que se prestó a la especulación
y para los abusos, en tanto que algunos se apropiaban de terrenos
públicos pertenecientes a plazas o calles.
Según el profesor Morales, la transformación de las
viviendas sevillanas debió acometerse en la primera mitad
de la centuria, conforme a una concepción renacentista. En
1547 Pero Mexía hace decir a sus personajes que "de
diez años para acá todos los vecinos labran sus casas
a la calle y se han hecho más ventanas y rejas que en los
treinta años anteriores". Aún quedaban muchas
viviendas bajas y humildes, de una sola planta, pero ello era debido
entre otras cosas a que por el clima húmedo de Sevilla interesaban
casas bajas y soleadas en calles anchas para combatir la mumedad
escapada del río y de las arriadas. Es ésta la explicación
de Mexía cuando justifica la supresión de saledizos
y ajimeces (balcón saliente hecho de madera y con celosías)
que se efectuaba entonces. Y es el mismo criterio de Morgado que
contrapone la morada castellana a la sevillana, baja, con patios
y corredores a fin de que le entre los aires y el sol. Había
otra razón para prohibir el volado de los pisos: los terribles
incendios que consumían manzanas enteras y hasta porciones
enormes de ciudades, a pesar de las severas ordenanzas del "cubrefuego".
La muralla de Sevilla
Los límites de la capital lo establecía la
muralla, obra almorávide y almohade, que cerraba
la ciudad a lo largo de unos seis kilómetros. Y exterior
a ella, sus dos ríos (sí 2): el Guadalquivir por
el oeste y el arroyo Tagarete
por el este y sur; éste último ya no puede verse por
la ciudad pues fue cubierto y desviado a lo largo de los siglos.
Pero en el siglo XVI todavía suponía un límite
para la comunicación con la campiña periférica.
(ver
estampa de Hoefnagle, 1565, a la izquierda)
La muralla, hecha de cal, arena y guijarros (2), tenía
su barbacana (muro anterior más bajo), separada por un foso
de unos tres metros de ancho (aún puede verse perfectamente
por la Macarena). La cerca tenía entre 166 a 200 torres
y casi una docena de puertas más tres o cuatro postigos:
Sol, Osario, Carmona, Carne, Macarena, Triana, Arenal, Real,
Córdoba, Jerez, Goles, Bib Johar, Almenilla, y Bibarragel.
De todas las torres, la mayor y más galana era la Torre
del Oro, una torre albarrana (fuera de la línea de muralla)
que permitía defender
el río y el acceso al puerto.
Las puertas jugaron un papel determinante en todos los sentidos,
incluso en el sentimiento de guarda y clausura que durante la noche
protegía la vida y la salud de los vecinos, pues consideradas
como cosas santas, quebrantarlas estaba castigado hasta con la
pena de muerte en las Partidas. Las puertas se abrían a
la salida del sol y durante el día permanecían abiertas,
pues muchos trabajaban fuera de la ciudad en los campos de labor
inmediatos, en los molinos, las viñas y las huertas que
abastecían Sevilla, como la del Rey o las próximas
a la Macarena, en los barrios portuarios como Triana, en los conventos
extramuros como los de la Trinidad, San Bernardo o San Jerónimo,
en hospitales como el de la Sangre o el San Lázaro. El trasiego
de viajeros por las puertas camineras de Carmona, Córdoba,
Macarena, Jerez o Triana tuvo que ser incesante. Pero al atardecer
los guardas cerraban las puertas sin excepciones.
El muro fue creado para la defensa contra enemigos exteriores.
Desde el siglo XIII en que Sevilla fué conquistada por
San Fernando, ya no tenía esta función, aunque
siguió
ocupando una papel importante en la defensa frente al gran enemigo
histórico de Sevilla: el río Guadalquivir y sus
avenidas. Diecisiete inundaciones se registraron en Sevilla durante
el XVI, más una veintena que afectaron parcialmente al
recinto de la ciudad.
Por ello se conservaron hasta
el siglo XIX. Fuera de las murallas, las aguas embarraban y arrasaban
los cultivos y sembrados, arruinando las cosechas y cortando las
comunicaciones durante semanas. En ocasiones, la violencia de
las inundación era tal que se llegaba a romper el puente
de barcas, aislando a Sevilla de Triana y de su entorno. El puerto
fluvial, vital para la economía de la ciudad, sufrió siempre
la fuerza de las avenidas, interrumpiendo el funcionamiento de
la aduana, dañando las mercancías y los almacenes
que las aguardaban, anegando los barcos. A veces, las inundaciones
del Guadalquivir se veían incrementadas con las aguas del
Tagarete, el otro cauce que bordeaba la ciudad por el este y sur.
Por otra parte, la muralla actuaba en las ciudades europeas como
cordón
sanitario que las aislaba del exterior enfermo en tiempos de epidemia.
Sevilla no era una excepción. En cuanto se tenía
noticia de la aparición de un brote contagioso, se colocaban
guardas en las puertas para vigilar que la gente que entraba no
procediera de lugares infectados. Una vez que se tomaba la decisión
de prevenirse del contagio, la ciudad se cerraba.
Su estado de conservación en el siglo XVI parece que era
muy bueno; un cronista de la época relata que "en
algunas partes están casi tan nuevos y enteros (los muros)
que parecen haberlos ahora acabado". No obstante,
su pérdida
de valor defensivo hizo que su entorno estuviera muy descuidado.
Se adosaron construcciones a ella y en otros puntos se acumularon
basuras en cantidades ingentes.
Tal fue la acumulación de basuras que Hernando Colón
construyó su magnífica casa-biblioteca en el barrio
de los Humeros sobre uno de estos muladares en 1526; la casa quedaba
por encima de la muralla, tal era la altura del basurero que llegó
casi a igualar la de los muros. Según recientes estudios
arqueológicos, tan inestables cimientos y las inundaciones
del cercano río, debieron provocar su hundimiento tras la
riada de 1603.
Tras las murallas -o fuera de ella en los arrabales- la población
vivía agrupada en collaciones. Éstas,
al igual que los barrios y arrabales islámicos, estaban integradas
por un conjunto de viviendas y vecinos en torno a un templo que
podía vivir independiente. Dentro de la collación
o parroquia o en su periferia quedaban insertados los barrios tipificados
-igual que en el caso musulmán- por una actividad económica,
burocrática o por una etnia o nacionalidad (toneleros, toqueros,
francos, catalanes, etc.).
En la primera parte del siglo XVI, Sevilla contó con 27
templos parroquiales y dos jurisdicciones exentas; al final de siglo
se añaden dos nuevas parroquias extramuros (San Bernardo
y San Roque) y desaparecen las jurisdicciones exentas. Casi como
en los tiempos árabes, se mantienen y desarrollan las alcaicerías,
barrios donde se vendían productos especiales; estaba la
Alcaicería de la Seda, entre la Puerta del Perdón
y la Plaza de San Francisco; más allá, entre Sierpes
y Francos, se extendía la denominada simplemente alcaicería,
la cual adquirió gran relevancia en este siglo por mor del
tráfico comercial con las Indias.
La ciudad no escapó a una serie de calamidades que desajustaron
muchas veces la vida urbana. Terremotos, sequías, arriadas,
huracanes, hambres, pestes, incendios ... constituyeron auténticas
maldiciones. En 1533 hubo un gran incendio en el Campo de Tablada;
en 1562 otro acabó con un buen número de barcos fondeados
en el río; en 1579 hizo explosión la fábrica
de pólvora trianera, matando a 200 personas y derribando
otras tantas viviendas.
Las arriadas fueron unas constantes que obligan a situar al río
Guadalquivir como telón de fondo de la historia de Sevilla.
Constan inundaciones en 1503, 1507 (ambas rompieron el puente de
barcas), 1510, 1523, 1543, 1544 (una arriada repentina hizo que
entraran barcos en la ciudad por el postigo de los Azacanes), 1545
(otra arriada repentina que se llevó el puente y doscientas
casas en Triana), 1549, 1554, 1586, 1591, 1592 (las barcas iban
por las calles de la Carretería), 1593, 1594, 1595, 1596
y 1597.
En otras ocasiones fué la falta de agua la que provocó
hambre y miseria. Hubo grandes sequías en 1522, 1540 (se
sacó a la Virgen de los Reyes y llovió), 1560, 1561,
1562 y 1571.
La opinión de los extranjeros
Para terminar esta breve panorámica de la Sevilla del siglo
XVI, desde la óptica de un sevillano, no podemos despreciar
la opinión de los viajeros extranjeros de
la época, que en general fueron pocos en la mayor parte del
siglo. Entre las visiones negativas de lo español y lo andaluz
nos encontramos al italiano Guicciardini
que, al final del siglo XV dirá de los españoles:
| "...Estiman vergonzoso el comercio; la gran pobreza del
país no se debe a las cualidades del mismo sino a la
vagancia de sus habitantes; mandan fuera las materias primas
para que allí las industrialicen; viven en casas miserables
y lo que tienen que gastar se lo gastan en ellos mismos o en
una mula llevando encima más de lo que queda en casa". |
De los andaluces dirá:
| "son de carácter sobrio y soberbios por naturaleza,
sin que a su parecer, haya nación alguna que se les pueda
comparar; en el hablar son muy exaltados de sus propias cosas
y se ingenian en aparentar cuanto pueden;...Son más inclinados
a las armas tal vez que ninguna otra nación cristiana
y tienen mucha aptitud para ellas, proque son de estatura ágil
y muy diestros y ligeros de brazo. En las armas estiman mucho
el honor, de modo que por no mancharlo no se preocupan, en general,
de la muerte". |
Desde luego, no ha dejado títere con cabeza, aunque reconoce
que "hay algunas bellas ciudades, como Barcelona, Zaragoza,
Valencia, Granada y Sevilla". Algo de razón tendrá,
como veremos en otras páginas, sobre la poca afición
al trabajo manual, algo que en la época era deshonroso.
Pero también los hubo positivos como el alemán Jerónimo
Munzer, que viajó por España entre 1494 y 1495,
también conocido con el nombre latino de Hieronymus Monetarius.
De Sevilla dijo:
|
|
"ciudad del famosísimo reino de Andalucía,
conocida en latín con el nombre de Hispalis, situada
en una extensa y hermosa planicie, mayor que ninguna otra
de las ciudades de España que visité y cuyo
campo produce en abundancia prodigiosa, toda clase de frutos,
especialmente aceite y excelente vino.
Vi la ciudad desde la altísima torre de la Catedral,
antes mezquita mayor, pareciéndome doble que Nuremberga;
su forma es casi circular; al pie de sus murallas hacia el
occidente corre el Betis, río caudaloso y navegable,
que a la hora de pleamar crece tres o cuatro codos, llevando
entonces el agua ligeramente salada, así como al bajar
la marea tórnase dulcísima.
Además de éste, hay en Sevilla mucha agua potable
y un acueducto de 390 arcos, algunos duplicados por un cuerpo
superior para vencer el desnivel del terreno; va por este
artificio gran cantidad de agua y presta muy buen servicio
para el riego de jardines, limpieza de calles y viviendas,
etc. Tambien tiene la ciudad buenos monasterios de franciscanos,
agustinos, dominicos y conventos de monjas".
|
No menos interesante la descripción del río y su
puerto que hace Diego
Cuelbis en 1599, en que viaja por España:
|
"Sevilla es una de las más nobles y riquísimas
ciudades de las Españas. Cabeza del Reyno y Provincia
de Andalucía.
Es ciudad muy apacible, muy llana y muy alegre, llena de
gente muy noble y casas antiguas. Está puesta a la
ribera del río Guadalquibir que se llamaba antiguamente
Betis: que allí es tan ancho y hondo que pueden bien
llegar junto a la ciudad grandíssimos navíos
de quatrocientas y quinientas y más toneladas.
Es uno de los más principales puertos de España,
donde salen cada año grandíssimas armadas y
navíos o Galeones para las Indias Occidentales cargadas
de todas mercaderías de manera que en esta ciudad está
el trato principal de las Indias del Poniente.
Tienen aquí su trato casi todas las naciones, alemanes,
flamencos, franceses, italianos".
|
Notas:
(1) Con el nombre de "Caños
de Carmona" se conoce la obra hidráulica que garantizaba
la traída del agua a Sevilla desde el pago de Santa
Lucía,
en las cercanías de Alcalá de Guadaira; el topónimo
"de Carmona" proviene del camino en paralelo al cual
discurrían
los caños, así como de la puerta de la ciudad en
la que terminaba el acueducto. Era un acueducto almohade y fue
construído
en 1171-72 sobre restos romanos, por iniciativa del califa Abu
Yacub Yusuf, y derribado en 1912. El mismo califa que hizo el puente
de barcas, el palacio y jardines de la Buhaira y comenzó el
alminar mayor de la mezquita, la actual Giralda. [Volver
al punto de lectura]
(2) La muralla consta estructuralmente de un
muro de tapial (de 2,45 m de grueso por 12 ó 13 metros de altura) que, en su
primer tramo hasta el paseo de ronda, posee una gran proporción
de cal; mientras que a partir de dicha ronda, el color ocre que
la caracteriza delata una mayor cantidad de arena. Este muro está rematado
por un doble almenado (una línea en cada frente), en medio
del cual se abre el paseo de ronda que, al nivel de 1,80 metros
desde la parte superior de las almenas, posee una anchura de 1,60
m. Igualmente se constantan en él una serie de perforaciones
bajo las almenas correspondientes a las saeteras y que se desarrollan
en un ritmo alternante (una almena con saetera, dos sin ellas)
idéntico para ambas caras aunque sin estar enfrentadas entre
sí. [Volver al punto
de lectura]
| Referencias bibliográficas |
Morales Padrón, Francisco: "La ciudad del Quinientos";
Sevilla, 1977 |
Nuñez
Roldan, Francisco: "La vida cotidiana en la Sevilla del
Siglo de Oro". Ed. Silex, Madrid 2004 |
Caro, Rodrigo. "Antiguedades y principado de la ilustrísima
ciudad de Sevilla..." Sevilla, 1634 |
Mexía, Pedro (1499-1551):"Coloquios del docto y
magnífico
caballero Pero Mexía"; La Ciudad y el Orbe,
Sevilla, 1947 |
Morgado, Alonso. "Historia de Sevilla". Sevilla (1582);
Colegio Oficial de Aparejadores y Arquitectos Técnicos
de Sevilla, 1981 |
Navagero, Andrés. "Viaje a España del magnífico...embajador
de la República de Venecia ante el emperador Carlos V",
en "Viaje por España". ed. Turner. Madrid,
1983 |
Peraza, Luis de: "Historia de la imperial ciudad de Sevilla";
Colección Clásicos sevillanos. Ayuntamiento de Sevilla, 1997 |
Munzer, Jerónimo. "Itinerarium peregrinatio per
Hispanian, Franciam et Alemaniam". Ediciones Polifemo.
Madrid, 1991 |
Lampérez y Romea, Vicente. "Arquitectura civil española".
Ed. Giner-Madrid 1993 |
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