|
Se trata de dos piezas idénticas de mobiliario de
las llamadas bargueños, papeleras o contadores,
nombres que han recibido a lo largo de los siglos de sus existencia.
Están realizados en madera de ébano,
y madera de menor calidad lacada en negro.
Se compone cada pieza de dos cuerpos, el superior o contador
propiamente dicho, que contiene siete gavetas o cajones, cuyos
frentes se hallan decorados con incrustación de mármoles
de colores. Los dos cajones mayores de la parte baja llevan
figuras de pájaros sobre una rama con guindas. En los
pájaros se emplean los colores: verde esmeralda, blanco,
negro, amarillo, rojo-Alicante, rojo-caldera y dos tonos de
verde claro. Otros cuatro cajones más pequeños
llevan incrustaciones de rosas y margaritas, las primeras
en las gavetas altas, y las segundas en las bajas. En el centro
del compartimento mayor lleva ambos tipos de flores mezcladas.
 |
El marco de todos los cajones es doble, uno exterior de mármol
verde jaspeado, y otro interior rojo con intervalos de círculos
de nácar. En los laterales del bargueño hay
también incrustaciones de mármoles que siguen
los modelos decorativos del barroco europeo. Se trata de un
rombo de varios perfiles -verde, blanco, rojo-, y a su alrededor
cuatro sigmas vegetales con florones en los ángulos
que lo enmarcan, en amarillo, rojo y verde. El mismo tema
aparece en la cubierta superior.
La mesa, o parte inferior, es más sencilla, con patas
en forma de columna salomónica, cajones figurados en
el frente, y temas decorativos incrustados del mismo tipo
que los ya descritos, tanto en el frente como en los laterales.
La tapa de la mesa lleva una cenefa de meandros cuadrados
en la que utiliza la misma técnica de la incrustación
ya descrita.
Estilística y técnicamente las obras pertenecen
al barroco italiano, realizadas en la segunda mitad
del siglo XVII, en algunos de los varios talleres italianos
en que se trabajaba la "piedra dura", ya
desde el siglo XVI. Esta técnica de la incrustación
de placas de mármol sobre una superficie -de mármol
o de madera-, llamada "piedra dura", no se ha perdido
aún y en Florencia, uno de los lugares más representativos
de este arte, aún se conservan talleres en que se sigue
trabajando, además de un museo dedicado exclusivamente
a él.
No se sabe cómo llegaron estas obras al organismo
universitario, pero parece ser que fueron producto de una
donación, cuyo donante quizá fuera el que figura
en la tarjeta de papel que llevan pegadas las mesas en el
revés. El papel dice: "nº 438. Expositor.
Don Juan de la Cámara y Urzaiz /Objeto: mesa de un
contador de ébano con incrustaciones de jaspes de colores
/Localidad: Sevilla, calle Mármoles 6 /A.Padura".
La técnica de la "piedra dura"
Las incrustaciones de piedras duras es un arte muy antiguo,
alcanzando un cierto relieve en la orfebrería y ebanistería
de la cultura del Próximo Oriente; entonces se inscrustaban
piedras duras o silíceas en cavidades hechas ex-profeso
en el material de soporte, que puede ser metal o marfil.
Fue en Florencia donde esta técnica alcanzó
más tarde un alto grado de perfección, hasta
el punto de que se da el nombre, impropio, de mosaico florentino
a todo tipo de incrustaciones de piedras duras; por otro lado,
mientras que en otros lugares esta técnica ya no se
practica, en Florencia se siguen produciendo trabajos de este
tipo. Este trabajo ocupó al “Opificio delle
pietre dure” desde el Renacimiento hasta nuestros
días. Si bien falta una descripción precisa
de los procedimientos seguidos en sus fases más antiguas,
podemos afirmar que la técnica originaria no era sustancialmente
diferente de la que todavía hoy sigue vigente en el
mismo Opificio (que también se dedica a la restauración)
y en los diferentes talleres artesanos de la ciudad.
La única diferencia estriba en la preparación
de las piedras, reducidas hoy a láminas por sierras
que se accionan eléctricamente, mientras que antes
se realizaba con sierras de mano. Sin embargo, las operaciones
de corte y ensamblaje de las piececitas se siguen haciendo
hoy igual que en sus orígenes. Después de la
elección de las piedras más aptas para conseguir
fielmente los colores del cartón suministrado por el
proyectista y tanto más numerosos cuanto más
variadas son las gradaciones y las tonalidades, los incrustadores
pegan las diferentes plaquitas sobre un papel cortado, siguiendo
las líneas del dibujo, dirigiendo una y otra parte
de la pieza, según las manchas o el sombreado que mejor
se presta a las diferentes gradaciones de color
Hoy la actividad fundamental del “Opificio” es
la restauración, que consiste o en regenerar el legante
original para reforzar el ensamblado o, cuando el soporte
original no está en condiciones de ser reparado, transportar
la ensambladura entera a una nueva plancha de sostén,
o finalmente en restituir las partes que falten, que se individualizan
por medio de una pequeña moldura que pone de relieve
los límites de la restauración.
La fama de la alta calidad de los productos del “Opificio”
florentino se difunde en el Barroco por todas las cortes
europeas, muchas veces a través de los regalos de los
mismos grandes duques a los demás soberanos. A ejemplo
de Florencia, quizá por la presencia de artesanos florentinos,
las diferentes manufacturas reales de Europa produjeron
obras de incrustación de piedras duras y mármoles,
en Francia, Alemania, España y en Italia.
En el siglo XVIII se difunde por todas partes la utilización
de las piedras duras incrustadas en mármoles no sólo
en Italia, sino también en la India de la época
moghul, donde, sobre la tradición precedente de incrustaciones
de piedras calcáreas y esquisto aplicadas a la arquitectura
y las inscripciones de mármol negro incrustadas en
mármol blanco, se inserta la influencia de las incrustaciones
florentinas.
|