Los Ensayos constituyen la única obra propiamente dicha de Michel de Montaigne. Son tres volúmenes que abarcan una compilación de breves ensayos sobre los temas más dispares: desde la educación de los hijos y del magisterio, a la defensa y vindicación de autores como Séneca, Plutarco y Cicerón, pasando por algunos sobre pasiones humanas como la embriaguez, la presunción, la amistad, el dormir y la soledad, entre otros. Escritos entre los cuales todos nos podemos identificar debido a su cercanía y sencillez abordando tan eclécticos temas.
Su sano escepticismo y su quizás melancólica distancia, hacen de los Ensayos una apología contra toda suerte de fanatismos y adoctrinamientos, algo muy necesario en una época como la suya (y en la nuestra) tan dividida en facciones, creencias y conflictos, o mejor dicho, una época de ceguera e irracionalidad.
Michel redacta sin aparente orden, y casi, tal y como las ideas le van fluyendo por la mente y a veces, dentro de un mismo ensayo trata varios temas o cambia de uno a otro cuando, aparentemente no tienen conexión. En los primeros vamos viendo como están plagados de citas y son ensayos muy breves, pero conforme va escribiendo, leyendo y compilando, se puede apreciar como va llevando a cabo menos citas de sus amados clásicos como Virgilio, Plutarco y Séneca, entre otros, y como hay más “Montaigne” y más longitud en su redacción. Lo que si quizás nos hace a este autor tan cercano e intemporal es que, en el fondo, en el libro de lo que trata es de él mismo, de Michel de Montaigne, que poco a poco, y sigilosamente, a través de los temas esboza su retrato en los ensayos.
Montaigne comienza a redactarlos en 1572 y ven la luz sus dos primeros volúmenes en 1580. En 1588 aparecen con algunas correcciones y añadidos enriquecidos con su viaje por Europa y su experiencia como alcalde de Burdeos y, póstumamente, en 1595, salen los tres volúmenes completos y con nuevas correcciones.
Desde la segunda planta de la torre de su castillo, este bordelés nos invita a conocernos a nosotros mismos – aunque nunca soñara él con tan ambiciosa meta - reflejándonos en sus textos y nos envía un mensaje de templanza, prudencia y moderación, a fin de tomar verdadera conciencia de lo que ser humano significa y conlleva, alejándonos de todo fácil dogmatismo y rompiendo nuestros prejuicios. |