| Corrían los primeros años de los Borbones
en España (1700...); Felipe V ocupaba el trono. Uno
de los productos que nos trajo el descubrimiento de América
fue el tabaco. A primeros del siglo XVIII el consumo iba en aumento.
Dados los pingües beneficios que aportaba su comercio, la Corona
había intervenido su gestión, estando en régimen
de monopolio.
Por entonces, las fábricas de tabaco de Sevilla estaban
ubicadas en los alrededores de la iglesia de San Pedro, en
pleno centro urbano. Radicaban en múltiples casas particulares
que habían sido adaptadas a la fabricación. Pero ello
suponía graves inconvenientes:
Mantenimiento
edificios: múltiples y variopintos, cada vez resultaban más
onerosos para la hacienda pública.
Transporte
caro e inseguro: Al estar ubicadas intramuros, en pleno corazón
de la ciudad, el tabaco desembarcado en El Arenal debía transportarse
por calles estrechas y sinuosas, lo que suponía un aumento
de costes y la pérdida de mercancía por hurto o sisa.
Seguridad:
Al tratarse de múltiples casas, no podía garantizarse
un control absoluto de las entradas y salidas de mercancía.
Además, cuando aumentó la demanda del producto, hubo
que doblar los turnos incluso por la noche, lo que aumentaba el
riesgo de incendio dado que para iluminar se utilizaban lámparas
de aceite (combustible que aumentaba el costo de producción).
Algún que otro incendio fue controlado con dificultad.
En definitiva, se plantea el traslado de las fábricas a
un lugar más amplio y más cerca del desembarque.
El primer lugar se estudia la posibilidad de trasladarse a las
antiguas Atarazanas Reales, en El Arenal. Dicho edificio
cumplía los requisitos establecidos: espacio y proximidad.
Pero el proyecto se desechó, entre otras cuestiones, por
no garantizar un aumento futuro de la demanda.
Es así como nos encontramos con la idea de construir un
edificio único que satisficiera las necesidades de producción.
En la Sevilla intramuros no era fácil encontrar un solar
de las dimensiones exigidas y con la cercanía precisa al
río. Así pues se piensa en la zona sur de la ciudad,
al otro lado del Tagarete,
espacio casi virgen fuera de las murallas en la que sólo
se encontraba el Colegio de Mareantes de San Telmo y el convento
de San Diego.
En sucesivas etapas, varios ingenieros militares son los que realizan
los proyectos y dirigen las obras. Es Ignacio Sala el primero de
ellos, el que decidió el emplazamiento para la nueva construcción
y planteó los requisitos que debía tener el edificio.
Junto a ellos participaron profesionales locales que aportaron su
granito al proyecto.
Las tierras son compradas al municipio y a la escuela de San Telmo.
El lugar planteado permitía el fácil acceso al río,
el línea recta, por un canal que se construiría al
efecto. Pero había que construir justo a la sombra de la
muralla de la ciudad pues tanto el Colegio de San Telmo y sus huertas
como el Camino Real que transcurría por la actual calle Palos
de la Frontera impedían alejarse más. Paralelo a la
muralla transcurría el cauce del arroyo
Tagarete, un riachuelo que las más de las veces estaba
seco y maloliente.
Las obras comienzan en 1728, concluyendo en 1770,
cuarenta y dos años de infinitos proyectos y replanteamientos.
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