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La India es un inmenso subcontinente asiático que, en forma triangular, se interna en el océano Índico dividiéndolo en una parte oriental (mar de Bengala) y otra occidental (mar Arábigo) que garantizaron en la Antigüedad unas rutas comerciales de los productos venidos del oeste (Mesopotamia, Persia, mar Rojo) y otros que marchaban hacia el este (la costa asiática oriental).
Recorriendo el subcontinente de norte a sur se encuentran muchas de las claves del desarrollo de la cultura india. En el norte el acceso al país está prácticamente cerrado por la cordillera del Himalaya. En ella nacen los ríos citados y se abren muy pocos pasos transitables: El fundamental, al noroeste, en la frontera con Afganistán, es el paso del Khyber, lugar por el que llegaron las invasiones de los arios y de Alejandro Magno, entre otros.
Cuando se viaja hacia el sur se encuentra la fértil
depresión Indo-gangética, lugar de florecimiento de la mayoría de los reinos
indios y donde viven actualmente las dos terceras partes de su población. El
principal obstáculo que divide horizontalmente a la India son los montes
Vindhya que físicamente distinguen la La India resulta un país que, al igual que China, es sobre todo agrícola, dependiente de la llegada del monzón por el suroeste en el mes de julio y su salida por el noreste un mes después. Aunque su paso está jalonado de inundaciones en no pocos casos la riqueza agrícola que garantiza es mucho mayor. Protohistoria: La cultura de Harappa Cuando comienza el tercer milenio antes de nuestra era, es decir, sobre el año 3.000 a.C., algunos pequeños grupos de población se asentaron a orillas del río Indo procedentes de la meseta irania. Las cerámicas encontradas en ambos lugares son muy similares (de color amarillo y decoración en negro y rojo) y denotan que la llamada cultura de Amr en el Indo estaba emparentada con la de Tepe Giyan y Bakun en la meseta más al oeste.
En Harappa se encuentran restos de una cultura que había alcanzado una gran madurez económica y social. La estructura urbana muestra la existencia de graneros (dos grupos simétricos de seis almacenes cada uno) separados por un ancho pasillo. Esto indica que se almacenaba grano procedente de las cosechas cercanas (trigo y cebada sobre todo), muy probablemente como consecuencia de la obligación de tributar por medio de tal producto. La presencia al norte de casas de ladrillos muy modestas respecto a las más residenciales parece indicar que había desigualdades sociales, probablemente porque un grupo sacerdotal fuera preponderante respecto a trabajadores y esclavos. En Mohenjo-Daro, la otra gran urbe descubierta y datada en la misma época, se ha encontrado una gran piscina impermeabilizada dotada de cañerías para su llenado y desagüe, que puede haberse construido por motivos rituales. El elevado nivel freático en este yacimiento impide profundizar en las excavaciones. Sin embargo, sí se han descubierto edificios espaciosos y lo que parecen salas amplias de reuniones que muestran nuevamente la existencia de un poder teocrático y sacerdotal.
Sin embargo, el aspecto más destacable de la cultura de Harappa es el elevado grado de urbanización que conoció. Sus ciudades están construidas de forma reticular orientando las calles principales en la dirección de los vientos (norte a sur) para su mejor limpieza (o quizá por motivos astrológicos). Además, presentan un sistema de alcantarillado subterráneo al que hay que añadir la conexión con retretes individuales en cada casa lo que muestra un esfuerzo común notable. Tal trabajo público corrobora la presencia de una sociedad organizada y jerarquizada, con una clase más poderosa y dirigente. Dados los muy escasos restos encontrados de actividad bélica se puede suponer que dicha clase fuera de naturaleza religiosa sobre todo. Desde el punto de vista artístico su trabajo (como la mayoría de sus herramientas cotidianas) es en piedra (aunque conocían el cobre y el bronce) habiendo testimonios de esculturas de un alto nivel: La cabeza barbuda de Mohenjo-Daro, por ejemplo, o el torso de Harappa.
Las dos ciudades principales, Harappa y Mohenjo-Daro, distan casi 600 kms a lo largo del río. En la desembocadura del Indo, la ciudad portuaria de Lothal presenta muelles y diques construidos con ladrillos, que denotan que era el lugar de tránsito de mercancías y comercio en general con la región mesopotámica, en la que se han encontrado restos de la cultura harappiana. Todo hace indicar que estos pueblos estaban muy relacionados y, sin llegar a formar una cultura políticamente centralizada, tenían amplios contactos comerciales. Esta circunstancia aconsejaba la existencia de medidas comunes en peso o longitud y, en ambos casos, se han encontrado restos significativos.
En segundo lugar, se registran en un fragmento de concha nueve líneas paralelas espaciadas igualmente en torno a los 6,7 mm entre cada una y la siguiente. Una de las líneas está marcada con un círculo y otra, seis más allá, con un punto grande. La distancia total entre ellas es de 33,5 mm que ha sido denominada la ‘pulgada del Indo’. Es evidente que tal precisión en las marcas revela que éste era un instrumento de medida, mucho más si se tiene en cuenta que otra unidad de medida sumeria (el sushi) equivale exactamente a la mitad de una pulgada del Indo, lo que abre las puertas a hacer hipótesis sobre las relaciones entre ambas culturas. En todo caso, se han localizado en las construcciones de estas ciudades hasta quince tamaños diferentes de ladrillos pero siempre en una relación fija entre longitud, anchura y espesor, en concreto 4:2:1.
La cultura de Harappa parece haber llegado a su culminación entre el 2.500 y el 1800 a.C. Su declive probablemente fue debido tanto a motivos internos como externos. Internamente se llegó a un alto grado de inmovilidad social y cultural. Las excavaciones en Harappa denotan la práctica inexistencia de cambios en los últimos niveles, además de unas formas de construcción progresivamente más toscas. El motivo externo residió en la invasión aria que recorrió la zona hacia el 1500 a.C. Su importancia se ha sobreestimado por los restos de Mohenjo-Daro, que presentan muros incendiados, hasta veinte esqueletos mutilados en un edificio y restos de alguna batalla en el final de la ciudad. No obstante, tal cosa no sucede en Harappa y, lo que es más, Lothal sobrevivió a la caída de las otras dos ciudades durante un lapso de tiempo que no baja de los cuatro siglos. Todo indica, en suma, que una cultura decadente llegó a un colapso por el ataque directo de invasores más fuertes y organizados o por las consecuencias económicas que esta invasión implicó (el cegamiento de canalizaciones, la interrupción del comercio). Las circunstancias concretas no se conocen y, en todo caso, el examen de las inscripciones que han dejado en sellos y tablillas no ha resuelto el enigma de su escritura, si llega a serlo. Es notable como ejemplo de escritura bustrofédica, caracterizada por empezar la primera línea a su derecha y proseguir escribiendo desde la izquierda en la línea siguiente, en un característico zig zag. Comparaciones filológicas han conducido a la sorprendente (pero seguramente casual) relación de sus signos con los de una cultura aborigen de la isla de Pascua, en el Pacífico.
Hacia el año 1.500 a.C. llegó a la India la rama más oriental de la emigración aria. Los arios eran una tribu proveniente de las estepas ucranias que, por razones desconocidas, inició una emigración masiva en busca de nuevas y mejores tierras llegando a extenderse por Europa los más occidentales, por el Medio Oriente algunas ramas (bordeando por ambos lados el mar de Aral) y entrando en el valle del Indo tras atravesar y asentarse en parte en la meseta irania cercana.
Tanto su estructura social como sus valores y formas de vida eran muy distintos de aquellos que encontraron entre la población autóctona, previsiblemente una cultura de Harappa que ya había perdido el vigor de tiempo atrás. Apoyados en una sociedad jerárquica basada en el dominio de un rey asesorado por un consejo, teniendo como un valor fundamental el del poder mediante la guerra, sustentados en nuevas armas de bronce y el uso bélico del caballo, los indo-arios fueron extendiéndose paulatinamente por todo el valle entre el Indo, primero, y el Ganges después. Los enfrentamientos con la población autóctona no debieron ser pocos ya que su literatura denota en estos primeros tiempos un choque de tipo racial, contrastando el desprecio con que son tratados los naturales de la región por su color moreno frente al blanco de los invasores. Es de notar que la palabra más antigua para denominar una casta es la misma que designa el color de la piel (varna), así como que se considera un valor resaltable socialmente el color más claro de la piel. En uno de sus textos sagrados, el Rigveda ya se destaca el valor de la lucha heroica:
Como una nube tormentosa,
Entre los indo-arios esta labor de intermediarios entre los hombres y los dioses es cada vez más asumida por una creciente clase sacerdotal. Los dioses también cambian considerablemente, aunque se reconoce un cierto eclecticismo final entre sus características y las propias del país al que llegaron. El más popular era Indra, en el que se combinan los rasgos de un exterminador de dragones y demonios, gracias a su maza, y un rey de dioses. Como caudillo y héroe de guerra lucha desde su carro de combate contra los enemigos de piel oscura que se le enfrentan. Otros dioses son Mitra, de un poder casi semejante al de Indra y que de algún modo supone su réplica dialogante, al ser el dios de los acuerdos y tratados. Los demás dioses tienen relación con fenómenos atmosféricos (lluvia, viento, sol) denotando la estrecha dependencia que los indo-arios reconocieron inmediatamente respecto a los monzones y fenómenos atmosféricos que les permitían combatir las hambrunas que registran sus escritos. No existían templos entonces sino que se construían altares de sacrificios según los lugares y la necesidad de solicitar dones a los dioses. La ética indo-aria era tosca y basada en el intercambio: se pedían dones a los dioses a cambio de sacrificios pero estos dones no eran arbitrarios. Los dioses no tenían la libertad de negarse si el sacrificio seguía todos los rituales prescritos, que eran cada vez más complejos. La mala realización de un ritual anulaba todos los efectos de la petición mientras que la corrección de dicho ritual garantizaba la obtención de lo pedido.
En cierto momento impreciso en torno al año 1.000 a.C. pero con varios siglos de diferencia, se fueron codificando por escrito todos estos rituales. El fruto de ello es la redacción de los llamados Vedas (o Sabiduría) integrados por sahmitas (colección de himnos), la mayoría de los cuales contienen una descripción lírica de actos rituales (encendido del fuego, ofrenda, preparación y ofrecimiento de la bebida sagrada, el soma). Existen cuatro Vedas fundamentales. El más antiguo parece ser el Rigveda, que contiene mil veintiocho himnos agrupados en diez círculos (o mandalas). Es quizá el más literario y lírico de los cuatro.
Oh, Tierra,
El Yajurveda entra ya a tratar en profundidad todo lo apuntado en el Veda anterior pero haciendo hincapié en las fórmulas de sacrificio dando a los elementos del mismo un carácter mágico para conseguir los objetivos perseguidos con el mismo. El Samaveda vuelve de nuevo a los mismos rituales pero centrándose sobre todo en la forma de canto de los himnos que deben acompañarlos. Los tres forman un conjunto ritual llamado Triveda, el conjunto fundamental de conocimientos que debían poseer los brahmanes para llevar a cabo los sacrificios habituales. En ellos se aprecia una importancia creciente de los sacrificios y una falta de atención notable hacia los propios dioses que eran protagonistas del Rigveda pero que van perdiendo importancia en los dos siguientes textos. El cuarto y posterior, el Atharvaveda se centra en las fórmulas mágicas propiciatorias de la obtención de bienes materiales y se aparta del lirismo y la filosofía de los Vedas anteriores centrándose en mayor grado en la fe popular de los pastores y campesinos indios.
Estos Vedangas trataban hasta de seis materias diferentes: fonética, ritual, gramática, etimología, métrica y astronomía. Desde el punto de vista matemático las dos ramas principales son las dos últimas. En particular, la métrica trataba de los modos geométricos de construcción de los distintos altares de sacrificio. Al realizarse mediciones y construcciones mediante cuerdas (sulba) eso conducía a titular estos Vedangas como Sulbasutras (aforismos de cuerdas). Ocuparán una parte básica en esta exposición del conocimiento matemático de los antiguos indios. La historia de la India védica, que discurre aproximadamente entre el 1.500 a.C. y el 600 a.C., se puede dividir en dos períodos diferenciados: por una parte el inicial, en que las tribus indo-arias van sometiendo a los naturales que viven en el valle del Indo y extendiéndose paulatinamente hacia el Este; de forma tardía, el período védico completa la ocupación del valle indo-gangético pero al tiempo se enreda en una serie continua de enfrentamientos bélicos entre los distintos grupos familiares y tribales que florecen en lugares diferentes. De todo ello se encuentra un reflejo literariamente importante en el poema épico Mahabarata donde se narran las batallas entre los Kaurava y los Pandava, poema que juega un papel en la antigüedad india semejante a los cantos de Homero en la Grecia antigua. Pone de relieve además el nivel bélico alcanzado entre las distintas familias más poderosas por la extensión de su dominio y el control de los recursos estratégicos. Esta búsqueda de un gobierno poderoso y centralizado en torno a alguna ciudad emergente como Asandivat, la primera que se menciona en el texto, no llegó a fructificar. Lo que sí se extiende paulatinamente es el sistema de castas, fruto de la primera diferenciación entre los invasores indo-arios y los naturales de la región. Según el Rigveda, de la boca del dios Brahma surgieron los brahmanes (sacerdotes, luego profesores, científicos), de los brazos los khatriyas (guerreros, más tarde terratenientes y aristócratas), de los muslos los vaishiyas (comerciantes, luego funcionarios y administrativos) y de los pies los sudras (agricultores). Los parias o intocables eran seres completamente impuros y fuera de las castas a los que no se les podía ni siquiera tocar. Se podían dedicar a trabajos impuros, como limpiar letrinas, recoger animales muertos, etc. En la estructura social de los arios los oficios comenzaron a ser hereditarios por una parte (consolidando el sistema de castas) y a especializarse por otra cuando la economía se hizo más sedentaria y el comercio y la agricultura mejoraron (multiplicando el sistema de castas a partir de las cuatro iniciales). Pronto quedó vedado contraer matrimonio fuera de la casta por lo que este sistema se hizo más rígido y cerrado en sí mismo. La primera tentación del lector occidental consiste en confundir el sistema de castas con las clases sociales pero el primero es un sistema con base religiosa, no económica. Pueden darse profundas diferencias económicas de manera que un guerrero (sobre todo, hoy en día) sea pobre mientras un paria se transforma en millonario, aunque este último siempre estará por debajo del primero en el sistema social. Este sistema tiene claras desventajas en el mundo actual, uno de cuyos valores occidentales es la igualdad de los hombres ante la ley pero indudablemente ha dotado de una gran estabilidad social a la India, a la par que un elevado grado de inmovilismo.
El reino de Magadha
Durante el período védico parecen haberse conformado distintos reinos en pugna constante de cuyo paso sólo queda una constancia indirecta, como es el caso de la mencionada epopeya Mahabarata.
En el siglo VI sí se encuentran evidencias
arqueológicas del dominio de uno de los reinos sobre los demás: el de
Magadha. Situado junto al valle del Ganges, en el centro del actual Bihar,
alcanza un momento importante con el advenimiento de Bimbisara (546 a.C.).
Rey y político hábil, contemporáneo de Buda, neutralizó la oposición de
estados vecinos del norte y el oeste mediante alianzas matrimoniales para
lanzarse a la guerra contra estados del este. La anexión de Anga le permitió
disponer de un importante puerto comercial que comunicaba el Ganges con el
sur de la India. Diversas evidencias lingüísticas (el marathi, hablado
entonces en la meseta del Dekán, es de origen ario) muestran la penetración
que tuvo la dinastía en el sur de la India. Bimbisara fundó una nueva y espléndida capital llamada Rajagriha, muy cerca de algunos importantes yacimientos de hierro. Ello no es casual dado que uno de los factores más importantes para el triunfo del pequeño estado de Nagadha sobre sus vecinos es el hecho de disponer de un material de combate tanto de gran tamaño (catapultas) como de tamaño reducido (armas de hierro), así como el hecho de establecer un ejército permanente que venció a las fuerzas tribales que se le oponían.
Desde el punto de vista religioso Ajatashatru se mostró hostil a Buda y sus seguidores pero la influencia de éste por entonces era muy poderosa y optó finalmente por solicitar el perdón para organizar, a la muerte del maestro, un concilio que reuniese a los budistas estableciendo las bases de la extensión de su influencia. Según la tradición, sin embargo, a Ajatashatru le sucedieron tres reyes, todos ellos parricidas lo que, unido a su crueldad, provocó la reacción de sus súbditos que, por medio del ministro Shishunaga, acabaron con la dinastía en el año 414. Este instauró su propia dinastía (414 - 346) que acabó con la muerte de los diez hijos del último rey por un jefe de bandidos (Mahapadma Nanda) que, en connivencia con la reina anterior, gobernó hasta la irrupción del reino de Maurya (300 a.C.).
Los persas en la India
Situado el reino de Magadha en el este del subcontinente, el destino de la parte oeste fue el de ser ocupado por las tropas persas de Darío I de Persia. Hacia el año 518, había fundado una satrapía (provincia) de la que ha quedado constancia en diversos monumentos. Su ocupación no fue violenta, tal como era característico en el imperio persa, y perduró durante dos siglos. Arqueros indios participaron en la campaña griega del rey Jerjes compartiendo la derrota de Platea (479), así como la más dolorosa y definitiva derrota de Gaugamela (331) en la que Darío III tuvo que ceder el reino a Alejandro Magno. La influencia de la presencia persa en la India no es desdeñable. En primer lugar, se tuvo constancia de la posibilidad de fundar un gran imperio unificador que fue la inspiración en lo sucesivo para algunos reinos (en particular, la dinastía Maurya) aunque la disgregación geográfica y étnica del subcontinente indio imposibilitaron ir más allá de un cierto límite. En segundo lugar, existe una influencia cultural que se manifiesta en la promulgación de leyes (característica de nuevo de la dinastía Maurya) así como en el uso de la lengua persa, el arameo, que fue el vehículo de comunicación de toda esa zona (Bactriana, Afganistán) por varios siglos hasta derivar en la lengua karosthi.
Los Upanishads
Desde el punto de vista religioso, a la excesiva rigidez del ritual en los Vedas le sucede una reacción que se traduce en la confección de los Upanishads (Textos de doctrina arcana), un conjunto de libros que empiezan a escribirse en el siglo VIII a.C., aún en el período védico, para completarse en su forma definitiva dos milenios después. Según ellos, el hombre no debe pretender manipular la voluntad de los dioses a través de los sacrificios (como en los Vedas) sino que precisa la salvación personal. Más allá del cuerpo y del alma, se encuentra el atman, esencia última de todo individuo. Aunque esta esencia esté en todo y en todos es única identificándose con el brahma, la esencia última del universo. La forma de salvarse, de responder a la unidad atman-brahma no son los actos litúrgicos sino el conocimiento. Pero no un conocimiento intelectual y científico donde el análisis divide la realidad. No es la ciencia con sus definiciones, su dominio sobre las cosas, la que puede llevarnos a alcanzar la unidad, sino el amor que contempla las cosas de forma global sin ánimo de posesión. Estas ideas llevaban de inmediato al monoteísmo caracterizado por Brahma, la unidad suprema, que da nombre a todo el período ahora estudiado. Toda forma de existencia viene de Brahma y a él retorna con la muerte. Pero cada existencia es imperfecta de manera que el alma debe purificarse en la vida para volver a Brahma y existir posteriormente en una nueva reencarnación que será mejor o peor según el ánimo de purificación de la vida anterior. Esta es la ley de purificación del karma, teoría pre-aria que este pueblo incorporó a sus creencias. Algunos autores hacen derivar esta creencia de la visión prehistórica del ciclo monzónico, dador de vida para el hombre agrícola de entonces y constantemente repetido cada año.
Buda y Mahavira, los reformadores
Ésta, monjes, es la verdad sagrada acerca del dolor: El nacimiento es dolor, la vejez es dolor, la enfermedad es dolor, la muerte es dolor, la unión con lo que disgusta es dolor, la separación de lo que place es dolor, no conseguir lo que se desea es dolor... Ésta, monjes, es la sagrada verdad de cómo surge el dolor; es la sed, que lleva de reencarnación a reencarnación, junto con la alegría y el deseo, que encuentra su alegría aquí y allá: la sed de placeres, la sed de reencarnación, la sed de aniquilamiento. Ésta, monjes, es la sagrada verdad de la extinción del dolor: La supresión de esta sed por la destrucción total de la pasión, dejarla marchar, desprenderse de ella, deshacerse de ella, no dejarle ningún lugar.
Todo este desprendimiento de las pasiones humanas conduce al nirvana, a la nada más absoluta. Fruto de ello es la redacción de una serie de normas morales que permitan alcanzar un "recto modo de pensar, una recta decisión, recta palabra, recta acción, recta vida, recto esfuerzo, recto recuerdo, recta concentración", todo ello impulsado por una orden monástica que nunca ha reconocido sucesor de Buda y, durante un largo período de tiempo, ni siquiera admitió la representación escultórica de su fundador. Vardhamana Mahavira (530 - 477 a.C.) fue otro importante reformador religioso contemporáneo de Buda, aunque no parece que se conocieran. Pertenece a una larga serie de reformadores que crearon una escuela de pensamiento, el movimiento jaina, nombre que deriva de su fundador histórico: Jaina (el Victorioso). Para esta escuela, la materia consta de átomos, cada uno de los cuales tiene cuatro propiedades: olor, color, sabor y perceptibilidad. Estos átomos se van agregando entre sí en conjuntos mayores hasta formar el cuerpo. El mundo está poblado de almas individuales relacionadas con la materia de todas las cosas vivas. Para conseguir su libertad y no ser prisioneros del cuerpo éste tiene que ser subyugado mediante una visión recta, un conocimiento recto y una conducta recta. Ello implica una disciplina y un código moral muy estrictos con privaciones y penitencias voluntarias, no violencia sobre todas las cosas vivas, el ayuno para el control del cuerpo incluso hasta la muerte, el estudio, la meditación, etc. La regla de la no violencia llega a extremos de no dedicarse a la agricultura (dado que al cavar se matan muchos animales). De ahí que sus seguidores se encuentren fundamentalmente entre los comerciantes que, sin ser muy numerosos (actualmente el jainismo tiene dos millones de seguidores), sí han formado una élite poderosa en todo momento en la sociedad india. Para algunos críticos, en la escuela jaina falta toda idea de Dios, Brahma o cualquier ente superior. La salvación es individual y a ella está destinado todo el control y la disciplina del seguidor jainista, no tanto a los que le rodean y sufren.
La dinastía Maurya
Con la dinastía Maurya se asiste al primer imperio unificador conocido por la India. La primera referencia histórica del príncipe Maurya Chandragupta (322 - 291 aC) es su intento de captar como aliado a Alejandro el Grande en su intento de derrocar a la dinastía Magadha, de la que entonces formaban parte los dominios Maurya. A la negativa del general macedonio (entonces en retirada) le sucedió pocos años después el derrocamiento de la dinastía Magadha y la creación del nuevo imperio desde su capital Pataliputra (actual Patna). Chandragupta extendió sus dominios hacia occidente expulsando del Sind y el Punjab (en el valle del Indo y que constituían el reino de Ghandara) a los griegos que quedaban y llegando, por tanto, desde el mar Arábigo al de Bengala. Tras estabilizar la frontera del oeste con una alianza con el nuevo rey Seleuco (entonces más preocupado con sus enemigos del oeste) su dominio se fue extendiendo, por primera vez, a lo largo de la meseta del Dekkán, hacia el sur (aunque este logro pudo deberse a su hijo).
El rey Ashoka
El rey Ashoka (272 - 232), nieto de Chandragupta, es el más famoso en la historia de la India. Una de las primeras acciones que se le conocen es la sangrienta represión de la región de Kalinga, que pugnaba por su independencia. Más de cien mil personas pasadas a cuchillo además de otras tantas desplazadas da idea de la crueldad, incluso para aquellos tiempos, de la acción del nuevo rey Maurya. Además de las tendencias centrífugas a las que siempre se asistirá en un subcontinente tan amplio y variado, una de las causas de esta rebelión era el poco apoyo popular de que los Maurya disfrutaban por su religiosidad brahmánica.
Ashoka, dice la historia, entró en una crisis personal tras el gran derramamiento de sangre y transformó su fe en la budista. Es posible que tal cambio pueda verse reforzado además por criterios políticos pragmáticos en la búsqueda de una mayor unión con la fe popular, a la que defiende desde un tono paternalista:
Todos los hombres son mis hijos. Como para mis hijos deseo que alcancen todo el bien, así es mi deseo para todos los hombres. Por eso considero que es mi obligación fomentar el bienestar de todos los hombres, pero la raíz de todo está en el uso de todas las fuerzas y en la realización de los negocios.
Edictos como el anterior hasta un total de catorce aparecen sobre columnas o rocas, sea en el más antiguo lenguaje karosthi (lengua al oeste del Indo) o en el más reciente brahmi (lengua al este del Indo), así como en nagari. Su budismo no es teórico ni profundo sino que asoma en sus edictos como normas de moral práctica tanto para el gobernante como para el gobernado. En sus últimos años, según una leyenda, se volvió infantil. Su aplicación de la doctrina de la no violencia era incapaz de impedir la defección de algunas partes de su imperio, tal como sucedió en Taxila y el Punjab de la que se hicieron cargo dos de sus hijos. Retirado a un santuario budista sus descendientes fueron perdiendo el dominio de un imperio tan extenso y hacia el 187 a.C. el último fue asesinado en un desfile militar por uno de sus generales, el príncipe Pushyamitra, que inauguraba para su dinastía Shunga el dominio sobre el reino de Magadha.
Las stupas
Durante la India budista cuyo dominio comienza con el rey Ashoka, dos formas artísticas destacan sobremanera: Una son los santuarios rupestres, cuevas ideales para la meditación budista que, con el tiempo, se transformaron en verdaderos templos interiores en la montaña. La otra forma artística es la stupa, un monumento funerario-religioso que Ashoka multiplicó a miles por todo el territorio de su imperio. Sobre una plataforma en forma de altar de sacrificio, representando la Tierra, se levanta una semiesfera (el Cielo) rodeada de una empalizada. Habitualmente bajo el altar se enterraban reliquias de hombres santos para que los caminantes les rindieran su recuerdo al pasar junto a ellos. La bóveda fue pronto recubierta de altos y bajorrelieves constituyéndose en una obra de arte de gran valor, entre las que destaca la stupa nº 1 de Sanchi (Bhopal), erigida por orden del rey Ashoka, un monumento de 36 metros de altura y cubriendo un círculo de 32 metros de diámetro.
Toda la fuerza que había empleado la dinastía Maurya en unir las tierras indias en un gran imperio se vino abajo pronto. Durante los siglos II y I a.C. la llanura del Ganges (antiguo reino de Magadha) estaba dominada por los Shunga (185 - 73 a.C.), a los que siguió una corta dinastía de brahmanes, los Kanva (73 - 28 aC). La meseta del Dekkán y, en general, casi toda la India del Sur, se encontr<ba bajo el dominio de los príncipes Shatavahana, un pueblo de origen indo-europeo que, habiendo aceptado el dominio de los Maurya, se enfrentaron finalmente a ellos durante la descomposición del imperio llegando a ocupar el reino de Magadha tras el derrocamiento de los Kanva. No obstante, en el siglo III d.C. otro pueblo indo-parto, los Pallava, consiguieron su caída.
El pueblo de los yuejin fue siendo desplazado en el siglo II a.C .del noroeste de China, donde vivían hacia la Bactriana, lugar en que empujaron a los partos hacia la India. Finalmente, hacia el año 65 d.C. los yuejin invadieron el noroeste de la India y, tras derrotar a los partos, uno de sus clanes, los Kushana, se hizo con un poder que no cesaría hasta el año 300 d.C. Combinando un gobierno férreo con una buena administración de los recursos, la dinastía Kushana se estableció alcanzando su mayor grandeza con Kanishka (144 - 168 d.C.), tiempo en que resultaron ser los intermediarios perfectos de la China en el establecimiento de la Ruta de la Seda, ruta no sólo de comercio sino de extensión del budismo hacia China.
La constitución del imperio
En primer lugar hay una serie de estados pequeños y autónomos repartidos por el territorio. En segundo lugar, uno de esos estados a cuya cabeza figura un rey guerrero y también diplomático (en este caso, Chandragupta) comienza una expansión que, eventualmente, seguirán sus descendientes. El reino adquiere un considerable poder, se forma una administración cada vez más extendida para controlar todo el territorio, pero la extensión del mismo y las dificultades de comunicación con el poder central provocan que las regiones periféricas alcancen una autonomía creciente. En un determinado momento los problemas dinásticos motivan disensiones internas cuando no rebeliones abiertas y, en suma, un creciente debilitamiento del poder central, con lo que las regiones (empezando por las más distantes) imponen su independencia formando reinos pequeños que suceden al imperio anterior para reanudar el ciclo. El imperio Gupta es un nuevo caso en este proceso. El reino que gobernaba el fundador de la dinastía era pequeño y estaba situado, como varios otros, en el valle del Ganges hacia el año 300 d.C.. Chandragupta fue ese rey guerrero que se ha comentado pero también un político hábil puesto que se dio un nombre que recordaba al fundador de la dinastía Maurya y, sobre todo, casó con una princesa de la familia de los Licchavi, de rancio abolengo desde los tiempos de Buda aunque venida a menos. Con ello dio a sus descendientes una legitimidad en el dominio imperial de la que carecían anteriormente. Su hijo Samudragupta (335 - 375) hizo de este pequeño reino un imperio que iba desde el Ganges hasta el Indo a costa de vencer a numerosos pequeños y débiles estados que se opusieron a su avance. Su ánimo de conquista le llevó incluso a la llanura del Dekkán donde derrotó entre otros al rey Pallava entonces en el poder. Sin embargo, no se asentó en el sur aunque toda esta zona convivió tanto en lo cultural como en lo comercial con el imperio Gupta a lo largo de su existencia. La labor inconclusa que dejó su padre la completó Chandragupta II (375 - 414) que culminó la conquista de la costa occidental venciendo al reino de los sátrapas. Con él llega a su máxima expansión el imperio que, a partir de entonces, se dedicó a consolidar su poder con Kumaragupta I (414 - 455) y luego a hacer frente a una lenta decadencia cuyas razones se han comentado anteriormente. El último rey, Budhagupta (447 - 495) resulta vencido por la invasión de los hunos heftalíes que transformarán la India en un nuevo conglomerado de estados pequeños hasta la llegada islámica varios siglos después.
La ruptura de las vías comerciales
Una de las razones y no pequeña de la decadencia del imperio Gupta se encuentra en las dificultades del comercio hacia mediados del siglo IV. Por un lado los hunos heftalíes fueron hostigando a los comerciantes en la ruta de la Seda hasta que la ocupación de los pasos fronterizos al norte de la India la interrumpieron completamente. De forma concomitante con estas dificultades hay que resaltar que el lucrativo comercio con Roma se interrumpió con la decadencia y caída del imperio romano, con lo que una de las principales fuentes de riqueza y la base del poder de los comerciantes en el imperio se deshace. La dinastía Gupta, que se había apoyado fuertemente en esta rama de la población, pierde la base de su poder al no poder hacer frente a los problemas presentados. De hecho, lo que se registra en esta época es una búsqueda de mercados alternativos por parte del sur del subcontinente que se expande fuertemente hacia las costas del sureste asiático (las actuales Corea, Indonesia y Vietnam, por ejemplo) donde se asentaron de manera pacífica conformando una élite de mercaderes que, en no pocos casos, se hicieron con el poder de las comunidades preexistentes. Sin embargo, lo único que ha quedado de esta expansión en aquellas regiones ha sido la extensión del budismo.
Religión y cultura
Por lo que el imperio Gupta, sin embargo, ha alcanzado la denominación de India clásica ha sido por la protección que todos sus soberanos dedicaron a la cultura y al arte. En particular la poesía llega en su tiempo a una de sus cumbres (la que representa, por ejemplo, el poeta Kalidasa, de fuerte influencia en la literatura europea a partir del siglo XVIII, admirado por Goethe). También el conocimiento científico, particularmente las matemáticas (o como las llamaban, el ‘arte indio’) y la astronomía (con importante influencia occidental), llegan a su época de mayor esplendor en la antigüedad india.
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