¿Por qué
fue tan importante el faraón?
Como en todo sistema monárquico,
el rey asume el papel fundamental en la estructura de esta forma de
gobierno. En este sentido, la preponderancia de unos dirigentes locales
sobre otros marcó el comienzo de la organización política del antiguo
Egipto. De este modo, el alto Egipto fue sojuzgando a las distintas
poblaciones que habitaban en el Delta del río hasta hacerse con el
control de estas fértiles tierras, probablemente por obra del rey Narmer.
Durante un tiempo se fueron estableciendo formas monárquicas que
garantizaran la asimilación del nuevo territorio. Tal es el caso del uso
de la simbología (como la doble corona con la que se representará al
faraón desde entonces) y, de forma probablemente más importante, la
asimilación de la estructura monárquica a los deseos divinos.
La legitimidad de la forma monárquica y su extensión a todo
el territorio del antiguo Egipto tiene su base en la identificación del
monarca o faraón con el dios dueño de toda la tierra. Los sucesivos
nombres que se van adjudicando protocolariamente al faraón denotan esta
especial relación con los dioses: 'Horus', dios del cielo en forma de
halcón que todo lo ve, 'Nebti', diosas protectoras del Alto y Bajo
Egipto, 'Nombre áureo', el material de que están hechos los dioses, etc.
Desde el momento en que el faraón es asimilado al dios más
importante de Egipto o bien, posteriormente, al hijo de un dios, la
consecuencia inmediata es que todo lo que tiene Egipto (sus tierras, sus
hombres, el ganado, la cosecha, etc.) es propiedad del faraón que debe
disponer de ello según sus propios criterios y, como única limitación,
seguir la ley de Maat, la ley de la justicia, la verdad que garantiza una
adecuada relación entre la esfera divina (del faraón) y la humana (sus
súbditos y posesiones).

La imagen
del faraón ¿cambió con el tiempo?
La impresión general de que la
sociedad egipcia de aquel tiempo apenas varió y el poder del faraón fue
incontestable no resiste el análisis histórico. Es cierto que resulta
ser una
sociedad que conoce pocos cambios estructurales y que, en no pocas
ocasiones, volverá su mirada al período del Imperio Antiguo tomándolo
como ideal de gobierno. Sin embargo, no está exenta de cambios sociales
de todo tipo y, entre ellos, figura en un lugar destacado el de la imagen
del propio faraón para su pueblo.
Inicialmente, el faraón fue un dios sobre la tierra, el
poseedor de todo lo existente, el dueño de las tierras, el ganado y los
hombres, así como de su fuerza de trabajo. Esta imagen, que llega
probablemente a su culmen con el faraón Keops, cede el paso pronto a otra
relación del faraón con la divinidad. La mala imagen que los sacerdotes
de la época legaron a la posteridad sobre él denota que su poder
omnívoro encontró una serie de resistencias que llevaron a disminuir la
importancia posterior del faraón otorgándole, como ya sucede en tiempo
de Micerinos, el papel de hijo de dios. Dicho papel le obligaba, entre
otras cosas, a la construcción y mantenimiento de templos solares
asociados a su tumba, lugares de culto que enriquecían a la clase
sacerdotal.
El caos social que reinó en Egipto en el llamado Primer
Período Intermedio dio lugar a una modificación de la imagen del
faraón, no sólo con respecto a los sacerdotes (una élite a fin de
cuentas), sino en relación al propio pueblo egipcio. Las 'Lamentaciones
de Ipu-hur', obra literaria que narra los sucesos habidos, achaca la
responsabilidad de este caos al hecho de que el faraón no ha seguido la
ley de Maat, no ha respetado sus deberes para con su pueblo. Esta crisis
debilita su poder y la naturaleza divina que lo legitima. Cuando surja a
partir de Tebas una nueva fuerza que asuma las responsabilidades del
gobierno se presentará encabezándola un faraón humano y preocupado por su pueblo,
un gobernante magnánimo, un buen pastor para sus súbditos.
El Imperio Medio muestra esta nueva imagen del gobernante que
vuelve a entrar en crisis ante su debilidad (quizá motivada por sucesivos
problemas dinásticos) y la irrupción en la historia del pueblo hicso que
va ocupando el Bajo Egipto y asumiendo los ornamentos y títulos de la
monarquía egipcia. Esta vuelta atrás en la separación entre las dos
tierras egipcias promueve un cambio en la imagen del máximo gobernante.
A partir de ese momento, el faraón ha de reconquistar el
terreno perdido, expulsar a los invasores extranjeros, rehacer la riqueza
de la tierra bajo una sola mano. El faraón tiene que ser un héroe, ha de
defender al pueblo de los ataques externos, tiene que mostrar su fortaleza
y no sólo su naturaleza divina o su noción de justicia y cuidado de su
pueblo. Es por ello que todos los faraones del Imperio Nuevo deben, en
mayor o menor medida, demostrar dicha fortaleza en el combate. De ahí
surgen faraones como Tutmosis III, plenamente guerreros, o Ramsés II,
poco combativo pero que cuida su imagen de héroe deformando la realidad
de lo sucedido en la batalla que establece con el reino hitita en Qadesh.
Es en esta línea por lo que resulta más llamativo el contraste de un faraón
pacífico y seguidor del monoteísmo como Akhenatón, pero a fin de
cuentas sólo supondrá un paréntesis dentro de sucesivos monarcas que
colocan el valor y la fortaleza como garantías y fundamento de su
divinidad.

¿De qué
vivían el faraón y su corte?
Partiendo del hecho de que el
faraón era el propietario de toda la tierra de Egipto debido a su
naturaleza divina, la cuestión se debe reformular en el sentido de saber
cómo se articulaba esa propiedad de cara a su mantenimiento personal y el
de la corte que le acompañaba. Básicamente, las posesiones de la
monarquía egipcia eran de dos clases:
- La Gran Casa.
- Los dominios reales.

La primera comprendía todo el
conjunto de palacios ocupados por el rey, bien para funciones de
protocolo, de gobierno o simplemente de carácter residencial. Dada su
movilidad a lo largo del país (generalmente por vía fluvial) existía un
número amplio de dichos palacios repartidos por el curso del río. Estos
palacios, construidos con adobe, no han sobrevivido pero debieron ser
numerosos y contar con su propia administración. En efecto, resultaba
necesaria la organización del suministro de alimentos para la familia
real y su corte y, en general, todo lo necesario para su vida cotidiana y
el protocolo asociado al cargo. En dichos palacios habrían de residir
peluqueros, médicos, cocineros y todo tipo de servidores.
Los dominios reales se refieren a tierras de directo uso del
faraón y su familia, habitualmente administradas por un Mayordomo real.
Estas tierras, de una gran extensión, resultaban productivas por sí mismas o
bien mediante el arriendo a campesinos que entregaban al administrador una
parte importante de la cosecha obtenida. Estas tierras, a su vez, podían
ser objeto de donaciones tanto a los templos para su mantenimiento como a
particulares que se habían destacado en el favor del faraón.
Nuevamente, estas tierras entregadas en donación (en muchos
casos para su uso, no en propiedad) eran habitualmente arrendadas a
campesinos que, de este modo, debían entregar una parte de la cosecha al
arrendador directo y otra parte al faraón. Las escenas literarias, en
ocasiones de una gran dureza, en las que los escribas y soldados
encargados de la recaudación de tasas obligan a su entrega a los
campesinos, no son infrecuentes.


¿Qué funciones tenían los visires?
La amplitud de la tarea de
gobierno sobre una tierra tan extensa condujo al nombramiento de diversos
cargos que actuasen en nombre del faraón. El principal de todos fue el de
visir. Era un cargo de extrema confianza ya que implicaba una salutación
matinal (interesándose por la salud del rey) y un informe diario sobre
las gestiones e intereses faraónicos en todo Egipto o, al menos, en el
territorio donde ejercía su cargo el visir (desde el Imperio Medio solía
haber dos, uno para el Alto y otro para el Bajo Egipto).
Por entonces la crecida del Nilo
borraba los lindes de los campos de manera que, considerando las ambiciones de unos
templos respecto de otros, de unos nomos entre sí, conducía a que las
estelas que actuaban a modo de lindes fluctuaran de posición según la
importancia o la fuerza de unos y otros, lo que daba lugar a todo tipo de
reclamaciones. Era necesario, por tanto, recurrir a una entidad superior
como era el faraón para que se revisara el catastro, las medidas
realizadas antes de la inundación, se atendieran dichas reclamaciones y
se llegara a una resolución justa. De todo ello era encargado el visir que,
de forma más general, también ejercía funciones en los diversos tipos
de juicios. Este cargo de confianza fue en el comienzo del Imperio Antiguo
confiado a un miembro de la familia real, particularmente un hijo del faraón.
Sin embargo, con Micerinos comienza a desligarse de estas relaciones
familiares e incluso es posible el nombramiento de varios visires simultáneamente,
aunque este hecho es de difícil determinación. En el Imperio Medio, como
sucederá en el Nuevo, comienzan a nombrarse dos visires dado que la
monarquía tebana había establecido su capital (Menfis o List) en una
ciudad diferente a la suya original y pretendían conservar el gobierno
radicado en ambas localidades.
Desde la quinta dinastía las
funciones de los visires atañían a unos campos que hemos visto
ejemplificados en las instrucciones de Tutmosis III, si bien podían ser aún más
amplios. Cinco en concreto se pueden señalar:
- Director de los Seis Grandes Tribunales y
encargado, por tanto, de la impartición de la justicia en su nivel más
alto.
- Director del Doble Granero, al cargo tanto
del esencial almacenamiento de grano.
- Director del Doble Tesoro, guardando el
oro, la plata, el cobre y demás materiales preciosos, pero también
el lino y otros productos que podían ser manufacturados.
- Director de los Archivos Reales, y custodio
por tanto de toda la información escrita que atañía al gobierno de
Egipto (catastros, relación de impuestos, censos, propiedades y, en
general, toda la información escrita que correspondía a los
restantes campos de actuación).
- Director de los Trabajos del Rey, es decir,
las construcciones de canales, el levantamiento de obeliscos, templos,
tumbas, etc.
La competencia del visir sobre
estas áreas no quiere decir tampoco que su gobierno fuera directo sobre
cada una de ellas. Podían existir encargados en cada una a las órdenes
del visir (Cancilleres), cada uno de los cuales requería el trabajo de un
grupo de escribas que contrataban trabajadores para que cumpliesen las
tareas asignadas al director correspondiente. Se constituía así una
trama burocrática y administrativa en referencia a estos campos de
gobierno que daban lugar a nombramientos y carreras administrativas que
aparecen reflejadas en las tumbas de los nobles, a veces con titulaciones
que no corresponden a funciones específicas sino que parecen de carácter
honorífico (como es el de Compañero Único, por ejemplo) y otras cuyas
funciones son imprecisas y aún están en estudio.
¿Cuál era el papel y las atribuciones de los
nomarcas?
Los nomos son las principales
unidades administrativas en que se dividía el país egipcio. En una forma
primitiva parecen surgir de tiempos incluso predinásticos al modo de
áreas territoriales de influencia de distintas tribus. La unificación
del Alto y Bajo Egipto va de la mano con la centralización del poder y
unas estructuras administrativas y políticas jerarquizadas que descansan
en la autoridad divina del faraón. De este modo, los jefes de los nomos
fueron meros encargados por el faraón para recoger las tasas en sus
territorios, distribuir las tierras, ordenar el almacenamiento de grano
para épocas de hambruna y, sobre todo, administrar el uso del agua por
medio de la realización de canales de riego, diques y drenados de los
mismos. Todo esto, además de otras labores encargadas por el faraón
(proveer de hombres para expediciones anunciadas y cualquier otra tarea
referente al nomo), conllevaban un poder que podía llegar a ser
considerable.
Se ha detectado que, a lo largo del Imperio Antiguo, los
nomarcas pasaron de ser enterrados cerca de la corte del faraón a hacerlo
en su propio territorio del nomo. Teniendo en cuenta la importancia
otorgada al culto a los muertos por parte de sus familiares y
descendientes más directos, este hecho indica que dichos descendientes
siguieron viviendo en el nomo de que se tratase lo que, unido al hecho de
que estas tumbas cada vez mostraran un lujo mayor, parece indicar que el
cargo de nomarca pasó a ser hereditario. De hecho, la creciente debilidad
del faraón frente a la clase sacerdotal de este período de tiempo tiene
que ponerse en relación también con la importancia creciente de los
nomarcas. Las inscripciones de sus tumbas sugieren que, al final del
Imperio Antiguo y durante el Primer Período Intermedio, sostuvieron con
su autoridad la vida de cada nomo en lo que se refiere a la alimentación
y el agua, a veces en confrontación con otros nomos vecinos. De algún
modo, el modelo aristocrático de la corte egipcia vino a reproducirse en
pequeña escala dentro de cada nomo.
Este precedente condujo a que, tras el reestablecimiento del
poder central, los nomarcas fueran viéndose despojados paulatinamente de
su poder transformándose de nuevo en meros administradores del faraón.


¿Cómo se educaban los escribas?
La formación de un escriba
estaba condicionada socialmente dado que era necesario disponer de muchos
años en la vida del candidato, años que entre los campesinos debía
dedicarse al trabajo. De hecho, muchos escribas firman sus
escritos autentificándolos con referencias a sus antecesores (padres,
abuelos, etc.) que también fueron escribas, de donde se deduce que este
oficio se llevaba a cabo frecuentemente dentro de un mismo círculo
familiar.
En la conocida 'Sátira de los oficios', un escrito realizado
por un escriba de la dinastía XII, se muestran con claridad las ventajas
de esta tarea respecto de otras más humildes:
Mira, no hay una profesión que esté
libre de jefe, salvo la de escriba. El es el jefe. Si conoces la
escritura, te irá mejor que en las profesiones que te he presentado.
Míralos en su miseria... Mira, te he colocado en el camino del dios...
Mira, no hay escriba que carezca de comida y de bienes de palacio.
Todo ello justificaba la
inclusión del muchacho en una 'Casa de la Vida', recinto a cargo de los
sacerdotes del templo que se encargaba de asegurar su formación y su
eventual inclusión posterior en el sacerdocio o bien al servicio de la
corte. Esta formación era larga puesto que era necesario aprender toda la
escritura jeroglífica formada por cientos y cientos de símbolos
distintos, así como la realización de cuentas y otros procedimientos
matemáticos, entre otros saberes.


¿Qué funciones tenían los escribas?
La palabra era un verdadero don de
los dioses. La religión egipcia consideraba al dios lunar Thot como el
creador ancestral de la lengua y la escritura en sus dos formas
habituales: La jeroglífica, frecuente en las inscripciones sobre piedra y
en el culto religioso, y la hierática, de forma cursiva y habitual en su
uso sobre papiro para funciones administrativas y también religiosas.
Pronunciar la palabra precisa permitía que aquello nombrado
surgiese a la vida, se diferenciase de lo demás en que estaba previamente
confundido. Esta es la base del poder de la palabra que pronunciaba el
sacerdote lector frente al cadáver del faraón durante el proceso de
momificación. El mismo poder que se esconde tras los Textos de las
Pirámides que se esculpían en las tumbas y que sólo podían ser
repetidos y recitados por el escriba para la glorificación del fallecido,
para la petición de dones o cualquier otra tarea referente al culto.
La sociedad egipcia es fundamentalmente analfabeta. De ahí
la enorme importancia del escriba, no sólo en la vertiente religiosa que
hemos mencionado, sino en la administrativa. Escriba tenía que ser el que
escribiese los mensajes entre los distintos departamentos administrativos,
el que calculase los suministros necesarios en la corte y los registrase.
Escriba también había de ser el que llevase todo tipo de contabilidad,
incluyendo la tarea de recaudar tributos, medir los campos y hacer los
cálculos de su productividad, calcular las necesidades en hombres y
material para cualquiera de los proyectos arquitectónicos en curso. El
escriba era en general el funcionario imprescindible en todo tipo de tarea
administrativa.

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