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    El Divino Niño, aunque más naturalista que la Madre, forma -junto a los ángeles niños- una maravillosa galería de delicadas criaturas llenas de gracia. No me refiero a los recién nacidos de las Natividades (que son incomprensibles escorzos y deformaciones aberrantes, incomprensibles en este pintor) y otras cabecitas aisladas, en los que no luce la gracia de que hace gala en los más creciditos de los Magos; me refiero a ese Niño vestido de Cádiz, (figura 25) a los desnudos de Espera o Lebrija (figuras 24 y 26), y  también a esos otros ángeles voladores que nada envidian a los más afamados de Murillo (figura 27).

    Para ser del todo justos, queremos mencionar nuestra sorpresa cuando observamos al Infante recién nacido; realmente no acertamos esos deformes escorzos ni esa impericia manifiesta.

Figura 24
Figura 24

Figura 25
Figura 25

Figura 26
Figura 26

Figura 27
Figura 27

2. Frente a la dulzura ideal de esas criaturas contrasta la rudeza de los tipos populares, que forman los coros de acompañantes. Viejos, reyes o pastores, forman una galería única de tipos sacados de la cotidiana realidad. En este grupo de personajes, estimo que se encuentran las cotas más altas de sus excepcionales condiciones de retratista. Hasta la técnica pictórica la adapta a la inmediatez expresiva de estos modelos: si en el grupo anterior veíamos unas pulidas superficies, tratadas con un esfumado dulce que oculta la pincelada y funde los tonos adyacentes, ahora empasta, con soltura expresionista, el efecto fugaz de las expresiones, dejando aparentemente inconclusas e imprecisas las formas, con lo que destaca la tosquedad de esos rostros.

    No es, no puede ser obra de un mediocre amanerado, esta intuición de diversidades técnicas para cada caso, sin que afecte ello a la unidad de toda la obra.

    Es en este segundo grupo de personajes donde tienen los estudiosos de documentos una interesante investigación pendiente, identificando los modelos y poniendo nombre a esos rostros que hoy se nos presentan como anónimos, pero que, a todas luces, fueron personajes contemporáneos de carne y hueso con los que convivió el pintor. (Figuras 28, 29, 30, 31, 32 y 33)

Figura 28
Figura 28

Figura 29
Figura 29

Figura 30
Figura 30

Figura 31
Figura 31

Figura 32
Figura 32

Figura 33
Figura 33

3. Y en tercer lugar congrego a los que llamo retratos idealizados. Por vía de ejemplo señalo ese bello ángel adulto, músico con bandurria, de la Natividad de Lebrija, figura 34; o la niña pastora que toca la pandereta en la Natividad de Espera, figura 35; y no me atrevo a señalar los niños que aparecen en la Adoración de los Reyes de esta misma localidad porque creo que han sufrido restauraciones que desvirtúan su primitiva imagen (figura 36).

    También es digna de mención el retrato de la joven que aparece como pastora en la adoración de los Pastores de Los Palacios (figura 37).

    Pero sirva por todos esa bella cabeza de efebo, de la Adoración de los Reyes de Lebrija, (figura 38), que pudiera estar entre los ángeles “botticellescos” de los tondos florentinos y con el protagonista “viscontiano” de “Muerte en Venecia”. Figurante como paje de los Reyes, se asoma tímido y curioso desde el mismo marco del cuadro (igual que el de Espera) como ajeno a la escena, muy interesado por lo que pasa fuera del cuadro, que no es otra cosa que el pintor que lo retrata. Este simpático niño, como paje de los Reyes de Espera (figura 36) seguro que tendría una calidad y una delicadeza semejante al de Lebrija, pero este borde del lienzo estepeño ha sufrido las torpes restauraciones a que nos referimos antes, y los toscos retoques que desfiguran un poco el rostro de este niño bien lo manifiesta.

    El joven y delicado personaje de Lebrija, puede ser, por el mimoso cuidado que en él puso el pintor, por su rubio pelo, su cuello de encaje (quizás reminiscencia de los famosos encajes de Marche, pueblo natal del artista), y por su edad...¿posible hijo del artista? No olvidemos que está en la misma composición en la que hemos localizado el rubio autorretrato de Legot. Ahí queda una pregunta más de las muchas que surgen al contemplar una obra maestra como la que comentamos.

Figura 34
Figura 34

Figura 35
Figura 35

Figura 36
Figura 36

Figura 37. Pastora., Los Palacios.
Figura 37

Figura 38
Figura 38

    Si estos comentarios que nos provocan la contemplación de las obras de Pablo Legot, sirven para interesar a los estudiosos a revisar su calidad artística y reivindicar para él un lugar junto a los grandes maestros de la pintura, nos daríamos por muy satisfechos, por el bien del arte y por creerlo de justicia.


(1)  La opinión de A.Mayer sobre el estado de conservación de las pinturas de Espera se remonta a 1909, pues no conocía las pinturas de Lebrija y Espera, que solo visitó después que le invitase E.Romero de Torres en 1909. Ello significa que ya habían “sufrido” una primera restauración del pintor José García.

(2)  Dichas pinturas han sido restauradas en varias ocasiones: la principal en 1744 por el maestro pintor José García (la Visita de los Reyes en 1748) y la más importante en 1980 por el Instituto de Conservación y Restauración de Obras de Arte de Madrid. (Debo este dato a la gentileza de Don Antonio Durán Azcárate)

 

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