| Heliodoro Sancho Corbacho fue quien dió
a conocer la escritura de concierto de este crucificado, antaño
titular de una cofradía de sacerdotes con sede en la
Casa Profesa de la Compañía de Jesús,
actual iglesia de la Anunciación. Parece que la entidad
no duró mucho tiempo y se conservó en el templo
jesuita como imagen de cierta devoción popular, a la
que se le puso retablo barroco en 1687. En 1771 se incorporó
al patrimonio universitario y permaneció en la iglesia
hasta convertirse en titular de la hermandad de los Estudiantes,
fundada en 1924 por un grupo de profesores y alumnos de la Universidad
de Sevilla. A esta Hermandad le está cedida para el culto.
Desde 1966 reside en la
capilla de la antigua Fábrica de Tabacos, sede actual
de la Universidad de Sevilla.
El Cristo de la Buena Muerte enlaza con el clasicismo montañesino.
En efecto, sin detrimento del estudio realista de la anatomía,
la imagen queda presidida por una serenidad de líneas
y equilibrada morfología que alcanza sus más
sugestivos aciertos en la interpretación de la cabeza.
Ésta, desprovista de la corona de espinas que Mesa
solía tallar en el mismo bloque craneano, sin omitir
el estilo propio del autor, refleja toda la dulzura, suavidad
y poesía imaginables.
El artista se superó a sí mismo en la ejecución
de esta obra, destinada a teólogos presbíteros
y a recibir culto en la principal iglesia jesuítica
de Sevilla. La popularidad que alcanzó este Crucificado
explica las dos reproducciones que hizo de dicha escultura
el mismo imaginero. Una, en 1621, que María Elena Gómez
Moreno relaciona con el Cristo de la Buena Muerte de la catedral
de Madrid; y otra, en 1627, aún sin identificar.
El momento efigiado en el Cristo de los Estudiantes de Sevilla
es el intante preciso de la defunción. Razón
por la que aún no son visibles las alteraciones tanatológicas
específicas del período postmortem. El cuerpo
sin vida pende de los clavos que horadan sus manos. La laxitud
cadavérica contrasta con el acusado claroscuro de los
retorcidos pliegues del sudario. Las telas, regocidas en dos
moñas laterales, subrayan la armoniosa distribución
de los volúmenes.
En 1983, cuando el Cristo era trasladado para celebrar el
anual Quinario desde la Universidad a la iglesia de la Anunciación,
se desprendió la cabeza de la imagen de su ensamble.
Con tal motivo, fue hallado un documento que confirmaba la
autoría y datación de la obra: "Ego
feci Joannes de Mesa, anno 1620".
La restauración corrió a cargo del profesor
Francisco Arquillo Torres. Y dos años después,
los hermanos Cruz Solís, al ultimar la consolidación
de la talla, encontraron otro escrito que fijaba la terminación
de la misma el 8 de septiembre de 1620. Por último,
entre el 1 de junio de 1994 y el 9 de marzo de 1995, ha vuelto
a ser intervenido en el Instituto de Conservación y
Restauración de Bienes Culturales, dependiente del
Ministerio de Cultura, en Madrid. En esta ocasión,
Raimundo Cruz Solís e Isabel Pozas, tras los estudios
previos, han limpiado con bisturí la policromía,
han eliminado repintes y han reintegrado la película
pictórica donde faltaba, excepto en los pies. Y, además,
han colocado una espiga en el índice de la mano izquierda.
Finalmente, el Cristo se ha fijado a una nueva cruz, realizado
en el taller sevillano de Manuel Guzman Bejarano.
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